El Imperio Austrohúngaro.

De la Gran Guerra a la gran desmembración

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Durante los años que precedieron a la Gran Guerra, el sentir extendido por todo el Imperio Austrohúngaro era que este había devenido en una estructura arcaica, fatigada y asténica. Carcomido por la corrupción y la parálisis, sus ciudadanos comenzaron a calificar ese Estado, anteriormente paternal y acogedor, de opresivo e intolerante, autoritario y reaccionario, aristocrático y monolítico. Esa panoplia de caracterizaciones cristalizó en la mente de los súbditos imperiales, reafirmando la idea de que, a la muerte de Francisco José I, el Imperio se disolvería. No sólo eso, sino que, espoleados por diversos profetas y agitadores, se convencieron de que a esta época oscura le sucedería invariablemente un nueva era de prosperidad y libertad que cuajaría gracias a la primavera de las autodeterminaciones nacionales o, alternativamente, al triunfo de la revolución social.

Empujado a la claudicación tras el desastre de Vittorio Venetto, y una vez certificada la abdicación del emperador Carlos (el impulso de la guerra había otorgado dos años de gracia al sucesor del longevo Francisco José), el Imperio Habsburgo se desmembró en una vorágine de euforia y júbilo unánimes. Sin embargo, pocos años después cundiría un sentimiento bien distinto de acendrado desencanto.

El cosmopolita y pomposo régimen Habsburgo había sido reemplazado por una Mitteleuropa grisácea, atrabiliaria y eternamente enconada.

El cosmopolita y pomposo régimen Habsburgo había sido reemplazado por una Mitteleuropa grisácea, atrabiliaria y eternamente enconada. Frente a las utopías de distinto cuño, desde la revolución comunista a la unión nacional étnica, que los apóstoles de la agitación habían anticipado como certezas, el antiguo ciudadano imperial habitaba una realidad estancada y refractaria a cualquier proyecto de entendimiento y progreso, en el que los baños de sangre eran harto habituales.

Fruto de ese desencanto generalizado, en los antiguos dominios del emperador surgió un intelectual de nuevo cuño, cuya novedad se caracterizaba paradójicamente por un punzante anhelo nostálgico. Estos aedos sobrevenidos habían experimentado una auténtica epifanía consistente en apreciar, con inoportuno retraso, que la sociedad que había periclitado junto con el Imperio era un artefacto de suma delicadeza y fragilidad, que un fuerte viento de reproche había tirado por los suelos rompiéndolo en mil pedazos y que nadie poseía ya el conocimiento o el vigor para volver a rearmar.

Esa evocación nostálgica a la que se entregaron este grupo de pensadores fue tan brillante y estéril (en lo político), como la cerilla que una vez encendida se deja consumir. Tan sólo unos pocos pasaron de la  idea a los hechos tratando sin éxito de reavivar la llama del mundo antiguo, revolviéndose contra una realidad que se les hacía insoportable, mientras que los más se dedicaron a alimentar una cautivadora obra personal de puro escapismo sugestivo. De entre los escasos ejemplos que pueden rescatarse de ese oscuro periodo histórico, Aladar Kuncz y su intento de reproducir en un remoto lugar de Transilvania el espíritu aperturista y poliglota del imperio, en una Rumania hostil a cualquier manifestación cultural húngara, o el inclasificable Karl Kraus, que mediante su solitaria revista La Antorcha [Die Fackel], editada y distribuida por él mismo, mantuvo, desde una personalísima heterodoxia, la sana costumbre típicamente austro-húngara de criticar ácida, pública y mordazmente las dobleces e hipocresías que engrasaban el funcionamiento de las burocracia imperial.

De entre los fabuladores, Gustav Meyrink, se refugió en un mundo fantástico poblado por seres de ultratumba o criaturas legendarias, como su mítico Golem. El simpar Stefan Zweig llevó su deseo de huir de las decepciones del mundo moderno hasta las últimas consecuencias, suicidándose junto con su esposa en un acto de contundente e irreprochable coherencia moral no exento de romanticismo. En otro grupo se encontraban los eternos desencantados vitales, como Kafka y Musil, uno quizás por inclinación congénita, el otro seguramente azorado por los vaivenes a los que le sometió primero la guerra, después el exilio político de Alemania por su oposición al nazismo y sus permanentes frustraciones artísticas.

