Cuando los izquierdistas antisemitas atacan a sus camaradas judíos

La izquierdista Barbara Butch y la hoguera de los justos

¿Se acuerdan ustedes, en la inauguración de los Juegos Olímpicos de París, hace dos años, de esta zafia individua, gorda y fea hasta decir basta, que hizo su aparición para encarnar y exaltar toda la fealdad sobre la que se asienta nuestro mundo? Se llama Barbara Butch y, además de mórbidamente obesa, lesbiana y activa militante LGTBIQ+, es judía, lo cual le ha valido ser objeto de un violento escrache… por parte de militantes izquierdistas propalestinos. 

Trystan Mordrel, nuestro corresponsal en Francia (y a veces en Argentina), lo analiza y comenta.

 


 

El otro día un escrache obligó a interrumpir en Grenoble el concierto de Barbara Butch, artista judía, militante feminista y figura de la cultura homosexual. Dicha interrupción no anuncia la llegada de la censura política a Francia. Revela algo más irónico: el regreso, contra la propia izquierda, de un instrumento que esta manejó durante medio siglo con la buena conciencia del inquisidor. El episodio permite asimismo observar la metamorfosis del antisemitismo francés, cuya sombra se desplaza mientras las instituciones encargadas de combatirlo continúan vigilando las puertas del pasado.

Francia posee el singular talento de convertir cualquier querella en un litigio teológico. Allí donde otros pueblos discuten, los franceses excomulgan; donde otros polemizan, ellos levantan tribunales; donde acaso bastaría con elevar la mirada y seguir camino, organizan una ceremonia pública para decidir quién pertenece todavía a la república de los hombres.

Barbara Butch acaba de atravesar una de esas ceremonias.

La disc-jockey francesa actuaba en el festival Cabaret Frappé de Grenoble cuando alrededor de un centenar de militantes propalestinos, convocados entre otros por la sección local de La Francia Insumisa, interrumpieron su concierto. Hubo gritos, banderas, insultos y lanzamiento de objetos. La artista tuvo que abandonar el escenario al cabo de unos veinte minutos. Las autoridades municipales denunciaron después la presencia de botellas de vidrio y el corte de un cable eléctrico que atravesaba la zona ocupada por el público.

Para el lector español o hispanoamericano conviene precisar que La Francia Insumisa no es una oscura agrupación universitaria, sino la principal fuerza de la izquierda radical francesa. Su jefe histórico, Jean-Luc Mélenchon, antiguo senador socialista convertido en tribuno populista, ha hecho de la cuestión palestina una palanca electoral, una liturgia militante y casi una metafísica de recambio. En torno de ella procura congregar a los restos de la vieja izquierda obrera, a los profesionales del antifascismo y a una parte de los electorados musulmanes de las grandes ciudades.

Barbara Butch no pertenece, ni por accidente, al mundo conservador. Se hizo célebre durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París de 2024, en aquella escena de drag queens, modelos y cuerpos pintados que provocó aplausos progresistas y escándalo cristiano. Es feminista, lesbiana, militante contra la gordofobia y figura de una cultura queer cuya estética, lenguaje y moral coinciden con los de la izquierda francesa contemporánea.

Pocos seres parecían mejor protegidos por las murallas del progresismo.

Su falta consistió en haber firmado una tribuna favorable a la proposición de ley presentada por la diputada Caroline Yadan para combatir las nuevas formas del antisemitismo. Los adversarios del texto sostuvieron que podía restringir la crítica contra el Gobierno israelí. La propia Barbara Butch reconoció más tarde que no debió prestar su nombre a esa iniciativa, aunque explicó que lo había hecho por el antisemitismo que padecía personalmente.

La confesión y el arrepentimiento, antiguos privilegios del pecador, ya no sirven en las religiones políticas modernas. Para los manifestantes, la artista había pasado a ser una «cómplice del genocidio». Un panfleto la representaba ante una bandera que mezclaba los colores del arcoíris con la estrella de David, todo ello salpicado de sangre. Bajo el proceso político asomaba la vieja asignación tribal. No se juzgaba únicamente una firma: se señalaba a una judía que no había condenado a Israel con la ferocidad y el vocabulario exigidos.

 

La izquierda descubre la censura

El diario Libération observó el escándalo con la sorpresa de quien encuentra una víbora en su propio lecho. Fundado en los años setenta por militantes maoístas y apadrinado en sus comienzos por Jean-Paul Sartre, Libération ha sido durante decenios uno de los grandes breviarios de la izquierda cultural francesa. No se limita a relatar los acontecimientos: distribuye las indulgencias, redacta el catecismo y establece cada mañana el catálogo de los réprobos.

