Marco Rubio ante la Acrópolis: un cubano de la Florida que recuerda de dónde viene

La semana pasada reprodujimos el histórico discurso que el secretario de Estado norteamericano pronunció recientemente en Atenas. Hoy, Trystan Mordrel se encarga de analizarlo, alabarlo en lo mucho que tiene de encomiable y criticarlo en lo que es necesario criticar.

 


 

En la terraza de un café de Barjols, antiguo burgo provenzal que todavía conserva algo de la gravedad apacible de las poblaciones mediterráneas, bebo lentamente una copa de rosado del país. Octubre ha mitigado los ardores del verano. El sol, menos imperioso, acaricia las viejas fachadas de piedra, y la plaza disfruta de esa claridad dorada que parece prolongar, entre los plátanos y las casas antiguas, la remota felicidad del mundo latino. Hay lugares donde la civilización no necesita proclamarse. Se manifiesta sencillamente en la disposición de una plaza, en la sombra de un árbol, en la cortesía de una conversación o en el placer de un vino bebido sin prisa.

Sobre la mesa descansa mi tableta. Las noticias francesas de estos últimos días ofrecen un espectáculo menos consolador. Disturbios estudiantiles, barricadas, incendios, enfrentamientos con la policía, una juventud excitada por los agitadores de la extrema izquierda y entregada a una rebeldía cuya indigencia intelectual apenas consigue disimular la violencia. Todavía tengo presentes las imágenes de unos adolescentes que, en una iglesia de la Vendée, cantaban un rap enalteciendo a terroristas islamistas. Eran, al parecer, muchachos de origen europeo, herederos involuntarios de una civilización milenaria que habían encontrado entre los asesinos de niños los héroes de su miserable pantomima.

Con esas imágenes todavía en la memoria, comienzo a leer el discurso que Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, acaba de pronunciar ante la Acrópolis de Atenas. El contraste resulta casi cruel. Mientras una fracción de nuestra juventud celebra la barbarie y profana los lugares donde sus antepasados rezaron durante siglos, un gobernante de los Estados Unidos invoca ante el Partenón a Aquiles, Sócrates y los trescientos espartanos de las Termópilas. Habla de honor, de grandeza, de excelencia, de sacrificio, de fidelidad a los muertos y de la obligación que tienen los vivos de no dilapidar su herencia. Y exhorta a Europa a despertar de su prolongado letargo.

Confieso que no esperaba escuchar semejantes palabras en boca de un secretario de Estado estadounidense. Menos aún pronunciadas con aquella naturalidad de quien no parece descubrir una civilización extranjera, sino reconocer algo propio.

 

Dos Américas ante las ruinas de Atenas

Hay una circunstancia que merece particular atención. Quien habla es Marco Rubio, no J. D. Vance. Ambos pertenecen al mismo Gobierno, comparten numerosas convicciones políticas y representan, sin embargo, dos tradiciones históricas distintas de América. La diferencia no es desdeñable, pues remite a las dos grandes maneras en que los europeos se instalaron en el Nuevo Mundo y concibieron su relación con la tierra de sus mayores.

Rubio es hijo de cubanos y heredero de la América hispánica. Su horizonte histórico se prolonga, por consiguiente, mucho más allá de la independencia de las colonias británicas. El español que, desde el siglo XVI, atravesaba el océano no pretendía fundar una humanidad nueva, purificada de sus orígenes. Llevaba consigo la lengua de Castilla, el derecho romano, la fe católica, la monarquía, los recuerdos de la Reconquista, las jerarquías y las fidelidades de una sociedad antigua. Llevaba, sobre todo, una concepción del hombre y del mundo que no había nacido en las playas americanas, sino que hundía sus raíces en dos milenios de historia europea.

