Romano Mussolini, bisnieto del Duce, y estrella del Lazio de Roma

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Mussolini juega en el Lazio

Es el 24 de agosto de 2026 y, en el calor del atardecer en el Stadio Renato Dall’Ara de Bolonia, un joven lateral derecho de veintitrés años se dispone a disputar su primer partido de la Serie A con la camiseta del Lazio. En las gradas, desde la zona de aficionados romanos, se alzan algunas voces para celebrar el acontecimiento: «Bello de nonno» —el guapo de su abuelo—. Este apuesto joven es Romano Floriani Mussolini, el bisnieto del Duce. Sin embargo, en su camiseta no figura ningún apellido comprometedor; sólo su bonito nombre: Romano. Pero que no quepa duda: quedan en el mundo unas pocas ciudades donde la Historia, incluso cuando se detiene, no deja que nadie se le escape —y Roma, probablemente, menos que ninguna otra—.

 

El águila antes del haz

Hay algo casi demasiado perfecto en esta aparición: un Mussolini, más de un siglo después de la Marcha sobre Roma, entra en el campo con el águila del Lazio, ese mítico club que, como ningún otro en Europa, mantiene con el imaginario de la derecha radical una relación tan antigua como persistente, orgullosamente desplegada en el pecho. Aunque en los medios de comunicación existe una gran tentación de hacer hincapié en unos cuantos brazos extendidos y otras cruces celtas para reducir el acontecimiento a su propia caricatura, la ocasión es demasiado buena para nosotros, los infelices compatriotas «postfranceses» (y postmadridistas) de Kylian Mbappé, como para no repasar la compleja y mítica historia del club romano más antiguo.

A decir verdad, el Lazio es más antiguo que el fascismo. Nació precisamente el 9 de enero de 1900, en la Piazza della Libertà, a un paso del Tíber. Nueve jóvenes liderados por Luigi Bigiarelli fundaron entonces la Società Podistica Lazio. Al principio se corría y se nadaba, pero muy pronto se empezó a practicar el fútbol. El azul celeste y el blanco del escudo son los colores de Grecia, patria mítica de los Juegos Olímpicos. El águila, por su parte, remite a Roma, a las legiones, a Júpiter. Todo está ya ahí: la Antigüedad, el cielo, el imperio. Mussolini, todavía no. Hay que insistir en este punto, ya que el imaginario contemporáneo ha acabado invirtiendo las filiaciones. Porque el águila del Lazio no es fascista; de hecho, es anterior al fascismo. Al igual que tantos símbolos de la romanità, fue el fascismo el que más tarde se apropió de ella.

En 1927, el régimen impuso el fascio littorio en los emblemas de los principales clubes deportivos. ElLazio no se libró de ello y el fascio littorio apareció en su escudo. Otra decisión de vital importancia ese mismo año fue que el régimen decidió dotar a Roma de un gran equipo capaz de rivalizar con las potencias del norte. Tres clubes romanos —el Alba-Audace, el Fortitudo y el Roman— unieron entonces sus banderas. De esta fusión política nace la Associazione Sportiva Roma, más conocida hoy en día como AS Roma. Aunque el Lazio también debía ser absorbida inicialmente en esta fusión, se negó.

Protegido por el general Giorgio Vaccaro, alto cargo deportivo fascista y vicepresidente del Lazio, el club prefirió, con aire aristocrático, conservar su independencia. Por una de esas ironías de las que la historia italiana es tan generosa, el club que hoy se asocia más espontáneamente con el fascismo es precisamente aquel que se negó a desaparecer en el gran equipo romano deseado por los jerarcas del régimen. En cuanto a la Roma, club que más tarde se convirtió en la encarnación popular de la capital, su principal fundador, Italo Foschi, fue un fascista de la primera hora.

 

La guerra de las dos Romas

A estos dos clubes solo les quedaba convertirse en enemigos acérrimos. Así fue desde su primer enfrentamiento, en diciembre de 1929. El Derby della Capitale, al reflejar las divisiones de la ciudad, traspasó rápidamente los límites del simple fútbol. Por un lado, la Roma, el club de los barrios populares y obreros, de Testaccio y de las calles del sur, de los bloques de pisos y los artesanos, de los chicos que juegan al balón entre muros de color ocre. Lleva el mismo nombre que la ciudad y sus colores: el rojo y el amarillo del Senatus Populusque Romanus. Porque la Roma no sólo está en Roma, sino que pretende ser Roma en su totalidad. Y, de hecho, sigue siendo hoy en día el club favorito de una gran mayoría de romanos, con un desequilibrio de popularidad estimado, según un estudio realizado por la Universidad de Roma en 2022, de tres aficionados romanistas por cada laziale en toda la ciudad de Roma (esa misma proporción desciende a 1,7 romanistas por cada laziale en el resto del Lacio).

