Después de una temporada en Provenza hice una breve escapada a Flandes, tierra a la que regreso aproximadamente una vez cada diez años. Mi primer viaje allí fue en 1976, al terminar el bachillerato, cuando mi padre me llevó a la torre del Yser, en Diksmuide, centro del gran peregrinaje anual del nacionalismo flamenco.
En el camino, nos detuvimos ante la casa de Dominique Venner, que apenas nos recibió unos instantes en el umbral. Tuvimos más suerte con los muertos. En Abbeville rendimos homenaje a Joris Van Severen, dirigente nacionalista flamenco fusilado sin juicio por soldados franceses durante la debacle de mayo de 1940.
Después visitamos el cementerio militar alemán de Langemark, donde reposan decenas de miles de soldados, entre ellos muchos jóvenes voluntarios y estudiantes caídos en 1914. No lejos de allí, los fusileros de marina franceses del almirante Ronarc’h, muchos de ellos bretones, defendieron Diksmuide. Jóvenes europeos mataban a otros jóvenes europeos en nombre de Estados que volverían a conducirlos a la carnicería veinticinco años más tarde.
Flandes enseña la gravedad. No necesita proclamarla: la hace brotar del suelo.
Al regresar hacia Lille, mi mirada se detuvo en la portada de Libération, dedicada a Marine Le Pen. Compré el periódico para leerlo durante el trayecto. El retrato era feroz, como cabía esperar, aunque menos necio de lo habitual. El diario la presentaba como una mujer a quien se ha enterrado políticamente en numerosas ocasiones y que siempre ha acabado levantando la tapa del ataúd.
El atentado que destruyó la vivienda familiar cuando era niña, la escisión de Bruno Mégret, la expulsión de su padre, el desastroso debate presidencial de 2017, la aparición de Éric Zemmour en 2022 y ahora la condena judicial por el caso de los asistentes del Parlamento Europeo: Marine Le Pen ha sobrevivido a todo.
La aversión casi patológica que despierta entre los periodistas de la izquierda francesa no logra ocultar una evidencia. Se trata de una mujer dotada de una resistencia extraordinaria.
No conozco personalmente a Marine Le Pen, aunque sí conocí a su padre. He tratado, sin embargo, a bastantes personas de su entorno y tengo de ella una imagen bastante precisa, muy alejada de mi sensibilidad política.
Marine Le Pen es una hija de la política, no de las ideas. La diferencia resulta esencial. La política llegó a ella como una historia de familia, poblada de lealtades, traiciones, herencias y ajustes de cuentas. A los ocho años conoció la violencia política por la explosión de una bomba. De adolescente acompañó a su padre en las campañas electorales. Más tarde trabajó en el servicio jurídico del Frente Nacional y, durante la escisión de 1998, se convirtió en una de las guardianas más implacables del aparato.
La heredera prevista no era ella, sino su hermana mayor, Marie-Caroline, que siguió a Bruno Mégret durante la ruptura del partido. Marine permaneció junto a su padre y aprendió una regla fundamental: los hombres pasan, las doctrinas cambian y el apellido permanece.
Cuando conquistó la presidencia del Frente Nacional en 2011, su adversario era Bruno Gollnisch, representante de una derecha más católica, más conservadora y más doctrinal. Marine Le Pen declaró entonces que nunca permitiría que el partido cayese en manos de “esa gente”.
“Esa gente” eran, en buena medida, quienes todavía creían en las ideas.
Marine Le Pen no siente una mera desconfianza hacia los intelectuales. Detesta todo aquello que una doctrina implica: continuidad, coherencia, memoria y límites. Una idea obliga. Impide cambiar de posición al ritmo de los sondeos. Exige combatir ciertas batallas aunque puedan perderse. Obliga a distinguir entre lo negociable y aquello que no puede abandonarse sin renunciar a la propia identidad.
Para una máquina electoral, las ideas son un estorbo.
El lector español puede comprender mejor esta diferencia comparando a Marine Le Pen con Jorge Verstrynge. A primera vista, la aproximación puede parecer extravagante. Verstrynge fue secretario general de Alianza Popular junto a Manuel Fraga, diputado de la derecha y uno de los jóvenes dirigentes llamados a modernizar el conservadurismo español. Después rompió con Fraga, se acercó al PSOE, evolucionó hacia una izquierda soberanista y terminó frecuentando el entorno de Podemos, al tiempo que se definía como populista o nacionalbolchevique.
