VOX, la derecha convencida de que las ideas forman parte de la lucha política

“Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, que decía aquél. Provista de varias atribuciones, la frase es apócrita, pero dice con nervio y por antífrasis lo que expresa: la nefasta manía de NO pensar que ha embargado durante tanto tiempo a la derecha. Precisamos: no a toda la derecha, sino fundamentalmente (aaunque ésta también fue la desgracia del franquismo) a la derechita, a la derechona, a la ‘maricomplejines’, a la cosa esa pacata y biempensante, engolada, sosa y mortecina, la derecha liberal, en fin, centrista, morigerada, equidistante, que ni por aquí ni por allá a ninguna parte va.

 


 

Estoy en el bar Les Brisants, en Léchiagat, frente al puerto, con mi tableta entre la taza de café y la bahía por la que pasan los barcos. Así es como suelen recomenzar los viajes, sin billete ni maleta. Estoy echando un vistazo en mi tableta a El Manifiesto, cuando me topo con una serie titulada Las raíces filosóficas de Vox. El periódico publica tres entregas extraídas de un amplio trabajo de investigación de Nancy Sender, una filósofa estadounidense doctora en Filosofía, que se ha propuesto llevar a cabo una labor tan necesaria como inusual: investigar no sólo las causas electorales del éxito de Vox, sino también las ideas, los autores y los recorridos intelectuales que han configurado su vocabulario y su visión del mundo. La primera parte se detiene ampliamente en Gustavo Bueno; la segunda saca a relucir tres figuras, dos de las cuales me despiertan casi medio siglo de recuerdos: José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella, a los que se suma el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz.

Durante mucho tiempo he considerado a España como mi segunda patria. Desde hace unos años, Argentina —donde ahora paso casi dos meses al año— le está quitando algo de protagonismo. Ya casi no vuelvo a España, mientras que Buenos Aires, Mendoza o las carreteras de la Cordillera me resultan de nuevo familiares. Aun así. He vivido lo suficiente al otro lado de los Pirineos, he amado, debatido, trabajado y entablado amistades lo suficiente allí como para que una parte de mi juventud permanezca afincada al otro lado de los Pirineos.

Era la época en la que asistía a las universidades de verano de Alianza Popular en Andalucía. Allí se hablaba del futuro de la derecha española bajo un sol que rápidamente te hacía preferir la sombra de los patios a las salas de conferencias, y uno podía, sin gran esfuerzo, enamorarse de una andaluza rubia de ojos azules, lo cual, a esa edad, valía mucho más que todos los seminarios de filosofía política. España acababa de salir de su transición. Manuel Fraga intentaba transformar la derecha surgida del antiguo régimen en una fuerza conservadora moderna, parlamentaria y europea. Alianza Popular se convertiría más tarde en el Partido Popular.

Su secretario general era entonces Jorge Verstrynge, un personaje brillante, inquieto, impredecible, pero también afable, cuya trayectoria posterior resultaría, como mínimo, sinuosa. Fue él quien me presentó, en las oficinas bastante cavernosas de la calle Génova de Madrid, a un joven colaborador llamado José Javier Esparza. Teníamos más o menos la misma edad. Tanto él como yo pertenecíamos a esa generación que aún se tomaba las ideas en serio e incluso creía —una extravagancia hoy en día casi incomprensible— que un partido político debía tener una visión del mundo antes de redactar su programa fiscal.

Por entonces estaba metido hasta el cuello en los asuntos de la Nueva Derecha francesa. El GRECE, Nouvelle École, Éléments, Alain de Benoist, Guillaume Faye, los coloquios, las universidades de verano, las batallas intelectuales que nos parecían mucho más importantes que las disputas internas del partido: ése era nuestro universo. Así, unos cuantos jóvenes de nuestra edad se desplazaron a España cargados de revistas y libros. Tenían la misma edad que Esparza, la misma que los chicos y chicas que participaban en las universidades de verano de Alianza Popular. No había nada de una delegación solemne: simplemente un puñado de jóvenes europeos que descubrían con avidez que, más allá de las fronteras, otros jóvenes se planteaban las mismas preguntas.

