El último comunista será una máquina

«Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», decía el bueno de don Hilarión en La Verbena de la Paloma. Lo decía admirativo, pero algo receloso también. Y razón no le faltaba.

 


 

Leía Libération una mañana de agosto junto al Atlántico. El diario dedicaba buena parte de su número a los robots humanoides y a la inteligencia artificial: máquinas que empiezan a aprender movimientos contemplando imágenes, autómatas destinados a fábricas y depósitos, programas capaces de reunir la palabra, la visión y el gesto en una misma inteligencia todavía balbuceante. China ha hecho de la robótica una prioridad nacional; Renault, Carrefour y otras empresas europeas comienzan a ensayarla. Los artefactos caminan aún con cierta torpeza, qué duda cabe, pero sería necio reírse de ellos. También los primeros aeroplanos parecían langostas asmáticas de madera y tela, y acabaron llevando hombres por encima de los Andes.

Ante semejante aparición uno esperaría el estremecimiento propio de las grandes vísperas. Algo semejante debieron sentir nuestros bisabuelos cuando vieron llegar el ferrocarril al pueblo, tendiendo sus rieles sobre la pampa como dos tajos de acero, o cuando la electricidad encendió de golpe una calle que hasta la víspera se hundía al anochecer en la oscuridad de las carretas. Libération, empero, siente ante todo temor. Su editorial enumera empleos destruidos, cotizaciones perdidas, recursos consumidos y sumas colosales gastadas en las nuevas máquinas. El monstruo apenas ha sacado el hocico del galpón y ya queremos saber cuánto come y quién pagará sus impuestos.

No conviene burlarse demasiado. Detrás de esas prevenciones hay problemas reales, y sólo los necios creen que toda invención es buena por el mero hecho de ser nueva. Lo revelador está en otro lado: la izquierda, que durante dos siglos se proclamó propietaria del porvenir, ha comenzado a tenerle miedo. Mira el horizonte como aquel viejo campesino que, viendo amontonarse nubarrones sobre los trigales, ya no sabe si espera la lluvia o si teme el granizo.

Benoît Hamon lo demuestra admirablemente. El antiguo candidato socialista francés recuerda su proyecto de gravar a los robots: si una empresa reemplaza trabajadores que cotizan por máquinas que no enferman, no envejecen, no hacen huelga y no se jubilan, habrá que encontrar otra fuente para alimentar el sistema social. Su razonamiento es perfectamente defendible, y la renta universal que propone conserva incluso algo del viejo sueño socialista de separar la existencia material de la obligación de vender cada día ocho horas de la propia vida.

La ironía está en que Hamon alcanza a divisar la tierra prometida de su doctrina y, apenas la distingue entre la bruma, instala una aduana en el camino. La máquina podría liberar al hombre de una parte del trabajo necesario; y antes de preguntarnos qué haremos con esa libertad, queremos saber cómo conseguiremos que el robot siga financiando la jubilación. Linda manera de entrar en el siglo XXI: con una calculadora en una mano y el formulario fiscal en la otra.

Hubo otro socialismo. Saint-Simon miraba ingenieros, canales y fábricas como las entrañas de una sociedad venidera; Marx sabía que el reino de la libertad no podía edificarse sobre una escasez perpetua. Incluso la vieja izquierda obrera, mucho menos dada a filosofías, amaba las chimeneas, las centrales, los altos hornos, las locomotoras. Su porvenir olía a carbón, a aceite de máquina y a hierro candente. Quería que el obrero se adueñara del maquinismo, no que volviera al arado romano para preservar empleos.

Hogaño ocurre casi lo contrario. El gran paquidermo de la izquierda occidental ha dejado que un cornaca diminuto —la ecología política— lo convierta en cabestro. Aquella bestia que antaño avanzaba bajo las banderas de la industria y el progreso camina ahora con pasitos medidos, mientras desde su pescuezo le aconsejan consumir menos, viajar menos, comer menos, calefaccionar menos, producir menos y ocupar menos lugar en la tierra. Prometeo robaba el fuego a los dioses; nuestro ciudadano virtuoso verifica la etiqueta energética de su nevera antes de abrirla.

