EpC: un sentido elemental de la libertad

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Estamos ante una cuestión fundamental de libertad, uno de esos asuntos donde la capacidad de las personas para defender su libertad se mide contra los esfuerzos del poder por coartarla.

Tal y como el Gobierno ha planteado la imposición de la asignatura “Educación para la ciudadanía”, caben pocas opciones razonables que no pasen por la resistencia a ultranza. Lo de esta asignatura es infumable por dos razones. Primero, porque pretende imponer a los alumnos una formación doctrinal sustrayendo esa misión a las familias y arrebatando a éstas un derecho reconocido en todas las sociedades desarrolladas. Además, porque el tipo de formación doctrinal que pretende imponer es una banal acumulación de tópicos “progres” que, en el mejor de los casos, sólo representa las convicciones de una parte de la sociedad, y ni mucho menos suscitaría el necesario consenso que una materia de enseñanza obligatoria exige.

El Gobierno dice que es una asignatura que también se da “en Europa”. Es falso: lo que se da “en Europa” es una formación de típico cívico más parecida a las viejas asignaturas de “urbanidad” que se impartían en la España de los setenta. El Gobierno dice también que cada cual podrá amoldar a su ideario los principios generales de la asignatura. También es falso: ya hay libros “adaptados” que han sido rechazados por el Ministerio porque se apartan de la doctrina gubernamental. Ante semejante cacicada, ¿qué hacer? Objetar, evidentemente.

Hasta ahora, la objeción de conciencia ha sido cosa de minorías especialmente concienciadas. Cabe prever, sin embargo, que el fenómeno se extienda después de la sentencia favorable del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y de que tres comunidades autónomas –de momento- ya hayan reconocido el derecho de los padres a eludir esta asignatura. Será una buena lección de ciudadanía para quienes pretenden darnos lecciones de tal cosa.

No estamos ante un mero error de un Gobierno. Estamos ante algo mucho más serio: un proyecto ideológico que pretende imponerse a todo trance, disolviendo cuanto encuentra a su paso. Esta pesadilla nihilista que se envuelve en palabrería humanitaria ya va tomando forma, y es una forma muy desagradable: una especie de tiranía “soft” donde el sistema, todopoderoso, maneja en lo moral, lo cultural, lo social, lo económico y lo político a unos individuos tan incultos como “concienciados”. Contra eso hay que luchar.

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