En la conferencia de Yalta, celebrada en febrero de 1945, los tres nuevos amos del mundo (Churchil, Roosevelt y Stalin) se repartieron el botín y fundaron el orden que denominaron "democrático-liberal" al oeste y "democrático-popular" al este

De 1945 a 2026: del demo-liberalismo a la preguerra civil en Francia

Al mismo tiempo que nos ofrece su análisis de los motines islamo-izquierdistas que ensangrientan a Francia, Trystan Mordrel extiende el hilo de su reflexión hasta 1945, la mítica fecha fundadora de nuestro cada vez más destartalado orden liberal

 


 

Me he sentado esta mañana en la terraza del Café de l’Europe, en Barjols, pequeño pueblo de la Provenza interior cuyo nombre, por una casualidad casi demasiado oportuna, conviene admirablemente a lo que estaba leyendo. El cielo, algo hosco, amenazaba con lluvia y había dejado caer ya unas gotas, aunque por estas tierras el sol posee una autoridad tan antigua que hasta las nubes parecen acabar sometiéndose a él. Bebía tranquilamente un vaso de orgeat, esa bebida de almendras que conserva todavía algo de la dulzura provinciana de otro tiempo, mientras recorría en mi tableta las últimas noticias del frente estudiantil francés.

Barjols sigue siendo, por fortuna, uno de esos lugares donde Francia parece aún reconocerse en sus propios rasgos. No pretendo fabricar aquí una Provenza de pesebre, inmóvil bajo el campanario y perfumada de tomillo, pues el pueblo vive en el siglo XXI como todos los demás. Sin embargo, permanece relativamente al margen de la transformación demográfica que ha alterado tantas ciudades francesas, y conserva esa continuidad de casas, plazas, fuentes y cafés que tanto me sorprendía cuando llegué de Argentina y descubrí una Europa que parecía haber heredado de sus muertos no sólo los monumentos, sino también cierta manera de habitar el mundo.

El contraste con las imágenes de mi pantalla era por eso más violento. Desde hace varios días numerosos lycées, los institutos franceses, se encuentran bloqueados por alumnos que protestan contra el deterioro de la enseñanza, la falta de profesores, las clases superpobladas y ese laberinto administrativo llamado Parcoursup que decide buena parte de su acceso a la universidad. Las reivindicaciones existen y algunas son perfectamente comprensibles. Como suele suceder en Francia, alrededor de la protesta legítima aparecen enseguida otros actores, grupos que buscan el enfrentamiento, jóvenes atraídos por el desorden y militantes para quienes cualquier agitación constituye una oportunidad política.

Entre todas esas imágenes hubo una que me dejó pasmado.

En Beaugency, pequeña ciudad del valle del Loira, durante el bloqueo del instituto François Villon, unos jóvenes difundieron una canción islamista que hacía apología de Mohamed Merah y evocaba también a Salah Abdeslam. Quizá el lector español necesite recordar esos nombres. Merah asesinó en 2012 a tres militares franceses y después atacó una escuela judía de Toulouse, donde mató a un profesor y a tres niños. Salah Abdeslam es el único miembro superviviente de los comandos implicados en los atentados islamistas del 13 de noviembre de 2015 en París, que causaron ciento treinta muertos.

 

Con el fin de “obtener mejores condiciones de estudio”, la racaille [chusma] islamo-izquierdista incendia un Instituto de Enseñanza Media en Nantes

Miré la secuencia varias veces, primero con incredulidad y después con una sensación que no encuentro excesivo llamarla horror. No se trataba de esa indignación automática que hoy nos visita varias veces al día y desaparece con la noticia siguiente. Había algo más desagradable, más profundo, en aquellos muchachos que podían convertir el nombre de un asesino de niños en motivo de bravata, casi de júbilo colectivo.

Comprendo todas las objeciones que podrían hacerse a esta impresión. Una canción no convierte a un adolescente en terrorista, la juventud ha cultivado siempre la insolencia y sería absurdo juzgar a toda una generación por unos cuantos jóvenes filmados delante de un instituto. También sé que la inmensa mayoría de quienes participan en las protestas escolares nada tienen que ver con el islamismo. Aun así, la imagen permanece, precisamente porque revela la posibilidad de un universo moral que ya no coincide necesariamente con el nuestro.