Un último grupo lo conformaban los nostálgicos recalcitrantes, entre los cuales destacaba Joseph Roth. Roth recelaba profundamente del nacionalismo y expresaba mejor que nadie el sentimiento de orfandad de quienes no conseguían identificarse con los nuevos Estados que demandaban pedigrí lingüístico o étnico, precisamente por haber pertenecido a una sociedad multilingüística, multirracial y plurirreligiosa de la que decía que, “en aquel entonces, todo lo que crecía tomaba su tiempo en florecer, y lo que desaparecía tardaba en ser olvidado. Pero todo aquello que había existido dejaba su muesca, y las gentes vivían de la memoria tanto como viven ahora de su habilidad de olvidar rápidamente”.

Otros autores, como Schnitzler, Kostolanyi, Broch, Rilke, Hofmansthaal o Werfel, oscilaron en mayor o menor medida entre una devoción tradicionalista y un recién adquirido temor a las posibilidades de la máquina, la burocracia, la estandarización, la expresión incontrolada de las masas, y las veleidades de la opinión pública, transmutados todos ellos en agentes destructores de la individualidad humana. Albergaban la sospecha colectiva de que a la guerra total le había sucedido el Estado total, sin solución de continuidad y sin resquicios para la disidencia creativa o ideológica, y que,

En las trincheras de la Gran Guerra, hecho jirones en el alambre de espino, había quedado prendido un mundo más sencillo, amable, y tolerante.

en las trincheras de la Gran Guerra, hecho jirones en el alambre de espino, había quedado prendido un mundo más sencillo, amable, y tolerante.

Siempre es arriesgado transitar por el plano inclinado de la comparación histórica, ya que nos empuja irresistiblemente a querer encajar unos hechos complejos en las categorías que convenientemente preparamos de antemano. Sin embargo, también es tentador trazar una analogía con el momento de crisis de valores, de cambio de época que vivimos actualmente.

Y es aquí y ahora cuando se presenta acuciante la necesidad de trabajar activamente para salvaguardar las sustancias que han hecho posible una época de prosperidad y desarrollo; el mérito y la jerarquía, los principios de autoridad y legalidad, el libre albedrio, la iniciativa económica, asociativa y política, el concepto de ciudadanía, con sus facetas complementarias y dependientes de derecho y deber, el sacrosanto principio rector de la verdad, el cultivo de la espiritualidad, el rigor científico e histórico, el debate intelectual audaz y sin cortapisas, la responsabilidad, la serenidad y la pausa… entre tantos y tantos principios y categorías que iban a ser sacrificados en el altar del relativismo y la posmodernidad.

Nos encaminamos a un régimen en el que el único valor inviolable es la esencia de su propia relatividad; con otras palabras, la consagración de la mentira.

Nos encaminamos a un régimen en el que el único valor inviolable es la esencia de su propia relatividad; con otras palabras, la consagración de la mentira. Un régimen en el que sostener la esencialidad e inmutabilidad de ciertos valores se convierte en un crimen de pensamiento. Bajo un cierto aire de regeneración se oculta una amenaza manifiesta de degeneración. El panorama futuro que columbran políticos, sociólogos y pseudointelectuales ansía, en efecto, la destrucción de todos los valores citados, sin voluntad real de trascenderlos, con el fin de remplazarlos por unos sustitutos hibridados en los claustros de las universidades a la luz de teorías delirantes, minoritarias y acientíficas.

Anticipo que de no presentar férrea oposición al gran remplazo ideológico que se avizora, pronto veremos resurgir esa casta de intelectuales que glosan desde la morriña las bondades de un mundo perdido, el mismo mundo que no se afanaron en defender cuando la batalla aún distaba de estar decidida. Aunque dudo que entonces siquiera nos quedará el consuelo, que tanto aliviaba a Zweig o Kafka, de refugiarnos en nuestras utopías intimas, pues también éstas serán prohibidas.

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