Pávlik Iglesias

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Hasta ahora sabíamos que Pablo Iglesias cobraba de los ayatolás y de Maduro, lo que no sabíamos es que también había cobrado de Kiko Méndez-Monasterio; parece ser que, en los lejanos idus de 1998, el alevín de Lenin cometió la imprudencia de arrancar un cartel que había colgado en la Facultad de Derecho de la Complutense la asociación en la que militaba Kiko. Como yo también pasé en mis años mozos por cosas parecidas y en facultades no muy lejanas de aquella, sé que lo que los compinches de Pablo Iglesias hicieron (seguro que él miraba y daba órdenes, pero no se jugó el tipo) era una provocación intolerable, de esas que sólo se arreglan con un buen par de bofetadas. Ni cortos ni perezosos, Kiko Méndez-Monasterio y un camarada actuaron como exige la demarcación del territorio y, al parecer, los rojos, como suele suceder en estos casos, no quedaron muy bien librados. No haber arrancado un cartel que no era suyo. 

Sabíamos que Pablo Iglesias cobraba de los ayatolás y de Maduro, pero no que también había cobrado de Kiko Méndez-Monasterio.

Aquí es donde empiezan a verse las diferencias entre la izquierda y la derecha en este país. Ni corto ni perezoso, Pablito va a un abogado y presenta una denuncia por haber recibido un par de mojicones. Y el juez, que no tenía nada mejor que hacer, la admite y empapela al pobre Kiko, que se limitó a actuar como el honor y la costumbre dictaban en aquellos ambientes. No es la primera persona con la que Pablo acaba en los tribunales. Este feroz revolucionario, este admirador de Lenin y del Che Guevara, este correveidile de los asesinos etarras presos, es hipersensible cuando se trata de su propio pellejo. Sé por una fuente amiga que también denunció por agresión a un estudiante que le sacudió en la cabeza con un periódico doblado. Es curioso que quien tanto habla de justicia proletaria y de cazar fascistas se ande con tantos remilgos procesales cuando es él la víctima. A los niños ricos rojos nunca les faltan los abogados ni los jueces de la cuerda.

Cuentan quienes cursaron Derecho en aquellos finales de siglo que El Coletas destacaba entre los guarros (apelativo y descripción de la extrema izquierda universitaria) por su aspecto imberbe y feminoide. Tanto que, tras un alboroto en los locales de las asociaciones de Derecho, llegaron los bedeles a tratar de imponer el orden y mandaron a los jaraneros de toda laya que abandonaran lo que se estaba convirtiendo en un campo de Agramante. Entonces, uno de los sufridos funcionarios ordenó: “¡Largo todos de aquí! ¡Vamos, rápido!”. Luego, dirigiéndose a Iglesias dijo: “Venga, fuera tú también, chavalita”. Y la niña bonita del marxismo burgués madrileño se largó sin la menor protesta.

Seguro que ese fue el origen de Unidas Podemos, de las portavozas, de las miembras y de los permisos de lactancia viril en Villa Tinaja.

Seguro que ese fue el origen de Unidas Podemos, de las portavozas, de las miembras y de los permisos de lactancia viril en Villa Tinaja.

A muchos les asombra que este paladín del proletariado rodee su lujosa villa de guardias civiles armados hasta los dientes, que denuncie a quien le propina un par de pescozones o que alardee de violencia revolucionaria y se queje cuando la reacción le aplica su propia medicina, que es muy poca cosa comparado con lo que ETA, GRAPO, Terra Lliure y demás camaradas han ejecutado en España. Quien no para de pedir indultos y medidas de gracia para los criminales como Rodrigo Lanza (la prensa ya no se acuerda del pobre Víctor Laínez, los fachas muertos nunca salen en la Sexta) y los golpistas de Cataluña, lleva a los tribunales a dos estudiantes por una futesa, por una trifulca, por una pelea de bar en la que él fue el provocador.

Pero Pablo Iglesias es un bolchevique estaliniano coherente, casi diría que de misa diaria si esto no fuera un sórdido sarcasmo. Podemos es un vivero de chivatos y de malsines, el purgado Errejón quiso empapelar a Eduardo García Serrano por unas andanadas antifeministas y los delatores del partido rastrean constantemente las redes para hallar delitos de “odio” en cualquier opinión escrita que discuta los dogmas de la corrección política, esa mordaza que nos han impuesto a todos gracias a la cobardía de peperos y veletas. Esto no es sino pura ortodoxia bolchevique: en 1932, el niño Pávlik Morózov denunció a su propio padre a la OGPU y se convirtió en una especie de Santo Domingo Savio del comunismo. Traicionó a su familia para servir a Stalin. Un héroe digno de tal ideología y toda una declaración de intenciones. Cada régimen tiene los ejemplos que se merece. Que nadie diga que Pávlik Iglesias no se esfuerza en seguir las virtudes del buen bolchevique. Hasta ha purgado a su partido y exige el culto a su personalidad. Pero todo enmarcado en un leninismo de noche de los Goya, de traje de Armani, de vacaciones habaneras en El Vedado, de escolta de guardias civiles y piscina con tinaja. No vayamos a confundir al Gran Timonel con el lumpen, ni con esos currelas cada vez más fascistas. Pávlik es un chico de buena familia. Con su carrera y todo.

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