¡Aleluya!

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“¡Aleluya!” es lo que exclama en su felicitación navideña el marqués de Tamarón. Al retomarla, reproduciendo el vídeo que la acompaña, el director y todo el equipo de EL MANIFIESTO expresamos, en este Solsticio navideño, nuestros mejores votos a todos nuestros amigos, colaboradores y lectores.

 Dice así el marqués de Tamarón:
 
«Me pregunto si lo que aparece en este enlace estará ya prohibido en España, o a punto de estar proscrito por nuevas leyes.
 Así es que, mientras aún podamos, felicitemos a creyentes y agnósticos, a izquierdas y derechas, a todos los capaces de apreciar la alegría y la belleza sencilla, sin asomo de vulgaridad y tampoco de pedantería. O sea, felicitemos a todos menos a los tontos malévolos.
Hay que darse prisa porque hoy la alegría empieza a ser subversiva. Modernamente, para que la alegría sea aceptable en público debe tener un punto de sordidez (botellón con vomitera) o un punto de salvajismo cobarde (hinchas futboleros con bates de béisbol). Y litúrgicamente –en demasiadas iglesias de España– la alegría ha de ser un poco o un mucho cursi (cánticos sosos y ñoños, en las antípodas del gregoriano e incluso de esta música coral del siglo XVIII que acabamos de oír).
Y sin embargo este Aleluya del Mesías de Haendel es tan hermoso como sencillo y asequible al hombre de la calle. De ahí su popularidad en muchos países, desde que se estrenó en Londres en 1743. Dicen que ese día el Rey Jorge II se levantó espontáneamente en honor del Rey de Reyes, y desde entonces muchos lo hacen cuando se escucha en público.
Por último, y como siempre, la ironía (¿divina o humana?) de la Historia: los textos de este Aleluya son todos del Apocalipsis. Así es que el ser apocalíptico no excluye la esperanza, ni la alegría. Al contrario.»

He aquí ese magnífico video en el que, en medio de la banalidad de lo cotidiano, irrumpe, como en cualquier Flash Mob, lo sublime

  

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