Los católicos tradicionalistas: ¿cisma con Roma?

Les invitamos a ver, como ilustración de este artículo, el video de la consagración de cuatro obispos que, contraviniendo las órdenes de Roma, la Fraternidad San Pío X efectuó el 1.º de julio en Écône (Suiza). Nuestros lectores jóvenes y no tan jóvenes nunca han conocido algo así, mientras que los mayores podrán recordar lo que era la Iglesia de sus años mozos: todo aquel fervor hecho de esplendor y solemnidad, de belleza y sacralidad, que marcaba uno de los dos rostros del cristianismo católico: el que hizo que pudiera estar al frente, junto con la tradición de la Antigüedad pagana, en la forja de Europa y de nuestra civilización.  Queda, sin embargo, el otro rostro, ese que, por desgracia, también los tradicionalistas se empeñan en mantener. Queda el rostro que considera que el hombre y el mundo están marcados y manchados, en su esencia, por la culpa y el pecado que sólo un Dios puede redimir impartiendo su misericordia desde una inaccesible trascendencia, ajena, opuesta al mundo, ese valle de lágrimas.

El rostro de belleza, solemnidad y sacralidad fue abolido hace cincuenta años por el Concilio Vaticano II, que mantuvo, sin embargo, el otro rostro: el de la culpabilidad pecadora, aderezado con la blandenguería vacua y buenista del amor, hermanos, el amor. ¿Es posible que surja algún día una nueva corriente, un nuevo cisma, «un nuevo dios», decía un célebre filósofo, que haga exactamente lo contrario de lo efectuado por el Concilio? Es decir, que, manteniendo todo lo que de grandeza y belleza tenía la Iglesia, eche al diablo el espíritu de pequeñez, culpabilidad y buenismo con el que escarnece al mundo.

Tales son las grandes cuestiones que subyacen a la ruptura de los católicos tradicionalistas, cuya situación y peripecias recientes nos explica, con su habitual ojo crítico, Trystan Mordrel.

J. R. P.

 


 

Estaba sentado en la terraza de un café de Barjols, en la Provenza, con esa luz meridional que parece caer no del cielo sino de las piedras mismas. Acababa de hacer algunas compras y había pedido una copa de rosado, más por cortesía hacia el paisaje que por sed verdadera. A pocos pasos de mi mesa, un señor de cierta edad, tocado con un sombrero blanco de paja, leía La Croix. La escena tenía algo de aparición. En Francia todavía se ve a hombres con Le Figaro, con L’Équipe, a veces con algún periódico regional doblado bajo el brazo. Ver a alguien leyendo La Croix en público ya pertenece casi al orden de las costumbres desaparecidas.

La portada no dejaba lugar a equívocos. En grandes letras negras, una sola palabra: «El cisma». Debajo, la fotografía de cuatro mitras amarillas, alineadas como una muralla litúrgica, señalaba la consagración de cuatro nuevos obispos por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Écône, Suiza. Para el lector español conviene recordar que Écône no es una parroquia pintoresca ni un monasterio perdido en los Alpes. Es el seminario suizo donde, desde los años setenta, monseñor Marcel Lefebvre, arzobispo francés, reunió a los hombres que no aceptaban el rumbo tomado por la Iglesia después del Concilio Vaticano II.

Este 1.º de julio, pese a la advertencia de León XIV, la Fraternidad consagró a cuatro obispos sin mandato pontificio. La cuestión no es secundaria. En la Iglesia católica, la consagración episcopal sin autorización del papa no es una travesura disciplinaria, sino un acto que toca el nervio de la sucesión apostólica y de la comunión romana. Reuters recordaba que León XIV había suplicado a la Fraternidad que se detuviera, calificando el acto de «cismático», y recordando que la consagración sin consentimiento pontificio acarrea excomunión automática para quien consagra y para quien es consagrado. El relato francés de la jornada describía una multitud de miles de fieles en Écône (20.000 es la cifra oficial), bajo la amenaza de una tormenta, mientras los nuevos obispos recibían la imposición de manos en una ceremonia de varias horas.

