"Leía las historietas de Mortadelo y Filemón y escuchaba a Tip y Coll en los programas de Radio Nacional."

Los españoles y la capacidad de reírse de uno mismo

«La cuestión —escribe Trystan Mordrel— no es que España haya dejado de producir gente graciosa. Es que parece haber perdido, en buena medida, la capacidad de reírse colectivamente de sus propias manías.»

 


 

Estaba sentado frente al mar, en un café de la costa bretona, hojeando Le Figaro Magazine, cuando me encontré con la necrológica de Philippe Bouvard. Para un lector español quizá convenga explicar quién fue aquel hombre, porque pertenecía a una de esas especies mediáticas muy francesas cuya celebridad parece inmensa dentro del Hexágono y pierde de pronto densidad al atravesar los Pirineos. Durante más de medio siglo, Bouvard fue periodista, entrevistador, presentador de televisión y, sobre todo, una de las grandes voces de la radio popular francesa.

Su carrera resulta difícil de imaginar en nuestro tiempo de diplomas, departamentos de recursos humanos y carreras cuidadosamente programadas. Entró en Le Figaro en 1952 como recadero del servicio fotográfico. Empezó escribiendo los pies de las fotografías que llevaba de una mesa a otra; los pies se fueron haciendo más largos, terminaron convertidos en artículos y, diez años después, el antiguo chico de los recados dirigía ya la sección parisina del periódico. Luego vendrían France-SoirParis MatchNice-MatinLe Figaro Magazine, la televisión y RTL, emisora en la que permaneció durante más de medio siglo. Él mismo calculaba haber producido 30.000 artículos, 25.000 horas de radio, 15.000 de televisión y más de sesenta libros. Solamente Les Grosses Têtes, el programa que convirtió en institución nacional, superó las 12.000 emisiones.

Les Grosses Têtes tampoco tiene un equivalente exacto en España. Era a la vez tertulia, concurso, sobremesa, patio de colegio para adultos, ejercicio de cultura general y refugio del chiste verde. Escritores, actores, periodistas y humoristas competían en ingenio bajo la presidencia de Bouvard, que mantenía aquello unido con una mezcla de autoridad, malicia y aparente desgana. El humor podía ser culto y, tres segundos más tarde, extraordinariamente grosero.

Había en ello algo profundamente francés. La nación que venera a Racine nunca ha sentido especial repugnancia por una buena historia de cuernos. Entre Rabelais y el cuerpo de guardia existe una continuidad subterránea que al extranjero le cuesta a veces percibir. Bouvard pertenecía enteramente a esa tradición: culto sin pedantería, obsceno sin necesidad de proclamarse transgresor, capaz de pasar de un aforismo sobre la muerte a una broma de alcoba sin cambiar el tono de voz.

Una anécdota resume bastante bien su posición. En 2000, un director de programas de RTL decidió que había llegado el momento de «rejuvenecer» la antena y prescindió de él. La audiencia cayó. Hubo que llamar de nuevo al viejo periodista, que se limitó a comentar: «El único buen director de programación es el público». Hay frases que vuelven superfluos varios años de estudios de comunicación.

Leyendo aquella necrológica descubrí, sin embargo, algo en lo que nunca había reparado: Bouvard procedía de una familia judía. El dato me sorprendió precisamente porque jamás lo había asociado con su personaje público. En mi imaginación, Bouvard era casi químicamente francés, hasta en sus excesos, en sus gustos y en sus defectos.

Y entonces empecé a hacerme una pregunta que probablemente no admita respuesta definitiva.

No me preguntaba si Philippe Bouvard practicaba un «humor judío». Evidentemente no, al menos en el sentido que solemos dar a esa expresión. Su humor era parisino, boulevardier, carnal, gaulois. La cuestión era otra: ¿puede el hecho de proceder de una historia familiar ligeramente desplazada respecto del centro proporcionar esa pequeña distancia desde la cual se observa mejor la sociedad a la que uno pertenece?

No estar fuera de ella, ni mucho menos por encima. Apenas medio paso al costado.

 

Mortadelo y Filemón

 

Inmediatamente pensé en René Goscinny. Pocos hombres han comprendido a los franceses con tanta exactitud y, sin embargo, su biografía no tiene nada de aldeano arraigado desde veinte generaciones en el mismo campanario. Nacido en Francia en una familia judía de Europa oriental, pasó su infancia y juventud en la Argentina y acabó convirtiéndose en uno de los grandes intérpretes del carácter francés.

Basta releer Astérix olvidándose por un momento de los romanos. Lo que aparece ante nosotros es Francia: el jefe susceptible al que todos obedecen mientras se burlan de él, el comerciante convencido de la excelencia de una mercancía manifiestamente dudosa, la riña con el vecino cuyo origen ya nadie recuerda, el parisino, el corso, el normando, el funcionario y, al final, el banquete capaz de reconciliar a quienes han pasado el álbum entero insultándose.

Goscinny había entendido una verdad capital sobre los franceses: pueden detestarse desde el desayuno hasta el aperitivo con tal de poder cenar juntos.

