¿Francia?

Hay polémica en la izquierda europea por las declaraciones un tanto inoportunas  de uno de los políticos que más ha hecho para defender el legado de la socialdemocracia progresista en España: Mariano Rajoy, el hombre que  implementó todas las reformas de Zapatero. Difaman al político gallego los que le tildan de “conservador”; nadie hizo más por consolidar las “conquistas” logradas desde 2004. Si mantuvo algo, fue todo lo que le legó el gobierno socialista anterior. De todas formas, los ‘populares’ se han especializado en ser un partido de derechas que conserva con primor las políticas de la izquierda.

El caso es que Rajoy soltó la perla de que la selección gala de fútbol “tiene una plantilla de altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. La embajada del país vecino, “sin querer entrar en polémica”, recordó que todos los jugadores de la plantilla son franceses: 26 de los deportistas nacieron en Francia y “los 3 que nacieron en el exterior son franceses también”. Olivier Faure, el dirigente de lo que queda del partido socialista galo, afirmó: “Francia no es una nación étnica. No tiene un color de la piel ni una religión. Es una nación política unida en torno al lema de la República. Por mucho que le disguste a la derecha racista”. No recojo las declaraciones de Pedro Sánchez, que afirma que España considera suyos a todos los que vengan aquí a servir copas, cuidar ancianos o jugar al fútbol, porque ya sabemos que sus planes consisten en inundar el censo de recién llegados (e incluso de absentistas ultramarinos de tercera generación) para impedir con un pucherazo multicultural que los españoles de España puedan decidir libremente sobre el destino de su país. Si algo no quiere el presidente son insolentes celtíberos nativos con derecho al voto.

No sé qué puede entender alguien como Rajoy sobre este tema, pero el general De Gaulle, al que supongo que se considerará bastante francés, independizó a Argelia para impedir la arabización de su país y siempre consideró que la “Grande Nation” debía ser esencialmente blanca y cristiana. Si nos atenemos a los criterios del general, no cabe duda de que la selección francesa no obedece a ese arquetipo. Quizá porque con el ególatra de Colombey-les deux églises murió lo que quedaba de Francia, asfixiada por la República.

¿Qué queremos decir con esto? Francia ha tenido una doble y conflictiva personalidad desde 1789. Por un lado, estaba Francia como constructora de la Cristiandad medieval, artífice del gótico y del esplendor de las catedrales, creadora de una gran literatura y fundadora de la monarquía sagrada de los Capetos. Por otro, una abstracción administrativa basada en entes puros de razón a la que se llamó República. Una orgánica y la otra inorgánica. Una religiosa y la otra atea. Una arraigada y la otra desarraigada. La Francia originaria, la de los franceses históricos, no era un estado étnico. En 1789, se componía de un mosaico de identidades hoy en día difuminadas por la igualdad republicana: no era lo mismo un lemosín que un bearnés, un tolosano que un cahorsino; lo que les unía a todos era la admirable lengua común establecida por la  Academia (esa que tuvimos la fortuna de estudiar de niños, antes de la imposición del inglés), la lealtad a la monarquía y la fe católica, aunque existían, difundidas por toda Francia, varias comunidades de calvinistas. Incluso los habitantes del Franco Condado se mostraban orgullosos de su herencia española y de sus privilegios. Esa Francia campesina y cristiana sobrevivió hasta mediados del siglo XX. Los poilus que ganaron la I Guerra Mundial, los combatientes de Verdún, fueron los últimos descendientes de los regimientos de Turena y de Condé y de los grognards de Napoleón. En 1873, con la renuncia del conde de Chambord, y en 1965, con el Concilio Vaticano II, todo lo que pudiera sostener la tradición francesa se vino abajo. La Revolución no triunfó sobre sus enemigos, fueron los propios bastiones de la identidad —monarquía y papado— los que enterraron a la Francia histórica. Nada nuevo para un español de hoy.

¿Y qué se ha construido sobre el cadáver de Francia? La República, que es la negación de todo lo que fue entre 987 y 1789 el país que ahora ocupa. Recordemos que los revolucionarios arrasaron con todo el legado de la Hija Primogénita de la Iglesia. Pocos ejemplos más terribles que el de Cluny, centro de la Cristiandad; apenas queda un breve rincón en pie de lo que fuera una de las abadías más grandes del mundo. Aquello que se pudo arrasar de la Francia cristiana y monárquica se destruyó sin piedad. Notre-Dame quedó en tal estado que Viollet-le-Duc tuvo que emplear todo su conocimiento arqueológico en restaurarla de forma muy significativa, prácticamente la re-creó. Tuvo que venir Macron, en el siglo XXI, a reanudar el vandalismo sansculottesco, eso sí, con la bendición de los obispos, a los que mejor les sienta el gorro frigio o el turbante que la mitra. Y no vamos a hablar del exterminio de clases y pueblos enteros: los aristócratas, el clero, la muchísima gente de a pie masacrada en aras de “la nación política” y los valientes vendeanos. Cosas que, si las perpetran otros, los demócratas y republicanos las llaman “genocidio”. Leamos a Pierre Gaxotte, que sigue siendo indispensable.

