Volvía de la playa por un camino lateral, con esa fatiga buena que deja el mar cuando ha obligado al cuerpo a recordar que todavía existe. Antes de entrar en el pueblo, me detuve junto a la capilla de Saint-Fiacre, una de esas piedras bretonas que parecen haber visto pasar más generaciones que gobiernos, más oraciones que programas pastorales. Allí, sentado un momento, leí en el teléfono un largo artículo de La Croix L’Hebdo dedicado a los jóvenes identitarios que se convierten al catolicismo.
El lugar hacía casi inevitable la reflexión. Una capilla antigua, el silencio, el viento de la costa, y en la pantalla una periodista de la casa Bayard tratando de explicar, con visible incomodidad, que algunos jóvenes de derecha, incluso de derecha dura, llaman a la puerta de la Iglesia. El asunto, para La Croix, resulta molesto. Se nota desde el encuadre. No se habla simplemente de conversiones, de búsqueda espiritual, de catacumenado o de retorno a la fe. Se habla de « extrema derecha », de « radicalización », de « islamofobia », de « rechazo del mestizaje », de « etnodiferencialismo », de « neofascismo ». El alma que se acerca al bautismo aparece ya escoltada por la policía del vocabulario.
El artículo de Marguerite de Lasa empieza casi pidiendo disculpas por haber tratado el tema. La periodista recuerda signos recientes: un rosario exhibido por Marguerite Stern en un homenaje a Charlie Kirk, Éric Zemmour defendiendo el cristianismo como identidad europea, jóvenes influenciados por discursos nacionalistas que llegan a las parroquias. La pregunta de fondo no es absurda: ¿estos jóvenes encuentran realmente a Cristo, o sólo buscan una armadura espiritual para sus ideas políticas?
El problema es que La Croix no puede formular la pregunta sin convertir a los interrogados en sospechosos.
El primer ejemplo escogido es revelador. Quentin Deranque, joven militante de derecha radical muerto en Lyon, es presentado bajo una luz doble: por un lado, parroquiano fervoroso, recientemente convertido, dedicado a obras caritativas; por otro, vinculado a grupos de extrema derecha y a mensajes de contenido ultraderechista. La construcción narrativa es eficaz. Antes de que el lector pueda pensar el fenómeno, ya sabe lo que debe temer: rosario y cruz céltica, caridad y sospecha, misa y política, conversión y sombra.
Después vienen Thomas, Arthur y Matthieu, nombres modificados. Los tres sirven a la periodista para mostrar una tensión real: algunos de estos jóvenes llegan al catolicismo por identidad, por miedo a la desaparición francesa, por rechazo del islam, por deseo de comunidad, por necesidad de orden, por reacción ante el vacío moral contemporáneo. Thomas dice que ser católico es para él una forma de resistencia. Quiere defender las iglesias, la cultura francesa, la civilización que ve amenazada. También reconoce que el cristianismo lo apaciguó, que el perdón le hizo bien, que su corazón se estaba oscureciendo. Ese matiz, que debería ser central, queda subordinado al marco ideológico: radicalización, CNews, Zemmour, YouTube, islamofobia.
Arthur, antiguo militante identitario, ofrece un caso más profundo. No llega a la fe por una simple consigna civilizacional. Va a misa en un momento de soledad, llora durante la Eucaristía, lee el Evangelio, participa en Lourdes ayudando a los enfermos, habla de perdón y de justicia. Sin embargo, conserva una visión política nacionalista. Para La Croix, eso parece casi invalidar la conversión. La gracia, en esas columnas, sólo parece plenamente reconocible cuando produce el resultado político esperado por la izquierda católica.
Matthieu, militante de La Cocarde, se dice « nacionalista revolucionario » y admira la Falange española. Allí la crítica de la periodista encuentra un terreno más fácil. Sus palabras son duras, a veces inquietantes. El problema no es que La Croix señale la dificultad, sino que el artículo parece incapaz de mirar a estos jóvenes como almas en proceso. Son casos de estudio, no hombres en combate espiritual.