El conquistador era, en el sentido más preciso de la palabra, un adelantado. Marchaba delante, ciertamente, pero en nombre de cuanto quedaba detrás. Su empresa, con toda la violencia, los conflictos y las transformaciones que acompañaron a la conquista, consistía en extender una civilización ya existente, no en abolirla. América debía convertirse en una prolongación de España, con sus ciudades, sus universidades, sus iglesias, sus leyes y sus instituciones. De aquella voluntad de continuidad nació un mundo nuevo que nunca dejó de reconocerse, al menos en parte, como heredero del antiguo.

Muy otra fue la inspiración de los puritanos ingleses establecidos en Nueva Inglaterra. Los peregrinos de Plymouth habían cruzado el Atlántico buscando una tierra donde levantar una comunidad religiosa distinta de aquella Europa cuyas corrupciones creían conocer demasiado bien. Su empresa llevaba consigo la ambición de un nuevo comienzo, de una Jerusalén reconstruida lejos de las miserias del Viejo Mundo. Naturalmente, no toda la colonización inglesa obedeció a ese impulso, pero el mito puritano de la fundación dejó una huella indeleble en la conciencia estadounidense.

J. D. Vance procede de ese vasto universo angloestadounidense, más precisamente de las poblaciones de ascendencia escocesa e irlandesa asentadas en los Apalaches. Su conversión al catolicismo, en 2019, representa, desde cierta perspectiva, un regreso espiritual hacia la Roma anterior a la Reforma. En Rubio, por el contrario, esa profundidad histórica ya se encuentra inscrita en la tradición hispánica de la que procede. Vance ha debido recorrer un camino para reencontrar Roma; Rubio viene de una América que nunca se cortó de ella.

Esta diferencia ayuda a comprender la singular soltura con que el secretario de Estado enlaza Grecia, Roma, la cristiandad medieval, Magallanes, Colón y Cortés. No necesita hacer comenzar la historia del mundo en 1776, ni buscar en la Constitución de Filadelfia el origen de todas las virtudes humanas. Sabe, como lo sabían los viejos españoles de Indias, que América no nació de la nada. Fue, antes que cualquier otra cosa, una extensión de Castilla, una prolongación de Europa, transformada después por el encuentro, no siempre pacífico, con otros pueblos y otras realidades.

 

La civilización como carácter y destino

Lo más notable del discurso aparece cuando Rubio abandona las acostumbradas letanías sobre la democracia liberal, los derechos humanos y el mercado libre. No define nuestra civilización por sus instituciones, sino por una manera particular de concebir al hombre. Los griegos, afirma, no nos legaron solamente la filosofía, ciertas formas de gobierno o los fundamentos del pensamiento científico. Dieron expresión a disposiciones mucho más profundas: la ambición, la curiosidad insaciable, el afán de descubrimiento, el gusto por el riesgo, la aspiración a la gloria y aquella impaciencia ante lo imposible que llevó a los europeos hasta los confines del mundo conocido.

Rubio habla incluso de una «antropología común», de una determinada comprensión de la virtud, del destino, de la belleza y del lugar que corresponde al hombre en el universo. La expresión tiene una importancia considerable. Una civilización deja de ser un catálogo de principios jurídicos, susceptible de exportarse a cualquier latitud, para convertirse en el fruto de una experiencia histórica singular. Las instituciones ya no crean por sí solas a los pueblos; son también manifestaciones de su carácter, de su memoria y de una concepción heredada de la existencia.

Quienes recibimos nuestra formación intelectual en la Nueva Derecha europea de los años setenta y ochenta reconocemos inmediatamente aquel razonamiento. Durante décadas sostuvimos que Europa no podía reducirse a una comunidad de consumidores, a una unión aduanera o a una colección de valores abstractos. Su verdadera sustancia residía en una herencia histórica, en las obras de sus pueblos y en una manera propia de habitar el mundo. Resulta, por lo menos, curioso encontrar hoy semejantes ideas en un discurso oficial de Washington.

