Se acabó el subterfugio de la "libertad de expresión"

La "democracia" francesa prohíbe homenajear a Dominique Venner

"No nos desmovilicemos: Dominique Venner es más que nunca nuestro mito movilizador".

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No nos desmovilicemos: Dominique Venner es más que nunca nuestro mito movilizador

 

Gérald Darmanin [ministro del Interior francés] ha conseguido que se prohíba en la Sala Wagram de París el homenaje a Dominique Venner que iba a celebrarse hoy, diez años exactamente después de su muerte. No hay base jurídica para esta prohibición, que fue notificada al Institut Iliade el sábado a las 15.30 horas en condiciones esperpénticas y escandalosas. Es difícil, en tales condiciones, presentar una demanda de anulación de la orden. Sin embargo, se hizo, dando el tribunal administrativo la callada por respuesta. Estamos en un régimen de excepción, al margen de la ley, al margen de la Constitución. El autoritarismo, el cesarismo de los enanos está en marcha: sus nombres son Emmanuel Macron, Gérald Darmanin y el prefecto de policía, que ahora no es más que un comisario político a las órdenes de un Estado de excepción que anula las libertades fundamentales. François Bousquet, que debía abrir esta jornada con una intervención sobre "Dominique Venner, nuestro mito movilizador", no ha podido pronunciarla, ni él ni los demás oradores. Nos complace, pues, publicarla traducida en nuestras páginas.


Hace diez años, diez años con sus días y sus noches, Dominique Venner alcanzó el paraíso de los "inmortales", los homéricos Campos Elíseos, a una edad, 78 años, en la que incluso los héroes envejecidos de Plutarco se retiran de los asuntos públicos o sucumben a las debilidades de la edad;. Él no. Ni se rindió, ni mucho menos empuñó las armas. Al contrario, las blandió, primero contra sí mismo, pero aún más para romper la maldición de nuestra "dormición", según los términos del vocabulario órfico que apreciaba, el del mundo encantado de hadas y hechizos que hay que romper para volver a tejer el tejido vencido de nuestra tradición. Con su sacrificio, quería superar la decadencia de Europa. ¿Lo consiguió? Desde luego que no. Por desgracia, su gesto no nos libró de esta maldición. Algunos dirán que ya es demasiado tarde para ello; otros —nosotros, que sólo cedemos al desánimo para superarlo— diremos que nunca es demasiado tarde. Nunca nos desesperamos lo suficiente porque no esperamos lo suficiente. Si hay una obra que nos lo recuerda, es la de Georges Bernanos, que dice del suicidio: "este negro abismo sólo acoge a los predestinados". Dominique Venner estaba predestinado; negro también lo estaba: sangre negra, penacho negro; pero lo que no había ahí era un abismo. Suicidándose, es precisamente el rechazo del abismo lo que protesta en él. Su muerte es una apuesta, incluso una apuesta pascaliana: la muerte no es el término de nuestra civilización; e incluso si lo fuera, no perdemos nada apostando a que no lo sería. Necesitamos sin embargo consolidar esta apuesta con ejemplos de comportamiento y virtud, gestos que admirar y reproducir, nuevas vidas paralelas que celebrar. Tal es el caso de Dominique Venner. Su muerte ha colocado su nombre en la memoria colectiva, no sólo en la nuestra, sino también en la de nuestros adversarios: ahora es propiedad de todos, como aquellos héroes que un día se ofrecieron al fervor y la imitación de los puros de corazón, cuyo elogio nos corresponde efectuar especialmente este día.

¿Por qué celebrar a nuestros muertos?

¿Sabéis de dónde proceden los elogios y panegíricos de los grandes hombres, de los que más tarde surgirá la forma biográfica? De la oración fúnebre: la laudatio funebris de los romanos. Fueron ellos —los romanos, no los griegos— quienes inventaron en Europa este género, el más ilustre de todos. Se remonta a los días embrionarios de la República romana. En las grandes familias había una laudatio para cada uno de sus prestigiosos ancianos. Cada una de ellas conservaba piadosamente estos discursos sobre sus difuntos. Así sobrevivían y se dirigían a los vivos. Los romanos no temían este culto a los muertos, y nosotros tampoco. ¿Por qué? Porque este culto tiene virtudes tanto genealógicas como cívicas; es una celebración de la duración, del "duro deseo de perdurar" del que habla el poeta, del duro deseo de perseverar en nuestro ser, en nuestro linaje como franceses y europeos; y nadie como Dominique Venner nos ha exhortado tanto a ello. La perseverancia en el ser es el conatus de los filósofos, en particular de Spinoza: el esfuerzo continuo, siempre recomenzado, por ser y perdurar, el corazón mismo de nuestra lucha..