El periódico describió el boicot cultural como una práctica considerada hasta entonces «liberticida» y demasiado próxima a las formas de censura de la extrema derecha. La frase es preciosa por su involuntaria desnudez. Da a entender que la proscripción cultural acaba de desembarcar en Francia como una fiebre de ultramar.

No es así.

La izquierda francesa lleva decenios ejerciendo el boicot cultural con la serenidad de quien aplica una medida sanitaria. Cuando se dirigía contra sus adversarios, no lo llamaba censura. Hablaba de vigilancia democrática, cordón sanitario, movilización ciudadana, rechazo de la normalización o lucha contra el odio. Las palabras servían para perfumar el cadalso.

Renaud Camus, novelista, diarista y antiguo residente de la Villa Médicis, desapareció progresivamente de las grandes editoriales y de los escenarios literarios. Su extensa obra quedó sepultada bajo una sola expresión política, el «gran reemplazo», como si un escritor pudiera ser reducido a una fórmula y su biblioteca entera condenada por una línea.

Jean Raspail sufrió una suerte semejante. El autor de Yo, Antoine de Tounens, rey de la Patagonia y de tantos libros de viajes, aventuras y civilizaciones perdidas acabó convertido, para la policía cultural, en el hombre de una sola novela maldita: El campamento de los santos. Ya no se leía al escritor. Se instruía el proceso del acusado.

Alain de Benoist representa un caso todavía más elocuente. Desde hace cincuenta años reflexiona sobre la democracia, la técnica, la ecología, el liberalismo, el paganismo, Europa y la historia de las ideas. La influencia intelectual de la Nueva Derecha francesa es reconocida incluso por quienes la combaten. Sin embargo, Alain de Benoist permanece ausente de casi todos los grandes programas culturales. Su pensamiento ha sido declarado «tóxico», palabra prodigiosa que permite no refutar un argumento: basta con evitar su contagio.

La censura contemporánea rara vez necesita policías. Prefiere el silencio administrativo y la cortesía glacial. El teléfono deja de sonar. La sala prometida ya no está disponible. La editorial lamenta que el manuscrito no encaje en su catálogo. La subvención se extravía en algún meandro presupuestario. El autor continúa siendo libre de expresarse, con la pequeña particularidad de que nadie le presta un micrófono.

Tocqueville había intuido esta tiranía sin verdugos. El disidente no es conducido al calabozo: queda entre los hombres, pero pierde el derecho a ser tratado como uno de ellos. La censura antigua cerraba la boca; la moderna hace desaparecer el rostro.

Barbara Butch descubre ahora que esa máquina no reconoce eternamente a sus dueños. La hoguera ideológica, una vez encendida, exige combustible. Durante años ardieron en ella nacionalistas, católicos tradicionales, conservadores, identitarios y escritores reaccionarios. El viento ha girado, y una de las antiguas sacerdotisas del templo aparece de pronto en medio de los leños.

 

La víctima interior

René Girard habría reconocido el mecanismo. Las comunidades aseguran su cohesión mediante la elección de una víctima cuya expulsión restaura por algún tiempo la unanimidad. Al principio, el chivo expiatorio viene de fuera. Es el extraño, el adversario, el hereje. Más tarde, cuando la ortodoxia se endurece, la víctima es escogida en el corazón mismo del grupo.

Barbara Butch es una víctima interior. Comparte los códigos, los gestos, las causas y hasta las estridencias de la izquierda cultural. Su cuerpo, su sexualidad y su militancia habían hecho de ella una figura ejemplar de la nueva respetabilidad progresista. Una divergencia acerca de Israel bastó para transformarla en intrusa.

La nueva ortodoxia no se conforma con adhesiones generales. Reclama pruebas sucesivas de pureza. El intelectual o el artista judío debe manifestar su repudio al Gobierno israelí, luego distanciarse del Estado de Israel y, finalmente, someter la propia identidad a una ceremonia pública de sospecha.

El judío tolerable es aquel que convierte su judaísmo en un alegato contra los demás judíos. Quien rehúsa esa abjuración es llamado sionista; del sionista se pasa al cómplice, y del cómplice al verdugo. La acusación avanza como una mancha de aceite, sin necesidad de aportar más prueba que la indignación de los acusadores.

 

Dos memorias hispánicas

El lector español y el argentino no contemplan esta cuestión desde la misma ribera.