 

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Más sorprendente todavía es la rehabilitación del ideal heroico. Rubio evoca la areté, la excelencia griega, aquella aspiración que impulsaba al hombre a superar sus propias limitaciones y a distinguirse en las artes, en el pensamiento, en la guerra o en los ejercicios del cuerpo. Recuerda asimismo el thymós, ese ardor del alma donde se reúnen el orgullo, el coraje y la voluntad de combatir. Una civilización que pierde semejante energía, advierte, acaba perdiendo también la voluntad de sobrevivir.

Frente a una época que ha erigido la comodidad en virtud suprema y que parece empeñada en proteger al individuo hasta de las consecuencias de sus propias decisiones, Rubio reivindica el esfuerzo, el riesgo, la rivalidad fecunda y la grandeza. Aquiles prefiriendo una gloria breve a una existencia larga y oscura, Sócrates aceptando la muerte antes que renunciar a su búsqueda de la verdad, los espartanos permaneciendo en las Termópilas cuando toda esperanza había desaparecido: son las figuras de una moral de la fidelidad que nuestra civilización conoció mucho antes de inventar el bienestar social.

El secretario de Estado denuncia también esa extraña vergüenza que lleva a tantos europeos a contemplar su propia historia como una sucesión de crímenes que ninguna penitencia lograría expiar. Se derriban monumentos, se desprecian tradiciones y se enseña a los jóvenes a desconfiar de cuanto hicieron sus antepasados. La historia, que debería ser conocimiento y memoria, se convierte en un interminable tribunal de acusación. Una civilización que sólo sabe pedir perdón por haber existido difícilmente encontrará fuerzas para continuar existiendo.

 

Las omisiones de un discurso admirable

Sería, no obstante, una ingenuidad confundir estas coincidencias con una identidad de pensamiento. El discurso de Rubio presenta lagunas importantes, comenzando por su concepción de los orígenes europeos. Todo parece comenzar en la Grecia clásica, como si el Partenón hubiera surgido de una tierra sin pasado. Quedan fuera las antiguas raíces indoeuropeas, los mitos y las tradiciones religiosas anteriores al cristianismo, las migraciones y los largos procesos que dieron forma a los pueblos de Europa. Atenas fue una de las más luminosas manifestaciones de nuestra civilización, pero no su nacimiento absoluto.

Tampoco aparece una reflexión verdaderamente profunda sobre la continuidad demográfica de los pueblos europeos. Rubio habla de los antepasados, de la transmisión y de la voluntad de sobrevivir, pero guarda silencio sobre el envejecimiento, la natalidad, la familia y las transformaciones de las poblaciones históricas del continente. La continuidad europea posee una dimensión genealógica y demográfica, aunque su unidad no pueda reducirse a una supuesta homogeneidad biológica. Las lenguas, las costumbres, la memoria y las instituciones se transmiten mediante generaciones concretas, no por la virtud exclusiva de las declaraciones políticas.

Su interpretación del pasado es, además, decididamente cristiana. La Grecia antigua parece conducir sin ruptura a Roma, Roma a la cristiandad y ésta a la América moderna. Quienes reconocemos también en las religiones precristianas una parte esencial de la herencia europea no podemos aceptar sin reservas semejante genealogía. La cristianización transformó profundamente el mundo antiguo. Hubo continuidad, ciertamente, pero también conflictos, pérdidas y metamorfosis que ninguna síntesis piadosa debería ocultar.

Estas diferencias intelectuales, con ser importantes, no constituyen, sin embargo, la objeción principal. Ésta pertenece al terreno de la política.

 

Europa no es el Occidente de Washington

Marco Rubio es secretario de Estado de los Estados Unidos, no un filósofo que haya acudido a meditar desinteresadamente entre las columnas del Partenón. Su admirable evocación de nuestra civilización sirve también a una estrategia precisa: restaurar la potencia estadounidense y consolidar, bajo su dirección, el bloque occidental.

