El antirracismo. O el horizonte al que nunca se llega. Porque lo propio del horizonte es mostrarse ahí, a lo lejos, para desvanecerse y transformarse en otro horizonte tan pronto como se llega a sus dominios.
Pero ¿de qué racismo se habla aquí? De dos, de los dos que hay que combatir. Deaquel con el que se llenan la boca los izquierdistas denunciantes del racismo antinegro… mientras se entregan al otro racismo, hoy mucho más agudo y abundante: el racismo antiblanco. Ese que sufrimos los blancos si acaso nos adentramos en las no-go zones de la invasión migratoria.
Volvía de la Provenza y todavía no había alcanzado el País Bigouden donde vivo. Me detuve en Redon, vieja encrucijada bretona entre ríos, canales y ferrocarriles, ese pedazo de tierra de Vannes que la Revolución entregó a Rennes para abrirle camino hacia el Atlántico. En una pausa de regreso, con la cabeza aún llena de luz meridional y de aguas bretonas por delante, me llamó la atención un artículo de Le Monde.
El periódico se lamentaba, con esa gravedad administrativa tan francesa, de la incapacidad del Gobierno para alcanzar objetivos precisos y documentados en la lucha contra el racismo. Todo estaba allí: Aurore Bergé y su proyecto de ley de “cohesión republicana”, Laurent Nuñez y sus reuniones contra los actos antirreligiosos, la Dilcrah, el Prado, las cartas de compromiso empresarial, las campañas de testing, las asociaciones descontentas, los expertos escépticos, los informes, los agujeros en la raqueta, los medios insuficientes y las sanciones por reforzar. Le Monde describía una maquinaria pública activa en todos los frentes, pero criticada por su ausencia de resultados concretos.
El lector español reconocerá enseguida el decorado. Francia posee sus siglas, sus delegaciones interministeriales, sus plataformas de vigilancia y sus planes trienales. España tiene los suyos: observatorios, consejos, ministerios, estudios de percepción, protocolos, campañas institucionales, planes estratégicos contra el racismo y la xenofobia. El idioma cambia, la liturgia permanece. En 2024, el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica publicó un nuevo estudio sobre el impacto del racismo en España, presentado como una herramienta para medir la discriminación percibida por sus potenciales víctimas.
Una imagen se impuso entonces a mi espíritu. La de un barco que pusiera proa al horizonte con la firme intención de alcanzarlo. El capitán corrige la ruta, cambia el velamen, consulta el barómetro, reprende a la tripulación, solicita más fondos al armador y promete que esta vez sí se llegará al fin señalado. El navío avanza, desde luego. Las millas se acumulan en el cuaderno de bitácora. Sin embargo, el horizonte retrocede siempre. El horizonte no es un puerto. Es una línea producida por nuestra mirada.
Así sucede con el antirracismo de Estado cuando deja de perseguir la injusticia concreta, el insulto, la violencia, el abuso, la discriminación probada, para proponerse la abolición de toda diferencia de resultados entre grupos humanos. Allí comienza la utopía, es decir, el lugar que no existe. Una sociedad puede castigar actos injustos. Puede recordar reglas comunes. Puede proteger a las personas contra la arbitrariedad. No puede producir por decreto la igualdad perfecta de destinos, talentos, familias, hábitos, ambiciones, herencias culturales y resultados escolares.
Esta evidencia, que cualquier campesino comprendía al ver dos árboles del mismo huerto dar frutos distintos, se ha vuelto casi indecible. Incluso dentro de un grupo homogéneo aparecen desigualdades. Los hermanos no son iguales. Las familias no transmiten la misma disciplina, la misma relación con la escuela, la misma paciencia, la misma autoridad, el mismo gusto por el ahorro, el mismo lenguaje, la misma capacidad de proyectarse en el tiempo. Con mayor razón, una sociedad que alberga poblaciones de orígenes diversos, memorias distintas y culturas familiares divergentes no puede desembocar espontáneamente en resultados idénticos.
No hay en esta constatación ninguna jerarquía moral. Es la simple aceptación de la diversidad humana. Los hombres no son unidades administrativas que puedan colocarse en una hoja de cálculo hasta obtener, por circular ministerial, una distribución armoniosa. Traen consigo lenguas, gestos, lealtades, modelos de autoridad, hábitos de trabajo, recuerdos, heridas, formas de educar a los hijos, maneras de relacionarse con el Estado y con la ley. No son intercambiables. Nunca lo han sido.
