Augusto Ferrer-Dalmau, 'Por España y por el rey. Gálvez en América' (detalle)

Del olvido a la hipertrofia: España no necesita fabuladores

A primera vista, parece encomiable la actual ola de ditirambos que recibe la actuación de España y, en particular, del teniente coronel Bernardo de Gálvez en la guerra de independencia de Estados Unidos. Los elogios están más que justificados. Sucede, sin embargo, que la exageración y la desmesura de las alabanzas pueden acabar produciendo los efectos más contraproducentes.

 


 

Hay reparaciones que terminan pareciéndose demasiado a las falsificaciones. Durante casi dos siglos, el papel de España en la guerra de Independencia de los Estados Unidos quedó relegado a un segundo plano por una historiografía casi enteramente anglosajona y, más tarde, por el gran relato franco-norteamericano de Yorktown. Bernardo de Gálvez, las campañas del Misisipi, la toma de Pensacola, la defensa de San Luis, el dinero llegado desde La Habana y las operaciones españolas contra las posiciones británicas permanecieron durante largo tiempo en penumbra. Era, sin duda, necesario corregir esa injusticia.

Asistimos hoy, sin embargo, a un fenómeno inverso, casi cómico por su desmesura. Del olvido se ha pasado a la hipertrofia; de la discreción, a la hinchazón; de la nota al pie, a la pretensión de reescribir toda la guerra en beneficio exclusivo de Madrid.[1] España ya no se habría limitado a contribuir a la victoria norteamericana: lo habría financiado todo, permitido todo, hecho posible todo, mientras Francia se apropiaba de la gloria y los estadounidenses olvidaban pagar la cuenta.

La tesis seduce porque da la vuelta a un relato demasiado conocido. Es, sobre todo, falsa en sus proporciones, imprudente en sus cifras y bastante pobre en su método. No basta con descubrir a un actor olvidado para convertirlo, de golpe, en el protagonista de todas las escenas.

España desempeñó un papel considerable en la guerra. Ningún historiador serio podría negarlo. Incluso antes de su entrada oficial en el conflicto, facilitó el envío de armas, pólvora, vestimenta y dinero a los insurgentes. La casa Gardoqui, las redes de Bilbao, las autoridades de Luisiana y de Cuba participaron de ese esfuerzo clandestino. Cuando Madrid entró en guerra contra Gran Bretaña en 1779, sus fuerzas abrieron nuevos frentes y obligaron a Londres a dispersar sus recursos desde el golfo de México hasta Gibraltar.

Bernardo de Gálvez emprendió entonces campañas que bastarían para sostener su gloria. Se apoderó de las posiciones británicas del bajo Misisipi, tomó Mobile y luego Pensacola en 1781, al frente de tropas compuestas por españoles, criollos, franceses, acadianos, negros libres y auxiliares indígenas. Al mismo tiempo, los españoles defendieron San Luis de un ataque procedente de Canadá y llevaron su bandera hasta el fuerte Saint-Joseph, en las nieves de la región de los Grandes Lagos.

La marina española obtuvo asimismo una victoria de la que los ingleses no suelen acordarse con demasiado entusiasmo. El 9 de agosto de 1780, el almirante Luis de Córdova capturó un enorme convoy británico y más de cincuenta buques cargados de material, armas, dinero y refuerzos. Fue uno de los mayores desastres logísticos de la historia de la Royal Navy. En La Habana, finalmente, se reunieron cerca de quinientos mil pesos en el verano de 1781 para proporcionar a las fuerzas franco-norteamericanas el efectivo indispensable antes de Yorktown.

Todo eso es cierto. Todo eso es notable. Todo eso merece ser conocido.

Nada de ello autoriza, sin embargo, a afirmar que España financió la Independencia norteamericana “hasta el último centavo”. Una fórmula semejante ya no pertenece a la historia, sino a la propaganda.

La confusión descansa sobre un procedimiento bastante sencillo. Se suma la ayuda entregada directamente a los insurgentes, los créditos comerciales, los suministros, los gastos militares españoles en el golfo de México, el sitio de Gibraltar, las campañas navales y, por qué no, el costo general de la guerra. Después, se transforma todo eso en una deuda de los Estados Unidos con España. Siguiendo ese razonamiento, Washington debería haberle reembolsado a Madrid la recuperación de Menorca, los sueldos de las tropas de Gálvez, los cañones de Gibraltar y hasta el forraje de las mulas del ejército español.

El pase de manos es grosero, aunque eficaz. Permite hacer aparecer cifras gigantescas y convertirlas luego en miles de millones actuales o incluso en múltiplos del producto bruto interno español. La precisión numérica le presta entonces a la fábula la apariencia de la ciencia.

España no entró, sin embargo, en la guerra para crear los Estados Unidos. No reconoció a los insurgentes como aliados ni firmó con ellos ningún tratado comparable con la alianza franco-norteamericana. Carlos III reinaba sobre un inmenso imperio colonial y desconfiaba, como era natural, del principio según el cual los súbditos podían deponer a su soberano. Más aún, sus ministros comprendían que una república norteamericana independiente, expansionista y poblada por colonos ávidos de tierras, terminaría convirtiéndose en una amenaza para Luisiana, las Floridas, Texas, el Misisipi y la Nueva España.

Los objetivos españoles eran de otra naturaleza. Madrid quería recuperar Gibraltar, Menorca y las Floridas, alejar a los británicos del golfo de México y consolidar su propio imperio. La Independencia norteamericana fue para España un resultado útil de la guerra, no su razón de ser. Fue, para emplear una palabra poco heroica, un subproducto.

