Sumidos en la vorágine de los delirios woke, inmersos en el combate contra la degeneración que representa la ideología de género, a veces nos precipitamos y liquidamos el asunto de la transexualidad con un juicio un tanto apresurado y sumario.
Hay que condenar, por supuesto; más aún, hay que prohibir los esfuerzos por fomentar y promover la transexualidad, sobre todo entre niños y adolescentes. No hacerlo, no denunciar con vigor los designios de los activistas LGTBIQ+, significa, entre otras cosas, olvidar que las amputaciones de los cuerpos infantiles o adolescentes serán irreversibles el día —mucho más frecuente de lo que se piensa— en que quieran dar marcha atrás.
Ahora bien, ello no significa en modo alguno ni que toda disforia sea producto de la propaganda woke, ni que un profundo sufrimiento no marque a quienes tienen la desgracia de que, en sus cuerpos, la naturaleza se ha equivocado de sexo.
Por ello, se debe saludar con entusiasmo la forma en que Trystan Mordrel, rehuyendo toda tentación reaccionaria, abraza la gran complejidad del asunto. Algo poco habitual, al menos en España, en el ámbito de quienes luchamos con el mayor denuedo contra el nihilismo y la degeneración de nuestros tiempos.
J. R. P.
El tren de Rennes a Quimper iba lleno aquella tarde de jueves, con esa promiscuidad resignada de los viajes estivales en que cada pasajero lleva encima el cansancio de la semana y un poco del calor ajeno. Afuera, Bretaña no corría verde ni húmeda, como manda la estampa turística, sino amarillenta y reseca después de semanas sin agua; los prados parecían chamuscados y un sol de plomo caía sobre una tierra que uno imagina condenada por naturaleza a la lluvia. Adentro, el aire acondicionado había capitulado y cada estación añadía nuevos cuerpos a aquella estufa sobre rieles.
Yo acababa de doblar Le Figaro y me defendía de la canícula con un abanico negro, de luto, regalo de mi hija, que lo había comprado para mí en Casa de Diego, en la Puerta del Sol. Casi enfrente se levanta la Real Casa de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid y entonces Dirección General de Seguridad, desde una de cuyas ventanas cayó Julián Grimau durante los interrogatorios de 1962. Vaya uno a saber por qué caminos trabaja la memoria: mi hija entra a comprar un abanico y, medio siglo después de lo sucedido con el dirigente comunista español, un simple objeto negro me lleva desde un tren bretón hasta una ventana de la policía en Madrid.
Fue mientras me abanicaba cuando reparé en un pasajero sentado no lejos de mí. Tendría treinta años, tal vez algunos más, y vestía inequívocamente como hombre, sin disfraz ni afectación, aunque una feminidad muy perceptible parecía haber pasado sobre sus maneras como pasa el viento sobre un campo de gramíneas: no cambia la naturaleza del paisaje, pero lo inclina entero en una misma dirección.
Las manos, el modo de sentarse, cierta elección de las prendas, la delicadeza de algunos movimientos componían una figura singular. No imitaba a una mujer ni parecía querer representar papel alguno; sencillamente era un hombre afeminado, de esos que existieron siempre y que nuestro tiempo contempla como si acabara de descubrir una nueva especie zoológica.
Su vida sexual me importaba un comino. Una de las vulgaridades contemporáneas consiste en transformar la alcoba del prójimo en documento de identidad, como si fuera indispensable saber con quién duerme un hombre antes de decidir qué pensar de él. Lo interesante era otra cosa: el leve desconcierto que aquel pasajero sembraba a su alrededor sin hacer el menor esfuerzo para provocarlo.
Algunas mujeres lo miraban con curiosidad y no siempre con simpatía. Había en ciertos ojos una inquietud difícil de precisar, casi la cautela que despierta una competencia cuyas reglas se desconocen. Los hombres lo examinaban más brevemente y apartaban la vista, como si la vieja aduana mental hubiera dudado un instante sobre qué sello estamparle. Era un hombre, nadie podía negarlo, pero llevaba suficientes señales tomadas del otro sexo para provocar un pequeño temblor en la cómoda geometría binaria con que ordenamos a nuestros semejantes.
Pensé que la humanidad conocía hombres así desde muchos milenios antes de que aparecieran endocrinólogos militantes, banderas nuevas y comités de expertos. Algunas sociedades los despreciaron; otras les encontraron acomodo en los márgenes; otras todavía les reconocieron funciones particulares. Los rae-rae de Polinesia son apenas uno de los ejemplos que conserva nuestro pobre catálogo occidental. El viejo mundo podía ser feroz, pero había comprendido una verdad elemental que la modernidad, a fuerza de sofisticarse, corre a veces el riesgo de olvidar: un hombre podía ser afeminado sin dejar por ello de ser hombre.
