No es oro todo lo que reluce

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Comienzan a ser habituales los ultrajantes titulares contra la historia de nuestro país ante los que apenas hay respuesta desde medios nacionales. No ha mucho podíamos observar cómo unos manifestantes derribaban una centenaria estatua de Cristóbal Colón en Barranquilla al grito de “Colón asesino” u otra en San Francisco del  misionero español fray Junípero Serra. O la más reciente, en mayo del presente curso, de Jiménez de Quesada en Colombia. ¿Qué decir de la sustitución, en Los Ángeles, del Columbus Day por el Día del Indígena? ¿O del ataque del nuevo y comunista presidente del Perú contra el legado español?

Por desgracia, este tipo de acciones, no punibles, beben en la ignorancia más abyecta y nosotros, españoles, nos negamos a contrarrestarlas. Preferimos subirnos al tren del indigenismo y el victimismo criollo (“mártir” y “progre” son términos que últimamente se han convertido en sinónimos) que combatir la subordinación que, desde hace más de quinientos años, aplasta nuestra cultura e idiosincrasia con el único fin de exterminarla.

Como propietarios de la cultura, la máxima que a la masa coral llega es “los españoles nos robaron el oro”, mientras que sus  atropellos intentan que permanezcan en el olvido. Hablamos de Francia y Gran Bretaña, cuya historia sí debiera ser calificada como negra,

La historia de Francia y Gran Bretaña sí debería ser calificada de negra

pues ¿no fue un baño de sangre la Revolución francesa o la derrota de Napoleón III en Sedán? ¿No fue la Indochina francesa un claro ejemplo de apartheid de la población nativa? ¿Y la descolonización de Argelia?

Frente a la libertad de comercio del imperio español, la expansión colonial inglesa del siglo XIX es otro ejemplo del control de la población, traducido en millones de muertos y en la promoción del libre mercado, con el consiguiente empobrecimiento de la población nativa. El caso de India es notorio. El poder colonial inglés cambió a su antojo la estructura agrícola y destruyó la producción de alimentos. La explicación oficial de estas hambrunas fue la debilidad de la producción india y las sequías cíclicas. No obstante, cuando hubo malas cosechas o sequías, se siguió exportando grano hacia Europa o hacia otras colonias británicas. Curioso, cuanto menos, que Gran Bretaña no haya sido acusada de practicar sistemáticamente el genocidio. Entre 1875 y 1900 hubo en la India dieciocho hambrunas que causaron 26 millones de muertos. Las autoridades coloniales no consideraron su obligación intervenir, ya que hubiera sido inmiscuirse en el libre juego de la oferta y la demanda. La moraleja es simple: libre mercado para los demás a fin de que mis productos puedan competir con los tuyos en tu propio mercado, pero yo hago exactamente lo contrario: proteger mi industria y mercado con aranceles.

Otro mito de la historia negra es la voluntad total de las colonias españolas por independizarse de la metrópoli. Tenemos ejemplos de indios que combatieron contra la independencia, como en Chile, donde los realistas recibieron el apoyo del pueblo mapuche. En Perú o Venezuela los sectores populares también eran partidarios de mantener el vínculo de unidad con Madrid.

Curioso, cuanto menos, que sea en California donde se suprimen festividades colombinas o derriban estatuas. El mismo estado californiano que, un día después de ser admitido como estado de la Unión, llevó a cabo una transferencia de tierras propiedad de los indios nativos a los no indios, como también se dedicó a la venta de bonos para financiar expediciones contra los salvajes. La premisa era la siguiente: ¿habían de encerrarlos en reservas, para así matarlos de hambre, o directamente exterminarlos? Por no hablar de la famosísima Universidad de Standford, que debe su origen y nombre al que fuera gobernador de California entre 1861 y 1863. Un señor que hizo dinero con la construcción del ferrocarril engañando a los chinos, los cuales trabajaban en condiciones paupérrimas, no permitiendo a los mandarines adquirir la nacionalidad estadounidense e incluso, en 1902, prohibiendo su llegada. Con todo el dinero sucio levantó The Farm, futura Universidad de Standford cuyos discípulos se rigen como paladines de su verdad.

Todo lo anterior es fruto de la subordinación cultural de nuestras élites, sobre todo desde el cambio de dinastía. A un aprendido complejo de inferioridad se une la imitación acrítica de aquello que está de moda: en el XVIII, lo francés; en el XIX, lo inglés o alemán; en el XX, lo yanqui; ahora, todo lo que se acerque a la Europa progre. En definitiva, la aceptación de modas e ideologías por parte de todo hijo de vecino, desde la Iglesia católica entre los siglos XV y XVIII y las élites intelectuales a partir de entonces. ¿Qué podemos esperar si dejamos la gestión de nuestra cultura en manos foráneas? A cambio de oro, España llevó la civilización al Nuevo Mundo. Algún chisgarabí quiere que les devolvamos el oro porque la civilización como tal brilla por su ausencia. Mucho tiempo ha sido España yunque, ya es hora de que vuelva a ser martillo.

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