Esta realidad no disminuye en absoluto a Gálvez. Le devuelve, por el contrario, su verdadera estatura. No fue un oficial norteamericano olvidado por la posteridad, sino un gran servidor de la monarquía española, que libró una guerra española según intereses españoles. Sus victorias beneficiaron a los insurgentes porque ambas potencias combatían contra el mismo enemigo, no porque Madrid se hubiese descubierto de pronto una vocación republicana.

El episodio de La Habana ilustra perfectamente la diferencia entre una ayuda decisiva y una pretensión desmesurada. En el verano de 1781, mientras Washington y Rochambeau preparaban la campaña que debía conducirlos hacia Virginia, el ejército aliado sufría una escasez aguda de numerario. Hacía falta dinero contante y sonante para pagar a las tropas, asegurar los transportes y evitar que la operación se malograra antes de comenzar. El almirante de Grasse, que se encontraba entonces en las Antillas, trató de reunir fondos en Saint-Domingue, pero los comerciantes franceses se mostraron poco dispuestos a prestarlos. Fue entonces cuando Francisco de Saavedra y Sangronis, representante de la Corona española en Cuba, organizó en La Habana una suscripción extraordinaria. En pocas horas se reunieron alrededor de quinientos mil pesos entre autoridades, comerciantes y particulares. La tradición quiso luego que las damas habaneras entregaron sus joyas; el detalle pertenece acaso más a la leyenda que a los libros de cuentas, aunque conserva el recuerdo de una movilización real.

La suma fue embarcada en la fragata francesa Aigrette, entregada a de Grasse y transportada hacia la costa norteamericana. Ese dinero permitió pagar a las tropas francesas y estadounidenses en un momento crítico y contribuyó, por lo tanto, al éxito de la marcha sobre Yorktown. Fue una ayuda valiosa, acaso indispensable en aquella coyuntura precisa. No financió, sin embargo, los años anteriores de guerra, el armamento de las escuadras francesas, el transporte del cuerpo expedicionario, las campañas navales ni el conjunto de los auxilios concedidos a los insurgentes. Una caja de dinero puede salvar una operación; no por eso ha financiado toda la guerra.

La misma hipertrofia lleva a presentar a España como víctima de una inmensa estafa francesa y norteamericana. Carlos III habría sido engañado, Luis XVI habría sacado las castañas del fuego, Washington habría embolsado los subsidios y todos habrían abandonado luego a Madrid con un crédito astronómico y un imperio al borde del derrumbe.

La historia real es menos teatral. España persiguió sus propios objetivos, obtuvo importantes victorias, recuperó Menorca y las Floridas, fracasó ante Gibraltar y salió de la guerra todavía al frente de un imperio inmenso. Su crisis posterior no se explica por una factura norteamericana impagada, del mismo modo que la pérdida de la América española no se deriva mecánicamente de la ayuda concedida a los insurgentes.

Hicieron falta la crisis de la monarquía, la invasión napoleónica, las abdicaciones de Bayona, las rivalidades entre criollos y peninsulares, las reformas borbónicas, el agotamiento fiscal y las guerras civiles de comienzos del siglo XIX para hacer estallar el conjunto imperial. Los imperios tienen causas de muerte más complejas que una mala inversión financiera.

Lo más lamentable es que esta exageración termina perjudicando la propia causa española. Durante mucho tiempo, los historiadores ingleses y norteamericanos minimizaron el papel de Madrid por desprecio, ignorancia o comodidad. Hoy, algunos autores españoles responden a esa negligencia con una exaltación tan desmesurada que les ofrece a sus adversarios el pretexto perfecto para rechazarlo todo en bloque.

A fuerza de decir que España pagó todo, se termina poniendo en duda lo que realmente aportó. A fuerza de sostener que lo ganó todo, se oscurecen sus verdaderas victorias. A fuerza de transformar a Gálvez en padre secreto de Estados Unidos, se olvida que fue, ante todo, un héroe español.

La monarquía hispánica no necesita semejantes artificios. Su historia es lo bastante vasta, trágica y brillante como para prescindir de charlatanerías. Dio hombres como Blas de Lezo, Gálvez, Saavedra y Córdova. Gobernó un imperio extendido sobre varios continentes, resistió a los ingleses, rechazó invasiones y obtuvo victorias que la memoria británica todavía prefiere mirar de costado.

¿Para qué agregarle entonces créditos falsos, miles de millones imaginarios y traiciones inventadas?

La historia española sufrió la leyenda negra, la ignorancia anglosajona y la indiferencia francesa. Ahora padece una enfermedad nueva: la hipertrofia patriótica de quienes creen servirla atribuyéndole todo.

Existe una manera más digna de hacerle justicia. Consiste, sencillamente, en decir lo que ocurrió.

España desempeñó un papel fundamental en la derrota británica. Aportó una ayuda importante a los insurgentes, abrió frentes decisivos y obtuvo victorias magníficas. No financió por sí sola la Independencia norteamericana, no pagó a los franceses “hasta el último centavo” y no fue la madrina desinteresada de una república a la que ya empezaba a temer.

Ese papel es lo bastante grande como para no necesitar ser inventado.

  1. Un buen ejemplo de ello es el libro de Jorge Luis García Ruiz, El papel crucial de España en la independencia de los Estados Unidos.

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