Nos complace presentarles ese individuo (o «individue») cuyas patochadas nos sirven para que también EL MANIFIESTO se sume a glosar el Día —«del Orgullo» lo llaman— en que se celebra el más grande, zafio y hortera de todos los desmadres; ese día en el que los sustitutos del proletariado en el imaginario izquierdista (y también centro-liberal) se lanzan a la calle para, despelotándose en público, ponerse a la vanguardia de las fuerzas antaño llamadas revolucionarias.
El individuo en cuestión, cuya belleza y apostura apreciarán a buen seguro todos ustedes, es, por lo demás, un dirigente político, a lo mejor hasta un diputado en el parlamento gallego, uno de los líderes, en todo caso, del separatista BNG. Mientras luce su «falda almidoná» y revolotean al viento las banderas crecidas en su cabeza, va hablando, obviamente, en esta especie de español mal hablado que es el gallego oficial, una lengua que nada tiene que ver con la belleza del gallego, por ejemplo, de una Rosalía de Castro.
Lo que está en juego en el Orgullo LGTBIQ+
Más allá de tanta astracanada y tanta risa , la cosa es muy seria. Pintarrajeándose, desnudándose y fornicando en público, los orgullosos manifestantes del Orgullo pretenden provocar y combatir el orden machista y patriarcal de un Sistema… que es el primero en aplaudir y fomentar sus gansadas: las de quienes, blandiendo los delirios de su ideología de género, pretenden combatir algo que se sitúa en un orden infinitamente superior y que nada tiene que ver con ninguna explotación o dominación. ¿Qué son, si no, los intentos constantemente emprendidos por inculcar la ideología woke en colegios y parvularios hasta a infantes… de tres años? ¿Qué es, si no, su combate destinado a quebrantar las bases mismas de la antropología humana? Una antropología que no es otra cosa que el orden decretado, impuesto —afortunadamente— por la Naturaleza; ese orden que, sin que nadie decida ni pueda decidir nada, hace que un hombre sea un hombre y una mujer, una mujer.
Y, sin embargo, es cierto. Hay hombres que se sienten y anhelan —sinceramente— ser mujeres, y hay mujeres que se sienten y anhelan —sinceramente— ser hombres. Pocos, poquísimos, pero los hay. Tales desgracias existen, tales trastornos psíquicos los hay: su nombre es disforia sexual. Se trata de casos en los que la Naturaleza, como si se desviara o censurara a sí misma, engendra desgracias y padecimientos sin par. En realidad, lo que hace la Naturaleza es desviarse de sus propias normas como en cualquier enfermedad o catástrofe natural, salvo que en este caso no hay nada con que curar el desvío: sólo cabe reprimir a los afectados o asumir el trastorno y cumplir lo que impone para que no trastorne más.
Dejemos de lado el caso de los niños y adolescentes —esas mutilaciones sexuales que constituyen uno de los grados superiores y más escalofriantes de la degeneración de los tiempos—, y preguntémonos: ¿qué hacer con las personas adultas que se hallan realmente, seriamente afectadas de disforia? La respuesta parece evidente: una vez corroborada, médica y psiquiátricamente, la gravedad de su dolencia, y una vez que se les haya concedido un plazo lo bastante amplio para reflexionar sobre la irreversibilidad de su decisión, nada debería impedir que se efectuara el cambio que la Naturaleza ya ha realizado en el espíritu de los afectados.
Pero una cosa es esto y otra, muy distinta, totalmente opuesta, es lo que hace el movimiento LGTBIQ+: fomentar y promover el mayor número posible de «transiciones de género», al tiempo que se considera a los transexuales poco menos que como la encarnación del kalos kai agathos («lo justo, lo bueno y lo bello») de los griegos.
Algo parecido, aunque aquí no existe trastorno alguno, es el caso de la homosexualidad. Perfectamente legítima en sí misma, lo único que algunos podrían acaso objetarle es lo mismo que la Iglesia opone (u oponía…) a los métodos anticonceptivos: esta forma de sexualidad impide la reproducción. Pero una cosa es esta legitimidad y otra, totalmente distinta, es lanzarse a la calle para promover, en medio de toneladas de vulgaridad y zafiedad, un «orgullo» tan absurdo como el de quien tuviera la idea de proclamar un Día del Orgullo Heterosexual.
Con otras palabras, lo inaceptable es promocionar la homosexualidad en unos términos que tal parece como si lo antinatural, lo que habría que arrinconar fuera la heterosexualidad, a la vez que se afirma, como lo hace nuestro amigo gallego, que se debe seguir luchando sin tregua para que se respeten los derechos de los homosexuales.
¿Luchar hoy en día por tales derechos? ¿Acaso estarían conculcados en lo más mínimo los derechos de quienes, entre otras cosas, tienen acceso ilimitado, como bien sabía el suegro del actual presidente del Gobierno, a todos los establecimientos en los que solazarse en cualquier capital del reino?





















