La tríada de hoy. De izquierda a derecha: Quintana Paz, Esparza y Portella

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Las raíces filosóficas de Vox (II)

Tras el éxito de público de la primera entrega de “Las raíces filosóficas de Vox”, hoy proseguimos con la segunda.
Pueden leer la primera aquí.

 


1.1.  La nueva derecha española: Ruiz Portella y Esparza, o la urgencia de la metapolítica

Lustros antes de que existiera Vox, y una vez que el PP de José María Aznar parecía haber clausurado para siempre cualquier espacio a su derecha, un puñado de intelectuales heterodoxos se las arregló para importar a España las ideas de la Nouvelle Droite (nueva derecha) francesa. Dos nombres destacan en tal empeño: Javier Ruiz Portella y José Javier Esparza.

Ruiz Portella es, en sí mismo, un personaje de libro: catalán, comunista militante en su juventud, exiliado en Bruselas durante el franquismo, regresó convertido en algo difícil de clasificar —un esteta reaccionario con pasado revolucionario— y se dedicó a una labor editorial paciente y contracorriente. Desde sus plataformas editoriales y, sobre todo, desde la revista digital El Manifiesto, tradujo e introdujo en España a Alain de Benoist y el arsenal conceptual de la nueva derecha europea: la crítica del liberalismo como disolvente de las identidades, la denuncia de la «ideología de lo Mismo» —antecedente de la actual crítica a la globalización—, la reivindicación de lo sagrado frente al desierto mercantil. Su gran tema —cómo despertar a «los esclavos felices de la libertad»[1]; cómo aprender a habitar un mundo desencantado sin rendirse al nihilismo— es menos político que civilizatorio.

Esparza, periodista y escritor valenciano, hizo por su parte la otra mitad del trabajo: la traducción de esa metapolítica a un idioma que la derecha española pudiera entender. Formado en las revistas de órbita neoderechista de los años ochenta y noventa, comprendió antes que casi nadie en España la lección central de Gramsci leída desde la derecha: que el poder cultural precede al poder político, y que una derecha sin relato está condenada a administrar las victorias ideológicas de sus adversarios. Su aportación más eficaz no fue un tratado[2], sino un mito movilizador: sus libros sobre la Reconquista, auténticos éxitos de ventas, ofrecieron a varias generaciones un espejo identitario —España como empresa histórica de resistencia y reconstrucción— que Vox no tardaría en incorporar a su imaginario, de Covadonga a las plazas de toros.

Hay que señalar, con todo, la tensión interna de esta importación: la Nouvelle Droite de De Benoist es pagana, anticristiana y ferozmente antiamericana, mientras que su recepción española la filtró casi siempre a través de la sensibilidad católica y de cierto atlantismo sentimental de la derecha patria. Lo que llegó a Vox no fue nunca, pues, el sistema de De Benoist como tal, sino su método —la batalla cultural, la metapolítica, la larga marcha a través del imaginario— desprovisto de sus conclusiones neopaganas[3] y antiatlantistas. Otra apropiación selectiva; podemos empezar a detectar un patrón.

 

1.2.   Quintana Paz: un gibelino en el ágora posmoderna

El filósofo Miguel Ángel Quintana Paz llegó al ecosistema cercano a Vox de modo tardío, hacia 2020 —año en que comienza tanto su colaboración con la Fundación Disenso como su docencia en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid, una suerte de escuela de formación próxima al partido[4]—. Esa tardanza es significativa: Quintana Paz no es un fundador ni un compañero de la primera hora, sino un pensador con trayectoria académica previa —desde su natal Salamanca al Boston College, pasando por Roma, Viena y Turín, donde trabajó bajo la dirección del posmoderno Gianni Vattimo—; trayectoria que termina por converger con ese espacio desde corrientes filosóficas y autores a menudo insólitos. Esta distinción importa. Los buenianos aportaron una ontología; los adalides de la nueva derecha francesa, un método y un mito; Quintana Paz aporta algo distinto: un lenguaje de legitimación, o cierta capacidad para convertir las líneas de fuerza del partido en argumentos con una genealogía intelectual respetable.

