Nuestro analista militar, Trystan Mordrel, partiendo de un análisis sobre la correlación de fuerzas entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, aborda la cuestión, siempre candente, de la herida que la ocupación británica de las Islas Malvinas representa para Argentina.
Hay lugares donde el viento parece traer noticias viejas. En la costa bretona, cuando el Atlántico pega contra las rocas y el cielo baja sobre los techos de pizarra, uno escucha mejor ciertas derrotas. No las derrotas ruidosas, con banderas arriadas y generales vencidos, sino las derrotas lentas, administrativas, industriales, casi contables. Esas que no se anuncian con un parte de guerra, sino con un informe parlamentario, una auditoría o un artículo demasiado sincero en un diario conservador.
Leía, en un bar de Lechiagat, un artículo del Daily Telegraph sobre el desastre anunciado del futuro avión de combate británico. El autor no se andaba con vueltas. El programa Tempest, destinado a dar al Reino Unido su caza de nueva generación junto a Italia y Japón, corría el riesgo de repetir los fracasos anteriores del Tornado y del Typhoon. Tres nombres de viento, tres promesas de potencia, tres monumentos a esa enfermedad tan propia de las viejas potencias europeas: gastar demasiado para obtener demasiado poco y demasiado tarde.
En la mesa de al lado, un antiguo suboficial de la Armada seguía mi lectura con una sonrisa torva. Su abuelo había muerto en Mers-el-Kébir bajo el fuego inglés. En su casa, los ingleses no eran exactamente un tema neutral. Había en su gesto una pequeña alegría culpable, una Schadenfreude de marino viejo, al ver a Albión contando sus aviones como quien cuenta las redes rotas después de un temporal. Al principio nos reímos. Después, la conversación se puso más seria. Me habló de su padre, que había sido muy joven en tiempos de Suez, y me dijo una frase que quedó dando vueltas en el aire húmedo del bar: «Todo viene de ahí».
Tenía razón.
Suez no fue una derrota militar. Fue algo peor: una victoria militar convertida en humillación política. En 1956, Francia, el Reino Unido e Israel se lanzaron contra Nasser después de la nacionalización del canal. En el terreno, la operación funcionaba. Las fuerzas franco-británicas avanzaban, la superioridad técnica occidental se imponía, Egipto retrocedía. Entonces Washington decidió cortar la función. Eisenhower y Dulles no querían una aventura imperial europea realizada sin permiso norteamericano. No necesitaron destruir una flota ni hundir un ejército. Bastó con apretar donde Londres ya era vulnerable: la libra esterlina, el crédito, el Fondo Monetario Internacional, la confianza financiera.
Ese fue el momento de la verdad. París y Londres descubrieron al mismo tiempo que ya no eran imperios, sino potencias medianas bajo supervisión. Lo admirable, o lo trágico, es que sacaron conclusiones opuestas. El Reino Unido se dijo: nunca más podremos actuar contra la voluntad de Estados Unidos. Francia se dijo: nunca más podremos depender de Estados Unidos. Desde entonces, buena parte de la historia militar de ambos países puede leerse como la prolongación de aquella divergencia.
Londres eligió el refugio norteamericano. Conservó el ceremonial de la grandeza, la retórica oceánica, los uniformes, los portaaviones, el asiento permanente en el Consejo de Seguridad, incluso una disuasión nuclear propia en las formas, aunque cada vez más dependiente de tecnologías y sistemas estadounidenses. A cambio, aceptó convertirse en el mejor segundo de Washington. No es poca cosa, por supuesto. El vasallo privilegiado vive mejor que el rebelde pobre. El problema aparece cuando el amo se cansa, mira hacia el Pacífico, cambia de humor o exige que cada aliado pague por su propia supervivencia.
Francia tomó otro camino. No un camino puro, ni siempre eficaz, ni libre de vanidad, pero sí un camino coherente. La fuerza de disuasión, el Mirage IV, los submarinos nucleares, los misiles, el Rafale, todo eso nace de una misma intuición: la soberanía no es una declamación, es una cadena. Una nación que quiere decidir sola debe poder ver sola, golpear sola, reparar sola, producir sola y sostener sola lo esencial de su esfuerzo militar. De Gaulle no sacó a Francia del mando integrado de la OTAN por capricho teatral. Había entendido Suez. Había entendido que la amistad de Washington podía ser útil, incluso indispensable, pero nunca debía convertirse en el único oxígeno disponible.