Me hago entonces una pregunta que quisiera atribuir únicamente a la inquietud excesiva de un hombre llegado al ocaso de su existencia. Si unos muchachos de quince o dieciséis años pueden escuchar con entusiasmo el nombre de quien asesinó niños judíos, ¿qué serán capaces de hacer algunos de ellos cuando tengan edad para empuñar un arma? Me gustaría reírme de semejante temor dentro de unos años y descubrir que no había allí más que la necedad estridente de unos adolescentes. Por ahora, no consigo hacerlo.

 

Un ensayo general

He escrito ya que ciertos disturbios franceses empiezan a parecerme una especie de ensayo general. La expresión es grave y no la empleo a la ligera. En Francia, las elecciones presidenciales de 2027 se acercan y una parte de la izquierda radical ha acostumbrado a presentar a determinados adversarios no como competidores dentro del juego democrático, sino como fascistas cuya eventual victoria plantearía, según esa lógica, el problema de una resistencia que podría dejar de ser únicamente parlamentaria.

La cuestión se vuelve más inquietante cuando se considera que a la vieja agitación revolucionaria francesa pueden agregarse hoy grupos cuya relación con el país, su historia y sus símbolos es mucho más tenue. En unas mismas calles podrían coincidir militantes convencidos de estar combatiendo al fascismo, jóvenes que buscan sencillamente la violencia, habitantes de ciertas periferias urbanas alimentados por otras lealtades y otros resentimientos, y esa pequeña fauna inevitable que toda perturbación atrae como la luz atrae a los insectos.

No afirmo que Francia marche hacia una guerra civil de baja intensidad. Hace veinte años la expresión me habría parecido grandilocuente, casi ridícula. Hoy me parece solamente prematura, diferencia que no es menor. Desde la terraza de Barjols, rodeado por la apacible normalidad de una mañana provenzal, preferiría ocuparme del tiempo, del almuerzo o del sabor del orgeat. Sin embargo, las imágenes siguen ahí.

Fue precisamente en ese estado de ánimo cuando encontré en The Times un artículo de James Marriott sobre una nueva batalla en torno a la Segunda Guerra Mundial. El punto de partida era una conversación entre Tucker Carlson y Jacob Rees Mogg, antiguo ministro conservador británico, hombre tan exquisitamente inglés en sus modales que parece sobreviviente de una época en la que hasta las excentricidades sabían llevar corbata.

La conversación había comenzado con Ucrania y acabó desviándose hacia 1939. Carlson hizo entonces una pregunta que en Gran Bretaña conserva algo de sacrilegio: ¿qué obtuvo realmente el Reino Unido de su victoria en la Segunda Guerra Mundial? Venció, desde luego, pero salió exhausto, perdió rápidamente buena parte de su Imperio, dejó de ocupar el primer rango entre las potencias y quedó cada vez más subordinado a Estados Unidos, mientras la Unión Soviética extendía su dominio sobre media Europa.

Rees Mogg le respondió que rozaba la defensa de Hitler. Esa reacción me interesó más que la provocación de Carlson, pues resume de manera admirable el problema. Preguntarse por el precio de una victoria no significa desear la victoria del enemigo. La historia militar y diplomática está llena de triunfos cuyos vencedores quedaron tan debilitados que el propio término victoria exige algunas explicaciones. Pregúntenle a Pirro qué opinaba del asunto.

 

Nuestra Ilíada de 1945

El verdadero mérito del artículo de Marriott consiste en formular con una claridad poco habitual una evidencia que suele permanecer implícita: la victoria aliada de 1945 constituye el mito fundador del orden liberal occidental. Hablo de mito en su sentido fuerte y antiguo, no como sinónimo de falsedad. La guerra existió, Auschwitz existió, los crímenes del nacionalsocialismo están abundantemente documentados y ningún historiador serio necesita ponerlos en duda para interrogar la construcción política y moral que surgió después.

El mito comienza cuando los acontecimientos dejan de ser únicamente historia y se convierten en fundamento de legitimidad. Marriott relaciona con 1945 buena parte de la arquitectura moral del Occidente contemporáneo: Naciones Unidas, la Declaración Universal de Derechos Humanos, el antirracismo erigido en principio cardinal y una determinada concepción de la política internacional. Cita incluso al historiador Tom Holland, para quien Hitler ha ocupado en nuestras sociedades secularizadas el lugar que antaño correspondía al Diablo. La comparación tiene más profundidad de lo que parece, pues una civilización puede abandonar la teología sin perder la necesidad de un mal absoluto.