¿Cuál es el antónimo de la laudatio funebris?

La damnatio memoriæ  de los romanos equivale a la "cultura de la cancelación" de hoy

La damnatio memoriæ (la "condena de la memoria") o la abolitio nominis (la "supresión del nombre"), con otras palabras, la "cultura de la cancelación" de hoy. Es esta damnatio memoriae la que ahora nos amenaza directamente. La "cultura cancelada" está borrando nuestro nombre de franceses y europeos, "cancelándonos", encerrándonos en una maldición —la maldición— de la que debemos liberarlos. Este es el significado del 21 de mayo. Enarbolar el nombre de Dominique Venner como una bandera. Es nuestro mito movilizador —para nosotros los franceses, para nosotros los europeos—, ya que la figura de Dominique Venner se ha convertido en "mítica", como ha vislumbrado Alain de Benoist, su viejo compañero, en su introducción al primer volumen de los "Cuadernos" póstumos de Dominique Venner.

El gesto y el ademán

Ya han pasado diez años desde que se quitó la vida: un gesto fundador, un gesto que despierta, un gesto que ilumina. Más que un gesto, en realidad: el gesto, en el sentido de las canciones de gesta que celebraban las hazañas de los valientes contra los sarracenos, hazañas que se remontaban a la época de Carlos Martel y Carlomagno. Desde hace diez años, es este gesto heroico el que nos conmueve. Desde hace diez años, es la detonación de su muerte la que no cesa de resonar en nosotros, como si, a través de ella, el cuerno de caza de Artemisa y san Huberto estuviera llamando a las tropas. Como si a través de ella, desde el desfiladero de Roncesvalles, resonara en nosotros el olifante de Roldán como una llamada desde el fondo de los tiempos que se haría eco del clamor de Leónidas en las Termópilas, hace 2.500 años, en otro desfiladero: "Tú que pasas, ve y dile a Esparta / que nos has encontrado yaciendo / conforme a sus leyes". Ya entonces Europa, la Europa anterior a Europa, no consentía su desaparición.

Yaciente está Dominique Venner, pero vivo, pues hasta tal punto su muerte fue un acto político, metapolítico, espiritual y simbólico: total. Lo concibió como una obra maestra, con la perfección casi litúrgica de la regla de las tres unidades del teatro clásico: la unidad de acción, que es la unidad del peligro, la del horizonte amenazador de nuestra desaparición como pueblo y como civilización; la unidad de tiempo, aquí en un fascinante choque de tiempos; la unidad de lugar, la catedral de Notre-Dame de París, corazón palpitante de Francia, cristiana pero también precristiana. Esta regla de las tres unidades es la unidad misma de nuestra civilización.

Han pasado diez años y todo en esta muerte sigue siendo una señal para nosotros, a veces incluso como una búsqueda del tesoro cuya resolución Dominique Venner habría dejado a nuestra piedad. Quienes conocéis bien a Alain de Benoist sabéis lo apegado que está a las efemérides. Pues bien, Alain de Benoist se dio cuenta de que Dominique Venner se quitó la vida el 21 de mayo, aniversario del nacimiento de Alberto Durero, un 21 de mayo de 1471. Primera señal. Segunda señal: fue en 1513 cuando Durero grabó su famoso El caballero, la muerte y el diablo, es decir, quinientos años antes de la muerte de Dominique Venner en 2013. Tercera señal: Dominique Venner publicó el 23 de abril de 2013, un mes antes de su muerte, un texto magnífico y premonitorio: "Salut à toi, rebelle Chevalier!" [¡Salud, rebelde caballero!]. Es imposible no leer un pasaje del mismo: "La muerte, el caballero la conoce. Sabe que está al final del camino. ¿Y qué? ¿Qué puede hacerle, a pesar del reloj de arena que blande para recordarle el flujo inexorable de la vida? Eternizado por la huella, el caballero vivirá para siempre en nuestra imaginación, más allá del tiempo. Cuarto signo: la portada de su libro-testamento, que reproduce el famoso grabado de Durero; y así podemos imaginarnos fácilmente a Dominique Venner dirigiéndose hacia la muerte con una leve sonrisa en el rostro, como el caballero de bronce de Durero, indiferente al diablo que hace muecas, decidido e impasible.

