Foucault, con un megáfono y detrás de Sartre, en una manifestación

Foucault, “el teórico de la destrucción de la escuela y de la autoridad”

"Occidente, palabra desagradable de utilizar", decía Foucault.

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El 25 de junio se cumplieron 40 años de la muerte del filósofo francés Michel Foucault. Un par de artículos de los deconstructores locales aludieron en Argentina a la “vigencia” de su pensamiento. Vaya si tienen razón, pero no es para celebrarlo. No hubo ninguna referencia al daño que Foucault y sus seguidores le han hecho a la sociedad: inseguridad, abolicionismo penal, crisis de la salud mental, decadencia escolar; todo eso lleva su impronta.

El pasado martes 2 de julio, un joven funcionario de la Municipalidad de Almirante Brown, en el conurbano bonaerense, fue asesinado de una puñalada por un paciente esquizofrénico. Es una noticia recurrente, la de enfermos mentales y adictos que cometen o son víctimas de actos violentos por no estar bajo adecuado tratamiento. Precisamente un aspecto de la herencia foucaultiana es la abolición de la psiquiatría, que para el filósofo francés no era más que una herramienta de control social.

La Argentina ha sido el laboratorio por excelencia de toda la legislación deconstructivista inspirada en pensamientos como el de Foucault. Uno de sus experimentos es la Ley de Salud Mental promulgada en 2010, una norma que rodea a la práctica psiquiátrica de las peores sospechas —equiparando los tratamientos a la tortura— y cuyo órgano revisor está formado por una ONG de Derechos Humanos… Esta ley, de clara inspiración foucaultiana, dificulta casi al punto de imposibilitarlo el internamiento de pacientes psiquiátricos, con los resultados que podemos constatar.

Sin embargo, no acaba ahí el legado de Foucault, reconocible también en muchos otros disfuncionamientos institucionales que nos aquejan como sociedad. Al abolicionismo psiquiátrico se suma el penal. Y en la revista francesa Causeur, la académica Georgia Ray lo describe como “el teórico de la destrucción de la escuela, del saber, de la autoridad, y de la detestación de la cultura occidental”.

Michel Foucault (1926-1980) surge como intelectual influyente a mediados de los 60. Fue el autor de una historia de la locura, otra de la sexualidad y de textos icónicos como Las palabras y las cosas, y especialmente la biblia progresista: Vigilar y castigar.

Foucault: un pensador de los márgenes, opuesto la norma y defensor acérrimo de la anormalidad, que tenía “atracción fatal” por los locos, los enfermos, los parricidas, los presos, los delincuentes, los inmigrantes, las minorías sexuales, etcétera.

Cuando escuchen a alguien hablar de “condiciones de producción” de un discurso, sepan que están ante alguien influido por el pensamiento de este filósofo.

Foucault saltó al estrellato intelectual durante la rebelión estudiantil de mayo del 68, hizo furor en la Argentina de los 80 y 90, y volvió a estar en el candelero desde los 2000 gracias a la French Theory, es decir, cuando las universidades estadounidenses descubren y radicalizan el pensamiento de una serie de intelectuales europeos promotores de todo tipo de demoliciones.

Es uno de los pensadores favoritos de la izquierda woke

  Lo quieren porque “pensó contra su herencia social” —explica Georgia Ray— y “contra su herencia cultural (‘Occidente, palabra desagradable de utilizar’, decía)”. “Era un intelectual hostil a los programas colectivos, para quien la verdadera liberación pasaba por el conocimiento de sí mismo”. En suma, un individualista en toda la regla.

Aunque nunca habló específicamente del tema, “es una figura tutelar del neofeminismo rabioso y otros grupúsculos liberadores del género”, como es el caso de Judith Butler y su doctrina queer.

Esencialmente se le debe a Foucault “una determinada concepción del poder” y una “búsqueda obsesiva de todas las formas de dominación y obligación o coerción”. “La idea de que el poder no es una superestructura, sino una maraña de micropoderes organizados en una fina red”, dice Ray.

Pero no hay que pensar que sólo las corrientes de izquierdas repararon en Foucault y su discurso reivindicativo de minorías marginadas —locos y delincuentes— que implicaba un abandono de la clase trabajadora como protagonista y destinataria del cambio social.

