En su pecho se lee: "Los derechos humanos, los derechos animales, el veganismo, el ateísmo, el feminismo son el futuro"

«El pene social como constructo social». Brutal zasca contra lo woke

Tal es el título de una de las mordaces parodias que han dado de lleno en el clavo.

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“The conceptual penis as a social construct”. “El pene conceptual como constructo social” (que en español, además, rima que es un primor). Sí, como lo oyen (como lo leen, en fin): tal es el título de una de las mordaces parodias que, escritas por Helen Pluckrose, James Lindsay Peter Boghossian han dado de lleno en el clavo.

¡Sí, los woke han vuelto a caer en la trampa! Los referidos autores han repetido lo que en 1996 había hecho Alan Sokal, escarneciendo, ridiculizando hasta decir basta a las grandes figuras de la French Theory: a los ideólogos y cantamañanas —los Foucault, Deleuze, Derrida, Bourdieu y demás especímenes— que están en la base ideológica de lo que entonces ya era, pero aún no se llamaba, el wokismo. Parodiando el abstruso lenguaje de tan ilustres “de-constructores”, Sokal envió artículos que no querían decir absolutamente nada de nada (sólo “deconstruían” el aire...) a revistas de altísimo nivel académico. Las cuales se lo tragaron (¡glup, glup!) como la más excelsa obra del filosófico pensar.

Lo mismo han hecho ahora los referidos autores, quienes enviaron entre 2017 y 2018 diversas parodias con igual fuerza satírica (recuerden: “El pene conceptual como constructo social”…) a nuevas (cabe suponer) y acreditadísimas revistas. Las cuales se lo han vuelto a tragar (¡glup, glup!) con la misma facilidad que entonces.

Y si usted, amigo lector, ya ha acabado de desternillarse de la risa, le invitamos a que descubra ahora los detalles de la historia. 

J. R. P.


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Teorías cínicas (Alianza Editorial, 2023) es un libro contundente escrito en un lenguaje inteligible —no es el caso de la mayor parte de los autores a los que critica—, y tiene como objeto dar cuenta del significado y las consecuencias de la puesta en práctica de las teorías posmodernistas surgidas en determinados campus universitarios de la sociedad occidental contemporánea que andan permeando desafortunadamente nuestra vida cotidiana: lo que se ha dado en llamar “cultura woke”. El libro, obra de Helen Pluckrose y James Lindsay, contiene en la portada de la edición española unas frases que dejan claras las razones de su génesis: Cómo el activismo académico hizo que todo girara en torno a la raza, el género y la identidad… y por qué esto nos perjudica a todos. 

Helen Pluckrose, con credenciales universitarias vinculadas a la literatura inglesa y al estudio de las condiciones de vida de la mujer medieval, es una escritora británica que ha dedicado muchos años al cuidado de los ancianos y los discapacitados, y ha sido directora de la publicación digital Areo entre 2018 y 2020. James Lindsay es un matemático neoyorquino que junto con la autora antes citada y Peter Boghossian participó en el “asunto de los agravios” (2017). Boghossian, natural de Boston y que ha impartido clases como profesor asistente de filosofía en la Universidad de Portland durante una década, está especializado en escepticismo científico, ateísmo y pensamiento crítico.

Pero, se preguntará el lector, ¿qué es eso del “asunto de los agravios”? Las tres personas arriba citadas iniciaron durante los años 2017 y 2018 el envío de artículos relacionados con estudios de género, poscoloniales y de raza a distintas publicaciones especializadas. Estos artículos carecían de ningún soporte intelectual digno de tal nombre: eran puras invenciones que fueron aceptadas y publicadas en revistas académicas a las que se suponía sujetas a lo que se denomina “revisión por pares”. Como ocurriera en 1996 con el “asunto Sokal”, tomado como modelo, lo que quedó a la vista es el intenso grado de erosión y sectarismo que sufren las universidades anglosajonas en el área de Humanidades por haber asumido los postulados posmodernistas.

The conceptual penis as a social construct” es el título de uno de estos artículos fantasmagóricos y cachazudos, asumidos como auténticos por prestigiosas publicaciones. El asunto generó un auténtico escándalo, como ya había ocurrido en 1996, y también un hondo resentimiento en el establishment implicado, que ha corregido muy poco sus desmanes. Fue sólo el inicio visible de una problemática plural que da cuenta de un grave proceso de corrupción intelectual, originado avanzada la segunda mitad del siglo XX, que abarca centenares de instituciones universitarias del mundo occidental. Ha habido que esperar a principios de este año 2024 para que comience a moverse significativamente algo con relación a estas cuestiones. Concretamente, la dimisión de la recién nombrada presidenta de la universidad de Harvard, Claudine Gay, que ha “caído” por un escándalo vinculado a declaraciones públicas marcadamente judeófobas pronunciadas en el Congreso de los Estados Unidos. Pero sobre todo, conforme avanzaba el debate público, por cuestiones académicas vinculadas al plagio. Obviamente, Claudine pertenecía al entorno de los “estudios de género y de raza”.

La piedra angular del “giro posmoderno”, concepto acuñado en 1994, es un criterio bifronte para confrontar lo real que implica dos principios: uno vinculado al conocimiento y otro netamente político. «Con relación al conocimiento nos encontramos con un escepticismo radical hacia la posibilidad de alcanzar conocimientos objetivos o la verdad junto con la defensa del constructivismo cultural». El asunto político se articula en torno a «la creencia de que la sociedad está formada por sistemas de poder y jerarquías, los cuales deciden qué se puede saber y cómo».