La audacia paradójica y provocadora de esta muerte

Hace ya diez años que celebramos esta fecha. Sin embargo, ya no es sólo un aniversario, ni un día de luto, sino un augurio favorable [a pesar de Gérard Darmanin, nuestro ministro de Disolución y Prohibición]: según los deseos del propio difunto, la aurora de un nuevo ciclo, la aurora de un nuevo amanecer. Porque aún no ha llegado el momento de los inventarios y las evaluaciones, porque el camino que queda por recorrer es todavía largo. Más que celebrar un nombre, aunque sea uno de los más grandes para nosotros, debemos dar vida a la terrible lección que nos dio el 21 de mayo de 2013. Tal es la audacia paradójica y provocadora de esta muerte. Hay algo imperativo en ella que nos convoca a ser aún más activos, aún más exigentes. Emana de ella una energía decuplicada, una fuerza contagiosa de propagación, como un poder invencible de radiación. Para nosotros, debe ser como un mito movilizador y una contraseña que nos damos los europeos de sangre. Dominique Venner ha vertido la suya para fortalecer y refrescar la nuestra. Al morir, ha encendido una llama en cada uno de nosotros, nos ha pasado la antorcha, ha prendido una chispa que debe incendiar la llanura. Nos deja no sólo un legado, sino una promesa y un destino.

 

 

Maurice Barrès habla en Les déracinés [Los desarraigados] de la virtud social de un cadáver en relación con el funeral de Victor Hugo. Dominique Venner no es ciertamente un cadáver en el sentido que Barrès da a esta palabra, pero debemos cuestionarnos, no obstante, las virtudes sociales y políticas de su muerte. Esto es lo que debemos cuestionar. Él mismo nos invitó a hacerlo, a dar a su gesto y a su ademán una interpretación adivinatoria, a hurgar en sus entrañas, con la esperanza de sacar a la luz su alma... y la nuestra en el proceso.

La agonía de la agonía

Entonces, ¿cuál es el significado convincente de su muerte para nosotros? En primer lugar, es una muerte voluntaria; y en la muerte voluntaria la palabra más importante es voluntaria. Es un acto de libre albedrío: la resolución de un alma decidida a morir, que ha tomado la decisión de inmolarse en la mesa del sacrificio. Reducido a su expresión más básica, en un sacrificio intervienen dos actores: el oficiante, encargado del sacrificio, y la víctima sacrificada. Pero aquí los dos actores son uno: el sacrificado es también el sacrificador. Con otras palabras, Dominique Venner mata y es matado. Se mata para no morir, o más exactamente:

Dominique Venner se mata físicamente para no morir espiritualmente

se mata físicamente para no morir espiritualmente. Con otras palabras, se mata para que le sobrevivamos; y si le sobrevivimos, es porque no está muerto, porque vive en nuestros corazones como una fuerza vital.

En una milagrosa coincidencia de contrarios, Dominique Venner está a la vez río arriba y río abajo, antes y después de nosotros. Está muerto y nunca ha estado tan vivo. Para decirlo una y otra vez, su muerte no es un suicidio. De hecho, es exactamente lo contrario. Es simbólica, metafórica, proféticamente, el suicidio del suicidio de Europa, la muerte de la muerte, la agonía de la agonía, la negación de la negación. Por paradójico que sea, es la afirmación y reafirmación del poder soberano de la vida. Ésta es la dialéctica que se puso en marcha aquel fatídico día. Dominique Venner se sacrificó para que su pueblo no fuera sacrificado. Así dejó constancia de ello en Un samouraï d'Occident cuando evocó el "valor sacrificial y fundacional" de su muerte: sacrificial y fundacional. No se trata tan sólo, así pues, de una conjuración y una exhortación. Se trata, aún más, de una prefiguración. Al menos así se nos presenta. Nos encontramos en el centro de este fenómeno que Hans Blumenberg, uno de los grandes nombres de la filosofía alemana del siglo XX, denomina "prefiguración". Una "prefiguración" consiste en apropiarse de una acción gloriosa del pasado para convertirla en un símbolo que actúa en el presente y en el futuro. Como reapropiación, da legitimidad a nuestras acciones. De hecho, la vida y la muerte de Dominique Venner se sitúan bajo el signo de estas "prefiguraciones", es decir, figuran por adelantado nuestro destino.

