Los dineros persas de Podemos… y de VOX

Vale la pena destacar esta doble y contrapuesta financiación por parte del Irán escindido entre la teocracia en el poder y la oposición liberal en el exilio.

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Pero no son los mismos dineros, por supuesto. Unos (los de Podemos) fueron abonados por los teócratas del actual régimen iraní. Quienes financiaron a VOX (o, más precisamente, a Vidal-Quadras, que fue quien obtuvo los fondos) fueron en cambio los liberales que, desde la resistencia en el exilio, luchan contra dicha teocracia. Lo hicieron en aquellas bienaventuradas elecciones europeas de 2014 en las que, por una vez, los hados se apiadaron de nosotros e hicieron que, por una ínfima diferencia de votos, no fuera elegido Alejo Vidal-Quadras, con lo cual salió éste de VOX y se terminó lo que hubiera sido la deriva liberal-pepera del partido que hoy concita tantas esperanzas.

En sí misma, es tan intrascendente como baladí la cuestión de dicha financiación.

En sí misma, es tan intrascendente como baladí la cuestión de dicha financiación (realizada, en el caso de VOX, según lo estipulado por la legislación española; y con independencia de ella en el caso de Podemos, pues lo que financiaron los ayatolas fue a unos señores que proyectaban constituir un partido). Lo importante no es ser financiado, en casa o en el extranjero, por los amigos de cada cual. Lo importante es ver quiénes son los amigos de unos y de otros.

Es esto lo que vale la pena destacar: esta doble y contrapuesta financiación de la oposición española (hace cinco años Podemos aún podía parecer oposición; hoy ya es Casta) por parte del Irán escindido entre la teocracia en el poder y la oposición liberal en el exilio.

Dada la situación iraní, esta escisión es obviamente imposible de abolir. Sus dos términos, tal como se han conformado en la antigua Persia, son simple y llanamente irreconciliables. Ocurre sin embargo que estos dos términos —conformados, huelga decir, de forma totalmente distinta— no dejan de constituir la unidad que nos puede sacar del atolladero —del Abismo democrático, lo llamo en mi último libro— en el que está sumido nuestro mundo.

Los unos y los otros

Cojamos el toro por los cuernos. Veamos toda la ambigüedad de la que estos dos términos son expresión.

¿Cómo no simpatizar de corazón con esos exiliados iraníes que combaten el poder que pretende modelar el mundo según la Verdad decretada por un todopoderoso Dios? ¿Cómo no solidarizarse con esos homosexuales colgados de una grúa por el mero hecho de serlo?

¿Cómo no verse atraído por las hermosas y minifalderas muchachas de los años 70?

¿Cómo no verse atraído por las hermosas y minifalderas muchachas de los años 70? ¿Cómo no execrar los esperpentos velados con que fueron remplazadas por la revolución clerical?

Pero, al mismo tiempo, ¿cómo no ser conscientes de que si los exiliados liberales alcanzaran el poder, lo que imperaría sería el nihilismo —lo conocemos de sobra— donde, desacralizado todo, todo se disuelve y todo vale (salvo el dinero, que vale por encima de todo)? ¿Cómo olvidar que cuando las hermosas muchachas se desprendieran de sus infames velos, correrían el riesgo de convertirse en adalides de la indiferenciación de sexos, so pretexto de la cual se intenta implantar en Occidente la hegemonía femenina y el delirio de la ideología de género?

Y pasando al otro lado, ¿cómo olvidar que si los males de nuestro mundo se resumen en el imperio de la indiferenciación o desacralización (que va mucho más allá de lo estrictamente religioso), fue precisamente de ello de lo que el régimen iraní intentó escapar, sacralizando el mundo, asentándolo sobre pilares incontrovertibles? Pilares, que, entendidos a la manera teocrática del islam, no son, por supuesto, del más mínimo recibo; su remedio es infinitamente peor que la enfermedad que pretenden combatir; pero pilares son, qué duda cabe, y como tales se imponen con el decidido apoyo, por cierto —he ahí un buen ejemplo de populismo—, de las capas rurales y populares de la población.

Ni los unos ni los otros

La misma ambigüedad la encontramos también en el campo de lo geopolítico. ¿Cómo olvidar que es la Rusia de Putin la que, junto con las fuerzas armadas del Irán de los ayatolas, ha sostenido al régimen religiosamente plural de Bashar al-Assad, habiendo logrado derrotar al Daesh islámico y salvar al régimen sirio que las potencias occidentales pretendía derrocar? ¿Cómo olvidar que, si los actuales y liberales opositores iraníes hubiesen estado en el poder, también Siria se hubiera tenido con toda probabilidad que enfrentar a ellos?

Ni los unos ni los otros, pues. Ni Alá ni la Nada.

Ni el mundo sometido a los designios del Todopoderoso, ni el mundo hundido en el blando lodazal de la Nada.

Ni el mundo sometido a los designios del Todopoderoso, ni el mundo hundido en el blando lodazal de la Nada. El mundo vertebrado, en cambio, en torno al aliento de lo sagrado: de lo grande, de lo bello, de lo alto. Y, a la vez, el mundo asumiendo, puesto en pie, todo el abismo —democrático lo llamo, con ambigüedad expresa— de la indeterminación que todo lo funda y cuyo nombre es libertad.

Tal es el difícil, apasionante, gran reto de nuestro tiempo.

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