 

En mayo de 1945, Berlín caía en manos del ejército soviético

 

Marriott llega a comparar la Segunda Guerra Mundial con nuestra Ilíada y nuestra Odisea. La observación me parece exacta. El puente sobre el río Kwai, La gran evasión, Salvar al soldado Ryan, Dunkerque y centenares de relatos semejantes no se limitaron a contar una guerra, sino que enseñaron a varias generaciones occidentales cómo debían comprender moralmente el mundo nacido de ella. Churchill representaba la resistencia de la libertad, Hitler la abyección absoluta, y entre ambos quedaba trazado el mapa moral de nuestra época.

La dificultad empieza cuando los hombres dejan de reconocer en el presente la promesa contenida en aquel relato.

Tucker Carlson no ha inventado, por otra parte, la revisión histórica de la guerra. En 1961, A. J. P. Taylor provocó un escándalo con The Origins of the Second World War, donde rechazaba la explicación demasiado mecánica de un Hitler ejecutando desde el comienzo un plan inmutable y concedía mayor importancia a las oportunidades, los errores diplomáticos y las debilidades de sus adversarios. Taylor no rehabilitaba al nacionalsocialismo, sencillamente devolvía a la historia parte de su desorden.

John Charmley planteó después otra pregunta incómoda: ¿cuál fue el balance real de Churchill? El hombre que quiso preservar el Imperio británico encabezó una victoria que dejó a Gran Bretaña exhausta y aceleró la desaparición de ese mismo Imperio. Sus tesis fueron discutidas con razón, como deben serlo las tesis de cualquier historiador, pero la pregunta seguía siendo legítima.

En Alemania, Ernst Nolte provocó durante los años ochenta la célebre Historikerstreit, la disputa de los historiadores, al intentar situar el bolchevismo y el nacionalsocialismo dentro de una misma secuencia de violencia europea iniciada en 1917. Habló después de una guerra civil europea. Sus adversarios lo acusaron de relativizar los crímenes del nacional socialismo, y la controversia mostró hasta qué punto el estudio de un pasado convertido en fundamento moral del presente encuentra dificultades particulares cuando alguien modifica su contexto.

 

¿Por qué la REMIGRACIÓN es la única posibilidad de evitar la guerra entre ellos y nosotros?

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Francia conoció debates distintos, sobre todo alrededor de Vichy, la colaboración y la Resistencia. Robert Aron, François Georges Dreyfus y, desde una posición más heterodoxa, los periodistas Henri Amouroux y Dominique Venner propusieron interpretaciones que se apartaban en diversos grados de la lectura dominante. Sus trabajos no poseen el mismo valor y algunas de sus conclusiones han sido refutadas. Eso no tiene nada de escandaloso. La historia deja de ser historia cuando sus conclusiones se vuelven intocables.

La diferencia actual está en otro sitio. Aquellas discusiones se desarrollaban antes en libros gruesos, revistas académicas y seminarios a los que apenas llegaba el ruido del mundo. Ahora han pasado a las redes sociales, donde la paciencia es una desventaja y el escándalo constituye una moneda. Darryl Cooper ha presentado a Churchill como principal culpable de la guerra, tesis históricamente muy difícil de sostener, y Nick Fuentes ha cruzado directamente la frontera que separa la revisión historiográfica de la provocación.

Marriott atribuye una parte del fenómeno a la economía digital de la atención y no se equivoca. Cuanto más sagrado es el tabú, mayor rendimiento obtiene quien lo profana. Falta, sin embargo, explicar algo más importante: por qué semejante profanación encuentra ahora tantos oídos dispuestos a escucharla.

 

Juzgan el árbol por sus frutos

Si 1945 constituye realmente el mito fundador del orden liberal occidental, resulta lógico que la crisis de ese orden acabe alcanzando también a su relato de origen. Durante décadas los frutos fueron bastante convincentes. Europa occidental disfrutó de una prosperidad extraordinaria, una libertad individual desconocida hasta entonces, una paz interior duradera y una elevación formidable del nivel de vida. Yo mismo, nacido en Buenos Aires y llegado después a Europa, sería un ingrato si fingiera que nada de eso tuvo valor.

La Europa que descubren los jóvenes de hoy presenta otro aspecto. Los Estados están profundamente endeudados, las sociedades envejecen, las escuelas transmiten con dificultad lo que se supone que deberían transmitir, y una inmigración de gran amplitud ha modificado en pocas décadas la fisonomía humana de numerosos barrios y ciudades. Hay además una sensación creciente de impotencia política, como si los gobiernos administrasen transformaciones que ya no saben controlar.