De Maquiavelo a Dominique Venner

Maquiavelo soñaba con un acontecimiento que, cada diez años, aturdiera al pueblo y reavivara su virtus. A veces sólo hace falta un gesto, el ejemplo de uno, porque más allá de esos diez años, advirtió, "los hombres cambian sus costumbres y empiezan a elevarse por encima de la ley". Si no se produce un acontecimiento que despierte el temor al castigo y restablezca en todos los corazones el pavor que inspiraba la ley, los culpables se multiplicarán hasta el punto de que no podrán ser castigados sin peligro. Qué clarividencia, la de Maquiavelo: es exactamente lo que nos está ocurriendo hoy, cuando "los culpables se multiplican hasta el punto de que no pueden ser castigados sin peligro". La muerte de Dominique Venner debería servirnos de ejemplo. Maquiavelo habla de "renovación". Sin renovación, los cuerpos sociales —la sociedad— se marchitan, dice. Pero sólo pueden renovarse volviendo a su "principio vital".

Ésta es la respuesta de Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, a la pregunta de "qué hacer", que no sólo obsesionaba a Lenin y a los revolucionarios rusos, sino también a Dominique Venner. ¿Qué podemos hacer para frenar nuestra decadencia programada; en una palabra, en el inexorable proceso de decadencia (Patrick Buisson, Michel Onfray, Julien Freund), en esa inevitabilidad inscrita en la política, pero reversible según Maquiavelo? ¿Qué podemos hacer? ¡Restablecer nuestro principio vital! Maquiavelo lo recalca en sus Discursos. Está literalmente obsesionado por esta cuestión, ni más ni menos que Dominique Venner: ¿cómo podemos prevenir o curar la corrupción de las instituciones, de la moral y de los corazones? Maquiavelo reclama medios que él mismo califica de "extraordinarios" o "extraños" —que es lo que fue la muerte de Dominique Venner en Notre-Dame de París—, pero nunca dice explícitamente cuáles son, sin desactivar antes su brutalidad. Vuelvo a citar sus Discursos: hay que "reavivar en el alma de los ciudadanos el terror y el miedo que habían inspirado para tomar [el poder]". ¿Cómo hacerlo? Golpeando las mentes con asombro, la única forma de sacudirlas de su letargo. Sin tales acciones, añade Maquiavelo, los hombres se envalentonan y se creen por encima de las leyes y la moral.

Al hacerlo, Maquiavelo pone al descubierto el gran aspecto tácito de la política, su violencia constitutiva, que, según Marx, da origen a la historia. Siempre vuelve sobre lo mismo. Nuestra hipersensibilidad a la violencia nos ha hecho olvidarla. Maquiavelo habría visto en esta hipersensibilidad un signo de decadencia, sabiendo que esta decadencia era para él la gran ley de la evolución —o involución— de los regímenes políticos. Entonces, ¿cómo podemos retrasar, invertir y anular esta inexorable degeneración de la política, este carrusel crepuscular? Volviendo constantemente al origen, al primer principio. Éste es el esfuerzo de Sísifo que Maquiavelo y —creo— Dominique Venner nos piden: empezar siempre de nuevo, volver siempre (lo cual es lo más difícil en la vida de un hombre).

Un Sísifo nietzscheano

Lejos de mí hacer de Dominique Venner una discípula de Albert Camus: Argelia les separó desde el principio. Hay que buscar rastros del camusismo de Dominique Venner más en el lado de Renaud Camus que en el de Albert. Dicho esto, la cuestión que plantea El mito de Sísifo de Camus es la que nos preocupa hoy: el suicidio. "Sólo hay un problema filosófico realmente grave: el suicidio”. La interpretación que Dominique Venner hace del problema es exactamente la opuesta a la de Camus. No tiene nada de absurdo. Al contrario. Lo que está en juego es el implacable despliegue del destino, y es un acto libremente consentido. Sin embargo, se puede establecer, por qué no?, una comparación entre L'Homme révolté [El hombre rebelde], que es la respuesta de Camus a su "Sísifo", y Le Coeur rebelle [El corazón rebelde] de Venner, aunque éste no imaginaría ciertamente un Sísifo feliz, sino un Sísifo nietzscheano.