Por otro lado, el Lazio, nacido en el norte de la ciudad, en torno a Prati —un barrio residencial y burgués situado cerca del Vaticano—, que históricamente ha reclutado a más seguidores entre las clases medias y los barrios acomodados, conserva un aire más distante, casi aristocrático. De hecho, no lleva el nombre de la ciudad, sino el de la región que la rodea: el Lacio. Con una base de aficionados que vive mayoritariamente fuera de la ciudad de Roma, el club representa más bien a los habitantes de la región, cuya población procede principalmente de las clases medias y burguesas, pero también de zonas más rurales. Así, los aficionados del Lazio son objeto de burlas habituales por parte de los romanistas, quienes los consideran extranjeros, falsos romanos, y los tildan con frecuencia de burini (paletos).

Paolo Di Canio, célebre estrella del Lazio, haciendo el saludo romano. Le impusieron una multa de 10.000 € y un partido de suspensión.

La idea de que la Roma pertenece al pueblo y el Lazio a la burguesía contiene, por tanto, suficiente verdad como para haber sobrevivido casi un siglo. Si bien es cierto que el primer derbi romano de 1929 podía interpretarse a través de la geografía social de la ciudad —Flaminio y Parioli contra Testaccio, los barrios más acomodados del norte contra la Roma popular del sur—, ¿qué queda hoy en día de esa oposición? En la actualidad, esta división social parece haberse atenuado en gran medida, o incluso haberse invertido. Los antiguos barrios obreros romanistas, como el Testaccio o el Trastevere, se han gentrificado, y la población que ahora los habita se ha aburguesado en gran medida. Los bastiones laziales, por su parte, siguen siendo socialmente bastante heterogéneos.

En un siglo, Roma ha cambiado mucho. Fue el propio Pasolini quien nos lo dijo y repitió una y otra vez. Sus barrios han cambiado. Los italianos han cambiado. La ciudad se ha expandido, las clases medias se han masificado, las antiguas borgate han sido absorbidas por la metrópoli y los aficionados se han dispersado. Hoy en día nos encontramos con laziali en los barrios populares y con romanisti en los barrios elegantes. La vieja ecuación —la Roma, popular y de izquierdas; el Lazio, burgués y de derechas— pertenece, por tanto, más a la mitología del derbi que a su verdadera sociología. Tanto es así que incluso podríamos aventurarnos a plantear una hipótesis que, a primera vista, parece paradójica: a medida que el fútbol moderno se aburguesa, que el precio de las entradas aumenta, que los estadios se convierten en lugares de consumo y que los clubes se transforman en marcas globalizadas, ¿no es precisamente en el Lazio, y sobre todo entre su gente de las gradas, donde reaparecen los elementos de esa antigua cultura popular romana que antes se creía reservada a la Roma?

Si bien la sociología de la ciudad se ha difuminado, sus imaginarios, por su parte, perduran. La Roma sigue siendo centrípeta. Lo lleva todo de vuelta a la ciudad, a sus callejuelas, a sus barrios, a su loba. El Lazio, en cambio, es centrífuga. Su mirada se dirige hacia el Lacio, las montañas, los pueblos y las afueras de la capital. En el imaginario colectivo romano, un seguidor de la Roma vive en los barrios céntricos de la ciudad, mientras que, por el contrario, un seguidor de el Lazio vive en los barrios periféricos y fuera de la metrópoli romana. En un estudio publicado en 2023, los geógrafos Gabriele Pinto y Mirko Crulli constataban, además, que la distribución geográfica de los aficionados del Lazio revelaba una correlación espacial positiva con el mapa del voto populista (M5S, Fratelli d’Italia y la Lega) durante las elecciones parlamentarias italianas celebradas entre 2013 y 2022.

Hay algo pasoliniano en esta oposición poshistórica en la que dos pueblos se miran desde las gradas opuestas de un mismo estadio, cada uno convencido de ser el depositario de una Roma desaparecida. Uno reivindica el lado popular de la ciudad; el otro, una cierta idea de la romanità. Entre ellos, el rectángulo de césped verde del Stadio Olimpico se convierte, al menos dos veces al año, en el lugar donde toda Roma ajusta cuentas consigo misma. Porque se puede perder contra el Milán, el Nápoles o el Turín. Pero no se puede perder contra aquel con quien te encontrarás a la mañana siguiente en la cafetería, en la esquina de una calle, frente a ti en la oficina o en la escalera de tu bloque al volver a casa por la noche. Aquí, la derrota no solo cuesta tres puntos, sino seis meses de vergüenza.

