Esa mañana del 2 de abril de este año me hallaba a pocos pasos del monumento a los caídos en Malvinas, en ese centro de Buenos Aires donde la piedra pública, el aire otoñal y cierta melancolía de civismo antiguo parecen conjurarse para recordarles a los vivos lo que las naciones dignas no entregan jamás al olvido. La ceremonia oficial acababa de extinguirse en una gravedad severa y casi litúrgica, hecha de enseñas inclinadas, de pausas medidas y de miradas fijas, como si por un instante el tiempo argentino, tan propenso al sobresalto, hubiese querido recobrarse en la inmovilidad de su propia conciencia.
Los veteranos se dispersaban con una lentitud reconcentrada, y las familias demoraban la retirada con ese ademán involuntario que convierte la permanencia en homenaje y la partida en una forma de desposesión. Bajo la luz tenue de ese otoño porteño, vi al presidente Javier Milei alejarse rodeado de su hermana, de su jefe de Gabinete y de una compacta escolta de funcionarios. La escena tenía algo de aparato restaurador, como si el poder, tan inclinado entre nosotros a la improvisación o al simulacro, procurase vestirse por un momento con los atributos de una continuidad histórica que la política reciente ha roto y envilecido.
Sin embargo, hubo una ausencia que pesó más que todas las presencias. La de Victoria Villarruel, cuya investidura y cuya historia personal reclamaban de suyo aquel sitio. En un acto de memoria nacional, las ausencias hablan con un rigor que muchos discursos no alcanzan. Al mismo tiempo, el presidente perseveraba en su fidelidad a Manuel Adorni, aun entre sospechas, mientras mantenía con su vicepresidenta una distancia que ya no parece frialdad sino abierta animadversión. No se trata sólo de temperamentos. Hay ahí una forma de mando, tajante y personalísima, hecha de adhesiones sin matiz y de rupturas sin regreso.
Con todo, detenerse en esas querellas de palacio sería errar la sustancia del día. Porque lo que en aquel recinto se respiraba pertenecía a un orden más profundo que la coyuntura, más tenaz que la polémica y más lento que la agenda. Malvinas no es una cuestión de simple negociación diplomática, ni un expediente para juristas de cancillería. Es una memoria militante. Es una permanencia. Es una de esas heridas que no cierran porque, al no cerrar, siguen definiendo el perfil moral de la nación que las lleva.
La historia, cuando no se la adultera, conserva una testarudez mineral. Las islas fueron avistadas y nombradas por franceses de Saint-Malo, pasaron luego a la soberanía española y, por sucesión jurídica, a la República Argentina naciente. Hubo allí administración efectiva, poblamiento, autoridad, continuidad. Todo eso fue quebrado en 1833 por una acción de fuerza británica. No mediaron arbitrajes, ni transacciones, ni concierto de partes. Hubo, lisa y llanamente, despojo respaldado por cañones.
Y, sin embargo, el Reino Unido invoca hoy el principio de autodeterminación para legitimar su permanencia. Alega que los habitantes actuales desean seguir siendo británicos. Lo que calla, o peor todavía, lo que pretende naturalizar, es que esa población se constituyó después de la expulsión de las autoridades argentinas y del apartamiento de una situación previa. De tal suerte, la autodeterminación, que en abstracto podría parecer un noble principio, viene a consagrar aquí el fruto de una sustitución histórica. No repara la injusticia, la petrifica.
Surge entonces un contraste de singular elocuencia. En el caso de Gibraltar, el Reino Unido se aferra con escrúpulo casi devoto al tratado de Utrecht de 1713 para sostener su soberanía. Ese mismo tratado, no obstante, entrañaba límites precisos para la expansión británica en territorios vinculados al antiguo dominio español. Cuando se trata de Malvinas, semejantes obligaciones parecen evaporarse en el aire salino del Atlántico Sur. Lo que en Europa se proclama como principio sacrosanto, en América se vuelve cláusula olvidable. Tal es, desde antiguo, la elasticidad moral del imperialismo.