El contraste se ve en el cielo. El Rafale no es solamente un buen avión. Es la expresión material de una decisión política. Fue concebido como aparato nacional, omnirrol, capaz de servir en la fuerza aérea, en la marina embarcada, en la disuasión nuclear, en la exportación y en una evolución técnica continua. El Typhoon, en cambio, lleva en sus alas la marca de su nacimiento multinacional. Es un avión formidable en ciertos aspectos, nadie serio lo niega. También es un símbolo de retrasos, costos disparados, compromisos industriales y capacidades prometidas mucho antes de volverse plenamente reales.
El Telegraph lo dice con una crudeza que sorprende precisamente por venir de la propia prensa británica. La RAF posee aviones, pero le cuesta transformar esos aviones en poder disponible. Faltan piezas, faltan horas de vuelo, sobran aparatos en mantenimiento, se canibalizan células para mantener otras en el aire, se reducen los escuadrones, se achica la masa real detrás de la fachada oficial. Una fuerza aérea no se mide por el número de aviones anotados en una planilla ministerial. Se mide por los aviones que pueden despegar, los pilotos que pueden pilotarlos, los mecánicos que pueden mantenerlos, las municiones disponibles, los reabastecedores, los repuestos y la capacidad de durar más allá de las primeras jornadas de combate.
Esa es la verdadera tragedia británica. No la falta de talento, ni de tradición, ni siquiera de dinero. El Reino Unido gasta mucho. El problema es el rendimiento estratégico de ese gasto. ¿De qué sirve gastar como potencia de primer orden si se obtiene una herramienta de potencia mediana, frágil y costosa? ¿De qué sirve tener portaaviones si su grupo aéreo depende de un avión norteamericano caro, escaso y políticamente condicionado? ¿De qué sirve anunciar el Tempest si el país viene de demostrar, con Tornado y Typhoon, que sus grandes consorcios militares producen más reuniones que disponibilidad?
A un lector español todo esto debería resultarle menos exótico de lo que parece. España no es el Reino Unido ni pretende serlo, pero comparte con él una tentación: creer que la participación en grandes programas europeos o atlánticos equivale automáticamente a soberanía. El Eurofighter sostiene buena parte de la aviación española, y el programa Halcón refuerza esa opción. Al mismo tiempo, el futuro FCAS, con Francia y Alemania, promete el gran sistema aéreo europeo de las próximas décadas. Sobre el papel, todo suena razonable. Industria compartida, costes repartidos, interoperabilidad, tecnología común. El problema es que Europa tiene una larga tradición de confundir cooperación con laberinto.
España debería mirar a Londres con atención y a París con menos prejuicios. No para copiar a Francia, porque España tiene otra historia, otra escala y otra geografía estratégica. Sí para entender que la soberanía no se delega entera sin pagar un precio. El dilema de la Armada con los Harrier es, en ese sentido, revelador. Si el ala fija embarcada desaparece sin reemplazo claro, el Juan Carlos I seguirá siendo una plataforma valiosa, pero España perderá una herramienta política y militar que no se improvisa después de perderla. Una aviación naval no es un adorno. Es una cultura, un oficio, una continuidad técnica. Cuando se apaga, volver a encenderla cuesta décadas.
España, además, fue y es una nación marítima aunque a veces parezca olvidarlo. Tiene Canarias, Baleares, Ceuta, Melilla, una fachada atlántica, una mediterránea y una responsabilidad natural hacia las rutas que conectan Europa, África y América. No puede permitirse pensar la defensa como si fuera sólo un asunto continental o administrativo. La guerra moderna vuelve a poner sobre la mesa islas, estrechos, puertos, cables submarinos, drones, misiles, buques logísticos, aviones de patrulla, bases avanzadas. La lección británica no es una curiosidad inglesa. Es una advertencia para toda nación que conserva ambiciones marítimas mientras achica, posterga o subcontrata los instrumentos de esas ambiciones.
Y aquí aparece el Atlántico Sur.