Ese planteamiento también resultó atractivo para la CIA que, como dice la filósofa francesa Stéphanie Roza en el libro “¿La izquierda contra la Ilustración?” (2020), advirtió “que Foucault le propina golpes fatales a la vieja izquierda, es decir, a los proyectos tradicionales, colectivos, de transformación del orden social en favor de los dominados, de todos los dominados”.

En un archivo desclasificado en 2010 pero elaborado en 1985, sobre Foucault y otros, los analistas de la central de inteligencia estadounidense se congratulaban por el hecho de que los intelectuales franceses se estaban desmarxificando y veían en ello un hecho auspicioso en el marco de la Guerra Fría que los enfrentaba a la Unión Soviética en todos los ámbitos, no sólo en lo material sino también en lo cultural, en lo relativo a las ideas.

El documento desclasificado de la CIA: "La defección de los intelectuales de izquierda"

El informe, titulado “Francia: la defección de los intelectuales de izquierda”, describía el giro que a fines de los años 70 y comienzos de los 80 protagonizaron varios destacados pensadores franceses: “Existe un nuevo clima intelectual en Francia, una especie de antimarxismo y antisovietismo que hará difícil para cualquiera movilizar una opinión intelectual significativa contra las políticas de los Estados Unidos”.

Claro que el giro a la derecha de los dos principales exponentes de esta corriente, llamados “nuevos filósofos”, Bernard Henry-Lévy y André Glucksman, fue algo evidente para todos. En cambio, Michel Foucault es visto hasta hoy como un intelectual antisistema; en palabras de Stephanie Roza, “lo más top de la subversión, el nec plus ultra de la radicalización, [el filósofo] que deconstruye todas las normas, que va al fondo”.

Sin embargo, al revés que el progresismo, la CIA consideraba que el pensamiento de Michel Foucault reforzaba el orden social.

Es el eterno karma de la izquierda: termina siendo funcional al sistema, como sucede hoy en Argentina con todo el espectro local, desde el trotskismo tradicional hasta el que opera bajo banderas peronistas: la agenda que promueve feminismo, transgenerismo, ambientalismo, antinatalismo, animalismo, etc., etc. no contradice al sistema; en realidad, lo refuerza.

Foucault, filósofo, sociólogo, historiador y psicólogo, influyó fuertemente en las ciencias sociales y lo sigue haciendo con sus estudios sobre el poder y las instituciones sociales que lo garantizan, como la psiquiatría, la medicina, el sistema carcelario, etcétera.

Uno de sus libros más conocidos, Vigilar y castigar (1985), afirma que el establecimiento de instituciones tales como cárceles, asilos, hospitales y escuelas implicó la transición de un concepto meramente punitivo del poder a otro disciplinario orientado a reprimir o impedir determinados comportamientos considerados asociales. Se eliminaban así las posibilidades de transgresión y se creaba un entorno que permitía corregir y regular —vigilar y castigar— la conducta de cada individuo.

Las consecuencias de este pensamiento las conocemos bien. Más aún, las padecemos. Sus seguidores se lanzaron a la demolición de todas esas instituciones. En el libro Seguridad: la izquierda contra el pueblo (2002), el periodista y ensayista francés Hervé Algalarrondo señalaba a Michel Foucault como uno de los inspiradores del ultragarantismo o abolicionismo penal. Denunciaba que la izquierda no combate la inseguridad pese a que ésta afecta antes que nada a los pobres, a los trabajadores, porque, inspirada en Foucault, ha idealizado al delincuente, al que se pone al margen de la sociedad: “Para la intelligentsia, el nuevo proletariado son los delincuentes”. Según esta visión, todos los que cometen delitos están en rebeldía contra una ley y un orden “injustos”. Si el objetivo del poder es, como dice Foucault, vigilar a locos y delincuentes, entonces, éstos son los sujetos del cambio, los que desafían el poder.

Algalarrondo denuncia que el progresismo “reserva su compasión para los delincuentes y no tiene ni una palabra de consuelo o aliento para los que trabajan, los que estudian o los que padecen por la delincuencia”. Ni hablar de los policías caídos en cumplimiento del deber.

Vean lo que decía Michel Foucault en Vigilar y castigar: “A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica (sic) y el curioso proyecto de encerrar para enderezar?”.

