Alegato de Dragó contra las cadenas de los celos

En el sexo y el amor, una cosa es la lealtad, y otra, la "fidelidad"

La infidelidad sexual, que no debe ser confundida con la lealtad conyugal ni hay razón alguna para que deteriore la convivencia si se practica de mutuo y libre acuerdo, forma parte indisoluble de la condición humana, de igual modo que también está inscrita en ella la cobardía, la ñoñería y la mentira.

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El pasado domingo 11 de octubre, y después de un largo programa de telebasura por el que deambulaban diversos bípedos con apariencia humana, Telemadrid emitía (relegada a altas horas de la noche) la última de las cuatro emisiones de Dragolandia, el imaginario reino de nuestro amigo y (cuando puede) colaborador Fernando Sánchez Dragó.

En estas cuatro emisiones Dragó se ha dedicado a proclamar iconoclastas verdades (como la de romper a mazazos un televisor símbolo de la telebasura) que no podemos sino saludar con considerable alborozo.
Entre las más iconoclastas de estas verdades figuran, sin duda, las que, pronunciadas en el curso del primer programa, más han chocado tanto a tirios como a troyanos. Infringen la última y más arraigada de todas las pesadumbres y tabúes sexuales: los celos.
¿Afecta también dicho tabú a los lectores (y lectoras) de este periódico a partir de ahora ya política… y moralmente incorrecto? La nueva encuesta que publicamos nos lo dirá.
J. R. P.

 
¿Está usted sentado frente al televisor en compañía de su señora, de su novia o de su querida? ¿Está usted sentada frente al televisor en compañía de su marido, de su novio o de su amante? Pues mírense a los ojos y pregunten a quien está a su lado si alguna vez le ha sido infiel de palabra, pensamiento u obra.
Sobre todo de obra, porque lo primero carece de importancia y lo segundo es moneda de curso común. Si le dice que no, lo más probable es que le esté mintiendo. Lo más probable, digo. Habrá excepciones, porque en este mundo hay gente para todo. Incluso para ser fieles.
¡Basta ya de hipocresía y de posesividad!
Hipocresía... Si en España, según las estadísticas, el veintisiete por ciento de las personas no son hijas de quien creen que es su padre, y hay cuatrocientas mil prostitutas al acecho por las calles, casas de citas y puticlubes de todo el país, y cada una de ellas realiza cinco servicios al día, y casi ningún hombre reconoce que va de putas, ustedes dirán...
Las cuentas no salen. Y no salen porque la infidelidad sexual, que no debe ser confundida con la lealtad conyugal ni hay razón alguna para que deteriore la convivencia si se practica de mutuo y libre acuerdo, forma parte indisoluble de la condición humana, de igual modo que también está inscrita en ella la cobardía, la ñoñería y la mentira.
¡Pues no seamos ni mentirosos ni ñoños ni cobardes! Enfrentémonos a la realidad y admitamos en el interior de nuestros domicilios conyugales lo que se hace con frecuencia y, por lo general, clandestinamente fuera de ellos.
Posesividad... Sí, la de los celos, monstruo que devasta las relaciones y cosifica a las personas.
Personas, he dicho, o sea, seres vivos, independientes y autónomos que por nadie deben ser poseídos, pues no son objetos y tienen memoria, entendimiento y voluntad propia.
¡Eres mía! ¡Eres mío! ¡Te poseo! ¡Poséeme!
¡Qué barbaridad!
¿Es el varón o la mujer una propiedad privada? ¿Es tan grave atenerse al mandato de la biología y darle de vez en cuando un poco de alegría, y de novedad, y de variedad, al cuerpo? Caviar todos los días, cansa. Y si son garbanzos, ni les cuento.
De los celos proceden, en el noventa y nueve por ciento de los casos, los malos tratos. ¿Quieren poner fin a esa lacra? Ahora la llaman violencia de género. Antes la llamaban crímenes pasionales. ¡Pues dejen de cosificar a la pareja y no se enfaden cuando se dan cuenta de que es imposible enjaularla!
Sea cada ser humano dueño de su cuerpo, porque el alma, según el alcalde de Zalamea, sólo es de Dios, y compártalo con quien le venga en gana sin engañar a nadie. Lo malo no es la infidelidad en sí misma, sino el embuste generado por las convenciones, la mojigatería y el miedo.
Yo no defiendo la poligamia ni propongo la promiscuidad. ¡Líbreme Dios de semejante dislate! Si el matrimonio monógamo suele resultar opresivo, ¡imagínense el polígamo o el poliándrico! En cuanto a la promiscuidad, es una opción, pero no una obligación ni una recomendación. Va en gustos.
Yo defiendo lo que defiendo en nombre de la libertad y de la familia, que es un proyecto de vida en común, pero no una cadena puritana ni una condena religiosa. Mejor que los niños tengan padre y madre, pero a condición de que el padre lo sea de verdad, ya que la madre siempre lo es.
Me gustaría que reflexionaran sobre todo esto sin dengues ni pamemas, por muy escandaloso que les parezca. Lo mismo llevo razón.
Dice (o viene a decir, porque no lo cito al pie de la letra) un poema de Agustín García Calvo convertido por Amancio Prada en canción: «Grande te quiero, buena te quiero, alta te quiero, blanca te quiero, libre te quiero, pero no mía, ni de Dios, ni de nadie, ni tuya siquiera».
Aplíquenselo. Les garantizo que usted y ella, o usted y él, saldrán ganando.

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