Sin embargo, la pregunta planteada es buena. Incluso un amigo católico conservador, que se define con humor como « tradismático », tan cómodo en una misa tradicional como en una velada carismática, me lo decía con mucha justeza: el problema de fondo es saber si estos conversos se hacen discípulos de Cristo o si sólo usan el catolicismo como uniforme de civilización. Él distingue dos casos. El primero es el converso verdadero, que quizá llegó por una mala razón, por estética, por identidad, por reacción política, pero que termina encontrando a Cristo y aceptando que su vida sea transformada por Él. El segundo es el católico de fachada, que quiere la cruz templaria, la misa de siempre, la épica de San Luis y Juana de Arco, pero no necesariamente el Sermón de la Montaña.
Esa distinción es capital.
El peligro, para ciertos identitarios, no es solamente instrumentalizar el catolicismo. Es engañarse a sí mismos. Creen a veces convertirse porque se sintieron bien en una capilla llena, porque una reunión de Academia Christiana les dio la impresión de pertenecer por fin a una comunidad viril, ordenada, enraizada, inteligente, liberada de la flacidez moderna. Todo eso puede abrir una puerta. No es todavía la fe.
El catolicismo no es ante todo una estética. No es sólo latín, piedra, incienso, disciplina, gregoriano, procesiones, santos nacionales, familias numerosas o una manera más noble de ser de derecha. El catolicismo es cristianismo en su plenitud sacramental, doctrinal y eclesial. Y el cristianismo, antes que cultura, es el encuentro con una Persona: Cristo.
Ahí está la dificultad radical para un identitario. Adherir a Cristo no es solamente defender la civilización que nació de Él. Es recibir Su mirada sobre el hombre. Es aceptar que toda alma humana, francesa o extranjera, europea o africana, blanca o negra, cristiana, musulmana o pagana, amiga o enemiga, está llamada a la salvación. No como abstracción humanitaria, no como pretexto para abolir pueblos, fronteras y patrias, sino como exigencia espiritual que impide reducir al otro a masa, amenaza o residuo.
El identitario católico puede amar a su pueblo, defender su patria, querer preservar sus fronteras, combatir la islamización y rechazar el suicidio demográfico de Europa. Nada de eso es, en sí mismo, contrario a la fe si el orden de los valores permanece recto. Sin embargo, no puede olvidar que « católico » significa universal, y que ese universal no es una consigna de ONG, sino una consecuencia de la Encarnación. Cristo no murió por una tribu, una raza, una nación o una civilización solamente. Murió por todos los hombres.
Esa verdad no disuelve las naciones. Las juzga.
Hay entonces una incoherencia profunda en querer ser católico sin ser cristiano, es decir, conservar la Iglesia como fortaleza cultural dejando a Cristo en la puerta. Se quieren las naves, los vitrales, los caballeros, los cantos, las cruces, la belleza litúrgica, la disciplina moral. Se quiere menos el perdón de los enemigos, la humillación del orgullo, la caridad hacia quien no pertenece a los nuestros, la conversión interior, la lucha contra el propio pecado.
No se elige en Cristo lo que conviene al temperamento de cada uno.
Esta cuestión no es sólo francesa. España la conoce con una intensidad particular. También allí la Iglesia ha sido tratada como depósito identitario, a veces por sus defensores, a veces por sus enemigos. El Valle de los Caídos, hoy oficialmente Valle de Cuelgamuros, muestra hasta qué punto la cruz, los muertos, la memoria, la Guerra Civil, el franquismo, la reconciliación y la política contemporánea siguen mezclados en una misma herida. El gobierno de Pedro Sánchez ha querido resignificar el lugar en clave de memoria democrática. Una parte de la Iglesia española, por prudencia, cansancio, comodidad o convicción, ha terminado avalando o acompañando esa operación, al menos no resistiéndola con la fuerza simbólica que muchos católicos tradicionales esperaban.
Para los españoles que ven en el Valle no sólo un monumento político, sino también una gran cruz sobre la tragedia nacional, esa actitud tuvo algo de traición. No porque la Iglesia deba canonizar el franquismo, ni porque la fe cristiana se reduzca a una memoria de vencedores y vencidos, sino porque la Iglesia española pareció aceptar que el poder político definiera el sentido de un lugar donde se rezaba por los muertos de España. El gobierno hablaba el lenguaje de la memoria democrática; la Iglesia, demasiadas veces, respondió con el idioma administrativo de la acomodación.