Para medir hasta qué punto estas ideas no son lejanas ni ajenas a nuestro medio, recordemos el entusiasmo con el que algunos se lanzaron a la epopeya de vaciar las cárceles con la excusa de la pandemia, una iniciativa reveladora de que también el progresismo argentino ha encontrado en los delincuentes un nuevo proletariado. Éstos son víctimas de la sociedad y la seguridad es un reclamo reaccionario.

En los años 70, los presos políticos batallaban por no ser encarcelados junto a delincuentes comunes. En los 2000, los que se dicen herederos de aquellas corrientes militan en las cárceles…

Esta obsesión por los márgenes conlleva el riesgo de la pérdida del ideal de igualdad y universalidad —los mismos derechos para toda la humanidad— en nombre de la reivindicación de minorías que fragmentan la lucha en una infinidad de causas: ecologistas, tecnófobos, veganos, etnicistas, etc.

Si se indaga en el origen de estas fracturas, aunque no sea el único responsable, Foucault, por su encendida defensa de los prisioneros, los locos, los homosexuales y los inmigrantes, ocupa el podio de íconos de las minorías, hoy convertidas en lobbies. Estas tendencias con frecuencia acaban cuestionando los derechos humanos —por occidentales y colonialistas—, criticando hasta al feminismo (tradicional) —también occidental— y el universalismo, como signos de dominación imperialista. La raza, el género u orientación sexual, o la condición colonial son puestas por delante y por encima de la desigualdad socioeconómica. Y la lucha se fragmenta en infinidad de “colectivos” identitarios con objetivos limitados.

Pensemos que tuvimos un 15% del presupuesto dedicado a “políticas de género” en un país en el que las mujeres gozan de los mismos derechos que los hombres desde hace tiempo.

Para Roza, “el abandono de toda perspectiva de emancipación colectiva en provecho de la promoción del individuo, tiene algo de eminentemente liberal”. La filósofa también dice que el “ombliguismo” reivindicativo “interseccional” —término muy de moda que alude a quienes padecen varias formas simultáneas de dominación o discriminación— se combina muy bien con el neoliberalismo.

Tal vez la herencia más pesada de Foucault sea la destrucción de la escuela

Dice Georgia Ray que Foucault “preparó la escuela de hoy, la del saber lúdico, del enseñante enseñado”.

Para él la escuela era un lugar de entrenamiento físico. No sin ironía, Ray dice que hoy los alumnos “ya no tienen que hacer cola y hasta pueden degollar a sus profesores”, en alusión al horrendo asesinato de Samuel Paty por un estudiante musulmán.

Marc Le Bris, maestro francés autor de un brillante ensayo sobre la decadencia de la escuela —Y tus hijos no sabrán leer ni contar, cuyo diagnóstico vale también para nosotros—, culpaba esencialmente al Mayo francés por la crisis educativa.

Le Bris, que en su juventud participó entusiasta de ese movimiento, desarrolló luego, a la par del ejercicio de la profesión, una mirada muy crítica sobre las consecuencias de aquella revuelta a la que culpa por la destrucción de un sistema educativo que supo ser de excelencia.

Cuestiona a la “nueva pedagogía”, esencialmente constructivista, que Mayo del 68 contribuyó a instalar y al modo en que ese movimiento dio por tierra con elementos que eran “constructores de sociedad” y que la escuela transmitía, como la disciplina y las más elementales normas de cortesía.

Muchos de los protagonistas de la revuelta del 68 se siguen considerando hoy “antisistema”, aunque ya son parte de la elite. Entonces se dan raras inversiones, dice Le Bris, como que un fiscal se ponga de parte del delincuente. O que se hable del maestro “explotador” del niño, como el patrón explota al obrero.

Estas tendencias desconstructivas de la Escuela y del rol del maestro se han extendido a otras regiones del mundo, como bien lo sabemos en Argentina.

“Actualmente en Francia, ni el juez ni el procurador quieren que el delincuente vaya preso. Y hoy vale más ser delincuente que víctima porque la víctima del delincuente corre el riesgo de ser rápidamente menospreciada. Hemos invertido los valores y hoy vivimos en una sociedad en la cual la gente ‘instalada’ en el sistema se sueña revolucionaria, o en todo caso progresista, y entonces prefiere al delincuente antes que a la víctima y donde un maestro o cualquiera que deba ejercer una autoridad es fácilmente condenado”, decía Le Bris. Todo parecido con lo que vivimos en Argentina en los últimos años no es casual.