Durante décadas, la Argentina confió en el derecho. Acumuló resoluciones de las Naciones Unidas, notas diplomáticas, alegatos, antecedentes, demostraciones. Edificó con paciencia un andamiaje jurídico impecable. Y, sin embargo, nada de eso alteró la realidad material del archipiélago. La razón es sencilla, aunque a muchos les desagrade confesarla. El derecho internacional nacido tras 1945 dependía, en último término, de una determinada distribución del poder y de la ilusión de un orden mundial regido por reglas más o menos comunes bajo la tutela de ciertas potencias dominantes.
Ese edificio se resquebraja.
En el caso de Malvinas, esa mutación se topa hoy con una verdad más antigua que todos los foros, más desnuda que todas las declaraciones y más decisiva que todas las abstracciones, el regreso de la fuerza. El derecho internacional heredado del mundo posterior a 1945, construido sobre la esperanza de principios universales relativamente estables, empieza a ceder ante la reaparición de los Estados de poder como árbitros efectivos de las controversias. Lo que se presentaba como norma se revela cada vez más como equilibrio, y no hay equilibrio que no sea precario.
Cuando se modifica la relación de fuerzas, cambian también las reglas con que se administra la legitimidad. No son los principios los que gobiernan a los Estados, sino los Estados los que doblan, rectifican o reinterpretan los principios según la conveniencia de sus intereses. El derecho no desaparece, desde luego, pero deja de ser altar para volver a ser herramienta. La autodeterminación misma, en ese marco, pierde su apariencia de axioma fijo y se vuelve un instrumento de geometría variable, alzado o guardado según la necesidad del momento.
Ese retorno de lo real también asoma en la conducta de los Estados Unidos. Históricamente, Washington evitó reconocer de manera formal la soberanía británica sobre Malvinas. Durante mucho tiempo, ese silencio pareció insignificante, una mera ambigüedad protocolar. Hoy, en cambio, adquiere otro espesor. En un mundo donde el hemisferio vuelve a ser pensado como espacio estratégico y donde las rutas, los estrechos y las plataformas oceánicas recobran gravitación, el Atlántico Sur deja de ser periferia para volver a entrar en el tablero mayor.
La presencia norteamericana en Ushuaia, ciertos movimientos discretos aunque inequívocos, y una relectura práctica, si no doctrinaria, de la vieja Doctrina Monroe, indican que el sur regresa al mapa mental de las potencias. En semejante contexto, la Argentina podría hallar un margen de maniobra que no existía bajo la arquitectura precedente. No se trata de fantasear desenlaces inmediatos ni de confundir deseo con estrategia. Se trata de advertir que los imperios mismos cambian de prioridades, y que en esas variaciones se abren a veces resquicios por donde los países perseverantes pueden volver a hacer valer su derecho histórico.
Nada de esto anuncia una solución próxima. Las naciones no avanzan al compás nervioso de los titulares, sino con la lentitud de las mareas, de las generaciones y de los agravios acumulados. Sin embargo, el horizonte ya no es el mismo. Y cuando el horizonte se desplaza, también se desplazan las posibilidades que parecían inmóviles.
Resta, finalmente, una advertencia que Europa haría bien en meditar antes de seguir recitando fórmulas de uso selectivo. Si el principio de autodeterminación se aplica prescindiendo de la historia, de la continuidad nacional y de la legitimidad originaria, podría mañana volverse contra la integridad misma de varios Estados europeos. En no pocos barrios de sus grandes ciudades, donde la homogeneidad cultural ya no coincide con la nación histórica, esa lógica podría invertirse con resultados inesperados. Los principios manipulados a distancia suelen regresar como búmeran.
Cuando me alejé del monumento, vi a los niños escuchar a sus abuelos y a las familias señalar los nombres grabados en la piedra. Comprendí entonces, con esa evidencia callada que a veces concede la patria en sus sitios de duelo, que hay causas que no se disuelven en el tiempo porque el tiempo mismo acaba por trabajar para ellas.
Malvinas no es una consigna.
Es una vigilia.
Y los pueblos que saben velar, aun en la derrota, suelen regresar un día con la majestad de lo irrevocable.













