El lago de los cisnes

¿Nuestro amigo Sertorio sólo habla de política y lanza sus aceradas diatribas contra «la magia negra del mundo moderno», como la denomina hoy? No, en absoluto. La «magia negra», por lo demás, sólo la nombra de pasada, al final de un artículo dedicado a algo infinitamente más importante: el arte y la belleza, en especial la del ballet clásico. Algo a cuyo lado nuestras politiquerías cotidianas, la verdad, aparecen como otras tantas bagatelas.

Y, puesto que hablamos de la gran cultura clásica, aprovechemos para comunicarles una extraordinaria noticia de la que nadie ha hablado. Se acaba de recuperar el libro más importante de Epicuro, Sobre la naturaleza (Περὶ φύσεως), que se daba por irremediablemente perdido, al igual que el resto de su obra. Se encontraba entre los pergaminos que la erupción del Vesubio había calcinado… y preservado en Herculano. Resultaba ilegible, pero gracias a la técnica moderna (quitémonos el sombrero) se ha logrado leer. Una vez traducido, pronto podrán comprarlo en su librería… o en Amazon.

 


 

Paciente lector, regálate un placer exquisito e inolvidable, obsequia a tu alma, a tu corazón y a tu buen gusto con un presente que, por clásico, es imposible que te decepcione: en este verano tendremos la suerte de disfrutar de El lago de los cisnes, representado por el Ballet Clásico Internacional (en el Teatro Gran Vía, en Madrid, hasta el 2 de agosto), bajo la producción de Tatiana Solovieva, la gran promotora de los ballets clásicos rusos en España.

La magia de El lago de los cisnes, como de Coppelia, Cascanueces, La sílfide o Giselle, tiene un secreto tan fácil de entender como difícil de ejecutar: contar sin palabras una historia que se expresa por la música, la danza y los gestos; estos últimos, además, son la versión más refinada de la antiquísima pantomima europea, y todos los grandes artistas de la danza han sido excelentes ejecutores de ella, por eso transmiten la emoción que refuerzan la música y el baile. La historia no puede ser muy complicada, pero es el hilo de Ariadna que nos conduce a un final normalmente feliz. Es el cuento que nos contaban nuestras madres y que siempre queríamos que nos repitieran; daba igual cuántas veces. También, quizás porque el verbo está ausente, el ballet no ofrece tantas oportunidades argumentales para las atrocidades de un director de escena, es menos susceptible a las «innovaciones» que la ópera. Un ballet clásico no puede ser sacado de su esfera encantada de belleza y gracia absoluta sin que pierda su razón de ser, sin que fracase irremediablemente.

Porque durante un par de horas sólo hay gracia, fuerza, delicadeza, elegancia y precisión. Miles de horas de ejercicio, de rigor, de exigencia y de excelencia se consumen en un prodigio efímero de engañosa facilidad: cada fouetté, cada jeté, cada arabesque que la bailarina ejecuta con una naturalidad que parece espontánea, es el fruto del sometimiento del cuerpo al querer del espíritu, a la voluntad absoluta de belleza. Las bailarinas, tan aparentemente delicadas, no sólo tienen una musculatura férrea; sobre todo, encarnan un amor de lo difícil que es el norte de toda estética: la trabajadísima «facilidad». Lo excelente no tiene un aprendizaje sencillo: requiere esfuerzo y muchísima tradición. Poca gente lo sabe mejor que los integrantes de un cuerpo de danza clásica.

Un ballet de Chaikovski nos trae siempre el recuerdo de la infancia, marcado, en particular, por Cascanueces, con los sones preternaturales y cristalinos de la celesta en la danza del Hada del Azúcar. Cuando se encara la vejez, estas viejas variaciones emocionan aún más, porque el niño que fuimos resucita con sus emociones íntegras. Desde el fondo de la memoria retorna no sólo nuestra emoción personal, sino el esplendor de la Rusia imperial y de sus grandes músicos y coreógrafos, porque la magia no se debe sólo a Chaikovski, sino a Petipa e Ivanov.

En fin: disfruta, lector, del arte de la delicada Odette (Tatiana Nazarchevici), del sublime Sigfrido (Nikolai Nazarchevici), de las bravas danzas del bufón (Cristian Preda) y del siempre poderoso y avasallador Rotbarth (Aleksandr Litvínov). El problema de pasar dos horas encerrado en una burbuja de belleza es que la función se acaba y hay que salir a la calle. Otra cosa: si tienes niños, llévalos, No lo dudes. Es un deber de buen padre y algo que siempre te agradecerán. Sustráelos durante unas horas a la magia negra del mundo moderno.

 

 

Para quienes no puedan acudir
al Teatro Gran Vía de Madrid

 

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