Pocas trayectorias ideológicas han conocido semejante mudanza. Se podría concluir que Verstrynge carece de convicciones o que cambia de chaqueta con la misma facilidad con que otros cambian de corbata. Creo exactamente lo contrario. Verstrynge ha cambiado de ideas porque siempre se ha tomado las ideas en serio. Cada una de sus metamorfosis responde a lecturas, decepciones históricas, intuiciones geopolíticas y a la búsqueda, acaso imposible, de una síntesis entre nación, soberanía y justicia social.
Verstrynge hizo política, llegó incluso a las alturas de un gran partido, pero nunca fue verdaderamente un hombre de aparato. Fue un hombre de ideas extraviado durante algunos años en la política profesional. Sus convicciones podían conducirlo de un extremo a otro, enfrentarlo con sus antiguos compañeros y condenarlo a una marginalidad poco confortable. Sus conclusiones podían ser discutibles, contradictorias o incluso erróneas, pero siempre procedían de una reflexión doctrinal. En él, la idea precedía a la posición.
Marine Le Pen representa el movimiento inverso. En ella, la posición precede siempre a la idea. No cambia de doctrina porque haya descubierto un principio nuevo, leído un libro decisivo o revisado su interpretación de la historia. Cambia cuando una doctrina se convierte en un obstáculo electoral, cuando una propuesta inquieta a los sondeos o cuando la televisión declara infranqueable una nueva frontera moral.
Verstrynge ha podido recorrer medio espectro político sin dejar de ser un intelectual. Marine Le Pen puede permanecer toda su vida en el mismo partido sin llegar a profesar una verdadera doctrina. El primero ha sacrificado varias veces su posición a sus ideas; la segunda sacrifica regularmente sus ideas a su posición.
El intelectual recuerda las promesas incumplidas, compara los discursos y encuentra en las hemerotecas las declaraciones que el dirigente preferiría olvidar. Marine Le Pen prefiere a los fieles, a los organizadores, a los portavoces disciplinados y a los tránsfugas cuya adhesión sirve para demostrar que el partido se ha vuelto respetable.
La llamada “desdemonización” del Frente Nacional no fue solamente una táctica. Respondía también a su temperamento. Consistió en eliminar progresivamente todo aquello que entraba en contradicción con la moral de la televisión francesa.
Esa moral desconfía de las antiguas formas, de la transmisión, de las filiaciones y de las identidades históricas europeas. Acepta el folclore mientras permanezca encerrado en los museos. Celebra las identidades importadas, pero considera sospechosa cualquier voluntad de continuidad nacional. Presenta cada ruptura antropológica como un progreso inevitable y convierte en retrógrado a quien se atreve a oponerse.
Marine Le Pen no combate realmente esa moral. Con frecuencia se somete a ella.
Su actitud durante el debate sobre el matrimonio homosexual fue reveladora. En 2013, una parte considerable de Francia salió a la calle para oponerse a una reforma que afectaba no solo al matrimonio, sino también a la filiación, a la familia y a la definición jurídica de la paternidad y la maternidad. La Manif pour tous movilizó a cientos de miles de personas y dio origen a una nueva generación de militantes católicos y conservadores.
Marine Le Pen se mantuvo a distancia.
Se declaró contraria a la ley, aunque se negó a participar en la gran manifestación de enero de 2013 y calificó la polémica de maniobra destinada a distraer a los franceses de los verdaderos problemas sociales. Algunos dirigentes del Frente Nacional sí desfilaron y, en una protesta posterior, el partido terminó enviando una delegación. Lo más significativo no fue, por tanto, una prohibición formal, sino su incapacidad para comprender el alcance histórico de aquella movilización.
Donde otros percibían una ruptura antropológica, Marine Le Pen veía una distracción electoral.
Una dirigente apegada a las antiguas formas habría comprendido que aquellas familias no defendían únicamente un artículo del Código Civil. Defendían una determinada idea de la transmisión, la distinción entre padre y madre y la continuidad entre generaciones. Marine Le Pen vio sobre todo una movilización demasiado católica, demasiado conservadora y demasiado alejada del electorado popular procedente de la izquierda que pretendía conquistar.
La misma prudencia reapareció en 2021, cuando el Gobierno francés disolvió Génération Identitaire. El Rassemblement National criticó la medida, aunque ordenó a sus principales dirigentes mantenerse alejados de la manifestación de apoyo. Marine Le Pen defendía la libertad de asociación sin querer acercarse demasiado a quienes sufrían su supresión.
La identidad le incomoda porque presupone una realidad anterior a la República: un pueblo, una historia, un origen y una civilización.