Las Malvinas
Para los argentinos, las Malvinas no son un asunto abstracto. Tampoco conviene reducirlas a consigna escolar, desfile emocional o literatura patriótica de ocasión. Son, ante todo, una cuestión estratégica. Una cuestión de distancia, de logística, de poder aéreo, de tiempo y de paciencia. En 1982, Londres todavía tenía una marina entrenada por la Guerra Fría, portaaviones ligeros, destructores, fragatas, marinos profesionales y una capacidad expedicionaria que, aun con límites y pérdidas dolorosas, pudo cruzar medio planeta y recuperar las islas. Aquello no fue magia imperial. Fue logística, oficio, disciplina, combustible, repuestos, radar, aviación embarcada y voluntad política.
Hoy el cuadro es distinto. No porque Argentina esté lista para una aventura militar, que no lo está. Sería una irresponsabilidad decirlo. La llegada de los F-16 comprados a Dinamarca marca el inicio de una reconstrucción, no su culminación. Un avión no crea por sí solo una fuerza aérea. Hacen falta pilotos, mecánicos, doctrina, armamento moderno, reabastecimiento en vuelo, defensa aérea, inteligencia, guerra electrónica, mando conjunto y una marina capaz de operar en serio en el Atlántico Sur. Argentina viene de décadas de descapitalización militar. Ningún nacionalismo serio debería tapar esa realidad con entusiasmo barato.
La debilidad británica, sin embargo, obliga a pensar en plazos más largos. Las Malvinas están defendidas por una presencia pequeña pero significativa en Mount Pleasant: cuatro Typhoon, medios de transporte, reabastecimiento, radar, infraestructura y personal preparado. Hoy eso basta para disuadir una operación argentina convencional. La pregunta interesante no es qué puede pasar mañana. La pregunta es qué podría pasar dentro de quince o veinte años si confluyen varias tendencias: una RAF más chica, un Typhoon envejecido, un Tempest retrasado, pocos F-35B disponibles, portaaviones absorbidos por otras crisis, Estados Unidos menos dispuesto a sostener a sus aliados en escenarios secundarios, y una Argentina que, lentamente, reconstruya una capacidad militar real.
La revolución de los drones modifica todavía más el cálculo. Las Malvinas ya no deben imaginarse solamente bajo el modelo de 1982, con aviones tripulados, buques visibles y batallas aeronavales clásicas. Un adversario con drones de largo alcance, municiones merodeadoras, señuelos y capacidad de saturación podría amenazar una base avanzada de manera mucho más barata y persistente que una fuerza aérea tradicional. Si Argentina desarrollara en el futuro una masa significativa de drones de largo alcance, o si pudiera lanzarlos desde plataformas situadas a unas doscientas millas de las islas, la pequeña presencia británica en Mount Pleasant podría verse sometida a una presión inédita.
No hace falta imaginar una gran epopeya aérea. La guerra contemporánea suele ser menos épica y más mecánica. No busca siempre derribar al caballero enemigo en duelo singular. Busca dejarlo ciego, inmóvil, sin combustible, sin pista, sin comunicaciones, sin sueño. Una base avanzada vive de sus pistas, sus radares, sus depósitos, sus enlaces y su capacidad de reparación. Si esos elementos son saturados por oleadas sucesivas de drones baratos, la diferencia entre tener cuatro cazas modernos y no tenerlos puede volverse dramáticamente estrecha. Un Typhoon que no puede despegar es apenas una pieza cara bajo techo.
La hipótesis no prueba que Argentina pueda recuperar las Malvinas. Prueba algo más incómodo: que la defensa británica de las islas descansa sobre una arquitectura que podría volverse vulnerable si cambia la tecnología y si Londres sigue achicando su poder real detrás de una retórica imperial intacta. El Reino Unido no corre el riesgo de ser derrotado por una Argentina milagrosamente convertida en gran potencia. Corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que una presencia aislada, lejana, cara de reforzar y dependiente de pocas infraestructuras puede ser paralizada por medios más modestos, más baratos y más persistentes.