En su discurso, Europa y Occidente aparecen constantemente confundidos. Sin embargo, Europa es una realidad histórica anterior en muchos siglos a la existencia de los Estados Unidos, mientras que el Occidente geopolítico contemporáneo constituye un sistema de alianzas organizado en torno a Washington. Ambas realidades se superponen, pero no son idénticas. Los intereses de una potencia estadounidense no coinciden necesariamente con los de las naciones europeas.

Rubio celebra el fortalecimiento de la OTAN, el aumento de los presupuestos militares y los nuevos acuerdos estratégicos. Incluso presenta el reciente entendimiento sobre Groenlandia como una victoria compartida. El ejemplo resulta particularmente revelador: la expansión de la influencia estadounidense en el Ártico aparece descrita como una empresa beneficiosa para todos, sin que se examine verdaderamente la posible divergencia entre los intereses de Washington y los de los pueblos concernidos.

Nuestra aspiración es otra. Queremos una Europa capaz de constituirse en potencia autónoma, dueña de su política exterior, de sus medios de defensa y de sus decisiones estratégicas. Podemos cooperar con los Estados Unidos, e incluso reconocer numerosas coincidencias con su actual Gobierno, sin aceptar por ello una subordinación perpetua a sus intereses imperiales.

Existe, además, una contradicción que Rubio evita cuidadosamente. Buena parte de la disolución cultural que deplora ha sido favorecida por la americanización de Europa. Las industrias del entretenimiento, las plataformas digitales, la publicidad, el consumismo y la difusión planetaria de los modelos estadounidenses han contribuido poderosamente a erosionar las culturas particulares de nuestro continente. No deja de tener su ironía que Washington nos invite ahora a preservar una herencia cuya transformación ha acompañado durante décadas.

 

Un brindis por una coincidencia inesperada

Con todo, ¿por qué aguar el vino de una ocasión tan singular? Durante demasiado tiempo, los europeos que defendíamos la particularidad de nuestra civilización escuchamos desde el otro lado del Atlántico un discurso casi exclusivamente consagrado a la democracia universal, al mercado mundial y a la emancipación del individuo respecto de cualquier pertenencia heredada. Hoy encontramos, en las más altas esferas del poder estadounidense, hombres que vuelven a hablar de pueblos, antepasados, soberanía, fronteras, honor y voluntad de permanencia.

Las políticas de expulsión de inmigrantes irregulares emprendidas por el Gobierno de Trump ofrecen, asimismo, un terreno de comparación con los debates europeos sobre la remigración, aunque ambos conceptos no sean equivalentes. Se trata de una convergencia parcial, que no borra nuestras discrepancias históricas ni convierte a Washington en árbitro de nuestro destino.

No espero que Marco Rubio se transforme en un identitario europeo. Es estadounidense y sirve a su pais, como corresponde a un hombre de Estado. Nosotros tenemos otra historia, otras fidelidades y una concepción de Europa que no termina en las oficinas de la OTAN. Reconocer lo que nos aproxima no obliga a disimular lo que nos separa.

Levanto la mirada de la tableta. El sol declina sobre los tejados de Barjols y las piedras provenzales adquieren esa tonalidad de miel vieja que sólo poseen las tierras largamente trabajadas por la historia. En torno a la plaza continúa la vida apacible de una Europa que, pese a todo, todavía existe. Pienso entonces que quizá debamos celebrar este pequeño prodigio de los tiempos: un secretario de Estado estadounidense ha viajado hasta Atenas para recordarnos la grandeza de nuestros antepasados.

Rubio ha encontrado el camino de la Acrópolis. A nosotros nos corresponde encontrar el de nuestra independencia. No para renegar de los amigos que podamos tener al otro lado del océano, sino para recordar que una civilización digna de ese nombre no puede confiar eternamente a otros la custodia de su destino.

Entre tanto, termino mi copa de rosado y brindo, con una sonrisa, por este estadounidense de ascendencia española que todavía sabe de dónde viene y, quizás, adónde va.

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