El Foro romano. De ahí venimos, de ahí somos

Lo que quiere decir ser europeo

Europa es también el nombre de una soberbia civilización. Pero el nombre "Europa" también se ha convertido en el de esta organización política y administrativa que regula nuestras vidas cada día más, imponiendo normas.

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Hace muchos años (entonces vivía yo en Malasia), para ocupar mis largas tardes sin televisión me uní a la web de los ciberchuanes[1]: Vexilla Regis donde solíamos debatir todas las cuestiones relativas a la idea monárquica en Francia. Es decir, nuestras discusiones se convertían rápidamente en una batalla campal, sobre todo cuando abordábamos la cuestión de la dinastía. Con oponentes así, la República tiene un brillante futuro por delante.

Una de nuestras discusiones se centró en la idea de Europa, y una vez dichas todas las cosas desagradables que se pueden decir sobre la Comisión Europea, tanto más fácilmente cuanto que no la conocíamos, volvimos con más calma a lo que es Europa y, por tanto, a lo que significa ser europeo.

Hoy en día, el nombre propio "Europa" abarca una amplia gama de significados que es necesario ordenar.

Cuando yo era joven —y hablo de los años setenta— aún nos enseñaban geografía física, latín, historia y francés —O tempora, o mores—. Así que sabíamos que Europa era la masa de tierra delimitada por el Mediterráneo al sur, el Atlántico al oeste y al norte, los Urales al este, y para redondearlo todo el Cáucaso y el Mar Negro al sureste, pero también era la Unión Soviética, así que ya no era realmente nuestro hogar.

Así que teníamos un marco físico, pero la palabra continente también abarcaba una idea civilizacional y humana. Seguía siendo el continente de la raza blanca, igual que África era el de los negros y Asia el de los amarillos. Hay que reconocer que el concepto es bastante simplista, cuando no francamente falso, pero para Europa seguía siendo muy cierto.

Idea humana y de civilización, como ya he dicho, Europa era también el nombre de una soberbia civilización, en la que cada país expresaba su genio de una forma artística u otra. Siguiendo los pasos del héroe doblemente trágico de El silencio del mar, de Werner von Ebrennac, podríamos decir que la música encontró su apogeo en Alemania e Italia, la literatura en Francia e Inglaterra, la pintura en Italia y España, la filosofía en los griegos y los alemanes, y así sucesivamente.

Esta idea no es ajena a los discursos de los padres fundadores de Europa: Spaack, Schuman, Adenauer, Gasperi, que hablaban de una Europa civilizada.

Volviendo a la web de los chuanes, yo había propuesto una definición que intentaba resumir nuestros debates escribiendo que ser europeo es a la vez ser un hombre blanco de cultura helénico-cristiana, hablar una lengua indoeuropea y vivir en el territorio que Paul Valéry definía como un pequeño cabo al final de Asia.

Preocupado por los matices, añadí que estas categorías debían entenderse con flexibilidad, y puse el ejemplo de los neozelandeses o los afrikáners, que ya no son europeos por su situación geográfica, o de los húngaros, y los vascos que sí lo son, aunque su lengua sea finougria.

Pero el nombre propio "Europa" también se ha convertido en el nombre de esta organización política y administrativa que regula nuestras vidas cada día más, imponiendo normas. El deslizamiento comenzó con los nefastos años de Mitterrand, que marcaron el verdadero principio del fin de nuestra civilización. Entonces, criticar las normas que regulaban la curvatura de los pepinos o el volumen de agua utilizado para tirar de la cadena era estar en contra de Europa...

Hoy en día, esta última opinión ha ganado la batalla, y cuando la gente habla de Europa en los medios de comunicación convencionales, piensa ante todo en la Europa de Bruselas. La prueba está en las tonterías escupidas por los imbéciles de la televisión, consternados al decir que el Reino Unido ya no estaba en Europa porque los "grandes británicos" habían votado a favor del BREXIT. Y Shakespeare, y Maugham, y Shelley, y Kipling, ¿sin duda ya no son europeos? No, los ingleses simplemente han elegido seguir siendo soberanos en casa, y no seguir sometidos a una estructura a‑democrática.

Así pues, para mí, "Europa" es ante todo un espacio territorial y una civilización: un pueblo y una cultura. En el lenguaje cotidiano, es una "cosa" administrativa y política que sólo puede ser sustituida por una auténtica "Politeia" europea si, y sólo si, volvemos a poner en primer plano el aspecto civilizatorio de Europa.

Y entonces, hace dos años, con un grupo de amigos, nos lanzamos a descubrir la Rusia más profunda, tomando el ferrocarril transiberiano de Moscú a Ulan-Ude. Anne-Laure Blanc escribió sobre nuestro viaje en el número 181 de la excelente revista Éléments.