‘Punto y Coma’, dirigida por Isidro Palacios, fue la primera revista que apareció en España defendiendo tales ideas

José Javier sentía curiosidad por todo. Ya poseía esa inteligencia ágil que capta inmediatamente las ideas nuevas y las relaciona con sus propias inquietudes. Muy pronto me invitó a su casa, a casa de sus padres, en Carabanchel. Guardo de aquello un recuerdo mucho más nítido que el de muchas reuniones políticas. Carabanchel seguía siendo aquel antiguo barrio popular y obrero de Madrid, con sus edificios modestos, sus calles sin adornos y esa vida de vecindad que las grandes capitales europeas han perdido en gran medida. Sus padres eran valencianos, afincados en Madrid. Allí descubrí a una pareja acogedora a la que, con el paso de los años, volví a visitar a menudo. Su hogar se convertiría para mí, durante décadas, en un punto de referencia amistoso, afectivo y fiel en la capital española. Las doctrinas se transmiten a través de los libros; las lealtades verdaderas suelen transmitirse en torno a una mesa familiar.

Posteriormente, Esparza llegó a Bretaña. Participó en las universidades de verano del GRECE y se familiarizó con esa extraordinaria efervescencia intelectual francesa de los años 80, en la que, en una misma semana, se podía escuchar hablar de etología, de mitología indoeuropea, de geopolítica, de filosofía alemana y de sociobiología. Para un joven procedente de una derecha española cuyas bibliotecas solían estar menos surtidas que las sacristías, el descubrimiento debió de ser impactante.

Sin embargo, su camino acabaría alejándose notablemente del nuestro. Esparza nunca se convirtió en la copia española de Alain de Benoist. De la Nueva Derecha conservó los interrogantes, un método, el gusto por remontarse a las causas profundas y, sobre todo, esa idea fundamental de que las luchas políticas se ganan mucho antes de las elecciones. En cambio, volvió al catolicismo, mucho más profundamente de lo que yo habría imaginado entonces, y rechazó una parte importante de la crítica neoderechista al cristianismo. Pero qué más da: las buenas escuelas intelectuales rara vez forman discípulos dóciles. Más bien inculcan el gusto por pensar sin permiso.

El estudio publicado por El Manifiesto insiste precisamente en este papel particular de Esparza. Habría llevado a cabo, para la derecha española, una especie de traducción política de la metapolítica: las ideas procedentes de la Nueva Derecha francesa no se retoman tal cual —su paganismo y su antiamericanismo encajarían muy mal con Vox—, pero su método perdura. Ahí radica lo esencial: comprender que «el poder cultural precede al poder político» y que una derecha privada de un relato acaba inevitablemente por gestionar las victorias ideológicas de sus adversarios. Así es precisamente como Nancy Sender describe la aportación de Esparza.

Esta frase podría servir de epitafio a cuarenta años de derecha española.

Porque el error fundamental de Alianza Popular, y posteriormente del Partido Popular, no fue sólo haber cometido tal o cual error táctico. Fue haber aceptado sin luchar el reparto propuesto por la izquierda: para nosotros la economía, para vosotros la cultura; para nosotros los presupuestos, para vosotros la universidad; para nosotros los impuestos, para vosotros la escuela; para nosotros las empresas, para vosotros el cine, los libros, las palabras, la historia y la definición del Bien. La derecha española se ha consolado durante mucho tiempo repitiendo que sabía gestionar. Mientras tanto, abandonaba la propia construcción de las categorías en las que posteriormente se le permitiría pensar.

Miguel Ángel Quintana Paz, a quien no conozco, resume acertadamente lo absurdo de tal postura: querer ganar en política sin disputarle la cultura a la izquierda equivale a querer triunfar en gastronomía sin entrar en las cocinas. La imagen es excelente. Durante décadas, la derecha española se instaló en el comedor, revisó las cuentas del restaurante y se felicitó por la rentabilidad del local, mientras otros decidían el menú.