En España viven hoy relativamente pocos judíos. La presencia hebrea pertenece, ante todo, al reino de la memoria: Sefarad, las aljamas, Maimónides, Yehuda Haleví, las juderías convertidas en piedra turística y la expulsión de 1492. El español puede mantener opiniones apasionadas sobre Israel sin haber conocido personalmente a un judío. El antisemitismo existe a menudo como abstracción ideológica, como superstición heredada o como eco de conflictos extranjeros.

La Argentina ofrece un paisaje muy distinto. Allí se encuentra la comunidad judía más importante de América española y una de las mayores del mundo fuera de Israel y Estados Unidos. Los apellidos judíos forman parte natural de la universidad, el comercio, el periodismo, el arte, la medicina y la política. Desde el Once porteño hasta las colonias agrícolas de Entre Ríos, la presencia judía está incorporada a la sustancia nacional.

Además, los argentinos conservan la memoria todavía abierta de los atentados contra la Embajada de Israel, en 1992, y contra la AMIA, en 1994. Para ellos, la relación entre antisemitismo, islamismo, terrorismo y Oriente Próximo no pertenece únicamente a las páginas internacionales de los diarios. Estalló en pleno Buenos Aires y dejó ruinas, muertos y expedientes judiciales sin reposo.

Francia se parece, en este aspecto, más a la Argentina que a España. Posee la mayor comunidad judía de Europa occidental y, al mismo tiempo, una de las poblaciones musulmanas más numerosas del continente. El conflicto de Oriente Próximo no permanece a orillas del Mediterráneo oriental: reaparece en las escuelas, en las universidades, en los barrios periféricos, en las elecciones y, ahora, sobre el escenario de un festival de Grenoble.

 

El relevo de los años setenta

El antisemitismo europeo tuvo primero raíces cristianas. Durante siglos se alimentó de la acusación de deicidio, de las restricciones religiosas, de las expulsiones y de las violencias que acompañaban a epidemias, guerras o crisis económicas. En el siglo XIX, cuando la fe comenzó a retirarse de la vida pública, el viejo antijudaísmo teológico vistió los ropajes de la raza, la nación y la ciencia. El cristiano medieval reprochaba al judío que rechazara a Cristo; el antisemita moderno le negaba incluso la posibilidad de redimirse mediante la conversión.

Esta genealogía resulta indispensable, pero ya no explica por sí sola el presente francés.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las organizaciones judías de Francia fueron dirigidas por hombres marcados por la ocupación alemana, la clandestinidad, las deportaciones y la ausencia de los familiares que nunca regresaron. Para aquella generación, la defensa comunitaria era una tarea concreta, casi doméstica: reconstruir escuelas, proteger sinagogas, mantener instituciones y preservar la memoria de los muertos.

A finales de los años setenta comenzó el relevo. Los hombres formados por la guerra fueron sustituidos por jóvenes dirigentes educados en el universo intelectual posterior a Mayo del 68. Habían frecuentado las universidades, los partidos, las organizaciones antirracistas y aquel vasto seminario progresista donde todas las minorías debían constituir una sola alianza contra el europeo tradicional.

La prioridad cambió. La defensa práctica de las comunidades judías quedó subordinada a una cruzada política contra la extrema derecha, considerada el peligro absoluto. El CRIF, que representa a las principales instituciones judías francesas, y la LICRA, poderosa liga antirracista, concentraron una parte creciente de su actividad pública en la lucha contra el Frente Nacional.

El Frente Nacional de los primeros tiempos era, sin embargo, una congregación heterogénea. Allí convivían nacionalistas, veteranos de la Argelia francesa, católicos tradicionales, antiguos poujadistas, monárquicos, anticomunistas y náufragos de innumerables capillas políticas. Algunos arrastraban los prejuicios de su tiempo, y Jean-Marie Le Pen ofreció a sus enemigos provocaciones suficientes para varias vidas. Reducir aquella formación a una empresa esencialmente antisemita era, no obstante, menos una descripción histórica que la fabricación de un espantapájaros político.

El error decisivo consistió en adoptar sin reservas el dogma inmigracionista de la izquierda. Muchos dirigentes judíos creyeron que las poblaciones recién llegadas serían aliadas naturales contra el nacionalismo francés, el conservadurismo y la identidad europea. Imaginaron una gran coalición de minorías protegida por el antirracismo oficial.

Olvidaron que los hombres no cruzan las fronteras desnudos de historia. Llevan consigo sus dioses y sus rencores, sus leyendas y sus guerras, los agravios de los abuelos y los fantasmas de la infancia.

