En Francia, el nombre de José Luis Rodríguez Zapatero nunca ha despertado demasiadas pasiones populares. España sigue siendo observada desde París con esa mezcla de superioridad distraída y exotismo benigno que los franceses reservan a los países mediterráneos. Por eso resulta revelador observar cómo incluso Le Figaro, teórico diario conservador, ha terminado tratando la imputación judicial del antiguo presidente socialista español con una delicadeza casi enternecida.
Y allí aparece un personaje interesante : Mathieu de Taillac, corresponsal del diario en Madrid. El mismo periodista que explicó hace años haber aprendido el oficio leyendo El País, es decir, el gran órgano sacerdotal de la izquierda progre española. Y el alumno ha demostrado haber retenido perfectamente la lección.
Porque sí, los hechos están en el artículo. No podía ser de otra manera. Zapatero está imputado por tráfico de influencias y blanqueo en el escándalo del rescate de Plus Ultra. La justicia española habla de un «núcleo decisor y estratégico» alrededor del antiguo jefe socialista. Hay registros, sociedades vinculadas a su entorno, pagos sospechosos y menciones a operaciones relacionadas con las empresas de sus hijas. Todo eso aparece. Pero envuelto permanentemente en algodón mediático, contextualizado, suavizado, relativizado hasta el agotamiento.
Uno imagina difícilmente semejante despliegue de prudencia si el acusado hubiese sido un antiguo dirigente de VOX o de cualquier derecha nacional europea.
Porque Zapatero no es solamente un político. Fue durante veinte años una especie de santo laico de la zurdería occidental. El hombre de la «izquierda decente», moderna, europeísta, moralmente superior. Y cuando uno de esos santos cae, incluso parcialmente, el viejo reflejo corporativo del periodismo progresista europeo sigue funcionando. No se absuelve, claro. Eso ya no es posible. Pero se amortigua la caída.
En Argentina, curiosamente, el eco ha sido completamente distinto.
Allí, más que el detalle jurídico del caso Plus Ultra, ha reaparecido inmediatamente una vieja imagen grabada en la memoria colectiva hispanoamericana: la famosa fotografía de Zapatero y su familia durante la visita oficial a la Casa Blanca de Obama en 2009. Mientras el presidente socialista y su esposa posaban sonrientes junto al matrimonio Obama, las dos hijas de Zapatero aparecían vestidas como personajes escapados de The Addams Family : completamente de negro, maquilladas como adolescentes góticas de una serie norteamericana de los años dos mil.
Esa fotografía nunca desapareció realmente de la memoria argentina.
Y ahí aparece una diferencia cultural fascinante. Francia olvidó completamente aquella escena. Los franceses no conservan memoria visual de la política española. España les interesa poco y la observan desde lejos. En cambio, en Argentina, donde la vida española sigue siendo observada casi como un espejo deformado del propio destino hispánico, aquella imagen permaneció viva durante años.
No porque fuese importante políticamente. Precisamente porque era grotesca.
La familia del gran moralizador progresista europeo parecía salida de una caricatura involuntaria de sí misma. Y hoy, cuando estalla el escándalo judicial alrededor de Zapatero, esa vieja fotografía vuelve espontáneamente a la memoria colectiva argentina como una especie de símbolo retrospectivo. Como si detrás del decorado virtuoso del progresismo occidental hubiese existido desde el principio algo extravagante, decadente y ligeramente ridículo.
Hace unos días pensaba en ello mirando la lluvia caer sobre el puerto de Lechiagat, en Bretaña, mientras repasaba la prensa argentina en mi teléfono. Y comprendí entonces algo bastante simple: al norte de los Pirineos todavía intentan proteger el mito de Zapatero. En el Atlántico Sur, en cambio, muchos ya lo recuerdan solo como una vieja postal grotesca de la edad dorada del progresismo occidental.




