Argentina, por su parte, acaba de ofrecernos una demostración casi experimental del fenómeno inverso. Javier Milei no proviene de una larga carrera como apparatchik. Es, ante todo, un economista, un profesor, un hombre de libros y polémicas que se convirtió en fenómeno mediático y, posteriormente, en político. Incluso antes de alcanzar el poder, se empeñó en hablar de ideas: Hayek, Mises, el libertarismo, el Estado, la moneda, el socialismo, la libertad individual. Se puede considerar que su sistema es excesivo, que sus interpretaciones son parciales o que sus conclusiones son discutibles. Pero ése no es el tema que nos ocupa. El hecho político es innegable: rechazó la división según la cual el adversario poseería la cultura, mientras que la derecha se contentaría con proponer unas pocas décimas más de crecimiento.

Milei lo llama, sin tapujos, la «batalla cultural». Tras su elección como presidente en 2023, no ha dejado de subrayar su importancia, afirmando que las ideas «ganan guerras» y que la derecha está condenada si renuncia a defenderlas, por más admirablemente que sepa gestionar. Milei convirtió esta lucha intelectual en uno de los motores de su ascenso político; y ganó. Evidentemente, esto no demuestra que una batalla cultural baste para ganar unas elecciones. Pero al menos demuestra que no impide ganarlas, al contrario de lo que nos repiten desde hace cuarenta años todos esos estrategas de corbata que recomiendan a la derecha que, sobre todo, no tenga ninguna idea demasiado llamativa.

Unos años después de Esparza, los giros de mi vida profesional me llevaron a conocer a Javier Ruiz Portella. Por entonces dirigía en Barcelona una editorial para la que acabé trabajando. Siempre me ha llamado la atención esa mezcla bastante poco común que se encuentra en él de vivacidad, humor, calidez amistosa y profundidad filosófica. Algunos intelectuales llevan su erudición como un guardia suizo su alabarda y te hacen sentir en cada frase el peso de sus lecturas. Portella pertenece a la familia opuesta: las ideas más serias le salen con una sonrisa.

Probablemente, su trayectoria explique esa libertad. Militante comunista en su juventud bajo el franquismo, conoció el exilio y el mundo comunista desde dentro antes de enfrentarse a sus realidades. El choque fue beneficioso. Posteriormente pasó varios años en Bélgica, se hizo francófono y descubrió esos pensamientos heterodoxos franceses que no se dejaban encasillar ni en el liberalismo burgués ni en el marxismo. Este rodeo es importante para comprender al hombre. Portella no pasó del comunismo al culto al mercado como quien cambia de acera. De su primer compromiso le quedó una profunda crítica al orden mercantil; de su ruptura, la desconfianza hacia todas las religiones políticas.

El Manifiesto, que dirige hoy en día, es bastante fiel a ese temperamento. En él se encuentra menos una derecha en el sentido parlamentario que una crítica a la civilización: la disolución de las comunidades, la desaparición de lo sagrado, el reinado del consumidor, la intercambiabilidad de las personas y los lugares, la pérdida de las formas, los ritos y los vínculos de pertenencia. Por esta vía, Portella contribuyó, mucho antes del nacimiento de Vox, a introducir en España varios temas de la Nueva Derecha francesa.

Por otra parte, la influencia intelectual casi nunca se produce como la imaginan los periodistas. Ningún filósofo le desliza un programa en el bolsillo a un presidente de partido antes de volver a casa satisfecho. Las ideas se abren camino de forma indirecta. Pasan de un libro a una revista, de una revista a una conversación, de una conversación a un periodista y, luego, a un militante que olvida la fuente. Veinte años después, una intuición filosófica reaparece en un discurso electoral en forma de una frase que todo el mundo cree espontánea. Heinrich Heine había observado acertadamente que los apacibles profesores de filosofía preparan a veces, sin saberlo, las revoluciones futuras.