Hay en todo ello una mutación espiritual más profunda de lo que parece. El hombre antiguo miraba el río y pensaba en un puente; veía caer el agua de la montaña y pensaba en una rueda; contemplaba la llanura y quería llevar el ferrocarril hasta el horizonte. El ecologista político de nuestros días tiende a contemplar primero aquello que podría estropearse si alguien tuviera la imprudencia de hacer algo. No le falta siempre razón, desde luego, pero una civilización que sólo pregunta qué debe preservar acaba olvidando para qué quería preservarse.

España ofrece estampas bastante acabadas de esta mudanza. Yolanda Díaz reclamó este año más impuestos para los «tecnoligarcas», propuso gravar específicamente los centros de datos por su impacto ecológico y resumió su programa con una ocurrencia muy española: que los gigantes tecnológicos «bajen de la nube y pasen por Hacienda». Izquierda Unida, por su parte, reúne en su escuela política debates sobre inteligencia artificial, automatización y pérdida de control social junto a una «comuna ecosocialista» cuyo lema no puede ser más expresivo: «Crecer no es prosperar».

La frase merece detenerse un instante. Durante dos siglos, la izquierda quiso multiplicar las fuerzas del hombre; ahora, sospecha de toda multiplicación. Hay algo de nuevo ludismo en esa actitud, aunque los viejos luditas ingleses tenían una excusa más recia: veían cómo los telares mecánicos destruían delante de sus ojos un oficio y un salario. El neoluddita de nuestros días escribe su requisitoria contra la técnica en una computadora fabricada al otro lado del mundo, la envía a servidores que devoran electricidad y la difunde instantáneamente por cinco continentes. Luego explica, con gesto severo, que la humanidad se ha excedido.

Argentina todavía conserva algunos anticuerpos contra esta enfermedad. El viejo desarrollismo y buena parte del peronismo guardaron durante mucho tiempo una imaginación de altos hornos, represas, reactores, tractores y fábricas; aquel convencimiento, tosco si se quiere, de que una nación que no sabe fabricar termina comprando y obedeciendo. En nuestros pueblos del interior todavía puede verse el galpón del ferrocarril abandonado junto a las vías comidas por el pasto, y no hace falta haber leído a List para comprender lo que significa perder una industria: donde antes silbaba la locomotora queda después un almacén, unos perros al sol y muchachos que hacen las maletas.

La izquierda cultural argentina más reciente ha comenzado, sin embargo, a recibir el mismo aire de familia europeo. Página/12 dio amplio espacio a la «contracumbre» contra la inteligencia artificial promovida por Éric Sadin, centrada en las consecuencias sociales y políticas de su despliegue. Mucho más interesante resulta cierta izquierda marxista que, mientras denuncia la utilización capitalista de los algoritmos, sigue reconociendo en el maquinismo la posibilidad material de superar algún día el trabajo como pura necesidad.

Ahí todavía queda una brasa del antiguo fuego. La máquina no sería mala en sí misma: importa quién la manda, para qué y dentro de qué orden social. Esta pregunta me parece infinitamente más fértil que el reflejo de cerrar la cerca apenas aparece algo desconocido en el camino.

La cuestión se vuelve aún más llamativa cuando hablamos de inmigración. Europa lleva décadas explicando que necesita importar trabajadores porque faltan brazos en la construcción, los almacenes, la limpieza, la agricultura, los restaurantes o el cuidado de los ancianos. Resulta singular que una sociedad supuestamente progresista haya encontrado como solución duradera hacer venir a hombres y mujeres de países más pobres para desempeñar las faenas que nosotros ya no queremos realizar por los jornales ofrecidos. Se drenan las fuerzas jóvenes de unos países y se transforma la sustancia demográfica de otros, mientras el mecanismo entero se presenta como una especie de fatalidad económica.

 

La robotización abre una senda distinta

Una Europa vieja podría volver a producir con menos brazos, recuperar industrias y dejar de convertir la inmigración masiva en combustible permanente de su economía. El robot no abandona una aldea africana ni una chacra americana, no necesita vivienda ni reagrupación familiar y no altera el equilibrio humano de la ciudad donde trabaja. Será caro al comienzo, romperá cosas, quizá se caiga de bruces y haya que repararlo. El primer tractor también se empantanaba y nadie propuso, por ello, devolver los campos a la yunta de bueyes.