Movido por esa curiosidad que es el pecado venial de los cronistas, abrí mi edición digital de La Croix. El lector español debe saber que La Croix no es exactamente el órgano oficial de los obispos franceses, pero a menudo funciona como el sismógrafo del catolicismo institucional: prudente, social, pastoral, muy atento a las palabras del siglo, escasamente sospechoso de simpatías tradicionalistas. Que ese periódico enviara una periodista al «antro» de Écône, al lugar que el catolicismo de oficinas mira como el refugio de la bestia inmunda, tenía su sal. Lo sorprendente fue que el reportaje no estaba escrito con odio. Describía, observaba, dejaba hablar. Incluso en el Vaticano se reconocía lo esencial: la línea roja de Roma no es tanto la misa antigua como la constitución de una sucesión episcopal autónoma.

Ahí está el quid. El problema no es sólo el latín, ni el misal de 1962, ni la sotana, ni el canto gregoriano, ni siquiera la resistencia a ciertas fórmulas ambiguas del Concilio. Todo eso irrita, desde luego, al catolicismo administrativo que reina en muchas diócesis europeas. El verdadero scrupulus in calceo, el guijarro en el zapato romano, es que una comunidad sacerdotal se arrogue el derecho de darse obispos sin el papa y de perpetuar ese estado como si fuese normal. En 1988, Marcel Lefebvre presentó sus consagraciones como una excepción dramática. En 2026, la excepción se ha convertido en sistema.

Para comprender el fenómeno hay que insistir en algo que desde España o Hispanoamérica se percibe mal: el tradicionalismo católico contemporáneo es, en gran medida, una curiosidad francesa. No exclusivamente francesa, desde luego. Hoy tiene una fuerza visible en Estados Unidos, capillas en Iberoamérica, redes en Polonia, fieles en todos los continentes. Sin embargo, su gramática profunda es francesa. Lefebvre era francés. Buena parte de su primera tropa era francesa. Su modo de discutir con Roma, de proclamar obediencia a la Iglesia mientras se resiste a las decisiones concretas de la autoridad romana, de invocar una fidelidad superior frente a la jerarquía presente, lleva una marca muy nuestra.

Francia ha sido siempre un laboratorio de rarezas católicas. España ha conocido herejías, tensiones, reformas, santidades violentas y grandezas monásticas; pero, en términos generales, ha permanecido mucho más cerca de la normalidad vaticana. Fue tierra de Contrarreforma, de fidelidad romana, de obispos que podían pelear con ministros y reyes, pero no solían construir doctrinalmente una autonomía eclesiástica frente al papa. Francia, en cambio, produjo el galicanismo, el jansenismo, los curas constitucionales, Lamennais, el catolicismo liberal, el catolicismo social, el modernismo, el maurrasianismo católico y, finalmente, este tradicionalismo lefebvrista que es ultramontano en sus principios y casi galicano en sus reflejos.

El paralelo con el galicanismo del siglo XVII no debe llevarse demasiado lejos, pero ilumina la escena. En 1682, la declaración del clero francés bajo Luis XIV afirmaba, entre otras cosas, ciertas libertades de la Iglesia galicana y una limitación práctica del poder pontificio. Los lefebvristas, por supuesto, no son galicanos doctrinales. Al contrario, aman la Roma eterna, el papa de los manuales, la Iglesia anterior a la fiebre conciliar. Sin embargo, se comportan a menudo según un viejo reflejo francés: obedecer a Roma en abstracto y resistir a la Roma concreta cuando se la juzga infiel a una norma superior. La paradoja es deliciosa: los que más abominan del galicanismo moderno han heredado algo de su gesto.

