Aleksyei Navalnii, el agente de Soros y de la OTAN que, según éstos, habría sido envenenado

El Falso Dimitri

¿A qué viene esta antigua historia de un país tan remoto y desconocido? No es tan vieja: se está repitiendo en nuestros días con Aleksyei Navalnii, el agente mundialista supuestamente envenenado el 20 de agosto de este año.

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Corría el Año del Señor de 1605 cuando a los jesuitas y al rey de Polonia se les ocurrió una idea genial para conquistar y someter a la “bárbaraMoscovia, agitada por las conjuras de los boyardos, por la enfermedad mortal del zar y por el hambre y las malas cosechas que habían castigado a Rusia durante los años previos. Desde la muerte de Iván el Terrible y en los reinados del buen zar Fyódor y de su cuñado Borís Godunov, el poder del Kremlin se extendió por Siberia, colonizó con vigor el sur del país, fundándose nuevas ciudades como Sarátov, Vorónezh o Tsarytsin (la futura Stalingrado), y la Iglesia rusa consiguió un patriarca, al ser reconocido por Constantinopla su nombramiento. Rusia —o Moscovia, como se la conocía entonces en Europa— se recuperaba del calamitoso final de reinado de Iván el Terrible y se conformaba de nuevo como una gran potencia ortodoxa en el ámbito euroasiático, lo que no dejaba de causar gran desazón en Polonia y Roma.

Sin embargo, las pésimas cosechas y el hambre consiguiente fomentaron el descontento de las masas. Borís Godunov, uno de los políticos más brillantes de la historia rusa, agonizaba y un niño inexperto de quince años se aprestaba para sucederle en un trono ambicionado por otros boyardos de familias mucho más poderosas y antiguas, como los Shuyskii o los Mstislavskii. Fue en ese momento cuando apareció un factor que derrumbaría el Estado ruso y ocasionaría el apogeo del Periodo de Disturbios (Smútnoye vrémya): el Falso Dimitri  (Lzhedimitrii). Era este sujeto un monje ortodoxo que ahorcó los hábitos y escapó a Lituania, donde se hacía pasar por el zarévich Dimitri de Úglich, un hijo menor de Iván el Terrible muerto en extrañas circunstancias. Protegido por el nuncio papal y financiado por los polacos, el Falso Dimitri contrató una banda de mercenarios y avanzó por el territorio ruso proclamándose heredero del zar Iván. El descontento de las masas, la deslealtad de los boyardos y la muerte de Borís Godunov hicieron el resto. Después de una breve campaña, el Falso Dimitri entró en Moscú, asesinó al joven zar y reinó durante un año, en el que el Kremlin se llenó de nobles polacos y, lo que para los rusos era mucho peor, de sacerdotes romanos. Una rebelión acabó con este impostor, que fue linchado por el pueblo y despedazado. Pero la táctica había tenido éxito: Rusia quedó fuera de combate por las guerras y disturbios que siguieron y los polacos no dudaron en patrocinar a otros dos falsos dimitris. Nunca estuvo tan cerca la nación rusa de desaparecer y de ser anexionada por sus vecinos. No faltaron más falsos dimitris en la historia de este país, que pusieron en grave peligro al Estado, como Yemelián Pugachov en 1773 y, sobre todo, Vladímir Lenin en 1917, gracias al cual Hindenburg y Ludendorff sumieron a Rusia en el caos.

El lector se preguntará a qué viene esta antigua historia de un país tan remoto y desconocido. No es tan vieja: se está repitiendo en nuestros días con Aleksyei Navalnii, el agente mundialista supuestamente envenenado el 20 de agosto de este año. Los antecedentes de Navalnii ya nos inducen a sospechar: estudió en Yale, formó una ONG “anticorrupción” (¡cómo no!) financiada por George Soros y ha dispuesto siempre de una poderosa plataforma de medios de comunicación a su servicio, tanto que para la opinión pública europea es el “jefe” de la oposición contra Putin, cosa en extremo falsa. Sin duda, Navalnii es el opositor virtual más conocido por su permanente presencia en los medios, pero los jefes de la oposición rusa de verdad, con votos reales, son Gennadi Ziugánov y Vladímir Zhirinovskii, comunista uno y nacional-liberal el otro, y cada uno de ellos con siete millones de sufragios. Pero ambos, uno por su comunismo de corte neoestaliniano y el otro por nacionalista, no entran en los cálculos de quienes le pagan los shows a Navalnii, que son los mismos que apoyaron a las gamberras de Pussy Riot en su campaña de sacrilegios contra la iglesia ortodoxa.