Pensaba en esas cosas cuando recordé haber leído, muchos años atrás y en inglés, The Player of Games, de Iain M. Banks. De Cultura, su vasto libor, me había quedado una fascinación que el tiempo apenas ha gastado. Hay libros que uno cierra y se pierden como agua en tierra seca; otros permanecen soterrados en la memoria y reaparecen de improviso, como esas tormentas de verano que en la pampa son, primero, apenas una raya morada sobre el horizonte, hasta que el viento muda, los caballos se aquietan y toda la llanura parece esperar el trueno.

Banks encontró acaso la única manera de hacer funcionar el comunismo: suprimir previamente la escasez. En Cultura hay energía casi ilimitada, máquinas capaces de fabricar prácticamente cualquier cosa e inteligencias artificiales, las Minds, que aventajan al hombre como un astrónomo aventaja a la hormiga que camina sobre su telescopio. El dinero se vuelve superfluo, el trabajo deja de ser obligatorio y buena parte del Estado puede esfumarse porque las cuestiones materiales cuya administración justificaba su existencia han perdido gravedad.

El Gosplan habría entregado media Siberia por una sola de esas computadoras. La gracia está en que la más lograda utopía comunista de la ciencia ficción sólo funciona gracias a todo aquello que la izquierda ecológica mira hoy con desconfianza: energía en cantidades desaforadas, industria formidable, automatización universal y dominio técnico de la materia. Banks no se pregunta cómo enseñar al hombre a necesitar menos. Se pregunta cuánto poder sería menester acumular para que sus necesidades dejen de constituir el problema central de la sociedad.

Ahí está la verdadera divisoria. El pensamiento de la penuria pregunta: «¿De qué podemos prescindir?». El pensamiento de la potencia pregunta: «¿Qué debemos inventar para no tener que prescindir?». Uno distribuye la escasez como un puestero reparte agua durante la sequía; el otro busca abrir un pozo más profundo.

No por ello quisiera vivir en Cultura. Banks resuelve de maravilla el problema material y deja un enorme vacío detrás. Cuando todo lugar es accesible, todo cuerpo modificable y casi todo deseo realizable, la pertenencia misma se vuelve una elección revocable. Ya no hacen falta una tierra, una casa recibida, una frontera, y ni siquiera una trabazón demasiado fuerte entre los muertos y los vivos. El hombre de Banks es maravillosamente libre, pero posee algo de ingrávido: podría vivir doquiera porque ya casi no viene de ningún lado.

Los americanos sabemos, o deberíamos saber, que las cosas no suceden así. Se puede cruzar el océano, mudar de patria, aprender otra lengua y echar otras raíces, pero el hombre no se convierte por ello en una pizarra lavada. Queda una vereda de la infancia, la sombra de un paraíso en un patio, el ruido del molino cuando soplaba el viento, una voz que nombraba las cosas de cierta manera. Uno carga esos restos en la valija aunque ignore que los lleva. Las raíces pueden ser cortadas; no por eso dejan de doler cuando cambia el tiempo.

Ésa es la insuficiencia de Banks: su abundancia libera al individuo, pero apenas sabe decir para qué debería vivir una civilización. Y, sin embargo, el propio autor deja abierta una portezuela extraordinaria, porque detrás de los buenos modales, del hedonismo y de la anarquía amable de Cultura existe una potencia aterradora. Sus inteligencias artificiales gobiernan navíos capaces de combatir, Contact interviene en mundos ajenos y las Circunstancias Especiales saben intrigar, engañar y destruir cuando llega el caso.

Cultura puede mostrarse pacífica porque es casi invencible, y puede fingir que ha superado las fronteras porque nadie está en condiciones de derribar las suyas. Ésa es tal vez la lección menos izquierdista y más antigua que Banks dejó escondida en sus novelas: la mansedumbre de los fuertes nada tiene que ver con la resignación de los débiles. El buey puede parecer pacífico detrás del alambrado; no por ello conviene confundirlo con el animal castrado que ya ha olvidado para qué tuvo cuernos.

Europa corre precisamente el riesgo de olvidar esa distinción. China mira la inteligencia artificial y ve industria, soberanía y poder; Estados Unidos ve riqueza, armas, conocimiento y espacio. Nosotros advertimos del consumo eléctrico, del puesto de trabajo amenazado y de la regulación que habrá que redactar. El futuro se extiende delante de nosotros como antaño la pampa delante de las primeras locomotoras, y mientras otros echan carbón a la caldera, nosotros convocamos una comisión para discutir si el humo resulta conveniente.

