A toda vela

A toda vela

20 de junio de 2007

A toda vela

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Hay velas que se alzan en el fragor de épocas convulsas, telas imprescindibles que, una vez extendidas, están llamadas a recolectar los soplos de los mejores pechos.

Son índices de un rumbo invariable que portan un extraño salvoconducto de atemporalidad aunque el mismo tiempo les dore su blancor almidonado de la primera hora, incluso deshilache los ribetes que no fueron capaces de superar las tormentas de los hombres y es mejor así porque el abandono de lo prescindible aligera el trayecto a toda esencia.

Lo que no podrá ningún calendario es hacer naufragar el mástil elegido para su viaje.

Y los acosadores las observan a través de sus puntos de mira envenenados de distorsiones y sus dardos no las alcanzan.

También están los oportunistas que reclaman el atraco en su puerto y con cebo de laurel pretenden arriarlas a su antojo.

Carroñeros de la ignorancia y egoístas aduladores, que sería de los elegidos sin estos piratas ineficaces.

Hay velas que nos hacen sentirnos mensajes en una botella pidiendo desesperadamente auxilio en la noche de nuestros días.

Sin turno para plegarse, superan la humedad de los resentidos y la lupa solar de los anecdotarios.

Quizás porque aún causan por igual admiración y zozobra en el condecorado almirante y en el polizón hambriento mantienen el equilibrio de su destino.

Una misma verdad irradian, quizás, porque es la esencia del ser humano su único cuaderno de bitácora.

Pero basta de conjeturas y fijaos en aquella, indigentes de alma y obesos de deshumanización siguen apartándose a su impulso; contemplad con qué Estilo navega, lustrosa, la vela joseantoniana.

 

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