Como sabrá el lector, el 20 de agosto de este año, durante un vuelo a Jabárovsk, adonde iba a tratar de agitar las aguas de un conflicto producido por la detención de su gobernador liberal (acusado, por cierto, de dos asesinatos, asunto por el cual la gente suele ser detenida), Navalnii empezó a sentirse muy mal y se puso en estado grave. El avión aterrizó en Omsk, donde fue atendido de urgencia y se logró estabilizar su estado. El diagnóstico de los médicos fue una bajada de azúcar. Más preocupados por aprovechar la ocasión para montar un buen escándalo que por la salud de su jefe, los acólitos del agitador globalista se apresuraron a hablar de envenenamiento y ya se adelantaba una palabra mágica: Novichok, el potentísimo tósigo ruso que tiene una gran ventaja a la hora de soltar infundios: no deja traza alguna en el cuerpo de la víctima. Siempre que algún opositor ruso muere, salta la sospecha del jicarazo por Novichok. Consulte el lector nuestra abundante prensa independiente para comprobarlo. No tardaron ni una hora todas las terminales mediáticas de la Open Society en poner el grito en el cielo y en alertar a los periodistas adictos (casi todos) a ladrar bien alto un nuevo envenenamiento de Putin, esa mezcla explosiva del Doctor No, Lex Luthor, Stalin y Fu Manchú que reina en el Kremlin, según nuestra objetiva y bien informada prensa. Pese a que la vida del enfermo corría peligro, los acólitos de Navalnii se lo llevaron a Berlín, donde los laboratorios del ejército alemán afirmaron que en unas misteriosas botellitas que se les entregaron había Novichok. ¿Hacían falta más peritajes? Si los herederos de la Wehrmacht y los laboratorios de la OTAN afirman que hay veneno, es que Navalnii ha sido envenenado. Jens Stoltenberg, el Secretario General de la Alianza Atlántica, abandonó cualquier circunspección y respeto por las formas de la diplomacia para condenar el “abominable” intento de asesinato de su agente en Rusia y exigir a Moscú que abra una investigación sobre el caso. Semejantes aspavientos y condenas no se hicieron por Stoltenberg en el caso del saudí Yamal Khasshogui, descuartizado como una res en el consulado de su país en Estambul, y eso que Turquía es un Estado miembro de la Alianza. Tampoco se preocupó mucho por saber si Yassir Arafat, Hugo Chávez o Slobodan Miloseviç fueron envenenados. Teniendo en cuenta el tradicional respeto de la OTAN por las vidas humanas en Serbia, Libia o Iraq, no nos cabe duda de que el gobierno de Rusia se sentirá moralmente comprometido a investigar las bajadas de azúcar del señor Navalnii.

Todo esto es lo que el borrego occidental conoce. Veamos ahora algunos elementos que escapan a la gran sagacidad de nuestros periodistas. El primero es que si Navalnii hubiera sido envenenado con Novichok ya no supondría una preocupación para nadie, porque si se suministra en la forma debida (y suponemos que el FSB ruso sabe cómo hacerlo) es de efecto fulminante y no da tiempo ni para decir adiós muy buenas. Sin embargo, Navalnii tuvo minutos de sobra para ponerse malo, para esperar un aterrizaje forzoso y para ser trasladado a las urgencias del hospital de Tomsk. Sin duda, habrá que estudiar la genética de Navalnii, pues aguantó la ponzoña mucho mejor que Rasputín el inexistente cianuro de Yusúpov. ¿Novichok? Ni siquiera los laboratorios de la Wehrmacht (perdón… Bundeswehr) se atreven a afirmar que en las  muestras se haya encontrado Novichok, sino algo de la “familia” de este veneno, pero de la “familia” de un veneno se pueden encontrar hasta medicamentos. Como es habitual en el mundialismo, ante todo la transparencia. Los medios de comunicación también han sacado a la palestra las botellas que los acompañantes de Navalnii aportaron. Pruebas con un iter  de custodia más que dudoso y que ningún juzgado de Primera Instancia admitiría. Salvo la OTAN y Amnistía Internacional, claro.

Pero admitamos el envenenamiento; juguemos a los detectives y hagámonos la pregunta esencial en estos casos: Cui prodest? ¿A quién beneficia? Desde luego, no a Putin. Salvo que creamos que el Kremlin está habitado por una patulea de deficientes mentales, de teóricos de género y de bachilleres LOGSE, a nadie en su sano juicio se le ocurriría acabar con un opositor al que el muy nacionalista pueblo ruso identifica como un sicario de Occidente y que fracasó de manera lamentable en su campaña contra la nueva Constitución rusa. Incluso se llegó a comentar en los medios mundialistas que Navalnii era un juguete roto de Soros y que convendría cambiar de táctica.