Quizá había que haber conocido el Río de la Plata para mirar Lutecia con semejante precisión.

Después pensé en Tato Bores. Su nombre necesita alguna explicación para el lector español, aunque debería necesitarla menos. Su verdadero nombre era Mauricio Borensztein y durante décadas fue una de las grandes conciencias humorísticas de la Argentina. Aparecía con frac, peluca, gafas y puro, y hablaba a una velocidad capaz de dejar sin respiración a un subastador de ganado.

Los gobiernos cambiaban. Los militares reemplazaban a los civiles, los civiles volvían después de los militares, los ministros de Economía anunciaban por enésima vez el saneamiento definitivo de las finanzas públicas, la moneda perdía ceros y Tato seguía hablando.

Había comprendido un mecanismo argentino muy particular: nosotros soportamos buena parte de nuestras desgracias contándolas. Convertimos la inflación en anécdota, al ministro en personaje de sainete y el desastre administrativo en chiste. Cuando se desploma la moneda nacional, el argentino no pregunta únicamente cuánto vale el dólar; empieza también a preguntarse qué buena historia saldrá del asunto.

Tato procedía igualmente de una familia judía llegada de Europa oriental. Era, sin embargo, argentino hasta los tuétanos. Y ahí empieza a interesarme realmente la cuestión: algunos de los mejores intérpretes de una sociedad parecen disponer de una raíz que los lleva unos metros más allá del lugar exacto en el que están plantados.

El tercer nombre que me vino a la cabeza fue Marcos Mundstock. Aquí puedo ahorrar explicaciones, porque Les Luthiers forman parte también de la memoria cultural española. Mundstock era el hombre de la voz grave, el oficiante que presentaba con solemnidad académica las desventuras musicales del desgraciado Johann Sebastian Mastropiero. Podía pronunciar la mayor enormidad con el gesto de un catedrático que acaba de zanjar definitivamente una controversia sobre el ablativo absoluto.

A su alrededor, otros argentinos excelentes construyeron durante medio siglo un universo en el que Bach se encontraba con el juego de palabras, la música popular con los instrumentos absurdos, y la alta cultura con un disparate rigurosamente organizado. Mundstock procedía también de una familia judía centroeuropea. Les Luthiers, sin embargo, fueron tan argentinos como el mate, la discusión interminable y esa costumbre nuestra de arreglar el país después de medianoche.

Bouvard, Goscinny, Tato Bores y Mundstock no tienen prácticamente nada en común desde el punto de vista humorístico. El primero era carnal y boulevardier; el segundo poseía la precisión de un relojero; el tercero analizaba la política con bisturí; el cuarto llevaba el absurdo culto hasta regiones de exquisita inutilidad. Intentar extraer de sus orígenes una especie de esencia humorística sería cometer precisamente la tontería que trato de evitar.

Queda, sin embargo, el pequeño desplazamiento del punto de vista.

Lo conozco por razones completamente distintas. Soy platense, vivo desde hace años en Bretaña y mi cultura se ha formado en buena medida en francés, aunque debajo continúe existiendo ese subsuelo argentino que nunca desaparece y, en uno de los cuartos de la casa, permanezca abierta una vieja ventana española. Entre esos lugares están el Atlántico, varias lenguas, muchos libros y ese almacén de recuerdos inútiles que acaba constituyendo una vida.

A veces las asociaciones resultan extravagantes. Hace poco escribía sobre un abanico negro comprado en la Puerta del Sol de Madrid. El simple nombre de la plaza hizo aparecer inmediatamente en mi cabeza a Julián Grimau, dirigente comunista cuya defenestración en 1962, en los locales de la Dirección General de Seguridad, quedó ligada a aquel lugar. Detrás de Grimau surgieron otras palabras y otros recuerdos de aquella España. En la versión francesa me los guardé; habría obligado al lector a seguirme por un desvío demasiado largo. Aquí puedo mencionarlos, porque un español conoce de antemano una parte del paisaje.

Eso es precisamente lo que me interesa. Una misma palabra abre puertas distintas según la memoria de quien la oye.

‘La Codorniz. La revista más audaz para el lector más inteligente’

Quizá sea también un recuerdo español el que me hace desconfiar de la idea de que España padezca por naturaleza una falta de humor. Viví allí entre 1969 y 1971, siendo todavía muy joven, y una parte de mi educación sentimental española pasó precisamente por la risa. Leía las historietas de Mortadelo y Filemón y escuchaba a Tip y Coll en los programas de Radio Nacional. Son recuerdos pequeños, pero han quedado adheridos a aquella España con la obstinación de las imágenes infantiles.

Aprendí algo del país a través de aquellos dos agentes secretos capaces de sobrevivir a todas las calamidades que ellos mismos provocaban, y también mediante aquellos dos señores que podían levantar una catedral del absurdo sobre una premisa perfectamente lógica. La España de entonces era mucho más seria en sus instituciones que la de hoy y, paradójicamente, sabía reírse de sí misma con una libertad que ahora echo de menos.