Aquel pasajero parecía, por lo demás, bastante satisfecho con el reparto que le había tocado. Llevaba un lindo reloj, vestía con ese cuidado que revela más gusto que vanidad y tenía la serenidad de quien ha dejado de discutir todas las mañanas con su espejo. En algún momento vio mi abanico negro. Nuestras miradas se cruzaron y creí advertir una chispa de diversión, quizá también de reconocimiento.
Sospeché que había entendido el código mejor que muchos otros pasajeros. Mi abanico no constituía transgresión alguna; al contrario, yo respetaba con escrúpulo casi arqueológico una antigua convención masculina. Él, que parecía manejar con tanta soltura la frontera entre los signos de ambos sexos, probablemente había reconocido al vuelo esa pequeña sutileza. Me habría gustado conversar con él, pero era materialmente imposible: el tren del viernes estaba atestado, el pasillo ocupado y la temperatura volvía irrespirable cualquier charla que pretendiera ser un poco confidencial. Habríamos tenido que conversar a voz en cuello ante media docena de desconocidos, lo cual es la negación misma de una conversación.
Pasado Lorient, las grúas de sus astilleros se recortaron un instante contra el cielo blanco del calor y me devolvieron, por una asociación inevitable, al Río de la Plata. De aquellas gradas salieron buques que terminarían navegando bajo pabellón argentino; las corbetas de la clase A-69 que recibió nuestra Armada fueron construidas en los astilleros de Lorient, y también allí fue botado el navío que más tarde se convertiría en el patrullero ARA Bouchard. Hay sitios en Europa donde un argentino encuentra, entre una grúa y una dársena, huellas inesperadas de su propio país.
Fue después de Lorient cuando abrí la tableta. Leo el New York Post junto al mucho más compuesto Washington Post: el primero tiene algo de comisaría, diner abierto toda la noche, taxi amarillo y hospital público; el segundo huele a seminario universitario, despacho refrigerado y café servido en vaso reciclable. Entre ambos se adivina algo de los Estados Unidos verdaderos, lectura para mí más preciada desde que ya no tengo permitido viajar allá, andar por sus calles y mirar el país por mí mismo.
El Post traía aquella tarde varias historias sobre los llamados detransitioners: personas que, después de haberse sometido a una transición médica, intentan volver sobre sus pasos. Hay palabras modernas cuya frialdad administrativa parece inventada para ocultar la carne que designan. «Destransición» es una de ellas. Uno desanda un camino, deshace una valija o se desdice de una opinión; desandar una mastectomía es asunto bastante más complicado.
Los artículos remitían a un informe reciente del Departamento de Sanidad norteamericano, titulado con esa brutalidad que los estadounidenses reservan a sus guerras culturales: Wolves in White Coats, «Lobos con bata blanca». El documento fue elaborado bajo la administración Trump y varios de sus autores pertenecen al campo conservador cristiano de Estados Unidos, dato que conviene tener presente antes de leerlo. No estamos ante tablas descendidas del Sinaí ni ante la neutralidad de una academia suspendida sobre las pasiones humanas, sino ante un informe de combate.
Hecha esa salvedad, las cifras poseen la desagradable costumbre de conservar su peso incluso cuando uno desconfía de quien las presenta. El informe calcula que desde 2019 hospitales y clínicas estadounidenses facturaron cerca de 120 millones de dólares por tratamientos relacionados con la transición de menores, con más de 5.500 intervenciones quirúrgicas y alrededor de 8.500 tratamientos hormonales o bloqueadores de la pubertad. Describe asimismo una figura de siniestra eficacia económica: el «paciente cautivo», el adolescente que entra físicamente sano en determinado circuito y puede quedar ligado durante décadas a hormonas, análisis, controles endocrinológicos, cirujanos, ginecólogos, urólogos y nuevas operaciones.
Nada de esto significa que bajo cada bata blanca se esconda Shylock afilando el cuchillo. El cirujano vive de operar como el panadero vive de vender pan, y no por ello desea que enfermemos ni que el vecindario padezca hambre. La cuestión se enturbia cuando el interés del enfermo y el de la institución dejan de señalar el mismo norte, y cuando una decisión presentada como emancipadora convierte a una persona joven y sana en cliente permanente de un sistema médico.