La visita de León XIV a España hace todo esto aún más visible. El papa llega a un país donde la derecha sociológica sigue vinculando, a veces confusamente, catolicismo, nación, tradición y memoria histórica; y donde una parte de la jerarquía parece empeñada en presentarse como interlocutora responsable del progresismo estatal. La agenda pontificia, con sus grandes ceremonias, sus encuentros institucionales y su atención al drama migratorio en Canarias, mostrará otra vez la distancia entre el catolicismo como religión universal y el catolicismo como emblema nacional. Esa tensión no es accidental. Es constitutiva.
Lo mismo ocurre con los jóvenes identitarios. Algunos buscan a Cristo. Otros buscan una España, una Francia o una Europa con incienso.
Yo no soy cristiano. Conviene decirlo por honradez. Hablo como espectador, no como hijo de la Iglesia; como vecino cercano, atento, a menudo simpatizante, pero situado en el umbral. Sin embargo, no hace falta haber recibido el bautismo para entender que el cristianismo no se reduce a la identidad europea. Conozco lo suficiente su historia, su doctrina y su fuerza espiritual para percibir su profunda alteridad. El cristianismo moldeó Europa, sin duda, hasta sus piedras, sus fiestas, sus reyes, sus pobres, sus cementerios y sus paisajes. Pero no se confunde con ella. La atravesó, la convirtió, la disputó, la elevó y a veces la arrancó de sí misma. No le pertenece como una propiedad de familia.
Y aquí aparece otra cuestión, casi siempre eludida. Europa, antes del cristianismo, tenía ya su propia profundidad espiritual. Tuvo dioses, bosques sagrados, fuentes, fuegos, cultos domésticos, fidelidades heroicas, mitos fundadores, sabidurías trágicas, ritos agrarios, sentido de la estirpe, del destino, del honor, de la tierra y de los muertos. Esa espiritualidad precristiana no ha desaparecido del todo. Duerme bajo los paisajes, en ciertas fiestas, en palabras antiguas, en gestos, en la relación con las estaciones, los ancestros, los lugares, las piedras, los árboles, los mares y las montañas.
Muchos identitarios quizá deberían mirarla de frente. No como folklore para disfraces, no como baratija neopagana, no como fantasía de librería esotérica, sino como interrogación seria sobre aquello que en ellos precede al cristianismo y no se resuelve en él. El amor carnal por un pueblo, el culto de los ancestros, la fidelidad a la tierra, el sentido de la frontera, la idea de que los hombres pertenecen a un linaje antes que a una humanidad abstracta: todo eso está a menudo más cerca de una vieja piedad europea que del corazón evangélico.
La dificultad es que esa vía es pobre en decorado. No ofrece, por ahora, grandes naves llenas, cantos constituidos, calendario socialmente admitido, sacerdotes, catecismo, grupos juveniles, peregrinaciones organizadas, familias ya reunidas alrededor de un rito estable. Exige soledad, estudio, prudencia, interioridad, fidelidad sin aplausos. Obliga a caminar sin rebaño. Muchos prefieren entonces el confort del grupo cristiano, la fuerza objetiva de la liturgia, el calor de una comunidad, la belleza de un rito ya dado, antes que la soledad incierta de una búsqueda tradicional europea reconstruida piedra por piedra.
Ese deseo puede comprenderse. No debe disfrazarse. Si un joven identitario busca a Cristo, que entre en la Iglesia y acepte ser convertido por Él. Si busca ante todo una sacralidad europea, que tenga al menos la honradez de reconocer que el cristianismo quizá no sea el nombre exacto de su búsqueda. No se pide el bautismo para dar a la nostalgia una forma más respetable.
La Iglesia, por su parte, ha visto pasar muchas modas, muchas herejías, muchas cóleras, muchos periodistas, muchos muchachos demasiado seguros de sí mismos. Tiene todo el tiempo que nosotros ya no tenemos.
La pregunta permanece, sencilla como una oración de niño, y quizá tanto más clara cuando viene de un hombre que se ha quedado fuera: estos nuevos conversos, ¿vienen a buscar a Cristo, o sólo una patria con incienso?





















