Es el ‘estilo’, antes que la ideología, lo que define al fascismo. Tal es la idea que defiende y argumenta Armin Mohler, el célebre estudioso de la Revolución Conservadora alemana.
MEMENTO AUDERE SEMPER
[¡Recuerda: atrévete siempre!]
Gabriele D’Annunzio
A los pueblos no los han movido nunca más
que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar,
frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!
José Antonio Primo de Rivera
«Uno es más fiel a un estilo que a las ideas», escribió Pierre Drieu La Rochelle, y no cabe duda de que éste es el hilo conductor que recorre el breve pero denso ensayo El estilo fascista (1973) de Armin Mohler, filósofo y figura destacada de la Nueva Derecha europea. Mohler, estudioso de la Revolución Conservadora alemana, secretario de Ernst Jünger durante los años de la posguerra y corresponsal de Julius Evola, es conocido, como decíamos, sobre todo por el papel que desempeñó en el seno de la Nueva Derecha europea y por su aguda crítica al liberalismo.
En este texto, a través de una descripción físico-psicológica de lo que él considera el «estilo» característico del «fascista», Mohler procura identificar el núcleo esencial de esa experiencia histórica, política y social. El contexto en el que se gestó este breve ensayo se enmarca en un debate entre diversos intelectuales de la Nueva Derecha europea de aquellos años, cuyo fundamento especulativo se basaba en la antigua disputa medieval entre el nominalismo y el universalismo. El debate se desarrolló principalmente a través de artículos y publicaciones en la revista Nouvelle École [Nueva Escuela], a menudo escritos por el propio Mohler o por Alain de Benoist. Esta misma cuestión fue retomada posteriormente por Alexander Dugin, quien vio en la cosmovisión nominalista la raíz misma del individualismo liberal moderno.
Para Mohler, sin embargo, una visión que devuelva la identidad personal y su valor existencial al centro (y que, por lo tanto, podríamos calificar de nominalista) es precisamente lo que permite recuperar el sentido más auténtico —y, al mismo tiempo, más duro— de la vida. Sólo ello permite una renovación catártica más allá de toda concepción del hombre vacía, abstracta, universal y, por lo tanto, niveladora, sobre la que se asientan el liberalismo moderno y sus diversas formas de cosmopolitismo (hoy diríamos de «globalismo»). De ello se deduce, por tanto, volviendo a nuestro tema, que el enfoque que adopta Mohler para definir «qué es fascista» es (con toda razón, podríamos añadir) esencialmente prepolítico y predoctrinal. En esto, sigue la estela trazada por otros estudiosos del fenómeno, como Giorgio Locchi en La esencia del fascismo.
Mohler escribe: «En resumen, digamos que los fascistas no tienen absolutamente ninguna dificultad para adaptarse a las incoherencias de la teoría, porque se comprenden entre sí a través de una vía más directa: la del estilo». En otro pasaje, refiriéndose al discurso pronunciado por Gottfried Benn con motivo de la visita de Marinetti a la Alemania de Hitler en 1934, Mohler escribe: «El estilo prevalece sobre la fe; la forma precede a la idea».
Para Mohler, así pues, el fascista no lo es por adherirse a un marco ideológico, doctrinal o político. Lo es porque ha experimentado en su interior, en lo más íntimo de su ser, la debilidad mortal de todo mito o valor ilustrado, racionalista y democrático. Valores todos que se derrumban ante las guerras, las revoluciones y las crisis económicas y sociales. Sin embargo, el fascista responde recogiendo lo positivo de cada crisis, convirtiéndose en portador de una voluntad creativa que reafirma los valores del espíritu, del heroísmo y de la voluntad de vivir.
Citando a Jünger, Mohler escribe:
«Nuestra esperanza descansa en los jóvenes que arden de fiebre porque les consume la verde putrefacción del asco». Para Mohler, esto expresa «el anhelo de otra forma de vida, más densa y más real». Es una vida más densa porque es más completa, al haber pasado por una tragedia vital desnuda y renovadora. Mohler habla de una fusión entre «anarquía» y «estilo», entre «destrucción» y «renovación». Es precisamente esta mortificación heroica la que conduce a reconectarse con la raíz original y unificada de la realidad y de la vida del individuo, en la que la oposición entre la vida y la muerte se supera mediante la indiferencia interior. Esta renovación es algo que el fascista siente en su interior, pero sólo a condición de que acepte como su tarea «la necesidad de morir constantemente, día y noche, en soledad». Solo entonces, tras haber alcanzado el punto cero de todo valor (no es casualidad que uno de los capítulos se titule «El punto cero mágico»), recurriendo a fuerzas más profundas y habiéndose forjado virtuosamente a través de un estilo «que no es teatral, sino de una imponente frialdad hacia la que Europa debería orientarse», puede ser testigo del nacimiento de una nueva jerarquía. Se trata de un estilo objetivo, frío e impersonal.
Mohler encuentra esta actitud específicamente en el hombre «fascista» y en el estilo «fascista» porque, a su juicio, así se pone el mayor énfasis en la identidad y la experiencia personal.
Es precisamente la necesidad primordial de la convicción existencial lo que, para Mohler, explica por qué el fascismo «carece de un sistema preparado a priori; carece de la pretensión científica de explicarlo todo de manera dogmática y libresca». En ello reside el carácter inmanente, íntimo e individual de la revolución que el fascista lleva a cabo, en primer lugar, dentro de sí mismo, animándole a manifestar una forma interior, una actitud, una dignidad y una nobleza particulares que sólo pueden alcanzarse a través de una catarsis íntima.
En conclusión, podemos afirmar que, aunque la interpretación de Mohler pueda parecer en ciertos puntos algo forzada, tiene el mérito de negarse a reducir la experiencia y el fenómeno en cuestión a algo accidental, contingente o limitado a la pertenencia a un partido, a una doctrina política o a una teoría económica. La sitúa, por el contrario, en un nivel más profundo y fundamental, ubicándola en aquello que, dentro del individuo, está en comunicación con la esfera del Ser.
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