Todo parte de una crónica de Paul B. Preciado, publicada en el periódico izquierdista francés Libération. El autor viaja a Nápoles para encontrarse con activistas trans y participar de un festival queer. A primera vista, parece un simple texto “societal”. Sin embargo, detrás de esa escena napolitana emerge algo más profundo: una visión del mundo que convierte a los márgenes sociales en el sujeto político de la izquierda intelectual.
Nápoles deja de ser una ciudad concreta y se transforma en un decorado simbólico. Ya no es la ciudad de la religión popular, del orden familiar mediterráneo o de la memoria histórica. Se convierte en una superficie líquida donde las identidades flotan, las fronteras se disuelven y la marginalidad adquiere un valor casi sagrado.
Preciado no está solo en esta operación intelectual. Forma parte de una constelación más amplia, propia de cierta izquierda contemporánea. Geoffroy de Lagasnerie, Didier Eribon o Édouard Louis escriben desde una posición semejante: una distancia crítica, a veces cargada de resentimiento, respecto del mundo del que provienen.
Didier Eribon, en Retour à Reims [Vuelta a Reims], convierte la ruptura con su origen popular en una emancipación personal. Édouard Louis describe el universo familiar y provincial como un espacio de humillación permanente. Lagasnerie, por su parte, ha dado un paso más. En su libro reciente L’âme noire de la démocratie [El alma negra de la democracia], cuestiona directamente la legitimidad del principio mayoritario, del voto y de la soberanía popular. La crítica social ya no se dirige solamente contra las élites, sino también contra el pueblo cuando éste no responde a las expectativas ideológicas del intelectual.
Este fenómeno no es exclusivamente francés. Tiene equivalentes claros en otros países de cultura europea.
En España, buena parte de la izquierda cultural, heredera del ciclo de Podemos pero también presente en universidades, medios y patrioterismos periféricos, comparte esa misma sospecha hacia la nación, la tradición y las formas heredadas de pertenencia.» En Argentina, sectores ligados al kirchnerismo tardío o al progresismo universitario, apodados «kukas», desarrollaron una mirada parecida: una mezcla de desprecio hacia la sociedad real y fascinación por identidades periféricas elevadas a categoría moral.
También se observa una paradoja particular en las izquierdas nacionalistas, tanto catalanas como vascas. Movimientos que dicen defender la identidad de un pueblo, pero que parecen concentrarse más en los símbolos institucionales que en la continuidad humana de ese mismo pueblo. La lengua, la autonomía o la bandera se convierten en causas absolutas, mientras que la transformación demográfica y cultural del territorio apenas suscita debate.
Poco parece importar que Cataluña se llene de mezquitas mientras los nuevos habitantes hablen catalán para pedir subsidios sociales, o que el País Vasco experimente una inmigración masiva de africanos mientras se siga saludando a la ikurriña. La nación queda reducida a una escenografía administrativa y lingüística, desligada de cualquier realidad histórica, cultural o biológica. Es una forma de nacionalismo sin pueblo, donde la identidad se conserva como museo, no como continuidad viva.
Vale la pena insistir. Los «kukas» argentinos, Podemos y parte de estas izquierdas nacionalistas coinciden en un rasgo común: el rechazo del mundo existente. No se trata simplemente de criticar injusticias o desigualdades, sino de considerar sospechosa la propia continuidad cultural de la sociedad. La familia, la transmisión, la pertenencia nacional y la memoria histórica dejan de ser marcos protectores para convertirse en estructuras opresivas.
Por eso los márgenes ocupan un lugar tan central. Prostitución, identidades sexuales minoritarias, migraciones, precariedad o culturas alternativas aparecen como espacios de pureza moral. Allí donde el pueblo tradicional decepciona, la periferia se vuelve esperanza política.
El problema es que esa esperanza rara vez produce continuidad. Las sociedades no se sostienen solamente en la protesta o en la transgresión. Se construyen a través de herencias, filiaciones y permanencias. Una civilización necesita algo más que intensidad emocional: necesita transmisión.
La paradoja es evidente. Estos intelectuales desprecian con frecuencia el mundo que hizo posible su existencia pública. Denuncian la civilización europea como una maquinaria opresiva y trabajan, conscientemente o no, para acelerar su desgaste cultural.
Sin embargo, permanecen llamativamente silenciosos frente a las transformaciones demográficas y religiosas que modifican Europa. Hablan sin descanso contra la familia tradicional, la nación o el legado cristiano, pero dicen poco sobre la islamización progresiva de barrios, escuelas y espacios urbanos donde las formas de vida que ellos defienden encontrarían enormes dificultades para existir.
En buena parte del mundo musulmán, las identidades queer, la disidencia sexual o la fluididad de género siguen siendo reprimidas socialmente o castigadas penalmente. La contradicción es difícil de ignorar. Los mismos autores que denuncian sin tregua la cultura que los hizo visibles permanecen prudentes frente a sociedades donde esa visibilidad sería imposible.
Tal vez allí resida el verdadero drama de esta izquierda de los márgenes. Combate con pasión el mundo del que proviene, pero guarda silencio ante las fuerzas que podrían reemplazarlo por un orden mucho menos tolerante. Critica la civilización que la produjo sin preguntarse demasiado qué podría surgir después de su desaparición.





