 

El improbable Scudetto de 1974

Para comprender cómo la extrema derecha se ha arraigado en el imaginario laziale, hay que dejar atrás a Mussolini y avanzar medio siglo. En una Italia desgarrada por los años de plomo, algunos jugadores van por ahí armados, se pelean y se provocan. El equipo estaba entonces dividido en bandos que se enfrentaban incluso durante los entrenamientos, llegando incluso a negarse algunas noches a cenar juntos. De forma milagrosa, el entrenador de la época, Tommaso Maestrelli, logró transformar a esa extraña tropa indisciplinada en un equipo de fútbol digno de ese nombre y ganar el Scudetto de 1974.

Es en este contexto donde se va formando poco a poco la Curva Nord. El estadio italiano de los años setenta aún no es el espectáculo aséptico en el que se convertirá, en gran parte, el fútbol globalizado del siglo XXI. Es una plaza pública donde los partidos políticos, los movimientos revolucionarios y las bandas de barrio llevan sus símbolos, su lenguaje y, a veces, incluso sus guerras. Italia es entonces el país donde la política está presente en todas partes: en las universidades, las fábricas, los cafés y, por tanto, inevitablemente, en los estadios. Una parte de la afición del Lazio se afianza en la derecha y, posteriormente, en la extrema derecha. Aparecen los símbolos: cruces celtas, fascios y retratos del Duce. El águila imperial vuelve entonces a proyectar su sombra ambivalente sobre la ciudad.

 

Los Irriducibili

En 1987 surgen los Irriducibili —los «Irreducibles»—. Su presencia en el estadio transformará literalmente la Curva Nord. El grupo no se limita a animar al Lazio, sino que organiza un territorio autónomo y se convierte muy rápidamente, ya a principios de los años 90, en el verdadero centro de gravedad de la Curva. Inspirándose en el movimiento de aficionados británicos (grandes bufandas, bomber jackets, una identidad gráfica muy marcada), impone rápidamente sus cánticos, produce su propia ropa y pegatinas, y difunde por las gradas su gusto por la provocación. En el corazón de la inmensa ciudad romana, la Curva Nord se convierte en una ciudad en miniatura con su propia contracultura. Y su orientación política no tarda en dejar de ser ningún misterio. Las referencias fascistas, los saludos romanos, las consignas nacionalistas y las pancartas racistas y antisemitas se vuelven lo suficientemente recurrentes como para otorgar al Lazio la controvertida reputación internacional que sigue persiguiéndolo.

Por supuesto, el Lazio no puede reducirse a la Curva Nord, y la Curva Nord no representa en absoluto a la totalidad de los laziali, ya que el propio club ha condenado en varias ocasiones ciertos excesos de sus ultras. En 2017, cuando unos ultras del club pegaron en el estadio imágenes de Ana Frank ataviada con la camiseta de la Roma, la directiva condenó el acto de inmediato. Y los jugadores se vieron obligados a saltar al campo en el siguiente partido con el retrato de la joven acompañado del mensaje «No al antisemitismo». Sin embargo, fue precisamente durante esos años cuando unos cuantos miles de tifosi romanos lograron fijar ante los ojos del mundo entero la imagen política del club que conocemos hoy en día.

Es en ese momento de la historia del Lazio cuando aparece Fabrizio Piscitelli, alias Diabolik, figura imprescindible y pintoresca de los Irriducibili, de los que fue uno de los líderes durante casi treinta años. Con él, la frontera entre las gradas, la política, los negocios y el bandolerismo se vuelve difusa. El merchandising ultrarradical y la estética que lo acompaña se convierten rápidamente en un negocio lucrativo. Lejos de quedarse ahí, las redes de la Curva Nord, lideradas por Piscitelli, se entrelazan con las de la delincuencia romana y el tráfico de drogas. Tras su fachada de aficionado, Piscitelli se convierte en pocos años en un empresario notorio, un jefe de banda y, al mismo tiempo, una figura reconocida del mundillo, encarnación paradójica de una contracultura que rechaza con vehemencia la mercantilización moderna del fútbol, sin por ello rechazar la mercantilización de su propia contracultura.

 

Elo escudo del Lazio, con el águila imperial

 

En esa Roma arcaica que Pasolini había visto proféticamente desaparecer bajo los embates de la sociedad de consumo, surge otra forma de subproletariado. Ya no son los ragazzi di vita que jugaban en el polvo de los borgate, sino hombres afeitados, tatuados, vestidos de negro y que comercian con su propia rebelión. De hecho, fue una muerte de lo más romana la que acabó con la vida de Diabolik el 7 de agosto de 2019: asesinado por un corredor que le disparó por la nuca mientras estaba tranquilamente sentado en un banco del Parco degli Acquedotti —un jefe de banda asesinado bajo las ruinas del Imperio—. Como si no pudiera sobrevivir a él, el grupo de los Irriducibili anunciará su disolución en febrero de 2020, tras treinta y tres años de existencia.