Mis sentimientos hacia los lefebvristas siempre han estado mezclados. Los conozco desde hace mucho tiempo, sin haberlos frecuentado de manera íntima. Nunca me atrajeron en el plano humano. En mis contactos con ese mundo hallé a veces almas rectas, familias admirables, sacerdotes sacrificados, pero también una sequedad de carácter, una caridad escasa, una visión jurídica y doctrinaria de la fe que puede helar incluso las verdades más altas. No es casual que algunos de los sacerdotes más inteligentes salidos de ese ambiente hayan terminado fuera de la Fraternidad, fundando o animando otras instituciones ligadas al rito romano antiguo, pero deseosas de conservar algún vínculo regular con Roma.

 

El papel jugado por el Vaticano

Tampoco Roma tiene las manos limpias. Desde hace años, la jerarquía católica trata a los fieles de sensibilidad tradicional como a parientes incómodos que conviene tolerar en las bodas y vigilar en las herencias. Cada restricción al viejo rito, cada sospecha lanzada sobre las comunidades jóvenes, cada frialdad ante las escuelas nuevas, cada gesto de desprecio hacia los peregrinos de Chartres, alimenta la convicción de Écône de haber tenido razón demasiado pronto. La Iglesia oficial francesa contempla con perplejidad que muchos jóvenes que aún entran en seminarios, se casan, tienen hijos, abren escuelas, rezan sin pedir disculpas, no proceden del catolicismo progresista, sino de familias y ambientes más clásicos.

En España, el asunto resuena de otro modo. El catolicismo español no ha tenido una Fraternidad San Pío X nacida en su seno con la misma importancia simbólica que en Francia. Su tradición de obediencia romana ha sido más fuerte, más natural, más orgánica. España vivió durante siglos con una Iglesia pegada a la monarquía, a la misión, a la Contrarreforma, a la defensa de la unidad católica. Incluso el carlismo, con toda su carga tradicionalista, fue más bien una fidelidad dinástica, foral y religiosa que una rebelión eclesiástica organizada contra Roma.

Sin embargo, algo se ha roto en el corazón de muchos católicos españoles próximos a la tradición. Esa ruptura tiene un nombre: el Valle de los Caídos, hoy rebautizado oficialmente como Valle de Cuelgamuros. Para un lector francés o argentino conviene explicar que no se trata de un monumento cualquiera. Es una inmensa necrópolis a las afueras de Madrid, coronada por una cruz descomunal, con una basílica excavada en la roca, una comunidad benedictina y decenas de miles de muertos de la Guerra Civil. Durante décadas fue leído como monumento franquista; después, como lugar incómodo de la memoria nacional; hoy, como botín simbólico del socialismo español.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha querido «resignificar» el Valle. La palabra misma pertenece a la neolengua de nuestro tiempo: no se destruye, se resignifica; no se profana, se contextualiza; no se captura un símbolo, se democratiza la memoria. El acuerdo con la Santa Sede y la Iglesia española garantiza, al menos formalmente, la no desacralización de la basílica, la permanencia del culto y la continuidad de los benedictinos, mientras que una parte del conjunto podrá ser convertida en museo o en espacio de memoria. La Conferencia Episcopal Española ha insistido en que la Iglesia no fue promotora de la «resignificación» y que el Gobierno lanzó su concurso sin contar con ella en los detalles.

Todo eso puede ser jurídicamente cierto y pastoralmente presentable. No impide que muchos fieles españoles hayan vivido el episodio como una traición. No esperaban necesariamente una guerra civil eclesiástica contra el Gobierno. Esperaban, al menos, que la jerarquía católica no pareciera acompañar con rostro compungido la apropiación política de un lugar donde la cruz, los muertos, la liturgia y la historia española forman un nudo trágico. La exhumación de Franco fue una cosa. La transformación progresiva del Valle en museo de pedagogía oficial es otra. Para los católicos tradicionales españoles, la impresión dominante es que Roma y los obispos han preferido salvar unas condiciones administrativas antes que defender el significado religioso y nacional del lugar.