No se trata de adorar la máquina. Ellul tuvo sobrada razón al advertir que la técnica puede acabar imponiendo su propia lógica y convirtiendo al hombre en una pieza de su mecanismo. Tampoco hay motivo para adoptar el pueril cosmopolitismo de Silicon Valley, donde el género humano parece una colección de consumidores a la espera de la próxima aplicación. La tarea consiste en algo mucho más arduo: apropiarse de la potencia sin aceptar la antropología de quienes hoy la dominan.

 

El arqueofuturismo

Guillaume Faye llamó «arqueofuturismo» a una intuición similar. El vocablo tenía algo de clarín publicitario, pero señalaba una necesidad verdadera: no entregar la memoria a los anticuarios ni el mañana a nuestros adversarios. No existe ley alguna que nos obligue a elegir entre el idioma de los abuelos y la inteligencia artificial, entre el arado y el reactor, entre el ombú y la astronave. La semilla que entra en la tierra y el cohete que abandona la gravedad pertenecen, después de todo, a una misma aventura humana: arrancar posibilidades a una materia que parecía muda.

Y quizá ahí esté nuestra carencia más honda. Nos sobra ciencia ficción de ruinas, máquinas sublevadas, Tierra exhausta y hombres disputándose el último bidón de combustible entre esqueletos de ciudades. Hasta nuestro porvenir se ha vuelto viejo. Banks tuvo la osadía de imaginar la abundancia, sólo que empleó la abundancia para liberar al individuo de casi toda necesidad de pertenecer.

Nos falta todavía una ciencia ficción en la que la abundancia alimente la potencia. Una civilización donde la energía casi inagotable no sirva tan sólo para multiplicar distracciones, sino para abrir surcos, levantar ciudades, poblar territorios, hacer hijos, construir naves, defender fronteras, cultivar desiertos, transmitir lenguas y mandar exploradores hacia lo desconocido. Donde la inteligencia artificial no sea ni un ama ni una nodriza, sino un apero; algo así como un nuevo caballo de hierro entregado a una voluntad que sabe adónde quiere ir.

Semejante imaginación debería ser telúrica y sideral a la vez. Habría en ella raíces hundidas en la tierra negra y antenas tendidas hacia las estrellas; trigo madurando alrededor de un reactor, viejos nombres puestos a ciudades nuevas, máquinas trabajando en los galpones mientras, por encima de los campos, pasan artefactos rumbo a otros mundos. No sería el porvenir aséptico del aeropuerto internacional, donde todos comen lo mismo bajo los mismos carteles luminosos, sino una expansión de lo singular mediante la potencia.

Banks imaginó la abundancia sin raíces. La izquierda verde prepara la escasez sin grandeza. Entre esas dos pobrezas queda un continente entero por conquistar: el de los pueblos que, liberados de una parte de la necesidad por sus máquinas, no emplearían esa libertad para retirarse mansamente de la Historia, sino para volver a entrar en ella con más fuerzas.

Lugones habría reconocido acaso algo de aquel fulgor. En sus mejores páginas, el campo argentino nunca era solamente paisaje: había en el trigo, el caballo, la tormenta, la fragua y la electricidad una misma materia cargada de energía, como si debajo del terrón durmiera una fuerza esperando brazos y voluntad. Quizá debamos recuperar algo de esa mirada. El mundo no nos fue dado únicamente para andar de puntillas sobre él, procurando no dejar huella; también nos fue dado como herencia, resistencia y tarea.

La izquierda fue durante mucho tiempo el partido que prometía el alba. Hoy se parece demasiado a un viejo animal cansado, conducido por una secta triste que le aconseja caminar despacio, comer poco y no aventurarse más allá de las alambradas. Entretanto, por el otro lado del campo, ya se oye una máquina que viene.

Será mejor aprender a manejarla.

¡Échele un ojo!
No se pierda la más
apasionante revista cultural


Más artículos de Trystan Mordrel

Suscríbase

Reciba El Manifiesto cada día en su correo

Destacado

Lo más leído

Temas de interés

Compartir este artículo

Confirma tu correo

Para empezar a recibir nuestras actualizaciones y novedades, necesitamos confirmar su dirección de correo electrónico.
📩 Por favor, haga clic en el enlace que le acabamos de enviar a su email.