Estas ideas asumidas de modo maximalista y acrítico implican una quiebra del proceso ilustrado, ya que sus autores consideran el pensamiento científico como una metanarrativa más… como si fuera una religión. Son resultado de una critica interna producida dentro de la intelectualidad oficial occidental contemporánea que rechaza el modernismo y la modernidad. Su origen se encuentra en Francia, en ciertos cenáculos de pensadores con escasa influencia institucional en su país. La percepción del lenguaje como constructor del conocimiento y la desconfianza ante los órdenes sociales y políticos liberales vienen en el mismo paquete. Nos encontramos con un nuevo “asalto a la razón”, similar al que tuvo lugar en los años 20 con el avance de los totalitarismos comunista y fascista. El libro reivindica sensatamente en su último capítulo un retorno al liberalismo, con su mercado de las ideas y la práctica de debates en contextos que impliquen rigor lógico y la aplicación de la libertad de expresión.

Los autores exponen los cuatro temas principales del posmodernismo: la difuminación de los límites categoriales, el poder del lenguaje, el relativismo cultural y la pérdida de lo individual y lo universal. Estos seis conceptos expuestos configuran lo que se ha dado en llamar “la Teoría”, que abarca desde sus principios deconstructivistas, generados en ciertos ambientes académicos, hasta llegar a un activismo estridente, casi religioso, que busca extenderse a la vida cotidiana de nuestras ya maltrechas sociedades.

Hemos pasado a partir de los años 60/70 de la lucha de clases, propuesta por un marxismo omnipresente en los escenarios universitarios de las sociedades occidentales, a la idea estéril de que todo consiste en una pugna de narrativas. La sombra de Gramsci y de la escuela de Fráncfort está a la vista, conexión que no es accidental y se hace más intensa a partir de los años 90, con la “caída del muro” y el derrumbe de la URSS. La posmodernidad es, como muestra este libro de un modo riguroso, un proyecto político descarriado con orígenes de muy dudosa legitimidad política, cognitiva o moral. En todo este asunto de las políticas posmodernas adoptadas por la izquierda radical en los países occidentales, con su priorización de las narrativas de grupos marginales, persiste un marxismo latente.

Hay dos factores que debemos tener en cuenta: uno de ellos es la ansiedad posmoderna ante la artificialidad de la modernidad y otra la orientación contraontológica de estas filosofías, que no queda claro si resulta de un hiperdesarrollo de la Modernidad o expresa su fracaso.

El libro dedica un minucioso tratamiento a las distintas aplicaciones, en gran medida en ámbitos académicos concretos, de las consideraciones filosóficas generales que hemos citado; hablando en cada uno de ellos de los temas más significados y de los pensadores que los han elaborado y difundido; explicando sus conceptos básicos. Estas ideas generalmente están expuestas en un lenguaje no sólo estéticamente pobre sino confuso desde el punto de vista cognitivo. Hablamos de Teoría poscolonial, Teoría queer, Teoría crítica de la raza e interseccionalidad, Feminismos y estudios de género, Estudios de la discapacidad y la gordura y Estudios y pensamiento de la justicia social…

Autores como Franz Fanon, Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, bell hooks, Michael Oliver y José Medina, entre otros muchos, asoman su cabecita por estas páginas. El libro nos da un conocimiento sintético de estos movimientos, muchas veces contradictorios, que están ganando influencia en las políticas de nuestras sociedades democráticas. La difuminación de las categorías y la negativa decidida a confrontar las teorías con datos, asumiendo un debate intelectual razonado y ajustado a los hechos, convierten estas propuestas teóricas, manifestadas en una jerigonza aberrante, no en una descripción de realidades sino en la propuesta desordenada de un ideal.

Tras la supuesta problematización de los discursos dominantes, que tuvo lugar en sus inicios, se ha pasado desde 2010 al deseo de imponer estas convicciones activistas a la sociedad. Pero la lucha contra la discriminación conduce a un nuevo racismo, así como la prolongación del desmantelamiento de los roles de género, expandido a las categorías sexuales biológicas, provoca con su aplicación un auténtico pandemónium. La prioridad de lo marginado como ideal regulatorio tiene como fundamento la hostilidad patológica a todo tipo de desigualdad junto al deseo, partiendo del constructivismo social, de imponer contra viento y marea una agenda política. Agenda que hoy comienza a ser percibida por muchas personas, entre ellas el autor de estas líneas, como distópica. Es inevitable, porque se pasa de la validez de las pruebas —la muy odiada objetividad— a la preponderancia de los puntos de vista, es decir a las sensibilidades y emociones.

Consecuentemente, con este hincapié en el activismo se busca una reescritura generalizada de la Historia en favor de una muy verosímil hoja de ruta societaria, fundamentada en un revisionismo histórico permanente. La biología se supedita a la socialización y se considera toda opresión como producto de una categorización. En realidad, y con esto ya termino, más allá de lo que exponen los autores nos encontramos con una tendencia civilizacional de las sociedades actualmente existentes, todas ellas ya occidentales, se diga lo que se diga, vinculada a la Tecnocracia y al capitalismo gerencial corporativo. En este marco se considera ya la entrega cercana de la mayor parte de los ámbitos decisionales a esas “máquinas de amorosa gracia” con las que sueñan los transhumanistas. Una sociedad de control absoluto de unos seres humanos sobre otros, presuntamente basada en la ciencia y mediada por el uso de las mencionadas inteligencias artificiales.

Es curioso el infierno al que nos han llevado finalmente las buenas intenciones de unos cuantos mediocres. Termino con unos versos de Antonio Machado que vienen como anillo al dedo:

¿Tu verdad? No, la verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdatela.

© Zenda

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