Conviene empezar por lo más general de sus aportaciones, que es también lo que mejor explica las demás: su defensa temprana e insistente de la batalla cultural. Quintana Paz venía denunciando desde años atrás un reparto que juzgaba suicida y que la derecha aceptó sin apenas resistencia: la cultura para la izquierda, la gestión económica para la derecha; pretender triunfar en política sin disputar la cultura —llegó a escribir— viene a ser como pretender triunfar en gastronomía sin pisar los fogones[5]. Ahora bien, su aportación no fue aquí meramente estratégica, sino sustantiva, porque toda batalla exige identificar contra qué se libra. Y Quintana Paz señaló pronto el movimiento woke como la forma cultural contemporánea del izquierdismo que, a su juicio, era preciso derrotar, cuando buena parte de la derecha ni acertaba a nombrar el fenómeno.

 

Rafaele Sanzio, ‘La Escuela de Atenas’

 

Su análisis interpreta este wokismo como una religión secular, en conexión con lo ya avanzado por otros autores como Joshua Mitchell o John McWhorter[6]. No se trata de una metáfora perezosa, sino de una tesis precisa: el wokismo reproduce la estructura de la soteriología calvinista más severa —salvados y réprobos, vigilancia de los signos externos de elección, comunidad de puros en examen perpetuo—, pero suprime lo que en el cristianismo verdadero contrapesa tanto moralismo: la gracia, el perdón, la reconciliación. De ahí que el wokista pueda cancelar pero no absolver, y que sus liturgias de disculpa pública no restituyan nunca al culpable, sino que consumen su exclusión. Frente a semejante teología sin misericordia, que Quintana Paz llega a etiquetar como «herética» —en una de las entrevistas que nos concedió—, él reivindica el catolicismo cultural como salvaguarda civilizatoria: no (solo) por razones devocionales, sino porque una civilización que ha refinado durante siglos las tecnologías del arrepentimiento y el perdón dispone de recursos morales mucho más dignos para la vida humana que cualquier ortodoxia secular recién creada.

Este diagnóstico procede —y es la segunda clave de su aportación— de alguien que conoce el terreno desde dentro. De la hermenéutica de Gadamer, frecuentada desde su tesis doctoral, retiene Quintana Paz la lección de que nadie comprende desde ningún lugar: comprendemos siempre desde un horizonte, desde una tradición cuyos «prejuicios» —que Gadamer rehabilitó contra el prejuicio ilustrado contra los prejuicios— no son obstáculos para el conocimiento, sino su condición de posibilidad. El legado de Atenas, Roma y Jerusalén no se presenta, por tanto, ni para Gadamer ni para Quintana Paz, como un mero catálogo de obras venerables, sino como el horizonte mismo desde el que Occidente se comprende a sí mismo; cancelarlo no equivale a emanciparse, sino a cegarse. De la formación posmoderna de Quintana Paz, de la que no reniega, procede entonces su credencial más peculiar en este ecosistema: la distinción entre, por un lado, el posmodernismo irónico —el de Vattimo y el pensiero debole, que desconfía de los grandes relatos y cultiva cierta piedad hacia lo heredado— y, por otro, los nuevos dogmas que el wokismo ansía implantar. Hijo del posmodernismo, el wokismo ha traicionado a su padre, según su análisis: conserva el distanciamiento ante las verdades absolutas, pero lo esgrime solo contra el adversario; hereda la crítica del poder, pero erige con ella un poder más intolerante. Un posmoderno que se toma en serio a sí mismo —tal es, en suma, la denuncia de Quintana Paz contra el wokista— no pasa de ser un inquisidor con vocabulario nuevo.

De esa misma inspiración vattimiana procede, en fin, un rasgo de estilo que en el caso de Quintana Paz es también sustancia: la convicción, muy socrática y muy poco académica, de que el filósofo debe bajar al ágora —a la televisión, a las redes, a la trinchera del meme si hace falta—, y de que la irreverencia y el humor son armas legítimas contra las ortodoxias. El cristianismo como «nuevo punk»: la fórmula es suya y resume bien el gesto.

Sobre este fundamento general se asientan las aportaciones más específicas de este filósofo, con las que terminaremos este apartado. La más característica de ellas reside, a nuestro juicio, en lo que él mismo ha denominado neogibelinismo. La fórmula recupera la vieja querella medieval entre güelfos (partidarios de la supremacía papal sobre el poder temporal) y gibelinos (defensores de la autonomía de este) para resolver un problema muy contemporáneo: ¿qué actitud debe adoptar un partido de inspiración cristiana ante una jerarquía eclesiástica mayoritariamente hostil, por aquiescente con el establishment actual? La respuesta de Quintana Paz no deja lugar a dudas: Vox no puede ser un partido clerical, pendiente del nihil obstat episcopal; debe ser gibelino, esto es, reivindicar la autonomía del laico en los asuntos mundanos y la defensa de la civilización cristiana sin sometimiento al alto clero (incluido el clero más alto: el papal). Esta operación permite censurar las querencias por el bipartidismo PP-PSOE de la Conferencia Episcopal Española sin abismarse en el anticatolicismo; o denunciar el inmigracionismo de gran parte del clero (pontífice incluido) sin separarse de la Doctrina Social de la Iglesia. Sin este andamiaje conceptual, la posición de Vox ante la Iglesia podría parecer un simple exabrupto; con él, es una tesis con setecientos años de pedigrí.

