La famosa librería Lello, en Oporto

No lloremos demasiado por los libreros

¿EL MANIFIESTO la emprende ahora contra los libreros? ¡No, por Dios! Sólo contra los biempensantes y censores.

 


 

Salí hace unos días de una hermosa librería de provincias, de esas que todavía conservan algo del viejo encanto del papel, la madera clara, las cubiertas bien dispuestas y los mostradores donde el libro parece resistir, con modesta dignidad, al reinado de la pantalla. Había entrado por curiosidad, como entro a veces en las librerías cuando busco un libro ilustrado para regalar, una buena historieta, o simplemente ese perfume de tinta y cartón nuevo que aún tiene algo de promesa.

El local era agradable, la atención correcta, el surtido abundante. Todo parecía en orden. Justamente por eso salí con una impresión conocida, casi cómica: no había allí una sola idea que sobresaliera del renglón. Ningún libro verdaderamente incómodo. Ningún editor incorrecto. Ningún autor de derechas reconocible, salvo que estuviera muerto desde hacía tantos años que ya hubiera pasado a la categoría de patrimonio inofensivo. La audacia estaba situada, como de costumbre, en el lado autorizado de la estantería. La subversión tenía el sello de aprobación de la progresía cultural. La rebeldía olía a ministerio.

Al salir leí un artículo de Le Figaro sobre la crisis de las librerías independientes en Francia. El texto hablaba de un «milagro cultural francés» que empezaba a temblar. Las cifras no eran desdeñables: caída de ventas, cierres que, por primera vez, superaban a las aperturas, grandes nombres como Gibert Joseph o el Furet du Nord-Decitre en situación difícil, márgenes diminutos, alquileres en alza, salarios imposibles, lectores que envejecen, pantallas que devoran la atención, centros urbanos que se vacían. El gremio se reunía en Rennes, bajo la égida del Sindicato de la Librería Francesa, para buscar remedios a una enfermedad que ya no puede disimularse con palabras de temporada.

Uno debería entristecerse. Debería hablar del tejido cultural, de la vida de barrio, del comercio de proximidad, de la defensa del libro contra la brutalidad digital. Todo eso tiene su parte de verdad. Sin embargo, debo confesarlo con franqueza: cada vez que escucho los lamentos del pequeño librero independiente, siento subir en mí una alegría culpable, una de esas venganzas íntimas que uno creía domesticadas y que despiertan de pronto como un perro bajo la mesa.

Mis años en el mundo editorial me dejaron un odio tenaz hacia los libreros en general, y hacia los pequeños libreros independientes en particular. No hablo de una antipatía pasajera, ni de una prevención de oficio, sino de un odio rancio, sedimentado, nacido de demasiadas experiencias con esos guardianes de mostrador que confundían la venta de libros con la administración de una ortodoxia. No se limitaban a cobrar libros: absolvian o condenaban autores.

El librero independiente se presenta como un mediador entre el autor y el lector. Se imagina como guardián de la cultura, artesano del encuentro, humilde servidor de la inteligencia. Algunos lo son, sin duda. Hay libreros cultos, valientes, curiosos, capaces de leer contra sí mismos, que es una de las formas superiores de la civilización. Otros muchos son militantes reconvertidos, licenciados en letras alimentados durante años por profesores de extrema izquierda, que, al no encontrar un oficio más útil, decidieron vigilar desde una tienda lo que no pudieron vigilar desde una cátedra.

El poder del librero no debe subestimarse. El librero moderno no quema libros. Hace algo más eficaz: no los pide, no los coloca en mesa, no los recomienda, no los exhibe, no los deja existir. En una sociedad saturada de novedades, condenar un libro a la invisibilidad equivale casi a matarlo. La censura contemporánea no siempre necesita prohibiciones solemnes. Le basta con organizar la ausencia.

En España, donde la cuestión adopta formas algo distintas de las francesas, ese poder se desplaza con frecuencia hacia los grandes compradores, las cadenas nacionales y los distribuidores. El Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro o los departamentos centrales de compra poseen una capacidad inmensa para decidir qué libro entra en la circulación visible y cuál queda relegado al subsuelo. Javier Ruiz Portella, director de este periódico, no necesita que nadie se lo explique. Durante años dirigió la valiente editorial Áltera (sello aún hoy existente, pero en muy distintas manos) y conoció en carne propia esa censura blanda, burocrática, comercial, que nunca se presenta como censura. Se llama «riesgo reputacional», «dificultad de encaje», «perfil conflictivo», «falta de adecuación a la clientela». El resultado es siempre el mismo: el libro no pasa.