En materia educativa, estas corrientes pregonan la libertad y la autonomía del niño. “Se impuso una metodología obligatoria cuyo nombre es constructivismo y según la cual el niño construye por sí mismo sus saberes”. Es por entonces que “se empieza a hablar de ‘ritmos de progresión’, que no serían iguales para cada niño y por lo tanto el contenido debe organizarse por ‘ciclos’ y no por grados, se cuestionan las calificaciones, que no deben ser cuantitativas sino cualitativas”, decía Le Bris. ¿Te suena, no?

“Desde 1968, los maestros nos esforzamos por hacer lo que creíamos complacía a los niños: darles libertad, dejarlos entrar en ruidoso tropel a la clase, dejar que se interrumpan unos a otros e incluso que nos interrumpan a los docentes, dejarlos escribir sin respetar los renglones, etc. Porque se tomó a los niños por adultos, se consideró que no toleran la autoridad, cuando es todo lo contrario, la necesitan”, decía, aludiendo a otro resultado de la acusación contra la escuela como institución opresiva..

La otra herencia del 68 es la idea de que la escuela formateaba burguesitos; idem la universidad. Hoy llevado a su máxima expresión: la ciencia misma es burguesa, capitalista, eurocéntrica, machista, misógina, etc. Le Bris señala al sociólogo Pierre Bourdieu, como otro gran responsable de esta debacle por su teorización de la escuela como reproductora de “burgueses”.

Decía Le Bris: “Como si hubiese conocimientos que son burgueses y otros que no… Se decía: hay que evitar la transmisión idiotizante de los conocimientos, que los pequeños proletarios no se dejen engañar… Pero los ‘conocimientos’ son la cultura de la humanidad. Y la humanidad tiene una sola cultura, no una proletaria y otra burguesa. Salvo que se crea que el hijo del obrero tiene que limitarse a saber de mecánica y que el Cid o la Divina Comedia no son para él. ¿Realmente piensan que el obrero no quiere que sus hijos aprendan las ciencias ‘burguesas’? ¿Medicina, matemática, física burguesas? Por favor, quieren, como todo el mundo, la mejor ciencia, los mejores conocimientos, la mejor educación para sus hijos”.

“Hay que dejar de pensar que la selección escolar es un concepto fascista cuando es un elemento democrático: se hace sobre los conocimientos adquiridos”, afirmaba Le Bris. “Una igualdad mal entendida lleva a negar la selección por el mérito e impide a los niños correr hacia lo mejor, como los futbolistas hacia el arco”, decía también, acusando a otro eslogan del 68: “abajo la selección”. O la consigna que le daban durante su formación como docente: “Los alumnos tienen más para enseñarnos a nosotros que nosotros a ellos”.

“Bourdieu dice que la escuela reproduce la estructura social y que está para eso. Que está al servicio del capitalismo, de la clase dominante. Es mentira. Yo tuve compañeros que eran hijos de campesinos bretones y se convirtieron en grandes ingenieros, en gerentes de grandes empresas francesas”. La escuela tradicional permitió “la elevación de los mejores en base al mérito escolar”, sostiene.

Ahora en cambio, estamos des-ilustrando, mediocrizando incluso a los hijos de los burgueses, concluye.

Georgia Ray señala lo que quizás engloba toda la herencia de Foucault: “La destrucción de la cultura occidental, que seguimos llamando deconstrucción por ‘coquetería estructuralista’”.

“En lugar de transmitir los conocimientos adquiridos, nos interesamos en las condiciones de posibilidad de esas cosas que ahora diseccionamos con escalpelo. Lo interesante ya no es nuestra propia historia, nuestra literatura, nuestras ciencias y nuestras artes, sino la estructura de nuestros saberes, la forma en que son elaborados…”

Decía Foucault: “Hubiera querido que consideráramos nuestra propia cultura como algo tan extraño a nosotros como la cultura de los Arapesh o los Nambikwara”.

“El ruego de Foucault se cumplió -constata Ray- porque ya estamos en eso: nuestra cultura se nos ha vuelto, en apenas 50 años, totalmente extraña”.

“En tiempos de libre acceso al conocimiento, casi nadie sabe ya gran cosa; en nombre de la comprensión de las condiciones de producción, la cultura ha sido vaciada de sustancia”, es su triste conclusión.


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