Solo y triste. Rodeado sólo de botellas vacías. Y del Vacío

La extraña guerra francesa de los banquetes

El ‘homo festivus’ de las muchedumbres desarraigadas

 


 

Desde la punta de Lechiagat, en la Bretaña meridional, el asunto parece aún más raro de lo que ya es visto desde Madrid, Buenos Aires o Santiago de Chile. Allí, donde el viento del Atlántico viene a golpear las rocas con una franqueza casi animal, cuesta imaginar que en Francia pueda estallar una controversia nacional porque unos cuantos miles de personas se reúnen para comer carne, beber vino, cantar canciones populares y celebrar el gusto algo ruidoso de estar juntos.

Sin embargo, Francia es así. No hay país que convierta con tanta facilidad una comida colectiva en una batalla metafísica. Aquí una mesa no es nunca solamente una mesa. Es una frontera. Es una declaración. Es un signo. Y cuando los signos se vuelven visibles, la izquierda francesa, que se dice libertaria cuando defiende sus propias transgresiones, se vuelve de inmediato clerical, inquisitorial y prohibicionista.

Para un lector español o hispanoamericano, conviene explicar primero la escena. En Francia han vuelto a ser noticia los banquetes del Canon francés, una empresa que organiza grandes comidas populares en lugares ligados al patrimonio, con vino, carne, música, canciones, banderas, boinas, tirantes y esa alegría gruesa que los franceses llaman, con una mezcla de ternura y desprecio, « franchouillarde ». Nada de esto sería sorprendente en España, donde una fiesta local, una comida de hermandad, una matanza, una romería, una feria o una comida de peñas pertenecen todavía al orden natural de la sociabilidad.

En Francia, en cambio, todo lo que toca al pasado nacional se vuelve sospechoso.

El Canon francés dice defender el terruño, el vino, el patrimonio y la convivialidad. Sus enemigos ven otra cosa. Ven una amenaza. Ven, o dicen ver, una operación política, una sociabilidad reaccionaria, una Francia rural o provincial que canta demasiado fuerte, bebe vino sin pedir disculpas y no oculta su gusto por una cultura común. A partir de ahí, la maquinaria se pone en marcha. Peticiones, campañas de boicot, reportajes de infiltración, acusaciones vagas, vídeos de pocos segundos, gestos aislados, testimonios anónimos, presión sobre los propietarios de salas, sobre los alcaldes, sobre los prefectos. Todo el arsenal habitual de la izquierda moral.

Lo curioso es que esta misma izquierda se moviliza, al mismo tiempo, para defender las raves ilegales, las free parties, los teknivals clandestinos, esas reuniones musicales gigantescas donde miles de jóvenes se congregan frente a muros de sonido, a menudo en terrenos ocupados sin autorización o en una zona jurídicamente gris. Allí, de pronto, la ley se vuelve secundaria. La propiedad privada se vuelve negociable. El orden público se vuelve sospechoso. La policía se vuelve automáticamente culpable. El Estado aparece como una máquina represiva incapaz de entender la belleza autogestionaria del caos sonoro.

Este contraste lo dice todo.

Para la izquierda francesa, la rave es defendible porque no transmite nada. O, mejor dicho, porque transmite exactamente lo que ella ama : desarraigo, horizontalidad, anonimato, disolución, cuerpos sin memoria, juventud sin genealogía, noche sin antepasados. En una rave no hay mesa. No hay conversación. No hay ancianos. No hay niños. No hay santos patronos, ni oficios, ni familias, ni muertos, ni vino de una tierra, ni pan compartido como signo de alianza. Hay individuos que se agitan ante una pared de sonido. Hay una masa móvil, fugaz, sin forma estable.

Es la clientela antropológica normal de la izquierda contemporánea.

El banquete, por el contrario, es otra cosa. El banquete vincula. Y todo lo que vincula produce miedo en una época organizada para separar. Sentarse a la mesa significa aceptar una forma. Hay lugares, platos, rostros, brindis, canciones, vecinos, desconocidos que se vuelven conocidos, jóvenes que descubren que no están solos, viejos que reconocen una continuidad, alimentos que no son simples calorías sino memoria. El vino no es sólo alcohol. El cerdo no es sólo carne. La canción no es sólo ruido. Todo remite a una tierra, a una historia, a una manera de vivir.

Por eso el conflicto francés alrededor de estos banquetes no es una anécdota pintoresca. Es un episodio de la guerra cultural europea.