Una mastectomía produce una factura; las hormonas producen facturas durante años y las complicaciones también tienen su tarifa. Hasta el arrepentimiento puede transformarse en nueva clientela. El informe calcula que determinados itinerarios iniciados durante la adolescencia pueden representar entre 25.000 y 75.000 dólares aun sin cirugía y acercarse a los 170.000 cuando entran en juego distintas operaciones. Allí aparece una de las mandíbulas de la tenaza: no un complot de médicos perversos, sino algo infinitamente más vulgar y, por eso mismo, más creíble: una pendiente favorable encontrada por el dinero.
La otra mandíbula se fabrica mucho antes de que el adolescente cruce la puerta del consultorio. Se forja en el colegio, en el teléfono, en la habitación cerrada y, sobre todo, delante del espejo. Nunca las chicas disfrutaron de tantas libertades jurídicas y quizá nunca estuvieron sometidas a una vigilancia tan despiadada de su cuerpo. Las persigue un ejército de imágenes: fotografías retocadas, pornografía precoz, comparaciones sin término, amigas más lindas, amigas más flacas, muchachos que miran demasiado y muchachos que no miran lo suficiente, mientras toda una economía digital ha convertido la anatomía femenina en espectáculo cotidiano.
Luego llega la pubertad, una invasión para la que nadie solicita permiso. El cuerpo avanza, aparecen los pechos, la sangre, el deseo ajeno y la incómoda conciencia de ser mirada. Si a ello se agregan el autismo, la depresión, la soledad o algún abuso pasado, la propia carne puede convertirse en una estancia sitiada. Nuestra época ofrece entonces una explicación de extraordinaria potencia: quizá el problema no consista en aprender a habitar ese cuerpo; quizá el problema sea el cuerpo mismo.
El informe cuenta la historia de Clementine Breen, que había sufrido abuso sexual a los siete años y llegó a la pubertad con una profunda angustia por su condición femenina. Buscó una respuesta en Internet y la encontró con esa rapidez con que la red suele responder a las preguntas que deberían demorarse. A los doce años recibió bloqueadores de la pubertad, a los trece testosterona y a los catorce una doble mastectomía. A los dieciocho, después de abordar terapéuticamente el trauma sexual de su infancia, abandonó la testosterona.
Catorce años es una edad formidable para tener certezas y pésima para convertir algunas de ellas en irreversibles. Yo también supe, a esa edad, muchas cosas que la vida tuvo después la descortesía de desmentir, porque el adolescente está hecho de convicciones talladas sobre arena y de desesperaciones que parecen eternas hasta que dejan de serlo. Durante siglos dispusimos, para algunas de ellas, de un remedio lento, gratuito y no siempre agradable, pero bastante eficaz: esperar.
España posee ya sus propios relatos. Susana Domínguez inició la hormonación siendo adolescente y más tarde fue sometida a una mastectomía y una histerectomía; años después denunció que no se habían explorado suficientemente otros problemas, entre ellos un autismo entonces no diagnosticado. Sandra Mercado ha narrado igualmente su experiencia y su posterior destransición en un libro significativamente titulado La estafa del transgenerismo. Memorias de una destransición. Son historias diferentes y deben leerse como tales, porque sería absurdo responder al dogmatismo de unos construyendo un dogmatismo contrario.
Hubo siempre muchachos afeminados y hubo siempre mujeres masculinas, aquellas garçonnes que escandalizaban a nuestros bisabuelos y que hoy parecen haberse concentrado profesionalmente en las canchas de tenis. Allí la especie sobrevive en número apreciable sin que sea necesario resucitar a Félix Rodríguez de la Fuente para filmarla en un episodio de El hombre y la Tierra, con aquella voz grave de profeta castellano explicándonos sus costumbres migratorias y el ritual del saque. (RTVE.es) La broma esconde, sin embargo, una cuestión seria: durante mucho tiempo nadie pensó que una muchacha de pelo corto, maneras recias y afición por otras mujeres necesitara por ello convertirse en varón.
El progreso ha producido aquí una de esas paradojas que hubieran hecho sonreír a cualquier viejo criollo de boliche. Derribamos los estereotipos sexuales para terminar preguntándole al chico delicado si acaso no será una chica, y a la muchacha masculina si no habría sido mejor que hubiese nacido varón. Se proclamó la abolición de las casillas y, por un extraño rodeo, algunas vuelven a construirse con hormonas y bisturí.
