El frío del agua y el silencio de las cunas

El cambio de paradigma es brutal. Lo que se desmorona no es sólo un principio, una columna. Es la piedra angular sobre la que se alza la civilización. No sólo la nuestra, sino cualquiera. “El hijo —escribe Trystan Mordrel— ya no es una consecuencia, sino una hipótesis. No una evidencia, sino una negociación.”

 


 

En Bretaña, en la playa de Lehan, en Lechiagat, bajo una luz indecisa que el aire salino volvía lechosa, vi avanzar a una pareja joven en el mar. Caminaban despacio, enlazados, con el agua hasta la cintura, como si desafiaran juntos una naturaleza que ya no perdona. El frío era evidente, pero no lograba romper esa unidad silenciosa que los sostenía.

Aquella imagen, tan sencilla, tenía algo de reliquia.

Porque lo que en otro tiempo fue la forma más común de la vida hoy comienza a adquirir el estatuto de lo excepcional. Y me sorprendí pensando, sin más prueba que la persistencia de una intuición, que en Buenos Aires o en Santiago uno ve aún esas parejas con mayor naturalidad que en las ciudades europeas. Como si en el sur del mundo el hilo no se hubiese cortado del todo, como si allí la vida siguiera brotando con una obstinación que aquí se debilita.

Esa sospecha tomó forma días más tarde, al leer a Rowan Pelling en el Telegraph . La autora describe a una generación de mujeres jóvenes, formadas, seguras de sí, pero instaladas en una suerte de desconfianza permanente hacia el porvenir, hacia los hombres, hacia la propia idea de familia. No es la rebeldía de otras épocas. Es algo más frío, más metódico, casi administrativo: una retirada.

Hace poco, una amiga mía, habituada a los salones donde aún sobrevive la liturgia de la respetabilidad, me contó una escena que vale por un tratado. Asistía a la boda de una joven profesional, bien situada, casada con un hombre de su mismo rango. Todo en la ceremonia remitía a la continuidad: los gestos, las palabras, el gasto mismo, como si la forma persistiera aun cuando el fondo ya no estuviera asegurado.

En un momento, mi amiga alzó su copa y pronunció el viejo deseo, ese que durante siglos fue casi un mandato benévolo: que la pareja tuviera muchos hijos.

El efecto fue inmediato. No un rechazo, sino algo más revelador: un silencio. Un leve estremecimiento en el aire, como si se hubiese quebrado una regla invisible. Luego, el murmullo volvió, pero ya nada era del todo igual.

Ese silencio decía más que cualquier discurso. El hijo ya no es una consecuencia, sino una hipótesis. No una evidencia, sino una negociación. La maternidad, lejos de ser el despliegue natural de la unión, se ha convertido en una concesión, casi en un contrato implícito entre dos voluntades soberanas.

Así se mueren las civilizaciones: no con estrépito, sino con delicadeza.

Durante años, el debate europeo se ha concentrado en la llamada “manosfera”, esa constelación de varones desorientados que buscan en internet una brújula que no encuentran en la vida real. Pero esa fijación en el síntoma ha dejado en penumbra la enfermedad.

Desde hace décadas, la crítica conservadora viene señalando que el feminismo moderno, en su fase más ideológica, no se limitó a ampliar derechos, sino que operó como un agente de disolución. Al separar la libertad de la continuidad y al oponer la realización individual a la transmisión, ha vaciado de sentido las estructuras que sostenían la vida común.

España es hoy uno de los ejemplos más claros de ese proceso. Con una fecundidad que apenas respira, el país parece haber abrazado con entusiasmo un modelo que no se reproduce. Se habla mucho de derechos, de identidades, de reconocimiento, pero poco de aquello que permite que una sociedad siga existiendo mañana.

Argentina, en cambio, ofrece todavía una resistencia imperfecta pero visible. Allí, a pesar de la retórica dominante, subsisten hábitos, inercias, formas de vida que no han sido completamente desarraigadas. La pareja, el hijo, la familia no han sido expulsados del imaginario colectivo con la misma violencia que en Europa. Tal vez por eso uno percibe en sus calles una vitalidad que aquí comienza a parecer sospechosa.

En este contexto, la alarma lanzada desde Mediapart sobre la “amenaza masculinista” adquiere un sentido particular. Se describe allí una galaxia de discursos antifeministas, de comunidades digitales, de jóvenes varones en busca de afirmación. Se habla de radicalización, de algoritmos, de violencia potencial.

Todo eso existe. Pero no es el centro.

Porque esta ofensiva contra el masculinismo forma parte de algo más amplio. Es un episodio de una larga guerra cultural contra las formas tradicionales de la sociedad europea. La familia, la complementariedad de los sexos, la continuidad generacional han sido, desde hace décadas, objeto de una deslegitimación sistemática. El feminismo contemporáneo ha sido, en gran medida, uno de los instrumentos privilegiados de esa transformación.

En ese marco, el masculinismo no es la causa, sino la consecuencia. Una reacción desordenada, a veces grotesca, ante una mutación más profunda. Combatirlo sin interrogar su origen es como apagar las brasas ignorando el incendio.

Y mientras tanto, la vida sigue, o más bien, se retira.

Vuelvo entonces a la playa de Lechiagat. A ese joven hombre y esa mujer avanzando en el agua fría, como si obedecieran a una ley más antigua que todas nuestras teorías. Tal vez no lo sepan, pero llevan consigo algo que no se decreta ni se negocia: la promesa de continuidad.

Como escribió Spengler, las civilizaciones no son asesinadas: se agotan. Se cansan de sí mismas. Dejan de querer lo que las hizo nacer.

Y entonces, un día cualquiera, en medio de una fiesta bien iluminada, alguien pronuncia la palabra “hijos”… y el mundo, por un instante, guarda silencio.

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