"Melania Trump desnuda debe de ser como una visita privada y nocturna al Partenón"

"Melania es una diosa. La primera que pasa por la Casa Blanca."

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Aún quedan columnistas capaces de escribir artículos que son gran literatura. Éste que el escritor cubano, afincado en España, Juan Abreu, ha publicado en El Mundo es uno de ellos. Otro gran escritor a la vez que columnista ha dicho de él: "Este artículo, sorprendente, me deslumbra y alumbra el día. Ojo: no habla de política, sino de belleza" (Fernando Sánchez Dragó).

Y como a nosotros también nos ha deslumbrado y alumbrado el día, ahí se lo dejamos no sin antes destacar hasta qué punto hay gente insensible a la belleza. Si bien la mitad aproximadamente de los comentarios de los lectores elogian el artículo, la otra mitad intentan denigrarlo en términos como éstos: "Es machismo en estado puro, machismo del antiguo, casposo, rijoso. Un señor viendo una peli porno".


Como echo de menos la Victoria de Samotracia si paso mucho tiempo sin verla, así echaré de menos a Melania cuando abandone la Casa Blanca. América es un reino y la Casa Blanca su castillo encantado. Y Melania, durante cuatro años, ha sido la reina en el trono del castillo encantado. La escultura del Louvre, a la que acudo con frecuencia a rendir homenaje a la grandeza y esplendor de la Civilización Occidental, es para mí la cúspide de lo apolíneo. Pero. De lo apolíneo más exquisito: el que se permite albergar un temblor dionisiaco. Un sudor lúbrico. Esta categoría de lo apolíneo (y su gota pagana) da lugar a un tipo de belleza único e inexplicable. Una belleza superior a la de Venus de Milo, por poner un ejemplo, cautiva de su perfección y de su primor hierático. Una belleza que inspira un fervor y un temor reverencial al tiempo que un lascivo fuego litúrgico. Ésa es la belleza de Melania. Mitad jarrón de la dinastía Ming, mitad animal de presa. Melania la de pómulos navajeros y mirada de gorgona que, en vez de un cinturón de serpientes, llevara un cinturón de falos.

Y aún su arrogancia. No hay belleza verdadera sin arrogancia, arrogancia que los cursis y los líricos suelen llamar misterio, como se sabe. Pero. La verdadera belleza ya viene de nacimiento con su rictus de incuestionable poder tiránico, con su látigo maternal, su teta agresiva, y su lirio feroz. Nada más alejado que la belleza de Melania, del misterio ñoño y asexual de los románticos. Melania desnuda debe de ser como una visita privada y nocturna al Partenón y el firmamento goteando estrellas de semen, como en la novela de Kawabata; y donde estuvo la grandiosa Atenea de Fidias una turgente giganta de fuego y ámbar que entreabre la boca invitante y despliega sus infinitas piernas cuyo vórtice humea como debe humear el centro del universo, o la entrada a la cueva hirsuta que conduce al éxtasis del tiempo derrotado.

Yo veía a Melania, ay, sólo en vídeos o fotografías, y la veía a lomos de un enjaezado corcel como una reina amazona o una valquiria boca de bruja y ojos en los que podría zozobrar una flota entera. ¡Y los marineros tan felices! Yo veía a Melania como una 'messalina' acorazada. Yo veía a Melania descender de un avión o un helicóptero, exquisitamente ataviada (qué gusto, qué clase, qué porte, qué andares, qué refinamiento), y unos tacones y unas piernas que despiertan el ansia alpinista del más ecuánime mortal, y mi primer cerebro ¡y hasta el segundo! entraba en franca combustión y alguna que otra vez llegaba a sufrir alucinaciones olfativas. ¡Síndrome de Stendhal!, exclamará algún literato. Pero, naturalmente, era algo diferente que nada tenía que ver con arrobamientos estéticos o epifanías pulimentadas, era ¡alucinaciones olfativas! que todo empezaba a olerme a entrepierna sudada y a labio fundamental. Y no crean que este tipo de reacción, o semejantes, se circunscriben al universo masculino, la cantidad de mujeres que suspiran, como se dice siempre refiriéndose a otras actividades más fisiológicas, por Melania son legión. Conozco algunas que en cuanto se habla de Melania ponen ojitos hambrientos. Lo que tiene lógica, ya que la belleza superior, podríamos decir temible (a veces Melania frunce el ceño y curva la boca y yo tiemblo, imaginen lo que pasará a una hembra encandilada con Melania, comenzará a licuarse, supongo) causan ante todo hambre reverencial.