Para el mundo hispánico, esta reflexión no debería leerse como invitación a la aventura militar. Sería una estupidez. Las guerras perdidas se pagan con muertos, ruina y décadas de resentimiento. Las guerras improvisadas son aún peores, porque ni siquiera honran a sus muertos con una estrategia seria. La cuestión de las Malvinas exige paciencia, inteligencia nacional, reconstrucción industrial, diplomacia de largo plazo, dominio tecnológico y una comprensión fría del tablero. Ninguna bandera reemplaza a una fábrica, ningún himno sustituye a un radar, ningún discurso compensa la ausencia de repuestos.
Ahí está, justamente, la enseñanza de Suez. Una potencia no cae cuando pierde una batalla. Cae cuando descubre que sus medios reales ya no se corresponden con sus ambiciones declaradas. Inglaterra descubrió en 1956 que no podía actuar contra Estados Unidos. Podría descubrir en las próximas décadas que ya no puede defender sola, lejos y durante mucho tiempo, los restos de su mundo imperial. Argentina, si alguna vez quiere volver a discutir las Malvinas desde una posición de fuerza, deberá entender la misma ley desde el lado opuesto: no basta con tener razón histórica, hace falta construir poder.
España también debería tomar nota. Su problema no son las Malvinas, sino algo más amplio: cómo mantener soberanía militar en un continente que se acostumbró a vivir bajo paraguas ajeno, a comprar tiempo con programas futuros y a confundir pertenencia a una alianza con capacidad propia. El caso británico muestra una decadencia con buenos modales. El caso francés muestra que la soberanía cuesta, irrita y exige continuidad. El caso argentino recuerda que una nación desarmada puede conservar sus reclamos, pero no puede imponer respeto si no reconstruye, lentamente, la base material de su voluntad.
Quizá por eso aquella frase del viejo marino bretón me quedó resonando: «Todo viene de ahí». De Suez viene la Inglaterra que eligió no volver a separarse de Washington. De Suez viene la Francia que eligió fabricar su propia llave nuclear y aérea. De Suez viene también una lección para España, para Argentina y para cualquier nación que todavía crea que la historia perdona a los pueblos que tercerizan su destino.
La soberanía no es una palabra solemne para discursos de aniversario. Es una disciplina diaria. Está en los astilleros, en los hangares, en los talleres, en los satélites, en las escuelas de pilotos, en los arsenales, en los depósitos de munición, en los cables submarinos, en los ingenieros que se quedan y en los obreros que saben hacer. Una nación que deja de producir los medios de su voluntad termina alquilando su seguridad. Y cuando el dueño de esa seguridad mira hacia otra parte, sólo quedan las ceremonias, los recuerdos y el viento sobre una pista demasiado lejana.
En el fondo, las Fuerzas Armadas argentinas tienen hoy un objetivo geoestratégico superior, y casi único: darle a la nación, si un día las circunstancias históricas lo permiten, la capacidad real de recuperar las Malvinas, conservarlas y defenderlas. Argentina no tiene un conflicto existencial con Brasil, no lo tiene con Paraguay, menos aún con Uruguay, y con Chile parece abrirse, al fin, un camino de cooperación madura después de demasiadas décadas de recelo inútil. Eso no significa que Argentina pueda prescindir de sus Fuerzas Armadas. Significa exactamente lo contrario. Las necesita para custodiar su porción del Atlántico Sur, para cooperar con Brasil en la seguridad de ese espacio inmenso, y sobre todo para poner algún día punto final al conflicto colonial con el Reino Unido. La diplomacia ayuda, prepara, acerca, erosiona, convence a veces, pero rara vez concluye por sí sola. Lo que concluye es la voluntad política cuando se apoya en una capacidad militar creíble. Por eso el gobierno de Javier Milei tiene razón al emprender una recapitalización razonable de las Fuerzas Armadas argentinas: hoy por la Fuerza Aérea, mañana por el Ejército, pasado mañana por la Armada. La debilidad inglesa debe ser observada sin ruido y recordada sin ingenuidad, no como invitación a una aventura, sino como un dato más para una política inteligente hacia las islas y hacia los isleños: ofrecerles una salida tan favorable, tan segura y tan próspera que les resulte difícil rechazarla, mientras Argentina conserva, detrás de la mano tendida, el bastón suficiente para que Londres comprenda que el tiempo de las posesiones imperiales indefendibles puede llegar, también, a su término.




