Marine Le Pen no es una identitaria. Su Francia es, ante todo, una construcción política y social: fronteras, servicios públicos, seguridad, pensiones y preferencia nacional. Continúa creyendo en la asimilación republicana, como si bastara con restaurar la autoridad del Estado para integrar indefinidamente a poblaciones llegadas de cualquier lugar.
Para un identitario, Francia no es simplemente una administración que distribuye derechos. Es el producto singular de una historia, de una cultura y de un pueblo que ninguna adhesión individual puede reproducir por sí sola. La diferencia entre ambas concepciones no es de grado, sino de naturaleza.
Marine Le Pen tampoco pretende restaurar nada. No aspira a reconstruir las antiguas formas, a devolver su autoridad a las instituciones tradicionales ni a reparar las continuidades destruidas. Quiere administrar de manera más eficaz el mundo presente. Menos inmigración, más seguridad, mayor protección social y un Estado más firme, sin cuestionar a fondo la revolución cultural que ha producido ese mismo mundo.
Su proyecto consiste en hacer habitable la sociedad de la televisión.
En este sentido recuerda a Jacques Chirac. Carece de ideas estables, salvo aquellas que puede recoger al vuelo y adaptar a las necesidades del momento. Su doctrina es maleable y su moral política bastante elástica. Esa ausencia de convicciones queda compensada por una energía personal considerable y una voluntad de poder poco común.
Tal pobreza doctrinal no debe llevarnos a subestimar a la persona. Marine Le Pen tiene coraje. Soporta las campañas de prensa, las derrotas y las traiciones con una solidez que sus enemigos nunca han comprendido. Su padre se convirtió en un obstáculo: lo expulsó. La salida del euro asustaba a los votantes: abandonó la propuesta. La oposición al matrimonio homosexual resultaba electoralmente costosa: dejó de considerarla una prioridad.
No traiciona sus ideas, porque no reconoce a ninguna el derecho de limitar su libertad de maniobra.
El debate presidencial de 2017 habría destruido a casi cualquier dirigente. Marine Le Pen reapareció dos años después ganando las elecciones europeas. En 2022, Éric Zemmour pensó que podría adelantarla hablando de civilización, historia, inmigración y demografía. Los intelectuales se acercaron a él; las clases populares permanecieron junto a ella.
Marine Le Pen había comprendido mejor la televisión.
Ahora la justicia francesa ha confirmado su culpabilidad en el caso de los asistentes del Parlamento Europeo. Ha sido condenada a una pena de prisión parcialmente suspendida, a una elevada multa y a un periodo de inhabilitación que, por las peculiaridades del calendario judicial, ya ha cumplido. Puede presentarse, por tanto, a las elecciones presidenciales de 2027, aunque su recurso ante el Tribunal de Casación mantiene sobre ella la amenaza de una pulsera electrónica en plena campaña.
Pocos días antes de la sentencia aseguraba que no podría hacer campaña con una pulsera. Después del fallo anunció inmediatamente su candidatura. Puede llamarse contradicción, renuncia o simple oportunismo. También es posible ver en ello la expresión más pura de su carácter: Marine Le Pen nunca abandona mientras quede una salida, por estrecha que sea.
Saldrá a campaña con un hilo atado al tobillo. Será como el esparadrapo del capitán Haddock: uno cree haberse librado de él y termina reapareciendo adherido a la mano, al rostro o a la ropa.
Su tenacidad obliga, pese a todo, a cierto respeto. Ha sobrevivido a su familia, a su padre, a sus colaboradores, a sus derrotas, a sus competidores y, hasta ahora, a sus jueces. Posee la resistencia de los grandes animales políticos.
Desconozco qué Francia pretende salvar Marine Le Pen. Sé con bastante claridad cuáles no quiere encarnar: la Francia de las antiguas fidelidades, de las provincias carnales, de las familias históricas y de una Europa concebida como casa común de pueblos emparentados.
La nación que propone es menos una herencia que un contrato social protegido; menos una civilización que un Estado suficientemente fuerte para garantizar el orden, las pensiones y el poder adquisitivo.
Esa Francia puede llevarla al poder. No responde, sin embargo, a la pregunta que plantean las tumbas de Langemark, la torre del Yser y el quiosco de Abbeville: ¿qué es un pueblo, sino una larga fidelidad entre los vivos, los muertos y quienes todavía no han nacido?
Marine Le Pen sabe adónde quiere llegar: al poder.
Seguimos sin saber qué ideas llevaría consigo.




















