Ha pasado a la Historia el Saco de Roma del 6 de mayo de 1527; único baldón, por cierto, que cabe reprochar a Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyas tropas españolas y teutonas asaltaron y saquearon Roma como represalia porque el papa Clemente VII, aliándose con Francia, había atacado las posiciones del Imperio en la península italiana.
El Saco de Ceuta, emprendido el 30 de julio de 2026, cuando el sultán de Marruecos envió una horda de 50.0000 jóvenes moros contra el Reino de España (y, por ende, contra la UE), es probable que pase también a la Historia como el primer gran asalto —otros seguirán— que un Estado islámico efectúa contra Europa en el siglo XXI.
Pero, como explica Sertorio, no es sólo al sátrapa de Rabat a quien le incumbe la responsabilidad por el asunto. Para saber a quién, hay que mirar a casa.
Si tenemos que resumir el conjunto de la política española desde 1978 de manera muy concisa y con una perspectiva histórica, podríamos escribir una sola frase: la demolición del legado de los Reyes Católicos. El Régimen del 78 no es otra cosa sino el esfuerzo constante por demoler lo edificado entre 1474 y 1975, de destrozar todo lo que, para bien o para mal, ha conformado el ser de España durante medio milenio. En los últimos cincuenta años, hemos asistido a la destrucción del Estado unitario y a su suplantación por taifas aldeanas, por un lado, y por la burocracia de Bruselas, por otro. Pero el resultado es el mismo: el aniquilamiento de la soberanía y la pérdida de toda perspectiva nacional en nuestra política. Na da de esto sería posible sin la enfermedad que degrada nuestra patria hasta una situación irreversible: la partitocracia, esa incurable sífilis del Estado que es la causa última de todos nuestros males, la que, mediante un implacable proceso de selección a la inversa, ha dejado los destinos de España en manos de los peores elementos del país.
No es de extrañar que, en esta involución que vive el conjunto de Europa, pero que es más extrema en Occidente, España ocupe un lugar destacado; quien más ha contribuido al apogeo de nuestra civilización, más debe sufrir su ruina. Desde 1609, cuando se produjo a la sabia y prudente decisión del duque de Lerma y de Felipe III de expulsar a los moriscos, los españoles hemos perdido la conciencia de ser la frontera, el “limes” frente al Islam; en ello mucho tiene que ver la posesión de Ceuta, una de las llaves del Estrecho, que permitía neutralizar buena parte de las posibles amenazas contra la Península. Su conquista, en 1415, por los portugueses, marcó el inicio de la expansión ibérica y europea por el mundo, gracias al dominio de los mares. Entre 1694 y 1727, la brava ciudad resistió el asedio del sultán Muley Ismael, uno de los sátrapas más poderosos y sanguinarios de la tiranía alauí. Pero eso pasó cuando España no era sólo un nombre, una ficción jurídica, porque ahora mismo, bajo la mirada complaciente de las Fuerzas Armadas (pues lo que tenemos no es un Ejército, esto es: la nación en armas), ni las murallas, ni la historia, ni la voluntad de los ceutíes han podido parar la invasión de decenas de miles de desharrapados, salidos de todas las zahúrdas, ergástulos y mazmorras del sultanato de Rabat, que han logrado, sin pegar un tiro, entrar en la plaza y saquearla a placer. Ya veremos si somos capaces de echar a toda esa canalla.
Esta humillación nacional marca un tiempo histórico, el del infame reinado de Felpudo VI y el del gobierno de Pedro Sánchez, sujeto que en la meritocracia franquista no habría pasado de vendedor de fajas en Galerías Preciados. Incluso bajo Fernando VII no nos dejábamos pisotear de esta manera, el enemigo tenía que pagar un precio en sangre. El reinado del monarca actual —que esperemos que sea el último— es incluso peor y más lesivo para la dignidad de España que el del Rey Felón. No les ha bastado con capitular miserablemente ante los piratas de Gibraltar con el tratado del 14 de julio pasado, documento que destroza trescientos años de reclamaciones sobre el Peñón y que, para colmo de la ignominia, España no ha firmado, sino que ha cedido sus derechos a la voluntad de la Unión Europea, que es la que signa el acuerdo. Pero esto era sólo el aperitivo, lo de Ceuta es apurar hasta la heces el cáliz de la infamia: lo que está pasando allí es infinitamente más humillante que el desastre del 98 y sólo tiene un cierto paralelismo con la Marcha Verde y la traición del Sáhara, gesta inaugural de la segunda restauración borbónica. Pero, entonces, la chusma magrebí sólo se atrevió a entrar en la provincia, vilmente entregada, después de que nuestro ejército se marchara sin arriar la bandera. Lo de Ceuta es aún peor, porque nuestros soldados han asistido sin pestañear a la violación del territorio español, a la toma de una plaza fuerte de gallarda tradición militar y al saqueo de sus comercios y de sus ciudadanos por una turba de galeotes recién liberados por nuestro eterno enemigo: el sultán marroquí.
¿Y nuestros aliados? Estados Unidos, Israel, Francia, la Unión Europea… Todos apoyan a Marruecos o se ponen de perfil. Yo no sé cómo le podrán echar la culpa a Putin de todo este jaleo. De momento, se habla de crisis humanitaria, de crisis migratoria y se enfatiza en la angelical inocencia de las harkas invasoras: casi todos varones en edad militar. Pero ya es todo tan obvio que es imposible el disfraz; el eufemismo no puede engalanar la indecente vergüenza que estamos soportando con sumisión de eunuco todos los españoles. La patria está en peligro, pero el peor de nuestros enemigos no viene de fuera: está dentro y saquea lo poco que va quedando de nuestra patria.
♦ Artículo relacionado: “España, invadida”, Editorial de Javier Ruiz Portella
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