La izquierda puede tolerar la fiesta cuando ésta destruye las formas. La detesta cuando las reconstruye. Puede defender una reunión ilegal si en ella se celebra la transgresión abstracta. Quiere prohibir una reunión perfectamente autorizada si en ella se manifiesta una identidad concreta. Su criterio no es la ley. Su criterio es la orientación simbólica del acto. Una rave nocturna, incluso ilegal, le parece un laboratorio de emancipación. Un banquete legal, pacífico, familiar y popular, le parece una amenaza fascistoide.

Aquí aparece la gran manía de la izquierda: prohibir en nombre del bien. Nunca dice que odia. Dice que protege. Protege la República, protege la diversidad, protege la juventud, protege la sensibilidad de las minorías, protege el espacio público, protege la democracia, protege el futuro. Y, mientras protege, censura. Mientras protege, intimida. Mientras protege, denuncia. Mientras protege, empuja a los propietarios de salas a cancelar eventos. Mientras protege, convierte en sospechosa cualquier manifestación de una Francia que no le pertenece.

El lector español reconocerá quizás una forma mental que también existe al sur de los Pirineos. Se tolera el botellón sin memoria, el festival sin raíces, la multitud anónima, la cultura de masas anglosajona, la noche sin continuidad. Se sospecha, en cambio, de la romería, de la procesión, de la fiesta taurina, de la comida de hermandad, de la celebración del cerdo, de la bandera, de la canción heredada. Todo lo que parece demasiado propio se vuelve culpable. Todo lo que viene de fuera, en cambio, se presenta como moderno.

En Francia, el banquete tiene además una historia política muy profunda. No es un simple banquete de bodas aumentado de tamaño. Desde la Edad Media hasta la Tercera República, desde las comidas de corporaciones hasta los banquetes de alcaldes, desde las fiestas de santos patronos hasta los banquetes políticos del siglo XIX, la mesa colectiva ha sido una forma de organización social. La campaña de los banquetes contribuyó incluso a precipitar la revolución de 1848. En Francia, comer juntos puede ser un acto político, aunque los comensales no lo sepan.

Esa es la razón por la que el Canon francés irrita tanto. Sus organizadores afirman que no hacen política. Tal vez sea cierto en el sentido estrecho del término. No presentan candidatos, no redactan programas, no distribuyen octavillas doctrinales. Sin embargo, en la Francia de 2026, reunir a miles de personas alrededor del vino, la carne, las canciones populares y el patrimonio ya es político por sí mismo. No porque sea partidista, sino porque desmiente el relato dominante.

Ese relato dice que el país debe avergonzarse de sí mismo. Que el pasado común es opresivo. Que el pueblo real es sospechoso. Que la ruralidad huele mal. Que el vino es peligroso; el cerdo, provocador; la bandera, inquietante; la canción popular, dudosa; el joven con boina, potencialmente extremista. La izquierda no soporta que un muchacho de veinte años encuentre alegría en lo que ella había enterrado bajo cincuenta años de burla cultural.

De ahí su furia.

La rave, en cambio, no amenaza esa pedagogía de la vergüenza. Puede ser ruidosa, ilegal, sucia, agotadora, incluso peligrosa en algunos casos, pero no reconstruye una continuidad nacional. No recuerda a nadie que pertenece a un pueblo. No dice : «éstos son nuestros muertos, nuestras comidas, nuestras canciones, nuestras provincias, nuestras iglesias, nuestras plazas, nuestros vinos, nuestros oficios». No funda una memoria. Al amanecer, se desmonta el sonido, se recoge lo que se puede y la multitud se dispersa. Nada queda, salvo cansancio, barro, basura y algunas consignas.

El banquete deja otra cosa. Deja vínculos. Y los vínculos son políticamente peligrosos.

En Bretaña lo sabemos bien. Una fiesta puede ser reducida a folklore turístico y entonces resulta aceptable. Un pardon bretón, con sus trajes, sus procesiones, sus cantos y sus santos, puede ser fotografiado por turistas si se lo considera un residuo pintoresco. Si vuelve a ser fe viva, continuidad popular y afirmación de un país, entonces inquieta. La lengua bretona es simpática en una etiqueta de galletas. Se vuelve peligrosa si expresa una voluntad de permanencia. El cerdo puede aparecer en una receta regional. Se vuelve provocación si congrega a un pueblo que sabe quién es.

