La historiadora Michèle Riot-Sarcey ha publicado en periódico Libération una tribuna en la que llama a la izquierda a salir de la parálisis frente al avance de la extrema derecha. Propone asambleas locales, reuniones ciudadanas, debates contradictorios, movilización democrática y una suerte de refundación de la «democracia real». El texto vale la pena, no porque diga algo nuevo, sino porque expresa con nitidez casi escolar el callejón sin salida de una izquierda que sigue invocando al pueblo sin advertir que ese pueblo ya le contestó.
La fórmula inicial es conocida. La historia no se repite, dice la autora, pero podríamos asistir al regreso de formas autoritarias que recuerdan al fascismo europeo. La precaución retórica es hábil. No se acusa directamente al adversario de ser fascista, pero se lo coloca bajo la sombra moral del fascismo. No se afirma la identidad, se sugiere la genealogía. Así funciona desde hace décadas buena parte del discurso antifascista: menos como categoría histórica que como mecanismo de descalificación.
El problema es que el fascismo fue un fenómeno histórico preciso, nacido de la brutalización de la Gran Guerra, de la crisis del liberalismo parlamentario, del miedo al bolchevismo, de la movilización de masas y del derrumbamiento de viejas legitimidades. Convertirlo en una palabra disponible para nombrar cualquier reacción popular contra el progresismo es empobrecer la historia. Una cosa es estudiar el fascismo, otra muy distinta es usarlo como garrote verbal contra quienes reclaman orden, fronteras, seguridad, continuidad nacional o protección cultural.
En realidad, lo más revelador del texto de Riot-Sarcey no es lo que dice, sino lo que omite. En ningún momento aparece con verdadera seriedad lo que preocupa a millones de franceses y europeos: la inseguridad cotidiana, la inmigración masiva, la pérdida de referencias culturales, la degradación de la escuela, la soledad de las periferias, el abandono de las ciudades medianas, la dificultad de transmitir un mundo reconocible a los hijos. Todo eso entra apenas como patología: miedo, repliegue, resentimiento, servidumbre voluntaria, nostalgia reaccionaria.
Ese mecanismo no es exclusivamente francés. En España, una parte de la izquierda mira a los votantes de VOX como si fuesen una anomalía moral antes que un síntoma político. En la Argentina, el progresismo universitario pasó años sin entender el hartazgo social que finalmente desembocó en el voto libertario y en el rechazo visceral a una casta que hablaba en nombre del pueblo mientras vivía del Estado. En Chile, el estallido social fue leído durante un tiempo como aurora constituyente, hasta que el propio pueblo rechazó dos veces los experimentos constitucionales que las elites militantes le ofrecían como emancipación.
La izquierda contemporánea padece una enfermedad curiosa: ama al pueblo cuando éste confirma su doctrina y lo desprecia cuando la contradice. El pueblo es sabio si vota progresismo, está manipulado si vota por la derecha. Es consciente si marcha detrás de sus consignas, alienado si pide policías, fronteras o defensa de la familia. Se le convoca a la plaza, al cabildo, al debate ciudadano, a la asamblea de barrio, pero cuando habla en las urnas se le declara enfermo de odio, intoxicado por las redes o capturado por los «discursos de extrema derecha».
Riot-Sarcey denuncia también el capitalismo depredador. El vocabulario viene de lejos: los poderosos, los dominantes, los poseedores, los intereses de clase. Tiene la sonoridad de las viejas facultades de letras y de las asambleas interminables. Sin embargo, el capitalismo realmente existente ya no viste necesariamente de patriarca burgués, nacional, familiar y conservador. Es globalista, digital, publicitario, financiero, móvil, gerencial, compatible con la ideología de la diversidad, con el lenguaje de la inclusión y con todas las liturgias progresistas de las grandes metrópolis.
Por eso la contradicción resulta tan evidente. La izquierda denuncia al capital, pero comparte con buena parte del capitalismo contemporáneo el mismo imaginario: apertura, movilidad, fluidez, desarraigo, sustitución de las viejas lealtades por identidades administradas. Sospecha del pequeño propietario, del agricultor, del padre de familia, del comerciante de provincia, del vecino que quiere conservar su barrio, y en cambio se muestra mucho menos incómoda frente a las grandes plataformas, las fundaciones globales, las universidades ideologizadas, las burocracias internacionales y los medios que repiten su catecismo.
