Ballesteros, profeta en Inglaterra

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Hubo un tiempo en que España figuró en el mundo como un arrabal perdido o una estación abandonada, un país viejo y maniático que tenía que pedir perdón por muchas cosas antes de reintegrarse al convoy de los países de occidente. España pesaba poco: sólo parecía una página de orgullo antiguo que ni siquiera todos los españoles se acababan de creer, abandonados a la idea de que su país era fatalmente un verso suelto. Fue ahí que aparecieron –años setenta, años ochenta- hombres de sonrisa, de triunfo y de apostura como Julio Iglesias o como Severiano Ballesteros, igual que un rebrotar de optimismo en la sangre envejecida o una nueva manifestación del genio de la raza. España ya no conquistaba, España seducía.

Es difícil exagerar hasta qué punto Ballesteros ha sido admirado y casi glorificado en tantos países en los que el golf es una fijación nacional, en los que el golf no es sólo un deporte de banqueros sino un deporte de banqueros, pescaderos, contables y funcionarios. Sí, hay países que se entregan popularmente al golf como aquí nos entregamos popularmente a la verbena. Ahí Ballesteros lo fue todo, el primer español en copar las portadas de la prensa desde la Guerra Civil. Si desde sus mayores éxitos ha pasado mucho tiempo, no es menos cierto que su nombre ha conocido una rara perdurabilidad.

Con uno de sus primeros triunfos, las campañas de su pueblo de Pedreña repicaron mientras el resto de España no le hacía mucho caso. Después de Seve vendrían muchos a llevar el nombre de España en triunfo por el mundo pero él fue el primero de todos, más profeta en Inglaterra que en su tierra. De Ballesteros se sabe que es un hombre orgulloso pero quizá sea de los pocos con motivos para serlo: de acarrear los palos como caddy en el club de golf de Pedreña, una mezcla de habilidad y de pasión le llevó a entrenarse en la playa o a saltar las vallas del club para jugar en las noches de luna llena. Ya profesional, con dieciséis años, tuvo enorme disgusto al quedar vigésimo en el Campeonato de España. Él quería ser primero.

‘Es como si él viajara en un Ferrari y el resto viajáramos en Chevrolets’, dijo un rival. Otro rival dijo que ‘Seve juega golpes que yo ni siquiera veo en sueños’. Los que saben de golf recuerdan golpes de Ballesteros que flotan y perduran en el tiempo como el instante de eternidad de una verónica. En los setenta, antes de ser el número uno, ya se sabía que en realidad era el número uno. En los ochenta se consagró. Ballesteros tenía la elegancia de Hogan, la habilidad y la fuerza de Snead, la potencia y la agresividad de Palmer, la tenacidad de Player, la técnica de Nicklaus y la frialdad de Watson. Ganaba en Saint Andrew’s como los ciclistas españoles en los Campos Elíseos. Cambió el circuito e hizo estrellas de los muy sosos jugadores de golf. Sí, Tiger Woods es muy bueno pero Seve era la garra y la emoción. 
 

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