El liberalismo hizo del individuo una persona extraordinariamente libre, y fue una conquista considerable. Al mismo tiempo debilitó algunas de las pertenencias que daban a ese individuo un lugar dentro de una continuidad más antigua que él. La tolerancia permitió a hombres diferentes convivir sin matarse, lo que no es poco; convertida en principio sin medida, puede acabar exigiendo a una sociedad que permanezca indiferente incluso ante aquello que amenaza su propia forma de vida.

Algo semejante sucede con el universalismo. Nos dictó, justamente, que el extranjero posee una dignidad que no depende de su sangre ni de su origen. Otra cuestión, bastante diferente, consiste en saber si de ahí se deduce que un pueblo deba considerar moralmente sospechoso el deseo de seguir siendo él mismo. Ese salto se produjo casi sin discusión durante las últimas décadas y hoy empieza a ser cuestionado.

 

Mohamed Merah, el exultante terrorista argelino que asesinó a siete personas e hirió a muchas más. Ése, al menos, acabó siendo abatido por la policía

 

Por eso vuelvo inevitablemente a Beaugency. Hay algo terriblemente irónico en una sociedad que durante ochenta años ha colocado la memoria del antisemitismo y la condena del fascismo en el centro de su pedagogía moral y que descubre, dentro de sus propias escuelas, adolescentes capaces de convertir a Mohamed Merah en figura de exaltación. No digo que una cosa haya causado la otra, lo cual sería absurdo. Constato que entre la lección impartida y el resultado obtenido existe una fisura difícil de ignorar.

Cuando era joven, poner en duda el relato moral de la Segunda Guerra Mundial era en casi toda Europa una extravagancia reservada a círculos muy reducidos. Los historiadores discutían sobre Churchill, Vichy, las responsabilidades diplomáticas o la colaboración, aunque el marco general permanecía sólido. Hoy esas discusiones circulan entre millones de personas. Han perdido en rigor lo que han ganado en capacidad de perturbación.

Creer que el problema puede resolverse multiplicando prohibiciones o indignaciones sería engañarse. Una creencia no recupera su fuerza porque se ordene creer en ella. Mientras aumente la impresión de que el orden nacido después de 1945 ya no garantiza a los europeos ni la continuidad histórica, ni la seguridad, ni siquiera la prosperidad que durante tanto tiempo legitimó su superioridad moral, también su mito fundador será sometido a examen.

Algunas de esas críticas serán inteligentes, otras grotescas y no faltarán las repugnantes. Es el destino ordinario de las grandes disputas históricas cuando abandonan los gabinetes de los profesores para instalarse en las calles, donde las sutilezas suelen durar menos que un escaparate durante una revuelta.

Vuelvo a mirar Barjols. La lluvia parece haberse retirado y sobre las fachadas ha regresado esa luz provenzal que vuelve nítidos hasta los desconchados de las paredes. La fuente continúa corriendo y en las mesas vecinas se habla de asuntos mucho más inmediatos que el destino del orden occidental. Hay algo tranquilizador en esa indiferencia del mundo corriente, que prosigue mientras los intelectuales discuten sobre el fin de una época.

Precisamente por eso las imágenes de Beaugency resultan más perturbadoras. Irrumpen en la normalidad y la desgarran por unos instantes. No sé qué será de aquellos muchachos, ni si dentro de diez años recordarán siquiera la canción que escuchaban. Sí sé que una sociedad que proclama 1945 como su gran victoria moral no debería encontrar banal que jóvenes educados en sus escuelas puedan convertir a Mohamed Merah en objeto de admiración.

Termino mi orgeat. La Provenza ha visto pasar imperios, repúblicas, religiones, revoluciones y doctrinas que se creían definitivas, de modo que resulta algo cómico imaginar que nuestro propio orden haya de durar eternamente porque se proclamó a sí mismo culminación de la Historia. No sé qué vendrá después, y a mi edad no siento ya la tentación de hacer profecías.

Sé, eso sí, que se juzga al árbol por sus frutos. Y algunos de los que hoy recogemos llegan ya ásperos, ennegrecidos en la pulpa, con ese gusto amargo que anuncia una corrupción antigua. Podremos seguir admirando la firmeza del tronco, la noble arquitectura de las ramas y la sombra que un día dieron; llegará, sin embargo, la hora en que nadie se dejará persuadir por semejantes elogios si, al alzar la mano, encuentra entre los dedos una fruta podrida.

trystan.mordrel@gmail.com

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