Entonces, ¿cómo podemos volver a este principio vital? Mediante el sacrificio, responde Dominique Venner. El hombre se mide por el rasero del sacrificio. El sacrificio es la medida del hombre. Porque no debemos malinterpretar el sentido de su gesto, ni el objetivo al que apuntaba: fue a nosotros a quienes encañonó aquel día, fue a nosotros a quienes apuntó con su arma, a nosotros a quienes convocó a actuar. Si su muerte no tiene virtudes activas, es porque estamos muertos. Si no tiene propiedades y virtudes movilizadoras, es que esta muerte no es la muerte de la muerte.

Lo que tenemos que hacer es que esta muerte sea aún más elocuente, aún más ejemplar, aún más evocadora, aún más movilizadora. Ésa es nuestra misión. Pero se debe admitir que Dominique Venner nos ha facilitado la tarea: hay pocas vidas tan heroicas y sacrificadas como ésta, una vida como la de Plutarco. Por más que busquéis no encontraréis una vida como la suya entre nuestros contemporáneos. Es a nosotros a quienes nos corresponde darle las virtudes específicas y las propiedades activas del mito, como ha sugerido Alain de Benoist.

¿Para qué sirven los mitos políticos?

Evidentemente, lo que nos interesa aquí es el mito en su dimensión política. Podríamos debatir indefinidamente sobre la naturaleza de los mitos políticos y las religiones laicas. ¿Siguen siendo mitos y religiones? Apostemos por el sí. Un mito político no puede decretarse. En cambio, sí depende de nosotros identificarlo e instrumentalizarlo. Los únicos regímenes que han recurrido a él en el siglo XX son los sistemas totalitarios:

Sólo los regímenes totalitarios han recurrido al mito en el siglo XX

el mito de la raza y la sangre por un lado, el mito del mesianismo proletario por otro. Ocupan todo el espacio del siglo XX, aunque todavía queda sitio para un mito que es anterior a ellos y que fue nuestro durante más de dos milenios: el mito de la tierra y de los muertos.

Si realmente queremos entender qué es un mito político, podríamos recurrir a Thomas Mann y su Doctor Fausto, escrito durante la Segunda Guerra Mundial. En la era de las masas —escribe desde una perspectiva crítica— "los mitos populares, o mejor dicho, los mitos adaptados a las masas, [se convierten ahora] en los vehículos de los movimientos políticos: ficciones, quimeras, fábulas. No necesitan tener la menor relación con la verdad, la razón, la ciencia, para ser creativos, condicionar la vida y la historia, y ser así realidades dinámicas". Thomas Mann vuelve a decir del mito político que es una "fe forjadora de la comunidad".

Hay otro hombre que pensaba sobre el mito político en términos similares, pero positivos. Thomas Mann lo había leído atentamente: era Georges Sorel, el autor de Reflexiones sobre la violencia. El mito soreliano es un mito movilizador. Se basa en una utilización voluntaria, voluntarista, casi autorrealizadora, de un marco histórico. Tiene un valor impulsor. Es un principio activo, una "realidad dinámica" (Thomas Mann copia aquí a Sorel). Proporciona una "imagen" de batalla, una imagen-fuerza inflamable. Sólo tenemos que prenderle fuego. La adhesión al mito nos sitúa "por encima del desaliento", continúa Sorel. Es la palanca de la acción. Su poder de acción es contagioso. Dibuja un paisaje mental propicio a la acción colectiva. Como tal, es una construcción que transforma lo que toca en energía cinética, en movimiento. Tiene un efecto multiplicador, movilizador, acelerador. Es un multiplicador de poder. En resumen, esto es todo lo que el nombre de Dominique Venner debe ser para nosotros. Las similitudes entre los dos hombres son asombrosas. El mismo ideal ascético, el mismo culto a los Antiguos, los mismos valores morales, la misma ética guerrera, el mismo heroísmo.

