Cara al sol en la nieve

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Hablemos de la División Azul sin enconos ni condenas ni alabanzas. Es ya historia, y como historia, con frialdad, debe ser contada y analizada. La frialdad, sin embargo, no excluye la subjetividad.

Ignacio del Valle ambientó, hace de eso unos años, una novela de intriga -El tiempo de los emperadores extraños, Alfaguara- en tan colosal aventura bélica y aquel libro ha dado pie ahora a una película, dirigida por Gerardo Herrero, que lleva el título de Silencio en la nieve.
Subjetiva será, supongo, la visión que de aquellos hechos, ya remotos, pues se remontan a la segunda guerra mundial y a 1943, tienen esas dos personas y subjetivo soy, también, yo.
En 1992 gané el premio convocado por los ex combatientes de la División Azul con un artículo, aparecido en la revista Época, donde, entre otras cosas, decía: "Sé, de aquella gesta, lo que el corazón me dicta, sé lo que el instinto me sugiere, sé lo que Dionisio Ridruejo contó en sus Diarios, sé lo que la familia de mi madre pensaba y decía, sé lo que oí en las celdas de la cárcel de Carabanchel cuando me metieron en ella por ser antifranquista...".
Y más adelante: "Tres primos míos -Chipi, Quique y Luis- se enrolaron en la División Azul con una centella en los ojos y la frente levantada. Tenía yo entonces cinco años, pero lo recuerdo muy bien. Eran altos, fuertes, generosos. Trigo limpio. Antes de irse me levantaron en vilo a la altura de los ojos y se despidieron de mí. Llevo ese adiós clavado en el alma. Dos de ellos no regresaron nunca. No eran amigos de Hitler, sino enemigos de Stalin".
Los tres pertenecían a la Falange. En su casa, la de mi tía Luisa, se había escrito, cuando ellos eran adolescentes, parte del Cara al sol, que es junto, a la Marsellesa, la Internacional y A las barricadas, desposeyéndolos a todos de su connotaciones políticas, uno de los más hermosos himnos que jamás se hayan compuesto.
También participó en aquella razia, que tantas Crónicas de Indias inspiró, otro falangista, Dionisio Ridruejo, que afortunadamente pudo volver a España para contarlo y para dedicar a mi tía un hermoso poema titulado Ante la madre de un camarada muerto.
Dice así: "Vengo sin él, pero su noble carga / pones sobre mis hombros / ahora que unge tu débil mansedumbre / el reproche indecible. / Lo miro con tus ojos. Sí lo veo. / Era el más puro, el solo. / Era tan niño como tú lo llevas / de nuevo en las entrañas. / Vengo sin él. Y maternal, / generosa, lo buscas / con la ciega esperanza acongojada / sobre mi pensamiento. / Me turba tristemente la riqueza / de que estoy revestido; / él nutriendo mi fuerza y moribunda / tu sangre en tu palabra. / Su muerte son mis labios; soy su muerte, / brava, serena y dulce, / y su vida también, ésa que acoge / la duda en tu sonrisa. / Perdóname si vivo, si se yergue mi entereza doblada / mientras llena el despojo de tus venas / un cielo resignado. / Perdóname si soy la galería / donde duerme el soldado entre la nieve / y el muro que interpone su dureza / entre su mansedumbre y tu consuelo. / Vengo sin él. ¿Inquieres? ¿Adivinas? / ¿Acaricias? ¿Alcanzas? / Y al fin el alma se me extiende, / lenta como un paisaje, / a tu dolor de madre".
Con Dionisio Ridruejo, que ahorcó el yugo y las flechas para convertirse en uno de los primeros y más combativos disidentes del franquismo, también coincidí en la cárcel. Guardo de él muy buen recuerdo. Mejor, imposible. Su amistad me honró y yo honro ahora su memoria.
División Azul... Si en 1943 hubiese tenido dieciocho años, me habría enrolado en ella.
Y quizá, de haber tenido esa edad en el 36 y no haber nacido en España, me habría inscrito en las Brigadas Internacionales.
¿Por ideología? No, en ninguno de los dos casos, sino por afán de aventura. El mismo que, en el fondo, y también en la forma, movía a gentes en apariencia tan dispares como Hemingway, Dos Passos, Malraux, Orwell, Roy Campbell, Koestler, Brasillach, Dionisio...
Descansen todos los muertos en paz: los rojos y los azules, los falangistas y los comunistas, los guripas, los nazis y los aliados. Las ideologías, en contra de lo que piensa Garzón, prescriben en los cementerios, en las cunetas, en las fosas comunes y en los paredones. Morir es borrón y cuenta nueva o, a lo peor, sólo lo primero.
© Elmundo.com

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