El inasible concepto de raza (y II)

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El hecho del polimorfismo racial de la especie humana es bastante evidente, si bien las diferencias morfológicas entre los distintos grupos son producto de una selección natural motivada por el clima. Según Luigi Luca Cavalli-Sforza, el color negro de la piel protege a los que viven cerca del ecuador de las inflamaciones cutáneas causadas por los rayos ultravioletas de la radiación solar, que pueden causar también tumores malignos como los epiteliomas, mientras que una estructura corporal pequeña favorece, en los climas cálidos y húmedos, la evaporación del sudor –que refresca el cuerpo- que tiene lugar en la superficie, función que también cumple el pelo crespo respecto del efecto refrescante de la transpiración.

En cambio, la cara y el cuerpo mongólicos –continúa Cavalli-Sforza– están adaptados para combatir el frío intenso de las regiones asiáticas. El cuerpo y la cabeza tienden a ser anchos y redondeados para aumentar el volumen corporal en relación con la superficie, reduciendo la pérdida de calor hacia el exterior. La nariz y las orejas son pequeñas y huidizas para evitar riesgos de congelación, mientras que los ojos se protegen con unos gruesos párpados que constituyen auténticas bolsas de aislamiento térmico, dejando unas aberturas muy finas para poder ver mientras soportan los helados vientos del invierno siberiano.
 
La despigmentación de los europeos blancos, sin embargo, responde a la necesidad de sintetizar los escasos rayos solares ultravioletas de su entorno para transformarlos en vitamina D, cuya ausencia, especialmente en dietas abundantes en cereales –alimento básico de los antiguos indoeuropeos- puede provocar fenómenos de raquitismo. En la Europa central y occidental de la época glacial y, posteriormente, en la Europa nórdica post-glacial, pobre en luz solar y rica en frío y humedad, se dieron las condiciones climáticas a las que se adapta la piel blanco-rosada y los ojos con el iris de tonalidades azuladas o grisáceas.
 
En consecuencia, la típica asociación de raza con el color de la piel no sólo produce confusión y discriminación, sino que carece absolutamente de base científica. La variación en las tonalidades de la piel de los seres humanos se debe a la presencia de un pigmento llamado melanina presente en todas las personas, si bien en diferentes cantidades, en función, de la necesidad de protección contra los nocivos efectos de las radiaciones ultravioletas.
 
Y de la supuesta existencia de distintas razas humanas pasamos al racismo, término precisa y curiosamente acuñado por un médico judeo-alemán llamado Magnus Hirschfeld, que comenzó emprendiendo una cruzada por la liberación sexual y la normalización de la homosexualidad para, tras ser agredido por unos simpatizantes nacionalsocialistas, pasarse a la denuncia y refutación de las teorías raciales, especialmente las “nordicas” que proponían la existencia de diferencias cualitativas entre los europeos blancos y el resto de razas humanas. En definitiva, “racismo” es cualquier actitud o manifestación que defiende las diferencias raciales y la supremacía de una raza sobre las otras.
 
Y “racialismo” sería una derivación de aquel pensamiento dirigido a la conservación de la pureza intrínseca de las razas y a la separación geográfica de las mismas en sus territorios originarios para evitar el mestizaje. Su principal pecado es interrelacionar el aspecto puramente biológico de la raza con las producciones sociales y culturales de los distintos grupos humanos unidos por la lengua, la sangre o la nacionalidad. Las manifestaciones racistas se traducen, tanto en sentimientos y comportamientos personales (odio, desprecio, agresión física), como en políticas gubernamentales (discriminación, exclusión social, privación de derechos, segregación) y criminales (expulsiones, matanzas, limpieza étnica y exterminio).
 
El mal endémico del racismo, por otra parte, ha sido prácticamente un patrimonio exclusivo del imaginario colectivo europeo –precisamente, el continente con mayor mestizaje- y, muy especialmente, del germánico, ya sea alemán o anglosajón. Con las excepciones del sistema de castas de la India, de la exclusión legal y religiosa imperante en el Estado de Israel o del aristocratismo criollo de la América española, el racismo ha sido moneda común en el imperio colonial dominado férreamente por los ingleses, campeones del “supremacismo blanco” (“Wasp”, blanco, anglosajón y protestante) que heredaría el “segregacionismo” angloamericano, el “apartheid” sudafricano, esta vez aliados con los “boers” holandeses, y el etnocidio de los indígenas australianos. Sin embargo, la Alemania nacionalsocialista se convertiría, por derecho propio, en el símbolo del racismo más radical y virulento, porque alcanzó a todas aquellas poblaciones que no quedaban encuadradas dentro de la tipología nórdica, y que los antropólogos afectos al régimen nazi clasificaron en diversas subrazas como la oéstica (atlántico-mediterránea), la dinárica, la alpina, la fálica, la dálica, la báltica, la éstica (eslavo-oriental), la armenoide u orientaloide, y así un largo etcétera, todas ellas situadas varios escalones por debajo de la nórdica o, en el extremo caso de los eslavos, en el límite de una infrahumanidad despreciable.
 
Con todo, hay que preguntarse, como hizo Lévi-Strauss, siempre políticamente incorrecto, pero nada sospechoso de militancia racista, «en qué consiste esta diversidad –se refiere a la gran variedad racial y cultural-, a riesgo de ver los prejuicios racistas, apenas desarraigados de su base biológica, renacer en un terreno nuevo. Porque sería en vano haber obtenido del hombre de la calle una renuncia a atribuir un significado intelectual o moral al hecho de tener la piel negra o blanca, el cabello liso o rizado, por no mencionar otra cuestión a la que el hombre se aferra inmediatamente por experiencia probada: si no existen aptitudes raciales innatas, ¿cómo explicar que la civilización desarrollada por el hombre blanco haya hecho los inmensos progresos que sabemos, mientras que las de pueblos de color han quedado atrás, unas a mitad de camino y otras castigadas con un retraso que se cifra en miles o en decenas de miles de años? Luego no podemos pretender haber resuelto el problema de la desigualdad de las razas humanas negándolo, si no se examina tampoco el de la desigualdad –o el de la diversidad- de culturas humanas que, de hecho, si no de derecho, está en la conciencia pública estrechamente ligado a él».
 
Y quizás la respuesta la hubiera encontrado en la reflexión de Cavalli-Sforza: «Ante todo, hay que decir que no es fácil distinguir entre herencia biológica y herencia cultural. A veces, debemos admitirlo, cuesta saber cuál es el origen de una diferencia. Siempre es posible que sus causas sean biológicas (las llamaremos genéticas), que se deban a un aprendizaje (las llamaremos culturales), o a las dos cosas. Pero hay diferencias entre poblaciones humanas que sin duda son genéticas, es decir, heredadas biológicamente. A ellas habrá que recurrir para distinguir las razas y estudiarlas, por la sencilla razón de que son muy estables en el tiempo, mientras que la mayor parte de las diferencias debidas al aprendizaje social están más sujetas a cambios. Si las diferencias estrictamente genéticas fueran realmente importantes desde un punto de vista que se pueda considerar motivo de superioridad de un pueblo sobre otro, el racismo podría estar justificado, por lo menos formalmente. Pero la definición de racismo tendría que ser muy clara y limitarse a las diferencias genéticas».

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