 

Di Canio y el «Dux»

Y como en toda esta historia sólo nos falta la aparición de una leyenda sobre el terreno de juego, pasemos sin más preámbulos a Paolo Di Canio. Nacido en 1968 en el barrio popular de Quarticciolo, Paolo Di Canio era el candidato perfecto para desempeñar el papel que le esperaba. Porque, antes de convertirse en el jugador emblemático que todos conocemos, había sido durante toda su juventud uno de los seguidores más fervientes del club. De adolescente, había frecuentado durante mucho tiempo la Curva, con sus códigos y sus hombres. Así pues, cuando la historia lo llevó de vuelta al Lazio en 2004, en el ocaso de su carrera, no se trataba de un simple jugador que regresaba al club que lo había formado; era el hijo de la tierra que, a sus treinta y seis años, volvía por fin a casa.

Ahí es donde entra en escena la leyenda de Di Canio. El 6 de enero de 2005, tras ganar un derbi contra la Roma, Di Canio, goleador esa noche, se giró hacia la Curva Nord y extendió su brazo derecho hacia la afición. Un saludo fascista, con tres letras tatuadas en el brazo: «DUX», el título latino asociado al Duce. Imágenes que darían rápidamente la vuelta al mundo. A pesar de las repetidas sanciones de las autoridades deportivas italianas, Di Canio volvería a hacerlo. El jugador nunca se escudaría tras un posible malentendido, sino que siempre reivindicaría claramente su fascismo, al tiempo que afirmaba no ser racista. Si bien el gesto y las declaraciones de Di Canio escandalizan a una parte de la opinión pública, tienen sobre todo el mérito de poner de relieve la naturaleza profunda de esta subcultura política italiana, en la que el fascismo sobrevive a menudo no tanto como doctrina económica o programa institucional, sino como estética de la virilidad, la lealtad y el desafío. El fascismo de Di Canio es, ante todo, un imaginario de la romanità recuperada: una fascinación por la fuerza y la disciplina, un culto al honor, una lealtad visceral a la comunidad laziale y el evidente placer de la provocación.

 

Una supervivencia: el águila y el haz

Quizá sea aquí donde Pasolini nos resulta más útil. Porque lo que se nos permite ver en las gradas del Olimpico probablemente no sea la supervivencia intacta del fascismo histórico, que pertenecía a una Italia rural e industrial que la sociedad de consumo ha destruido. Pasolini había formulado esta paradoja con una violencia profética: la modernidad consumista había triunfado allí donde el fascismo había fracasado. Si el régimen había exigido, sin conseguirlo, la obediencia de los italianos, el consumo, por su parte, había logrado transformar sus deseos para siempre.

En este contexto, las cruces celtas de la Curva Nord aparecen como grafitis ostentosos de una revuelta ambigua contra esa homogeneización. Pueden resultar políticamente repugnantes para algunos, ser consideradas grotescas o incluso, en ocasiones, criminales, pero no por ello dejan de ser signos de una búsqueda de vínculo social en un mundo que destruye sin cesar cualquier atisbo de pertenencia. Y en Roma, el estadio de fútbol sigue siendo uno de los últimos lugares donde el hombre europeo aún acepta espontáneamente renunciar a su individualidad.

Quizá sea, en definitiva, todo esto lo que cuenta la historia del Lazio. No la historia de un club estúpidamente «fascista», como se oye decir con demasiada frecuencia, expresión tan comodista como históricamente perezosa. Sino la de una acumulación de estratos romanos que hoy le confieren toda su vitalidad. La Antigua Roma, el águila, el Lacio, el fascismo, los años de plomo, los ultras, Diabolik y Di Canio: cada época ha depositado su capa sobre la anterior hasta dar lugar a la extraña mitología biancoceleste que conocemos. Así que sí, en un principio el haz no estaba contenido en el águila; pero, colocados uno al lado del otro, se ha vuelto imposible separarlos. Y así es como, incluso hoy, la historia romana sigue forjando sus leyendas, transformando coincidencias en vínculos, y esos mismos vínculos en destinos.

De acuerdo, Romano Floriani Mussolini ha decidido eliminar «Mussolini» de su camiseta; en su espalda ya sólo queda «Romano». Sin embargo, resulta difícil imaginar un nombre más adecuado. Porque desde hace ciento veintiséis años, quizá sea menos el fascismo que la propia Roma —antigua e imperial, aristocrática y popular, violenta y contradictoria— lo que el Lazio lleva en su camiseta.

© Éléments

 

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