La Argentina conoce bien estas discusiones. En 2012 fue pionera con su Ley de Identidad de Género; en 2025, el Decreto 62 modificó el artículo 11 y reservó para los mayores de dieciocho años los tratamientos hormonales y las intervenciones quirúrgicas allí contemplados. Se podrá discutir la decisión, como los argentinos lo discutimos todo, preferentemente levantando la voz antes de haber terminado el primer café, pero el cambio revela que incluso un país situado durante años en la vanguardia legislativa terminó formulándose una vieja pregunta: qué puede decidir un menor sobre un cuerpo cuyas consecuencias deberá llevar el adulto que todavía no existe.
No es asunto sencillo y precisamente por eso desconfío de quienes lo presentan como sencillo. Quien padece una disforia profunda merece que su sufrimiento sea escuchado con respeto; el muchacho que siente horror ante su masculinidad, la chica que quisiera escapar de su pubertad, el joven homosexual que todavía no ha aprendido a nombrarse, todos merecen amparo. Merecen también algo mejor que una respuesta preparada antes de haber formulado completamente la pregunta.
La medicina debería recuperar aquí una de sus virtudes más antiguas: la paciencia frente a lo que todavía no ha terminado de formarse. Cuando la naturaleza aún está escribiendo, el médico debería pensarlo dos veces antes de corregir con tinta indeleble una frase cuyo final todavía ignora.
El peligro aparece cuando la angustia adolescente queda apresada entre dos fuerzas que empujan en el mismo sentido. De un lado, una cultura que enseña a sospechar del propio cuerpo y convierte cualquier desajuste con los estereotipos en problema de identidad; del otro, un sistema médico en el que cada intervención genera actos, seguimiento y dinero. Una mandíbula está hecha de soledad, redes sociales, miedo y necesidad de pertenecer; la otra, de ideología, prestigio institucional y beneficios económicos. Entre ambas queda un chico, y un chico tiene la particularidad de no saber todavía quién será el adulto que deberá vivir con sus decisiones.
El hombre de mi tren bajó en Rosporden. Antes de descender volvió a mirar mi abanico negro y me sonrió, y yo guardé aquel gesto porque me pareció, quizá arbitrariamente, la imagen de otra posibilidad. Nada sabía de su vida ni de sus sufrimientos, pero allí estaba: un hombre evidentemente femenino que había encontrado una manera propia de estar en el mundo sin necesidad aparente de declarar la guerra a su cuerpo.
Tal vez una sociedad verdaderamente tolerante debería empezar por devolver a sus jóvenes el derecho a ser raros. Que el muchacho delicado pueda seguir siendo muchacho, que la chica masculina pueda seguir siendo chica, que un adolescente tenga permiso para confundirse y que quien sufre disponga de tiempo para averiguar de dónde viene su sufrimiento. No veo en ello reacción ni crueldad; veo la antigua prudencia de quien sabe que hay decisiones cuya grandeza exige demora.
Cuando llegamos a Quimper, a las seis y veinticinco, guardé la tableta y volví a cerrar mi abanico negro. Me esperaba todavía casi una hora hasta el autobús de la costa, tiempo suficiente para pensar que las modas intelectuales, los gobiernos, los ministros y las teorías médicas tienen todas la fugacidad de las tormentas de verano: llegan con estrépito, ocupan el horizonte y después se alejan.
El cuerpo no posee esa ligereza. Guarda una memoria testaruda de lo que se le ha hecho, y la obra del bisturí no desaparece porque diez años después cambie una convicción, se comprenda un trauma antiguo o se mire de otro modo el propio reflejo. Se puede retirar una doctrina, derogar una ley, abandonar una hormona y hasta renegar de la persona que uno creyó ser; no basta, en cambio, con arrepentirse para que vuelva lo que fue extirpado.
Quizá por eso seguí pensando, ya rumbo a la costa bretona abrasada por la sequía, en aquel hombre de Rosporden y en su sonrisa. Entre la violencia de obligar a cada cual a encajar en un molde y la no menos extraña violencia de cortar el cuerpo para hacerlo coincidir con una idea, queda un viejo camino, menos espectacular y bastante más humano: aprender a vivir con la parte de nosotros mismos que no cabe del todo en ninguna casilla.
Para acabar con la sustitución de nuestros pueblos,
la REMIGRACIÓN se impone
♦ Pero ¿en qué consiste?
♦ ¿Cómo hacerlo con tantllisimos implicados?
Es lo que se debate en ÉLÉMENTS-EL MANIFIESTO
Siga el gran tema en el que nos jugamos el futuro