La dialéctica del pesimismo y el optimismo

El mito es la revelación tautológica de lo que somos, de nuestro destino. No explica, es la explicación. No se demuestra, simplemente está ahí. Toda la dificultad del análisis proviene de ahí. Se funde con lo que afirma. Explicar el mito es reconocer que hemos perdido su sentido. Al hacerlo, nos negamos a nosotros mismos cualquier recurso al mito. No es más que una lengua muerta, un objeto arqueológico abandonado a la curiosidad de los investigadores, algo que pertenece a épocas pasadas, que ha tenido su día. Yo no lo creo. La religión puede desaparecer (lo que está por demostrar), no lo religioso.

El mito puede desaparecer (lo que está por demostrar), no lo mítico.

El mito puede desaparecer (lo que está por demostrar), no lo mítico.

El mito tiene la propiedad de reactivarse, de actualizarse constantemente. La prueba: estamos aquí. La pregunta que sigue sin respuesta: ¿estamos antes o después de la batalla decisiva? Jean Raspail pensaba que la batalla ya había tenido lugar, que la habíamos perdido. Dominique Venner, en cambio, pensaba que la gran batalla de nuestro tiempo está ante nosotros. Sea cual sea el genio de Raspail, debemos rechazar con todas nuestras fuerzas la perspectiva que él nos presenta a modo de castigo. La falta de valientes no debe hacernos ceder al desánimo. Nos corresponde a nosotros suscitarlos con nuestro entusiasmo, con nuestra determinación, con nuestro ejemplo. "Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad", decía Antonio Gramsci, lema que tomó de Romain Rolland, quien a su vez lo tomó de Nietzsche.

La Historia está abierta

Nunca las opciones han sido tan claras, los peligros tan amenazadores, las respuestas tan urgentes. Europa se enfrenta al mayor reto de su historia, como dice Renaud Camus, el de su supervivencia como unidad de civilización. En la tormenta que se avecina, Dominique Venner es un faro, un vigía, un centinela. Su gesto nos hace afrontar nuestras responsabilidades como europeos.

O renacemos, o nos hundimos en las aguas del Leteo

O renacemos, o nos hundimos en las aguas del Leteo. ¿Qué compromisos estamos dispuestos a asumir? ¿Qué esfuerzos debemos hacer? ¿Qué parte de nosotros mismos ofrecer? ¿Qué proyectos de fundación o refundación debemos poner en marcha? Esto es lo que nos dice la muerte de Dominique Venner. Nos obliga y nos ata como un juramento.

¿Qué hemos hecho en diez años? ¡Muchísimo! ¿Qué queda por hacer? ¡Todo! Tomar iniciativas en lugar de soportar las de nuestros adversarios. Lanzar consignas en lugar de someternos a ellas. Abrir frentes en lugar de cerrar brechas. Sí, queda todo por hacer.

Dominique Venner llamó a un despertar espiritual, cultural y poético de Europa, imbuido como estaba de un sentido de la vida, una vida marcada por el rechazo de la desesperación, de las fatalidades y de las escuelas de decadencia. A su izquierda, desconfiaba del providencialismo hegeliano y su fin de la historia, y a su derecha, de la ineluctable decadencia de Oswald Spengler y Paul Valéry. No todo está acabado, todo puede volver a empezar, ninguna decadencia es irreversible, toda decadencia es temporal. Es la acción de la voluntad de los hombres la que controla la historia, nada de fatalismo. La historia siempre está abierta, la misa nunca está dicha del todo, la suerte nunca está completamente echada. Teniéndolo todo en cuenta, no hay ley de la decadencia: lo imprevisto es la regla. Es algo que no queremos ver, como hombres prisioneros del momento, con la nariz pegada a los acontecimientos. Sin retrospectiva. Donde deberíamos ser águilas, somos topos. Ahora bien, como podemos convenir fácilmente, la miopía no es la mejor forma de abordar la historia. La Historia no evoluciona como el curso de un río —decía Venner—, sino como el movimiento invisible de una marea salpicada de ondas. Vemos el remanso, no la marea. ¡Estemos atentos a la marea! ¡Apresuremos su llegada! ¡Asegurémonos de ser nosotros quienes prendamos la mecha de lo inesperado en la historia! Entonces Dominique Venner no habrá muerto en vano.

 

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