“Derrelicto: objeto abandonado en el mar”, como abandonadas son por el Gobierno, la Corona y la oligarquía las ciudades españolas de Ceuta y Melilla.
Hace ya tiempo, en un artículo publicado en EL MANIFIESTO hace casi un año, “Los nativos” se titulaba, advertí de un hecho que hoy, a los españoles de sangre, nos resulta evidente, palmario, explícito hasta la obscenidad: las autoridades a las que sostenemos con nuestros tributos no nos van a proteger frente a los invasores. No van a mover un dedo. Ni siquiera expresarán una protesta formal ante el agresor. El día 31 de julio, en Ceuta, unos españolitos de a pie fueron los únicos a los que las fuerzas del orden molieron a palos: por protestar contra lo que estaba pasando y contra el gobierno que lo permite y excusa. Acabaron aporreados por una policía a la que pagamos para que nos proteja a todos, cuya misión no es ejercer de guardia pretoriana del canalla que preside el gobierno y del Quasimodo de su ministro del Interior.
En Ceuta se ha comprobado de forma empírica, experimental, que el Régimen del 78 no valora en un comino la seguridad del español nativo. Era increíble ver a los periodistas de las televisiones del Régimen asistir impávidos al acoso por la morisma de sus propias reporteras o de las mujeres que tuvieron la mala suerte de estar en medio de aquel pandemonio. No debemos olvidar que, si Ceuta vivió sumida en el caos durante un día, fue porque las autoridades civiles y militares consintieron que el territorio español fuera asaltado, porque no pestañearon ante el abuso de las turbas magrebíes, porque no efectuaron ni un disparo al aire para disuadir a la horda de bárbaros que nos atacaba. Al revés, les facilitaron el paso y se abstuvieron de impedir sus desmanes. Que yo sepa, después de una irrupción ilegal en nuestro país, tras un allanamiento colosal del territorio español, no se ha producido una sola detención. Y, encima, el Gobierno expresa su agradecimiento al Majzén por la colaboración prestada. Fernando VII es Isabel la Católica al lado de estos renegados, de esta escoria de muladíes vergonzantes, que celebraban el Día del Trono en la embajada marroquí al tiempo que se atacaba la soberanía española.
Cada vez está más claro que fuimos invadidos por hombres en edad militar, dirigidos por otros que tenían aire y ademanes de suboficiales. Los camiones con gamberros llegaron desde todo Marruecos hasta Castillejos sin que un solo gendarme se molestara en parar los vehículos que los transportaban. Si esto es una crisis migratoria, entonces el desembarco de Normandía también lo fue. Este acto de guerra, que debió ser frenado a tiros en la misma raya de la frontera, no es un producto del capricho del déspota marroquí, demasiado enfangado en sus vicios y enfermedades como para darse cuenta de nada. Es el resultado de un proceso cuyo origen está en el Departamento de Estado americano y que lleva en vigor desde los años setenta: España tiene que desaparecer de la orilla africana del Estrecho, las dos columnas de Hércules deben borrarse del escudo nacional: una la entregamos definitivamente el pasado catorce de julio, día de perpetua infamia que el Gobierno celebró por todo lo alto. La otra empezamos a perderla ayer. A esta banda de mangantes poco le importan quinientos años de historia española, de presencia secular e ininterrumpida en nuestras dos bellas ciudades en tierra de África. Al revés: están encantados de aniquilar hasta el recuerdo de ello: unos por ignorancia, otros por el oro del sultán y otros por odio a su patria, pero todos traidores.
A Felpudo VI nadie le molestó en su retiro mallorquín: ¿por qué van los insignificantes ceutíes a interrumpir las vacaciones de Su Majestad? Se lanza a los vasallos un pequeño discursito de circunstancias y ya ha cumplido con sus funciones aquel al que suponemos garante de la unidad y continuidad del Estado. Como todos los españoles que vivimos al sur del Ebro, los ceutíes importan poco. Y no seamos exagerados ni antiguos; a fin de cuentas, para alguien que ha estudiado de todo en las mejores universidades, ¿qué es la dignidad nacional? Un “constructo”, nos contestará la reina redicha y repipi de la gauche caviar “española”. Algo podemos dar por seguro con esta casta de iscariotes y de imbéciles hereditarios: siempre pueden caer un poco más bajo, siempre pueden alcanzar un nivel de abyección más repugnante. Mucho uniforme, mucha medalla, mucho ¡Viva España! Pero han echado Ceuta a los perros. ¿Para cuándo la visita a las plazas de soberanía? Ya está tardando Su Majestad “Católica” (con perdón). Pocos territorios más apasionadamente españoles que Ceuta y Melilla, pocos enclaves recibirán mejor a los reyes, y pocos compatriotas necesitan más una visita del Jefe del Estado que les dé seguridad y apoyo. O, mejor, que no vayan: Juan Carlos I viajó a El Aaiun y luego arrastró el honor de España como no lo ha hecho ni el peor de nuestros enemigos. Rectifico: Majestad, quédese en Palma, siga de regatas con sus amigos oligarcas. No abandone su yate. Conociendo a la dinastía, cuanto más lejos, mejor. Continúe navegando de empopada, aproveche la tramontana o el gregal y evite esos dos derrelictos que flotan sin gobernalle por el Mediterráneo: Ceuta y España.
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