Estados Unidos, que vive desde hace mucho tiempo en ese caldero étnico, religioso y social, debería haber servido de advertencia a Europa. Allí se han multiplicado derechos, cuotas, programas, discriminación positiva, departamentos universitarios, seminarios obligatorios, burocracias de diversidad e inclusión. Los resultados son conocidos: las diferencias persisten, los agravios se refinan, los conflictos se desplazan, las categorías se multiplican y cada reparación definitiva de la historia produce nuevas deudas. La igualdad jurídica no fabrica la identidad de los destinos.
Francia descubre ahora esta verdad con la tardanza soberbia de las naciones que se creen dispensadas de aprender de otros pueblos. Durante mucho tiempo pretendió asimilar en silencio. Cuando dejó de asimilar, empezó a moralizar. Habiendo renunciado a transmitir una forma común, exige ahora que poblaciones muy distintas produzcan resultados idénticos en una sociedad que ya no sabe muy bien qué quiere ser. Es pedir a los hombres que entren en una casa cuyos dueños han perdido las llaves.
España avanza por una senda parecida, aunque con su propio genio nacional. Durante decenios creyó que su problema esencial era liberarse de sus sombras históricas: Franco, la Iglesia, la nación, la unidad, la vieja España de sotana, cuartel y familia. Luego importó con entusiasmo la gramática progresista europea. Hoy sus ministros repiten que ya no basta con no ser racista, sino que hay que ser antirracista. La fórmula no describe una virtud cívica. Anuncia una adhesión doctrinal. Quien no milita queda ya bajo sospecha.
El antirracismo español se parece al francés por su confianza en el aparato público, los informes, los diagnósticos, los protocolos y la educación obligatoria de las conciencias. Se diferencia quizá por su trasfondo: España no administra sólo poblaciones inmigradas, sino una culpabilidad nacional permanentemente reactivada. Su izquierda no ha terminado nunca de reconciliarse con la España histórica. Por eso tiende a interpretar cualquier defensa de la continuidad nacional como un resto franquista, y cualquier inquietud popular ante la inmigración como una enfermedad moral que debe ser corregida.
El racismo antiblanco
En ambos países hay, sin embargo, un racismo que las autoridades miran con incomodidad, cuando no con ceguera: el racismo antiblanco, o si se prefiere, antiautóctono. Existe, no obstante, en patios de colegio, en barrios donde el europeo pobre se descubre minoritario, en agresiones acompañadas de insultos demasiado claros, en esa hostilidad hacia el nativo que los medios de gran circulación empiezan apenas a dejar pasar por las grietas del silencio.
El problema es que este racismo real arruina la dramaturgia oficial. El catecismo antirracista necesita una escena simple: culpables hereditarios de un lado, víctimas por destino del otro. La realidad, por desgracia para los escribanos del bien, es más desordenada. También quienes fueron colocados de antemano en el banquillo de los culpables pueden sufrir un odio racista; y ese odio puede proceder, no pocas veces, de aquellos a quienes el discurso dominante había consagrado previamente como víctimas. El blanco pobre, el francés ordinario, el español ninguneado, el muchacho autóctono insultado por serlo, descomponen así el teatro moral de la época. El odio no respeta los expedientes del ministerio. Va y viene entre los hombres como todas las pasiones bajas.
De ahí nace la gran mentira de nuestro tiempo. Se dice que se quiere celebrar la diversidad, pero se niega su primera consecuencia: la diferencia. Se exaltan las culturas, los orígenes, las memorias, las identidades, las pertenencias, y luego se finge sorpresa cuando esas pertenencias producen comportamientos colectivos, solidaridades particulares, preferencias, tensiones, distancias y resultados distintos. Se quiere el arco iris, pero se exige que todos los colores proyecten exactamente la misma luz.