Envenenar a semejante sujeto desprestigiado sería algo peor que un crimen, sería un error

Envenenar a semejante sujeto desprestigiado sería algo peor que un crimen, sería un error. Por otro lado, entre los rusos de a pie, lo que la gente del pueblo llano quería para Navalnii no era veneno, sino algo más contundente, más cerca de la traumatología que de la toxicología. No olvidemos que para muchos rusos Putin es un blando. Pero si no beneficia a Putin, ¿quién asume el riesgo de fumigar con una dosis más bien homeopática de veneno al tal Navalnii? Pues puede que los suyos. Navalnii ha conseguido ser portada de los periódicos, casus belli de la diplomacia y su nombre ya adquiere resonancias de mártir en todo el rebaño de corderitos mundialistas. El “caso” Navalnii no está hecho para Rusia, sino para Occidente. Somos nosotros los destinatarios de sus efectos deletéreos.

Me explico: los medios globalistas tienen muy poco prestigio en Rusia, donde se los cataloga adecuadamente como propaganda enemiga. Pero la opinión occidental está dominada de manera absoluta por ellos. Y la OTAN se halla en plena ofensiva contra Rusia, reforzando un cerco al que se pretende añadir una Bielorrusia satelizada. El “caso” Navalnii es un arma más en esta batalla: lo que pretende es mostrarnos la maldad congénita del enemigo, del gobierno ruso, de una dictadura sanguinaria que emponzoña a los indefensos demócratas. El que en Rusia haya una Duma Estatal (Gosduma) con una oposición de partidos de todas las ideologías no parece que suponga una objeción para la prensa de la Alianza Atlántica. Una vez caricaturizado así el enemigo, la agresión contra él está justificada. Y los ataques, en caso de que Biden gane las presidenciales americanas de noviembre, van a ir en una escalada brutal. El interludio Trump habrá sido un período de relaciones pacíficas dado el aislacionismo del presidente americano, política que ha desgastado a Putin mucho más que la agresividad arrogante de Obama, ya que no obliga a los rusos a cerrar filas frente a una amenaza externa. La victoria de Biden, sin duda, favorecería a Putin por cuanto los rusos tendrían delante de sí a un enemigo abierto, declarado y agresivo, y eso fortalecería al Kremlin al unir a todo el pueblo ruso frente a un nuevo Carlos XII, un nuevo Napoleón, un nuevo Hitler.

Pensando en la victoria posible de Biden, la OTAN prepara su campaña de ataque definitivo contra Rusia. Sin duda, en Bruselas saben que lo que los veteranos de Napoleón y los soldados de Hitler no consiguieron, difícilmente lo van a lograr los mercenarios decadentes de la OTAN. No se trata de un ataque frontal (los europeos no tenemos media bofetada), sino de una aproximación indirecta. Los atlantistas son conscientes de que el gran designio antirruso que diseñó Zbigniew Brzezinski está a medio acabar, que Rusia ha sido empujada a sus fronteras occidentales del siglo XVII, pero que el objetivo final es despedazar la Federación Rusa en tantos Estados como sea posible, aunque eso cree un caos infinito. La OTAN no parará hasta que Siberia, Tartaria, Bashkiria, Chechenia y cualquier otro territorio capaz de hacerlo se separe de Rusia y se oponga a ella, con o sin violencia. Sin duda, un primer paso sería disponer de un cipayo como Navalnii que impusiera en Moscú un régimen disgregador que desencadenase de forma relativamente pacífica fuertes tensiones centrífugas, pero que a su vez estuviese lleno de “conquistas sociales” progresistas que degradarían al Estado a una colosal ONG con funciones meramente asistenciales y recaudatorias, pero vaciando de soberanía política y poder real a la nación, para así ir disgregándola poco a poco a la vez que se corrompe la salud moral del pueblo. Ya hay un ejemplo clásico de ello: España.

Rusia es una potencia cercada a la que un poder mucho más rico e implacable acecha para destruirla. La política de Putin ha restaurado la soberanía estatal y ha impedido que la nación pierda más posiciones. Pero la actual situación económica de Rusia, la inevitable vejez de Putin y la radicalización del globalismo favorecen más que nunca una deriva violenta de la política internacional. Es en este ambiente de propaganda prebélica, en plena escalada de la tensión en Bielorrusia, en el que tenemos que entender el “caso Navalnii”, el Falso Dimitri de nuestra época. Una vez que acabe el paréntesis de Trump, ya sea ahora o dentro de cuatro años, la oligarquía global ajustará cuentas con una Rusia que verá cómo le surgen nuevos frentes en el Cáucaso, en Ucrania, en Siria, en Asia Central y en su propio interior si se deteriora la situación económica. No le cabe otra alternativa al Kremlin que gobernar con más dureza y tener menos contemplaciones con los enemigos de la nación. Sólo manteniéndose fuerte, unida y bajo un liderazgo firme podrá defenderse de las amenazas contra su propia existencia. Y en estos casos: salus patriæ suprema lex. Los tiempos son cada vez más recios, sin duda.

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