Ahí aparece una diferencia esencial con Francia. El tradicionalista francés tiende a pensar en términos doctrinales y litúrgicos: Roma, el Concilio, la misa, la colegialidad, la libertad religiosa, el ecumenismo. El católico tradicional español, herido por lo sucedido en el Valle de los Caídos, piensa más en términos de memoria, profanación y abandono. No se siente necesariamente llamado a fundar una jerarquía paralela. Se siente dejado solo por sus pastores ante un Estado que revisa los muertos, reescribe los símbolos y convierte la reconciliación en un expediente museográfico. En Francia, Écône acusa a Roma de haber traicionado la Tradición. En España, muchos fieles acusan a la jerarquía de haber dejado que el poder político administrara la memoria católica de la nación.

 

El catolicismo en Argentina

Argentina ofrece un tercer espejo. Allí el catolicismo conserva todavía una presencia cultural profunda, pero ya no puede fingir que sigue siendo el aire natural de la patria. La religiosidad argentina es intensa, emocional, popular, mezclada con devociones marianas, peregrinaciones, curas de barrio, santuarios, santos locales y hábitos familiares que resisten mejor en las provincias que en la Buenos Aires ilustrada. Sin embargo, la tendencia de fondo es clara: menos sacerdotes, menos seminaristas, menos transmisión automática de la fe. Según la serie histórica del Observatorio Socio-Antropológico de la Religiosidad, los seminaristas en Argentina pasaron de 1.501 en 1999 a 456 en 2025. En el plano sociológico, Argentina seguía teniendo en 2024 una mayoría que se identifica como católica, alrededor del 58%, pero con una caída de trece puntos en una década.

La vitalidad argentina no debe buscarse, por tanto, en una estadística triunfal. Está más bien en bolsas de resistencia, en comunidades fervorosas, en movimientos juveniles, en parroquias vivas, en familias que todavía transmiten, en devociones populares que los sociólogos miran con una mezcla de ternura y desprecio. También en cierta capacidad argentina para no convertir toda diferencia religiosa en una guerra administrativa. La Argentina católica es menos disciplinada que la española, menos doctrinaria que la francesa, más barroca, más mestiza, más sentimental. Puede perder práctica sacramental y conservar, sin embargo, un fondo religioso que reaparece en la muerte, en la enfermedad, en la madre, en la patria, en la Virgen de Luján.

Esa Argentina, no obstante, no ha producido un Écône. Ha producido curas villeros, nacionalismos católicos, tradiciones hispanistas, restos de catolicismo militar, devociones populares, peronismos sacralizados y antiperonismos casi religiosos. Su crisis no se expresa tanto por una rebelión litúrgica organizada contra Roma como por la lenta evaporación de la transmisión católica en una sociedad atravesada por el evangelismo, la indiferencia, la pobreza y el individualismo religioso. Allí la Iglesia no muere por exceso de modernismo francés, sino por desfondamiento cultural, por cansancio institucional, por competencia evangélica y por la dificultad de decir algo claro en medio de una sociedad que vive de urgencia en urgencia.

Francia, España y Argentina muestran así tres modos distintos de la misma crisis. Francia produce la objeción doctrinal y litúrgica, con esa manía nacional de convertir toda disputa en arquitectura intelectual. España siente la herida de la memoria y la amarga impresión de haber sido abandonada por una jerarquía que negocia con el Estado, mientras sus fieles miran la cruz del Valle como quien mira una bandera arriada. Argentina conserva todavía una religiosidad popular poderosa, pero ve menguar sus vocaciones y diluirse su mayoría católica en un paisaje espiritual cada vez más fragmentado.

