¿Liberales contra cristianos?

El mejor líder del PP es el que lleve el peor impermeable: hay que mojarse

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FERNANDO DE HARO
 
Hasta hace unas horas parecía que Esperanza Aguirre estaba jugando al despiste, pero todo se va aclarando. Se aclara hasta su metáfora de las cartas. De momento no tiene juego porque es muy probable que no cuente con los 600 compromisarios necesarios para presentar su candidatura, pero quiere forzar otra mano para ella o para otros. Otra mano que puede ser el siguiente congreso, unas primarias, una crisis mayor tras las elecciones europeas, las vascas o las gallegas...
 
Hay muchas citas por delante y todas ellas son exámenes que debe superar Rajoy. Ésa es la explicación de ese “amagar y no dar” que tanto ha desconcertado en los últimos días. Su entorno mediático y cultural ha ido creando un ambiente muy tenso, a costa del desconcierto entre votantes y militantes, para que cualquier cosa que haga Rajoy quede bajo sospecha. Las indecisiones del líder del PP y sus torpezas, que antes quedaban amortiguadas, ahora se magnifican. Se pone en cuestión el sistema de funcionamiento del partido, se reclama más democracia interna...
 
Lo importante no es provocar inmediatamente el relevo sino crear un nuevo clima: un clima de crisis en el que el cambio se haga inevitable. Esperanza Aguirre tiene decisión, sabe dónde quiere ir, sabe comunicar. Ha conseguido, lo que es novedoso en el PP, un grupo de intelectuales y de periodistas que le apoyan y que dan cobertura a su ambición. Pero esa situación provoca espejismo. Madrid es una gran cabeza pero tiene un cuerpo raquítico. Del desarrollo de ese cuerpo dependen muchas cosas. El futuro es una incógnita porque el congreso de junio no es el final de nada y hay tiempo para todo.
 
El debate no es, en ningún caso, un debate de ideas. Lleva años sin producirse y se acentuó con la disolución de todas las corrientes impulsada por Aznar. Los discursos en el PP casi siempre han sido “sobrevenidos” a las circunstancias. Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, es una situación que se puede contemplar con cierta tranquilidad. No se le puede pedir al centro-derecha que se convierta, en este momento, en un referente ideológico. Ni siquiera FAES, la fundación de Aznar que durante los últimos años se ha convertido en la iniciativa intelectual más sólida del liberalismo español, ha sido el cerebro del partido. Más interesante es que el PP siga siendo permeable, como lo ha sido durante la última legislatura, a las ideas que nacen de las realidades sociales que están vivas.
 
¿Liberalismo o socialdemocracia?
 
En un agudo artículo titulado “Sólo los liberales”, este lunes Gabriel Albiac defendía en La Razón que “sólo hay dos políticas hoy: menos o más Estado. Liberalismo o socialdemocracia. Quien no lo entienda está muerto. Minoritarios o no, sólo los liberales pueden ofrecer en España una alternativa ideológica de las claras mitologías socialistas”. Cada una de las frases requeriría una larga conversación con Albiac, que tiene el mérito de ser uno de los pocos intelectuales dispuesto a dialogar con quien tiene menos cultura que él, fenómeno por otra parte muy frecuente.
 
Dice el filósofo que la única alternativa está en defender más o menos Estado. Pero en cómo se defiende que haya menos Estado se abre un inmenso abanico de posibilidades. Cierto liberalismo clásico diría que sólo hay una fórmula para conseguir menos Estado: sólo y exclusivamente con más mercado. La doctrina social de la Iglesia, por el contrario, sostiene que las realidades intermedias -el Estado y el individuo no están solos- tienen mucho que decir. Es el principio de subsidiariedad: que el Estado apoye las iniciativas que no se guían por el afán de lucro, que responden de hecho a las necesidades sociales y que lo hacen con una identidad propia.
 
No estamos hablando de “filosofías”. La enseñanza concertada es expresión de ese principio de subsidiariedad. Enseñanza concertada que, por cierto, supone en la Comunidad de Madrid en torno al 50 por ciento de la enseñanza. En el cómo se defiende una menor incidencia del Estado está por tanto en juego qué valoración se hace de la vida social, y de “esa sensibilidad hacia la verdad” de la que ha hablado recientemente Benedicto XVI, necesaria en toda democracia. Hay liberalismos laicistas y liberalismos, como los que surgen de la tradición estadounidense, abiertos a la aportación que hace la dimensión religiosa del hombre. Lo ha recordado el Papa en su reciente viaje.
 
Se trata, por tanto, del cómo. Sabremos si la crisis del PP se ha resuelto de forma favorable no porque el nuevo líder esté dispuesto a defender estos o aquellos valores, ni porque sea teóricamente menos estatalista o más estatalista, sino porque lo sea en la práctica. A su pesar, durante la pasada legislatura Génova se vio obligada a ser “permeable” a una serie de realidades sociales que no estaban entre sus prioridades. El movimiento a favor de la libertad de educación y contra la Educación para la Ciudadanía ha conseguido que las Comunidades Autónomas gobernadas por el PP el próximo curso faciliten a los padres que sus hijos no asistan a esta clase.
 
El PP se ha metido en un gran embolado, sano embolado. Ha anunciado esa cobertura antes de que tuviera claridad jurídica sobre el modo de hacerlo. Y ahora los asesores jurídicos de algunas consejerías andan como locos buscando fórmulas más convenientes que la objeción para solucionar el problema. Algo semejante ha sucedido con la política familiar. Ni por asomo se le hubiera ocurrido a Mariano Rajoy recurrir el matrimonio homosexual en el Constitucional si no hubiera sido por la presión social.
 
El movimiento social que defiende una subsidiariedad efectiva en el ámbito de la educación, que reclama una política familiar hasta ahora inexistente o que requiere una sensibilidad hacia la verdad, sin pretender imponerla, está dando sus primeros pasos. El sujeto del cambio no era ni es el Gobierno, no era ni es el principal partido de la oposición. Después del desaliento que ha provocado la derrota de Zapatero no conviene distraerse mucho con la crisis del PP. Sea el que sea el líder de los populares, lo que va a contar es si ese movimiento social afina su agenda, gana arraigo, transversalidad, capacidad política y desecha pretensiones de una hegemonía con la que no cuenta en una sociedad plural.
 
Como asegura Gustavo Bueno en La fe del ateo, “es esta realidad social (de la sociedad civil) la que obliga a los gobernantes, de hecho que hace derecho, a incorporar a la religión en sus cálculos”. Religión que es sociedad. El mejor líder del PP es el que lleve el peor impermeable, hay que mojar.
 
(www.paginasdigital.es)

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