Volvamos al tercer miembro de esta terna. Me gusta esta antigua palabra española: tres nombres puestos ante quien debe elegir. Miguel Ángel Quintana Paz pertenece a otra generación. Filósofo universitario formado, sobre todo, en el pensamiento hermenéutico y posmoderno, se acercó tardíamente al entorno de Vox. Hoy en día participa en las instituciones intelectuales de este movimiento y representa, sin duda, la forma más contemporánea del fenómeno: el filósofo que abandona de buen grado el anfiteatro para bajar al ágora, llegando incluso a los platós de televisión y a las redes sociales.

‘Hespérides’, dirigida por José Javier Esparza, fue la segunda revista, cronológicamente, en defender las ideas de la Nueva Derecha

Su papel difiere del de Esparza y Portella. Portella aporta una crítica de la civilización; Esparza, una pedagogía histórica y metapolítica; Quintana Paz aporta un lenguaje filosófico a las controversias actuales. Su crítica del «wokismo» como religión secular, su recurso a Gadamer para recordar que nadie piensa desde la nada, su insistencia en la herencia de Atenas, Roma y Jerusalén, su gusto por la paradoja y la ironía dotan a ciertas posiciones de Vox de algo más que un barniz electoral.

Su «neogibelinismo» retoma la antigua disputa entre güelfos y gibelinos para responder a una dificultad muy moderna: ¿cómo puede una derecha católica oponerse políticamente a una jerarquía eclesiástica cuyas orientaciones desaprueba sin caer por ello en el anticlericalismo? Respuesta: afirmando la autonomía de lo político frente al clero. Evidentemente, se puede debatir el asunto. No obstante, un partido en cuyo entorno intelectual surge una controversia de este tipo ya se sitúa varios peldaños por encima de aquel que convoca una comisión para averiguar si una fórmula corre el riesgo de desagradar al subprefecto.

Esta genealogía no es en absoluto homogénea. Gustavo Bueno era un marxista heterodoxo, materialista y ateo. Alain de Benoist se mostró violentamente crítico con el cristianismo y la americanización de Europa. Esparza ha vuelto al catolicismo. Quintana Paz razona con gusto desde una perspectiva cristiana. El propio Vox es mucho más atlantista de lo que jamás lo fue la Nueva Derecha. Eso es precisamente lo que hace que el asunto resulte interesante. Un partido político no aplica una doctrina como quien sigue las instrucciones de montaje de un armario. Toma piedras de varias canteras y construye con lo que encuentra.

 

¿Y en Francia qué ocurre?

Es aquí donde, desde mi mesa de Les Brisants, al volver mentalmente de Madrid a París, la comparación con Francia se vuelve dolorosa.

El Rassemblement National cuenta con diputados, alcaldes, asistentes parlamentarios, responsables de comunicación, especialistas en mensajes políticos, encuestadores e innumerables candidatos impecablemente preparados. Sin duda, también dispone de excelentes contables. Lo que le falta de manera notable es ese ecosistema intelectual en el que se acepta pensar más allá del programa del día siguiente: revistas, fundaciones, escuelas, autores independientes, filósofos a los que se tolera que, en ocasiones, digan algo distinto a lo que dice el partido.

Y, por último, el n.º 1 de ‘El Manifiesto’, aparecido en octubre de 2004 y que distribuido en kioscos de toda España es el padre del periódico que están leyendo

Que me perdonen en el Norte y en Valonia la imagen poco caritativa que se me ocurre. Algunos responsables del RN me recuerdan a esos personajes procesionales que se ven en las fiestas del norte, entre los gigantes flamencos y los Gilles de Binche: trajes elegantes, orden impecable, cortejo cuidadosamente regulado y la necesidad absoluta de marchar al mismo paso. Los auténticos Gilles, por su parte, al menos tienen plumas de avestruz, zuecos y naranjas para lanzar a la multitud. Eso le da cierto encanto a la procesión.