Melania, digámoslo de una vez, es una diosa. La primera que pasa por la Casa Blanca, Jacqueline Kennedy era una belleza doméstica, de película apta para todas las edades. Melania es otra cosa. Lo primero que descubre a una diosa es su manera de estar inmóvil como si estuviera en movimiento (eso es lo que une a Melania en mi imaginario estético con la Victoria de Samotracia), un moverse de lo quieto, un desplazarse de lo que se halla en reposo que sólo se halla al alcance de ciertas divinidades. Y luego está en ese desplazarse divino un ronroneo de pantera aterciopelada y en celo, que corta el aire. Y la boca, no olvidemos la boca de Melania. Hay mujeres en las que la boca lo dice todo y aunque suelen tener lo demás en abundancia con la boca basta para estar en el mundo como un gran reclamo erótico.

Si hay algo sucio y mezquino en la historia estética reciente de América, es la censura ejercida por las revistas del corazón y de moda y de tendencias, glamour y cosas así, y por los medios de prensa en general, contra la Primera Dama norteamericana. Todo lo contrario de lo que hicieron, durante años, con Michelle Obama, una especie de dibujo viviente de Robert Crumb, estéticamente hablando, y ya se apresuran a hacer con Kamala Harris, una mujer de aspecto desencabado y polvoriento. Hay algo seco en esa mujer algo desértico y como se sabe la ausencia de agua es ausencia de vida, somos agua. Un ser del desierto, un lagarto centenario y presumiblemente venenoso es lo que me parece Kamala; ¡Y ya en portada glamourosa!

Pero no perdamos el tiempo hablando de cosas feas y desagradables en este momento en que la nobleza y el amor a la escultura clásica y a las fiestas paganas y a las bacanales nos impele a despedir como se merece a Melania, que deja su trono.

Comparaciones

Hay una fantasía saturnal a la que vuelvo con frecuencia, en ella un grupo de seres poderosos, esencialmente terribles por su fuerza y magnitud, me conducen ante su diosa que resplandece en un universo en el que esos seres poderosos, elementales, son sus vasallos. Los seres monstruosos representan, creo, el caos y la violencia del mundo, su lado tenebroso. Ya postrado a los pies de la diosa, que no es otra que Melania voluptuosa y resplandeciente, ocurre lo más extraño de esta fantasía mitad literaria, mitad fisiológica: el único deseo que experimento en presencia de este ser de hermosura inmarcesible es ser devorado. Ese reclamo que escuchamos con frecuencia en el fragor sexual, "¡cómeme!", llevado a su límite apoteósico en mi fantasía. Hay muy pocas mujeres capaces de poner en marcha esta fantasía erótica en un cerebro como el mío y una de ellas es, doy fe, Melania.

Comparar a Melania con las primeras damas de otros países del mundo occidental es un ejercicio cruel. La primera dama española, por poner un ejemplo (y esto es extensible a todas las vicepresidentas y ministras españolas) destaca por su presencia tosca y cartilaginosa y una ausencia total de elegancia, sensualidad y méritos estéticos. Ya sé que puede parecer una exageración, pero yo mismo, y estoy seguro de que muchos comparten mi sentir, preferiría tener comercio carnal con un dromedario a tenerlo con una de estas damas, por lo demás muy respetables, eso sí.

Echaré de menos la belleza de Melania en la Casa Blanca. Una belleza, como he dicho, en la que lo apolíneo se permite albergar un temblor dionisíaco. Una belleza de lirio feroz.

Adiós, adiós, lirio feroz.

© El Mundo

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