Ese es el fondo del asunto : la izquierda ama las identidades cuando están muertas, museificadas o lejanas. Le gustan los pueblos indígenas del Amazonas, las culturas minoritarias cuando no contradicen sus dogmas, las tradiciones exóticas convertidas en decoración moral. Detesta, en cambio, las identidades europeas vivas cuando se ponen de pie delante de ella, comen, cantan, beben y no piden perdón.

Hay en todo esto una inversión grotesca de la libertad. La izquierda dice defender a quienes ocupan terrenos para organizar fiestas ilegales, aunque molesten, aunque desafíen a los propietarios, aunque la autoridad pública tenga que intervenir. A la vez, pide la prohibición de banquetes autorizados, vigilados, declarados, pacíficos, instalados en lugares alquilados y aceptados por sus gestores. La ilegalidad festiva es romantizada. La legalidad enraizada es criminalizada.

La palabra francesa «convivialité» (cuyo uso es mayor que el español «convivialidad») ayuda a entender la cuestión. No significa simplemente pasarlo bien. Viene de convivium, comer juntos. En el banquete, la comunidad se hace visible. No hay comunidad sin forma. No hay forma sin límites. No hay límites sin memoria. Por eso el banquete irrita tanto a una mentalidad que quiere individuos disponibles, sueltos, móviles, desprovistos de fidelidades duraderas.

El hombre de la rave es perfecto para la época : se mueve, consume, se agota, se declara libre, no transmite nada. El hombre del banquete es más incómodo : recuerda, brinda, canta, se reconoce en otros, se apega a una tierra, a una mesa, a una lengua, a una cocina, a una historia. Puede ser vulgar, sí. Puede beber demasiado, cantar mal, vestir con un gusto discutible, levantar los brazos con imprudencia ante cámaras hostiles. Todo eso es humano. Lo importante es que todavía pertenece a algo.

Y pertenecer a algo se ha vuelto casi subversivo.

Desde la punta de Lechiagat, viendo el Atlántico como una vieja bestia gris, uno comprende mejor esta querella. El viento no conoce las etiquetas de la prensa parisina. Pasa sobre los puertos, las casas, las capillas, los cafés, los cementerios, los campos, los caminos hundidos. Recuerda que un país no es una suma de consumidores. Un país es una continuidad encarnada. Tiene alimentos, canciones, muertos, fiestas, disputas, pecados, santos, mesas largas y memoria.

La izquierda liberticida quiere decidir qué fiestas son legítimas. Si la fiesta desarraiga, la defiende. Si la fiesta arraiga, la combate. Si los cuerpos saltan ante un muro de sonido, habla de libertad. Si los hombres se sientan a compartir vino, carne y canciones heredadas, habla de amenaza. Si la noche no deja herencia, la llama futuro. Si la mesa reconstruye un pueblo, la llama peligro.

Por eso la guerra francesa de los banquetes no debe hacer sonreír demasiado al lector extranjero. Bajo su apariencia cómica, revela una cuestión esencial : quién tiene derecho a celebrar, a transmitir, a reunirse, a decir « nosotros ». El conflicto no trata sólo de vino, cerdo o canciones. Trata de la legitimidad de los pueblos europeos para seguir expresándose con sus propias formas.

Francia, una vez más, lleva al extremo una enfermedad común de Europa. La sustitución de la libertad por la autorización moral. La ley ya no basta. Todo debe recibir el sello del Bien. Y quien no lo recibe puede ser difamado, acosado, prohibido o reducido al silencio. No importa que su reunión sea legal. No importa que no haya incidentes. No importa que sólo quiera comer, beber y cantar. Lo imperdonable es que recuerde a un pueblo que todavía existe.

Yo prefiero una mesa imperfecta a una multitud sin rostro. Prefiero una canción áspera a una vibración mecánica. Prefiero un banquete ruidoso a una liturgia de altavoces. Prefiero los comensales a las partículas humanas. No por nostalgia gastronómica, sino por instinto de civilización.

Un pueblo que ya no sabe sentarse a la mesa no sabe reconocerse. Un país que ya no sabe brindar no sabe hacer alianza. Una Europa que convierte sus banquetes en sospecha y sus raves en modelo ha perdido el sentido elemental de la libertad.

Que los beodos del botellón bailen, si quieren. Que dejen, al menos, comer en paz a los demás.

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