La República fue una ruptura decisiva en la vida de Francia; de hecho, es el principio del fin de su historia como identidad cultural arraigada en el suelo y en el cielo. Y los revolucionarios eran muy conscientes de ello; tanto que hasta cambiaron el nombre de los meses del calendario, aniquilaron la diversidad regional y asesinaron judicialmente a un inocente —Luis XVI— sabedores de que ese crimen ritual bautizaba con la sangre de un ungido de Dios a la nueva era, que empezaba a contar el tiempo desde el 22 de septiembre de 1792, fecha de proclamación de la República. El bonapartismo, al intentar conciliar a los franceses, mezcló revolución y tradición en un mal matrimonio, que duró con incesantes pleitos hasta 1969. La República, abstracta, basada en un racionalismo apátrida y cosmopolita, universalista, burocrática y estéril, seca por naturaleza, mal iba a soportar la secular raigambre de la monarquía, el aroma húmedo de la tierra y el evocador legado de los muertos. En su  muy urbana colina inspirada, en el Panteón (de soltera, Santa Genoveva), la República enterró a sus fundadores intelectuales: Voltaire y Rousseau. Ilustres carroñas y laicas reliquias del Tercer Estado. Todo el siglo XIX es el esfuerzo de las tres repúblicas por acabar con la vieja Francia, cosa finalmente conseguida en el XX, sobre todo tras la “abdicación” del último monarca francés, Charles De Gaulle, creador de un régimen, la V República, que fue el intento desesperado de evitar lo inevitable: la conversión de Francia en un “espacio de derechos”, en una partitocracia (esa sífilis de los Estados), en un  campamento de nómadas, en una desmemoriada entidad estatal que considera su herencia cristiana igual de importante que la de cualquier comunidad de recién llegados. Para ello, la República ha tenido que degradar hasta su propio sistema educativo, que produjo uno de los mejores bachilleratos del mundo, el de los liceos, para transformar a éstos en centros de ignorancia programada, de borrado de memoria,  donde el propio idioma está sometido a un constante proceso de regresión a la barbarie preacadémica del tiempo de Rabelais. Allí, los jóvenes franceses nativos desaprenden a Richelieu y a Louvois y les enseñan que su historia empieza en 1789. No hay mejor forma de que puedan aceptar el ser sustituidos, el convertirse en extranjeros en su no-patria. Porque la República está alejada del suelo y del cielo, es incompatible en su abstracción intelectual con el pueblo del que se ha nutrido durante dos siglos y que ahora quiere cambiar por otro, presuntamente diverso, pero, en realidad, exactamente igual a todos los pseudopueblos fragmentados de Occidente, que nunca se han parecido tanto en su falsa y esencialmente ahistórica “identidad” multicultural. Este es el fondo de un gran designio extincionista, que ve en la historia y en la tradición a sus principales enemigas.

Es decir, para entendernos, lo que en el mapa se llama “Francia”, en la realidad política se llama República “francesa”, entidad administrativa cuya historia empieza en 1789 y que odia a su antigua religión y a sus viejas tradiciones, porque quemó todo lo que el viejo Clodoveo adoró y adora todo lo que el fiero sicambro quemó. En este equívoco es en el que cae Rajoy. No diga “Francia”, diga “República”. A los españoles de la quinta de mi abuelo aquello les sonaba mucho: allá por los años treinta, cuando gritar “¡Viva España!” era una señal de antirrepublicanismo. Porque ya no había “España”, sino “República”, mortífero pasatiempo de señoritos de Ateneo. Se equivocan los socialistas Rajoy y Faure al calificar con sus gentilicios a los jugadores de la selección francesa. Dembelé, Mbappé y demás magos del balón son indudablemente republicanos, y en ese sentido “franceses”, ya que tienen sus papeles en regla. En cambio, quienes no son republicanos y, en ese sentido, tampoco podemos considerarlos “franceses” en la acepción sansculotiana de la palabra, son Chateaubriand,  Poussin, Luis XIV, Colbert, Racine, Pascal o Ronsard, hijos de la Francia histórica, aniquilada por la República.  Por cierto: tampoco militan muchos españoles en la selección de “España”: entre nuevos españoles y españoles que no quieren serlo hay más de medio equipo. “Francia”, al menos, tiene perfectamente claro que defiende (y muy bien) a la República. Frente a ellos jugará una “Monarquía” de pacotilla, que vegeta sobre un país deconstruido y desvertebrado; tanto que su equipo “nacional” no puede cantar un himno sin letra. Y es que todavía hay clases.

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