La inmigración árabe-musulmana, y en menor medida ciertos contingentes africanos islamizados, introdujo en Francia formas de antisemitismo que nada deben a Drumont, a Maurras o a los sermones de la Europa cristiana. Se nutren del conflicto árabe-israelí, de la tradición musulmana y de una representación del mundo en la cual el judío, Israel y Occidente se funden en una misma figura enemiga.

Ninguna observación colectiva autoriza a condenar a cada individuo. No todo musulmán es antisemita, como tampoco todo cristiano europeo lo fue en los siglos anteriores. La prudencia, sin embargo, no obliga a la ceguera. Las escuelas judías francesas viven bajo protección, las sinagogas son vigiladas y muchas familias han abandonado barrios donde residían desde hacía generaciones.

 

El nuevo proletariado electoral

La izquierda francesa se negó durante años a mirar esta mutación. Había perdido a los obreros, a los empleados, a los campesinos y a las pequeñas ciudades. El pueblo que aparecía en los frescos socialistas de las alcaldias zurdas comenzaba a votar por la derecha nacional. Fue necesario encontrar otro.

Las poblaciones inmigradas de las periferias urbanas se convirtieron entonces en el proletariado de reemplazo. A ellas se dirigieron los discursos sobre la dominación, el racismo estructural, el colonialismo y la islamofobia. La izquierda esperaba moldearlas conforme a su doctrina. Sucedió, en parte, lo contrario: también ellas transformaron a la izquierda.

Los partidos educan a sus electores, pero los electores enseñan igualmente a los partidos qué palabras deben pronunciar para conservar sus votos. A medida que ciertas comunidades se volvieron indispensables en municipios y circunscripciones, una parte de la izquierda francesa fue adaptando sus silencios, sus entusiasmos y sus enemigos.

El antisionismo proporcionó el puente. Permitió que antiguas pasiones antijudías ingresaran en el campo progresista revestidas con el uniforme del anticolonialismo. Ya no se hablaba de judíos, sino de sionistas. Ya no se atacaba una raza, sino un Estado. Ya no se reclamaba una expulsión, sino un boicot cultural, académico o deportivo.

Pierre-André Taguieff ha descrito esta metamorfosis bajo el nombre de «nueva judeofobia». No necesita adoptar el lenguaje biológico de los antisemitas del siglo XIX. Habla en nombre de los oprimidos y convierte al judío en encarnación simbólica del opresor occidental. Su odio se presenta como virtud. Su exclusión se anuncia como justicia.

Raymond Aron observó en El opio de los intelectuales que la ideología protege al creyente contra la evidencia. Jean-François Revel añadió que el conocimiento inútil es aquel que, aun disponible, no logra modificar ninguna convicción. El caso de Barbara Butch ofrece una evidencia difícil de ocultar: una artista judía, lesbiana, feminista y progresista fue expulsada de un escenario por militantes apoyados por La Francia Insumisa.

Cuando el hecho ya no cabe en el esquema, el hombre honrado corrige el esquema. El ideólogo, en cambio, mutila el hecho.

 

Una paz de Westfalia para la cultura

La agresión contra Barbara Butch no es el nacimiento de la censura cultural en Francia. Es el retorno de una máquina de exclusión que funcionó durante decenios contra la derecha y que ahora comienza a devorar a quienes la manejaban.

La respuesta no debe consistir en construir otra máquina simétrica de odiar. Criticar una obra, negarse a comprarla o abandonar una sala pertenece a la libertad. Organizar la intimidación destinada a impedir que el artista se presente ante el público pertenece a otra categoría: es la voluntad de suprimirlo del espacio común.

La paz de Westfalia puso fin, en 1648, a la guerra de los Treinta Años. Europa había quedado exhausta por el esfuerzo de imponer a todos una misma verdad religiosa. Los tratados no reconciliaron las almas ni abolieron las enemistades. Establecieron algo más modesto y, por ello, más precioso: el derecho del adversario a seguir existiendo.

La cultura francesa necesita hoy una Westfalia propia.

La izquierda no está obligada a apreciar a Renaud Camus. La derecha no tiene por qué celebrar a Barbara Butch. Basta con que cada cual acepte que el otro pueda escribir, publicar, cantar o presentarse sobre un escenario sin que su mera presencia sea considerada una derrota.

De lo contrario, no quedará de la vida intelectual sino una procesión de anatemas: cada día un nuevo hereje, cada semana una hoguera más pura, hasta que los últimos inquisidores descubran que también para ellos se ha reservado un poco de leña.

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