Quienes hemos trabajado en cubiertas, catálogos y lanzamientos editoriales sabemos de qué hablo. Había que pesar las palabras con balanza de boticario. No para atraer mejor al lector, ni para servir con mayor fidelidad al autor, sino para evitar que el comprador de El Corte Inglés o de la FNAC se alarmara. Una imagen demasiado franca, un título demasiado duro, una frase demasiado clara, y el libro podía quedarse fuera. La cubierta dejaba de ser una invitación al lector para convertirse en un pasaporte falso ante el guardia de frontera.

El caso reciente de Alvise Pérez, con Devuélveme mi país, ha mostrado hasta qué punto ese mecanismo sigue vivo. Más allá de los juicios que cada cual pueda tener sobre el personaje, su estilo o su movimiento, lo significativo es que un libro político con demanda evidente encuentre reticencias, negativas o puertas semicerradas en los circuitos tradicionales, mientras asciende como un cohete en Amazon y se vende por vías paralelas. El mercado dice una cosa. Los guardianes dicen otra. La España oficial de los escaparates intenta corregir a la España real de los lectores.

No se trata de un fenómeno aislado. Agustín Laje, argentino como yo, ha conocido una trayectoria semejante en el mundo hispánico. Sus libros contra la ideología de género, el feminismo radical y la nueva izquierda cultural han circulado con fuerza enorme por redes, conferencias, librerías amigas y plataformas digitales, mientras una parte del ecosistema editorial convencional lo trataba como a un apestado. El libro negro de la nueva izquierda, escrito con Nicolás Márquez, se convirtió en un texto de combate para millares de jóvenes hispanoamericanos y españoles. Precisamente por eso debía ser desacreditado. Lo que no puede refutarse con serenidad se intenta arrinconar con etiquetas.

Los libros vinculados a Vox, a Santiago Abascal, a Hermann Tertsch o a otros autores conservadores españoles han sufrido a menudo ese mismo tratamiento oblicuo. No siempre hay prohibición. Rara vez hay un gesto espectacular. La cosa funciona de manera más sutil. Un libro está disponible, sí, pero no visible. Puede pedirse, sí, pero no recomendarse. Puede comprarse, sí, pero casi como quien solicita un producto vergonzante. La derecha, cuando entra en ciertas librerías, es recibida como un cliente tolerado, no como una familia legítima del pensamiento.

El mecanismo es siempre el mismo. El librero o el comprador no dice «censuro». Dice que ejerce su libertad profesional. Dice que no desea «promocionar el odio». Dice que su establecimiento tiene «valores». Dice que no quiere servir de altavoz a la «extrema derecha». La palabra «valores», en boca de estos pequeños comisarios, suele significar una sola cosa: conformidad con el progresismo dominante.

Conviene recordarlo: una librería no es una sacristía ideológica. Es un comercio de libros. Naturalmente, todo librero selecciona. Nadie puede venderlo todo. Hay criterios de espacio, de calidad, de público, de oportunidad. Lo grotesco comienza cuando esa selección se transforma en pedagogía política, cuando el librero deja de servir al lector y se atribuye el derecho de corregirlo. Entonces el mostrador se vuelve púlpito, el catálogo catecismo y la mesa de novedades un boletín de voto.

Amazon, con todos sus defectos, quebró ese monopolio. No embelleció el mundo. No hizo mejores a los hombres. Convirtió muchas veces el libro en una mercancía más, sometida a algoritmos, embalajes y estadísticas. Aun así, para muchos editores incorrectos fue una liberación. Permitió que los libros proscritos alcanzaran a sus lectores. Abrió una carretera que los guardianes del circuito tradicional querían mantener cerrada. El lector conservador, católico, identitario, liberal antiwoke, nacional, patriota o simplemente curioso pudo encontrar aquello que el librero progresista no quería enseñarle.

Ésta es la parte que los libreros no quieren escuchar. Muchos de ellos empujaron a sus propios clientes hacia Amazon. Los expulsaron con sus escaparates doctrinarios, con sus mesas monotemáticas, con sus ausencias clamorosas, con su sonrisa de superioridad moral. Luego descubrieron que esos lectores compraban en otra parte. Lloraron entonces por la destrucción del comercio local, sin preguntarse cuántas veces habían convertido su tienda en territorio hostil para media nación.