La vieja República francesa tenía una respuesta más robusta. No prometía igualdad de resultados. Prometía una forma común. La escuela, la lengua, el servicio militar, el derecho, los usos públicos, la cortesía nacional, a veces dura y a veces injusta, imponían a todos una disciplina de entrada. Se podía llegar a ser francés, pero había que llegar a serlo dentro de una forma ya existente. Después de la marea afro-musulmana, esa máquina fue desmontada en nombre del individuo, de la diferencia y del respeto a las identidades. Los mismos que la desmontaron se lamentan ahora de que las piezas ya no encajen.
España, en esto, debería mirar con atención a Francia y no repetir su camino con veinte años de retraso. La integración no se obtiene acumulando observatorios, ni transformando cada desigualdad estadística en indicio de delito moral. Una nación no es una sala de espera multicultural administrada por funcionarios de la sensibilidad. Es una forma histórica, una continuidad de lengua, derecho, memoria, maneras, lealtades, símbolos y autoridad. Cuando esa forma se debilita, no la reemplazan los talleres de convivencia. La reemplazan el tribalismo, la desconfianza y la policía del lenguaje.
El ejemplo argentino
La ruptura argentina resulta por eso tan interesante. Con Javier Milei, Argentina ha cortado, al menos simbólicamente, el nudo gordiano. El Gobierno disolvió en 2024 el INADI, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, y transfirió sus recursos al Ministerio de Justicia. No fue una simple reforma administrativa. Fue un gesto político de primer orden: decir que el Estado no debe convertirse en una inmensa maquinaria de pedagogía ideológica, ni en agencia de empleo para profesionales de la queja identitaria.
Milei ha ido más lejos en la batalla cultural. Su Gobierno anunció también la prohibición del lenguaje inclusivo y de las referencias a la llamada perspectiva de género en la administración pública nacional. Se podrá discutir su estilo, a menudo brutal, y sus excesos verbales, que pertenecen al teatro argentino de la política. El fondo, sin embargo, señala un camino: devolver al Estado a sus funciones propias, sacarlo de la catequesis progresista, impedir que cada oficina pública se transforme en seminario de reeducación moral.
Argentina no es Francia, ni España. Tiene su propia enfermedad, su anarquía cordial, su populismo sentimental, sus abismos económicos y su talento incomparable para convertir cada solución en un drama. Sin embargo, en este punto ha entendido algo antes que muchos europeos: la burocracia de la diversidad no cura las heridas sociales. Las administra, las codifica, las subvenciona y vive de ellas. Allí donde París y Madrid multiplican diagnósticos, Milei ha señalado que también se puede empezar por cerrar ventanillas.
Una cosa es castigar una injusticia; otra muy distinta es convertir toda diferencia de resultado en prueba de culpa colectiva. Si los hombres son libres, producirán necesariamente resultados diferentes. Si no se acepta esto, la libertad misma se convierte en problema.
Redon, con sus aguas oscuras, sus raíles y sus puentes, comprende mejor que muchos gabinetes ministeriales lo que es una confluencia. Aguas distintas pueden encontrarse. No se vuelven por ello inmediatamente la misma agua. Necesitan cauce, tiempo, orillas, pendiente, a veces compuertas. Una nación no es un depósito de flujos humanos regulado por circulares. Es una forma viva, lenta, carnal, vulnerable.
El antirracismo contemporáneo cree que basta navegar más rápido para alcanzar el horizonte. No entiende que el horizonte no fue hecho para ser alcanzado. Sirve para orientarse, no para desembarcar. Una política razonable debería combatir las injusticias sin prometer la abolición de las diferencias; proteger a las personas sin disolver los pueblos; recordar la dignidad de cada uno sin exigir la identidad de todos los destinos. Ya sería mucho. Sería casi una revolución.
Mientras tanto, el navío antirracista seguirá su ruta. Tendrá ministros, expertos, observatorios, comisarios, cartas nuevas y cuadernos de bitácora. Anunciará pronto que se aproxima al puerto definitivo. Luego el horizonte retrocederá de nuevo, con esa ironía tranquila de las cosas que no dependen de nosotros. Entonces se votará otra ley, se nombrará otro delegado, se abrirá otra plataforma, se lanzará otra campaña. Y el viejo navío, bonachón y cruel, volverá a hacerse a la mar delante de ellos.
Para extirpar el racismo antiblanco (junto con el antinegro) sólo hay una solución:
REMIGRACIÓN