Estoy exagerando, por supuesto. El mal es más profundo. Consiste en creer que un gran partido puede prescindir a largo plazo de la ideología, de la filosofía política e incluso de una verdadera doctrina, siempre que cuente con algunas medidas populares, un programa presupuestario adecuado y un apego suficientemente demostrativo a los «valores de la República».

Esta tentación no es nueva. Una de las debilidades del franquismo fue precisamente su desconfianza hacia los intelectuales y, en general, hacia todo aquello que pudiera introducir movimiento en un sistema preocupado ante todo por la estabilidad. La derecha francesa contemporánea, naturalmente en circunstancias que no guardan relación alguna, reproduce a veces este defecto administrativo: las ideas son sospechosas porque complican los elementos del discurso; el intelectual es peligroso porque nunca obedece del todo; la doctrina se vuelve incómoda en cuanto obliga a elegir.

Ahora bien, gobernar consiste precisamente en elegir.

Se puede administrar un municipio con sentido común. Se puede equilibrar un presupuesto con buenos técnicos. Gobernar un país exige más. ¿Qué es una nación? ¿Qué parte de nuestra existencia debe escapar al mercado? ¿Qué es una frontera? ¿Tiene una civilización derecho a querer perseverar en su esencia? ¿Qué lealtades deben prevalecer cuando entran en contradicción con el derecho positivo? ¿Qué lugar hay que conceder al legado, a la soberanía, a la libertad, a la identidad? Ninguna consultora responde a estas preguntas.

La primera prueba real del poder será, por tanto, cruel para todos aquellos que imaginan poder eludirla. Cuando haya que arbitrar entre los principios invocados durante años, cuando la administración, el derecho europeo, los intereses económicos, los medios de comunicación y los organismos intermediarios empujen cada uno en una dirección diferente, habrá que saber qué se quiere salvar y qué se acepta sacrificar. Es en ese momento cuando la ausencia de doctrina deja de ser una simple estrategia electoral y se convierte en una deficiencia.

España ofrece, en este sentido, una lección francesa. La Alianza Popular y, posteriormente, el Partido Popular creyeron durante mucho tiempo que podían dejar a los intelectuales en manos de la izquierda y a los economistas en manos de la derecha. Dejaron que sus adversarios definieran los términos, otorgaran los títulos de respetabilidad, escribieran el relato histórico y establecieran incluso las preguntas que era lícito plantear. Vox ha comprendido, al menos en parte, que una fuerza política que acepta este reparto está derrotada incluso antes de que se abran las urnas.

Argentina, a su manera brutal y barroca, acaba de demostrar lo mismo: un político puede hablar sin cesar de ideas, citar a autores, iniciar una disputa de civilizaciones, pretender derrocar la hegemonía cultural adversaria y, sin embargo —o quizá también por eso—, ganar unas elecciones presidenciales. Esto debería dar que pensar a las derechas europeas, que se pasan el tiempo disculpándose por existir.

Entonces vuelvo a pensar en el joven Esparza de la calle Génova, luego en el piso de Carabanchel y en sus padres valencianos, en aquellas conversaciones en las que rehacíamos Europa con esa magnífica inconsecuencia de la juventud. Pienso en Portella, que regresó del comunismo real sin caer en el letargo mercantil. Veo en mi tableta a Quintana Paz, a quien no conozco, sumarse, cuarenta años después, a una cadena intelectual iniciada mucho antes del nacimiento de Vox.

Algunos de los libros que entonces transportábamos de un país a otro han cambiado de lectores, de idioma y, a veces, de doctrina. Han sido cristianizados, españolizados, corregidos, deformados, olvidados y luego redescubiertos. Así es como funcionan las ideas. Viajan lentamente, por caminos secundarios, sin pasaporte y sin calendario electoral.

Sin embargo, a menudo acaban llegando más lejos que los comunicados de prensa.

 


 

Y ya que hablamos de revistas en papel,
imposble no recordarles la última

 

 

         

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