La izquierda cultural ha colonizado durante décadas el mundo del libro. En Francia, en España, también en parte de Hispanoamérica, las librerías independientes se poblaron de los mismos autores, las mismas obsesiones, las mismas causas, las mismas heridas reglamentarias. Género, memoria, migración, antirracismo, ecologismo, feminismo, antifascismo, decolonialidad, diversidad. Todo puede estar, siempre que marche en la dirección correcta. El desacuerdo, en cambio, debe entrar por la puerta de servicio.

El problema económico de las librerías es real. Nadie lo niega. Los márgenes son estrechos, los alquileres suben, el libro compite con pantallas infinitamente más adictivas, las nuevas generaciones leen menos, la sobreproducción editorial ahoga incluso a los buenos títulos, y muchos empleados trabajan por salarios modestos pese a su formación. Sería injusto reducir toda la crisis a la ideología. También sería infantil fingir que la ideología no cuenta.

Los libreros han elegido a menudo su clientela moral. Han querido ser queridos por la izquierda universitaria, por el periodista cultural, por el profesor de instituto, por el concejal progresista, por el festival subvencionado, por la asociación que reparte certificados de virtud. Han mirado con prevención al lector de derechas, al católico sin complejos, al liberal que desprecia la ingeniería social, al lector preocupado por la inmigración, al joven que se burla de lo woke, al viejo patriota que aún compra historia. Luego descubren que les falta la mitad del hemisferio.

Una librería inteligente debería saber que el lector de derechas también compra libros. A veces muchos. Debería saber que el desacuerdo vende. Debería saber que una mesa donde convivieran Ortega, Unamuno, Maeztu, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Julián Marías, Dalmacio Negro, Gustavo Bueno, Alain de Benoist, José Javier Esparza, Javier Ruiz Portella, Marcelo Gullo, Christopher Lasch, Solzhenitsyn, Ernst Jünger, Nicolás Gómez Dávila, Agustín Laje y algún buen historiador no conforme atraería a un público fiel, agradecido y solvente. En su lugar, demasiadas librerías ofrecen el mismo pequeño jardín progresista, regado cada mañana con agua bendita laica.

Hay, desde luego, librerías dignas, libreros valientes, tiendas pequeñas donde todavía se respeta la inteligencia del lector. Conviene honrarlas. En España existen refugios donde el libro no pide permiso a la policía cultural, y en Hispanoamérica, pese a la precariedad de tantos circuitos, sobreviven editores y libreros que comprenden que la cultura no puede reducirse al formulario moral de la época. Ésos merecen apoyo, compra, presencia, gratitud.

No hablemos, sin embargo, de los libreros como si fueran una especie sacerdotal. El libro sobrevivirá a muchos de ellos. Ha conocido monasterios, impresores, censores reales, colportores, bibliotecas populares, librerías de viejo, ferias, clubes, catálogos, grandes superficies, plataformas digitales. El libro es más antiguo y más resistente que sus intermediarios. Lo que hoy tiembla no es el libro, sino cierto poder social del librero: el poder de decidir qué merece ser visto.

Por eso no lloremos demasiado. Compadezcamos al buen librero que lucha con nobleza. Ayudemos al comerciante honesto que abre sus puertas a todos los lectores. Defendamos las librerías donde el pensamiento respira. Para las otras, guardemos las lágrimas. Durante años soñaron con un mundo sin libros incorrectos. No es tan escandaloso que algunos lectores sueñen ahora con un mundo sin censores.

La consigna debería ser sencilla: no queremos un mundo sin libros, ni siquiera necesariamente un mundo sin librerías. Queremos un mundo sin comisarios de escaparate. Un mundo en el que el lector pueda entrar en una tienda sin sentirse examinado por el pequeño tribunal de la corrección política. Un mundo donde el libro de derechas, de izquierdas, católico, liberal, nacional, disidente, excéntrico o intempestivo sea juzgado por el lector y no ejecutado antes por el encargado de compras.

Los libreros cosechan lo que han sembrado. La intolerancia estrecha el mercado. La uniformidad empobrece la conversación. La censura disfraza de virtud la pereza intelectual. No lloremos, pues, a quienes perdieron lectores por despreciarlos. Soñemos más bien con una vida del libro donde ninguna idea necesite pedir permiso a quien, por haber leído poco y mal, se imagina autorizado a decidir qué deben leer los demás.

 

La librería Folios, de Zaragoza, en 1946, cuando la dirigía don Álvaro Roddríguez Redondo, que a sus 101 clamorosos años sigue leyendo cada día EL MANIFIESTO, del que es su su más veterano y fiel lector

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