No se trata, por lo demás, de una ocurrencia aislada, sino de la aplicación política de una veta que Quintana Paz ha cultivado con constancia: la de sus numerosos estudios sobre la secularización[7]. Tanto diagnosticar el wokismo como religión secular como reclamar la autonomía del laico son la misma tesis vista por sus dos caras: cuando la política se sacraliza, se vuelve inquisitorial; cuando la religión se politiza, se vuelve partidista. El Quintana Paz crítico del wokismo previene frente a lo primero; el gibelino, frente a lo segundo.

Cabe mencionar, en fin, una aportación que él no ha originado, pero cuya incorporación al debate español le debe bastante: el antielitismo. No es una idea de derechas —ni tampoco, propiamente, de izquierdas—, y Quintana Paz la sabe reconocer como uno de los principios más característicos de lo posmoderno: la sospecha hacia todo discurso que se pretenda neutral, la atención a las voces que lo hegemónico deja fuera. Aplicada al presente español, esta clave ha hecho fortuna a la hora de identificar el principal clivaje político para un partido como Vox: la línea divisoria más pertinente no siempre será para él la que separa a la derecha de la izquierda, sino más bien la que opone, por un lado, unas élites metropolitanas bien avenidas entre sí y, por otro, los barrios y provincias (el pueblo[8]) que sufren los costes de decisiones tomadas lejos de sus tierras e intereses. Desde esa clave leyó Quintana Paz en su día, por ejemplo, la escisión de Iván Espinosa de los Monteros: quien opta por las élites en lugar de por los barrios acaba, con toda lógica, montando otro proyecto.

En suma, ¿es Quintana Paz «el filósofo de Vox»? La etiqueta, que los medios le cuelgan y él relativiza, tiene algo de correcto y mucho de reductor. No es un intelectual orgánico en sentido gramsciano estricto: no surgió del movimiento, sino que convergió con él desde una trayectoria independiente que mantiene, y desde la que se reserva el derecho a la crítica. Crítica que, por lo demás, también él recibe, y desde flancos opuestos: la izquierda le reprocha prestar barniz filosófico a lo que ella juzga como mero populismo demagógico; el catolicismo más clerical, ofrecer un laicismo de contrabando bajo ropajes gibelinos; y cierta academia, haber cambiado el rigor del seminario por el aplauso del plató.

Sea como fuere, lo cierto es que este salmantino sí es quizá el filósofo mejor conectado a día de hoy con el ecosistema de Vox desde el punto de vista institucional, y el que tal vez ha ejercido la influencia más activa y consciente. Gustavo Bueno influyó desde fuera y a título póstumo; Quintana Paz influye desde dentro y en tiempo real. Son dos modelos distintos de relación entre la filosofía y el poder; el segundo es más raro en España, y por eso más digno de estudio.

 

[1] Tal es el título de su libro de 2018.

[2] Aunque cuenta entre sus libros con un interesante Curso general de disidencia: apuntes para una visión del mundo alternativa (1997).

[3] José Javier Esparza realiza su propio balance crítico de qué puede ser asumible y qué no de la nueva derecha francesa a este respecto en La cuestión religiosa y la Nueva Derecha.

[4] Al año siguiente, 2021, Quintana Paz asumirá la dirección académica del susodicho ISSEP, cargo que mantiene en la actualidad, junto con su pertenencia al Consejo Asesor Internacional de la Fundación Disenso.

[5] Véase Marcos Ondarra: «Así lucha la derecha contra el relato de la izquierda: la “guerra cultural” también se libra en España», 4-10-2020.

[6] Tesis sugerente, aunque quepa objetarle que ilumina más la fenomenología del wokismo que su etiología: que un movimiento funcione como una religión no demuestra que lo sea.

[7] Véanse, por ejemplo, su artículo «Gianni Vattimo o la secularización truncada» o su libro Europa, siglo XXI: secularización y Estados laicos.

[8] En este sentido se entiende la reivindicación que hace este autor del populismo, por ejemplo aquí.

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