La Fraternidad San Pío X

Volvamos a Écône. La Fraternidad San Pío X no es una paloma blanca. Vive también con cierto gusto su condición de ciudadela. Ha construido escuelas, prioratos, seminarios, familias, redes, donantes, costumbres, un pequeño mundo cerrado. Tiene un espíritu militarista que a muchos jóvenes les parece viril y ordenado en una época líquida, pero que puede secar las almas y sofocar las inteligencias. Sus sacerdotes obedecen, se desplazan, callan. Una institución así puede conservar tesoros y producir estrecheces. Puede transmitir la fe y convertir la transmisión en cuartel.

Roma tampoco parece muy deseosa de resolver el conflicto. A escala mundial, la Fraternidad es un problema pequeño. Molesto, sí; simbólicamente venenoso, sin duda; pero pequeño frente a África, Asia, Iberoamérica, el islam, el protestantismo evangélico, las Iglesias alemanas tentadas por el cisma progresista, las finanzas vaticanas o el derrumbe de la práctica religiosa en Europa. Desde Roma, Écône parece a veces una reliquia francesa amplificada por internet. Desde Écône, Roma parece una maquinaria ocupada por hombres que han perdido la fe de siempre. Cada parte exagera la ceguera de la otra y se alimenta de ella.

El problema es que la historia de la Iglesia no se mide con el reloj de los periodistas. Para un periódico, una crisis dura tres días. Para un gobierno, una legislatura. Para una empresa, un balance. Para la Iglesia, una crisis puede durar cincuenta años, un siglo, a veces más. Roma ha visto viejos creyentes orientales separados, herejías, reformas, cismas, reconciliaciones imposibles y retornos inesperados. Écône también piensa a largo plazo. Por eso, estos cuatro nuevos obispos son importantes: no arreglan nada, pero garantizan la continuidad del problema durante décadas.

En Barjols, el viejo señor terminó su café, dobló La Croix, ajustó su sombrero blanco y se perdió en la luz provenzal. Yo me quedé con mi copa de rosado y aquella palabra en la cabeza: cisma. El término parecía medieval, pero era perfectamente contemporáneo. No nombraba sólo una ruptura jurídica. Nombraba una separación de almas, de sensibilidades, de memorias, de lenguajes. Roma y Écône hablan de la misma Iglesia con palabras que ya no se tocan.

Écône no es solamente una disidencia. Es un espejo. La Roma de hoy contempla allí lo que no quiere volver a ser: sotanas, latín, doctrina afirmada sin perífrasis, familias numerosas, verticalidad litúrgica, desconfianza ante el mundo moderno. La Roma de mañana, quién sabe, quizá encuentre en ese mismo espejo el reflejo de algo que querrá recuperar, cuando las prudencias pastorales hayan terminado de vaciar demasiadas naves y las palabras inclusión, escucha y diálogo suenen como monedas gastadas en sacristías desiertas.

El viejo catolicismo sociológico francés se muere. Mueren sus parroquias llenas por costumbre, sus patronatos, sus escuelas, sus procesiones municipales, su familiaridad popular con lo sagrado. En su lugar nace, todavía minoritario y frágil, un catolicismo más escogido, más consciente, más identitario, atraído por las formas antiguas, las comunidades exigentes, las escuelas nuevas y los seminarios donde nadie se avergüenza de la sotana. Es ese catolicismo el que incomoda a Roma y desconcierta al episcopado francés. Basta leer La Croix para advertirlo: el renacimiento agrada cuando habla la lengua del siglo; inquieta cuando adopta el rostro de una tradición que regresa.

Los sacramentos de Écône pueden condenarse, celebrarse o llorarse. Lo cierto es que señalan, a su manera rígida y a veces desabrida, una pregunta que nadie ha logrado sepultar bajo los escombros del posconcilio: ¿qué queda de la Iglesia cuando ya no quiere parecerse a sí misma? En una Iglesia donde tantas cosas mueren sin ruido, quienes todavía provocan tempestades son, con frecuencia, aquellos que afirman con obstinación, a veces excesiva, a veces necesaria, que no todo debe morir.

 

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