Para mí, no hay duda de que Rusia está en Europa. Al menos hasta los Urales. La población es predominantemente blanca, de habla eslava, cristiana y ortodoxa, tiene un pasado pagano[2] que aún está emergiendo, cultura griega a través de Bizancio, y limita al este con los Urales y al sur con el Cáucaso... Todo encaja. Al menos en Moscú.

Y entonces, una tarde de julio, partimos hacia el este desde la estación de Yaroslav. Para serles franco, esta estación se parecía ya un poco a los grandes caravasares orientales que tan bien conocía en Oriente Próximo y Asia.

Cada día nos llevaba un poco más al este: Moscú, Kazán al día siguiente y Ekaterimburgo dos días después, mientras que sólo se tarda medio día en tren para ir de París a Berlín. Ya es una gran diferencia: la inmensidad de las distancias y del espacio. Y luego Novosibirsk, Krasnoyarsk y finalmente Irkutsk, en el Baikal, que es un dios, una persona y un lago todo en uno...

Lo primero que me sorprendió fue la omnipresencia de la memoria histórica. No hay ciudad ni pueblo sin un monumento a los muertos de la Gran Guerra Patria, que costó al pueblo de la Unión Soviética entre veinticinco y treinta millones de vidas. Y muy a menudo, como en Ekaterimburgo, hay un grupo de jóvenes haciendo guardia con los uniformes de la II Guerra Mundial: jóvenes de entre 16 y 20 años, no ancianos.

Pero casi en contraste con este deseo de mantener vivo el pasado, sentí lo que también había sentido en Estados Unidos, y más aún en Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda, donde nada tiene más de doscientos o doscientos cincuenta años: la escasez e incluso la ausencia de lo antiguo y protector, de lo bello y forjador del alma...

Moscú fue reconstruida tras el incendio de 1814 y el paso de las tropas de Napoleón (afortunadamente los rusos no nos lo echan en cara), pero el Kremlin, la arquitectura clásica, la grandeza de las siete torres estalinistas, el tamaño de la ciudad y el maravilloso metro la convierten en una ciudad europea en la que uno se siente bien. En cambio, al día siguiente (setecientos kilómetros separan Moscú de Kazán), la sensación ya es otra. Es cierto que la catedral de la Anunciación se construyó en el siglo XIV, pero la fortaleza es muy pequeña (más pequeña que Carcasona para que se hagan una idea) y la mezquita tiene pocos años. Además, hacía un frío que pelaba, incluso en julio.

Al día siguiente, y sí, se tarda un día entero en llegar de Kazán a Ekaterimburgo (1.006 kilómetros para ser exactos), la sensación era aún mayor. La ciudad minera del sur de los Urales fue fundada en 1723, al principio del reinado de Luis XV de Francia. Eso fue ayer, y el pabellón de caza del Palacio de Versalles ya existía desde hacía un siglo (1623). El centro de Ekaterimburgo puede visitarse en una hora, mientras que el resto de la ciudad es nuevo, incluida la Catedral de Todos los Santos, construida sobre las ruinas de la casa Ypatiev.

Más al este está Asia.

Así que, mientras avanzaba lentamente por Kazán y Ekaterimburgo, y luego hacia Novosibirsk en el mítico ferrocarril transiberiano, me di cuenta de que, además de la geografía, la raza, la cultura y la lengua, existe

Una quinta característica conforma nuestro carácter europeo: la profundidad histórica

una quinta característica que conforma nuestro carácter europeo: la profundidad histórica. Por supuesto que existe en otros lugares (habiendo vivido siete años en la India, no podría argumentar seriamente lo contrario), pero la Europa civilizacional sólo es concebible porque es antigua, y porque vemos pruebas de ella absolutamente en todas partes a nuestro alrededor, y no recreada en un Disney Land en Île-de-France o un Pueblo Español en Barcelona...

Así que creo firmemente que la Europa política sólo puede construirse mirando con orgullo a su pasado, y no persiguiendo las fantasías de la bruja Úrsula... Pero para que eso ocurra, la "cosa" de Bruselas aún tendría que ser democrática, de lo cual les hablaré en un próximo artículo.

[

1] Chuanes: insurgentes monárquicos que, durante la Revolución francesa, se sublevaron contra la misma en la región de Vendée, cuyas poblaciones acabaron siendo salvajemente masacradas por las tropas revolucionarias en lo que se considera el primer genocidio moderno. (N. del T.)

[2] A los lectores les complacerá consultar la obra de Patrice Lajoye Mythologie et religion des Slaves païens, publicada en 2022 por Belles Lettres. Una obra maestra sobre los dioses olvidados.

© Polémia

 

 ¡NI LAMPEDUSA, NI BRUSELAS!
¡SER EUROPEOS!


(Video del Institut Iliade)
 

 

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