La autora reconoce, es cierto, que la izquierda ya no inspira confianza. Menciona los totalitarismos del siglo XX, la URSS, China, Camboya, las mentiras socialistas y las compromisiones coloniales. El reconocimiento debería abrir una verdadera autopsia histórica. No basta con admitir que hubo errores. Habría que preguntarse por qué una tradición política que prometía emancipar terminó tantas veces justificando servidumbres, cárceles, censuras, policías ideológicas y fracasos económicos. Sin embargo, tras la confesión, vuelve el sermón: más democracia, más movilización, más asambleas, más pedagogía ciudadana.
Es el viejo reflejo de una izquierda que no aprendió del todo y no olvidó casi nada. Sigue creyendo que el pueblo es una materia disponible. No comprende que la democracia no consiste en hacer votar a los hombres hasta que voten bien. Un pueblo no es una abstracción sociológica ni un rebaño en espera de dirección moral. Tiene memoria, intereses, miedos, lealtades, muertos, fronteras interiores, humores colectivos. Puede equivocarse, desde luego. Las elites también, y con frecuencia de manera más costosa.
La cuestión central es otra: ¿por qué una tradición que pretendía defender a los humildes se ve ahora obligada a explicar que los humildes votan mal, piensan mal, sienten mal, recuerdan mal y necesitan ser reeducados por reuniones ciudadanas? La respuesta es dura, pero bastante simple. La izquierda dejó de amar al pueblo cuando el pueblo dejó de obedecerle.
Lo amaba cuando era proletariado revolucionario. Lo amó cuando fue juventud contestataria. Lo amó cuando se convirtió en minoría, migrante, sujeto de deconstrucción o pretexto para la sociedad posnacional. Lo ama siempre que anuncia la disolución de un mundo heredado. Lo ama mucho menos cuando quiere seguridad, escuela, familia, continuidad, frontera, propiedad modesta, barrio reconocible y patria habitable.
En el fondo, la izquierda cambió de pueblo. Ya no habla con el obrero que teme por su empleo, ni con la madre que teme por la escuela de sus hijos, ni con el jubilado que no reconoce su ciudad, ni con el agricultor que ve desaparecer su modo de vida, ni con el joven que no puede alquilar, ni con el vecino que pide orden. Habla a un pueblo imaginario, compuesto por minorías ejemplares, estudiantes movilizados, asociaciones subsidiadas, profesores indignados y militantes de una democracia que siempre necesita ser refundada porque nunca acepta del todo los resultados reales de la democracia existente.
De ahí la extraña teatralidad de estas llamadas al «despertar». El pueblo ya despertó, sólo que no donde la izquierda lo esperaba. No está necesariamente en la asamblea ni en el manifiesto universitario. Está en la urna, en el voto de protesta, en el rechazo de los lenguajes oficiales, en la desconfianza hacia quienes le explican desde arriba qué debe sentir y qué debe callar. En España, en Francia, en la Argentina o en Chile, con diferencias enormes entre países, aparece una misma fatiga: la de pueblos que ya no quieren ser administrados por quienes desprecian sus temores.
No estamos, tal vez, ante el retorno de los años treinta, sino ante el final de una larga impostura progresista. La izquierda sigue buscando al pueblo como quien busca en un mapa viejo un barco que ya cambió de rumbo. Lo llama, le promete democracia real, lo invita a debatir, lo reprende, lo amonesta, lo diagnostica. El pueblo, por su parte, responde elección tras elección que votar por esa izquierda equivale demasiadas veces a votar contra sí mismo, contra su casa, contra su memoria, contra sus hijos.
La época que se abre no es necesariamente fascista. Es postprogresista. Y su signo más profundo es éste: el pueblo ya no pertenece a quienes decían hablar en su nombre.





