Por eso sería disparatado afirmar que España carece de tradición humorística. Ahí están La Codorniz, Gila, Tip y Coll, Mingote, Chumy Chúmez, Forges y buena parte del viejo cine español. Mucho antes estaban Quevedo y esa formidable maquinaria de demolición que es el esperpento de Valle-Inclán. Pocos pueblos europeos poseen una tradición tan abundante de sarcasmo, humor negro, retranca y desconfianza hacia la solemnidad.

La cuestión no es que España haya dejado de producir gente graciosa. Es que parece haber perdido, en buena medida, la capacidad de reírse colectivamente de sus propias manías.

Y quizá aquí valga una imagen algo lugoniana. Las naciones, como las noches de la pampa, parecen a veces inmóviles cuando en realidad están recorridas por innumerables rumores. Basta que se apague una luz para que aparezcan estrellas que no veíamos. El humor cumplía esa función: apagaba por un instante las lámparas demasiado fuertes de la política y permitía descubrir un cielo común.

Hoy ese cielo está más parcelado.

España sigue teniendo monologuistas, imitadores, programas satíricos, dibujantes y cómicos excelentes. Lo que escasea es aquella figura capaz de hacer reír a personas políticamente opuestas de una misma cosa y, mucho más difícil todavía, de ellas mismas. El espectador sabe con frecuencia de antemano quién será el blanco y quién quedará a salvo. La risa empieza a parecerse demasiado a una votación.

Cada tribu posee sus bufones y éstos cumplen la función tranquilizadora de confirmar que los idiotas son siempre los de enfrente.

No era ésa la gran tradición española. Gila podía hablar de una guerra y convertirla en absurdo sin exigir previamente la adhesión ideológica del espectador. Tip y Coll podían convertir la burocracia, la lógica y el lenguaje en una materia cómica reconocible para todos. Mingote dibujaba españoles, no votantes de una sigla determinada. Incluso la sátira política más feroz conservaba un espacio en el que la estupidez humana tenía precedencia sobre el programa electoral.

Eso es lo que hoy parece haberse estrechado.

Las lenguas me han enseñado algo semejante sobre el desplazamiento de la mirada. Vi recientemente en las redes sociales a un hombre que se divertía construyendo frases en las que tres idiomas se alternaban constantemente de una palabra a otra. Lo sorprendente no era la dificultad, sino la naturalidad. Para quien comprende realmente los tres idiomas, la frase llega entera; el cerebro no se detiene en cada frontera para mostrar el pasaporte.

Quien vive de verdad entre varias lenguas conoce la sensación. Un sustantivo puede aparecer en español, recibir un adjetivo francés, encontrarse con un verbo inglés y regresar inmediatamente al castellano sin que el pensamiento haya tropezado. El gramático protesta; la cabeza sigue tranquilamente su camino.

Una lengua, además, no es un vocabulario recubierto por una gramática. Lleva canciones, insultos, maneras de hablar a una vieja señora, anuncios de la infancia, escritores, derrotas futbolísticas, guerras, recetas familiares, actores olvidados y melodías ridículas que uno lleva cuarenta años tratando de expulsar sin éxito. Cambiar de idioma es cambiar ligeramente de habitación.

Quizá el hombre pluricultural disponga así de una puerta de emergencia. La expresión me gusta porque no supone superioridad alguna. Quien posee una salida de emergencia no vive en una casa mejor que el vecino; puede simplemente asomarse al patio cuando el aire del salón se vuelve demasiado cargado y observar durante unos minutos las ventanas desde fuera.

Esa facultad resulta particularmente útil para el humorista. Para reírse de una sociedad hay que conocerla íntimamente: saber cuándo va a protestar un francés, cuándo exagerará un argentino y en qué preciso instante una conversación española alcanzará un volumen que un sueco interpretaría como el comienzo de una insurrección.

Al mismo tiempo hace falta una pequeña distancia. Aquello que consideramos enteramente normal termina por volverse invisible. El humor aparece cuando alguien desplaza medio centímetro una costumbre que todos juzgábamos natural y nos permite verla de repente en toda su extravagancia.

No conviene, sin embargo, transformar esta circunstancia biográfica en doctrina. La pluriculturalidad puede proporcionar a algunos hombres una distancia fecunda, pero no es condición del humor, ni mucho menos una receta para una sociedad. La mayoría de los hombres pluriculturales no se convierte en Goscinny o Mundstock; algunos son incluso soberanamente aburridos, lo que constituye una excelente garantía contra cualquier teoría racial o cultural demasiado perfecta.

Las raíces pueden, además, recorrer trayectos extraños sin dejar de ser raíces. Pienso, por ejemplo, en Jorge Verstrynge, español cuya formación intelectual conserva una biblioteca profundamente francesa. Puedo pensar también en mi propio caso: profundamente bretón hoy, culturalmente formado en gran parte por Francia, con un subsuelo argentino que no ha desaparecido y un rincón español que reaparece cuando menos lo espero. No pertenezco menos a los lugares que amo porque mis raíces no bajen todas verticalmente debajo de mis zapatos.

 

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Aquí se explica

 

Durante mucho tiempo busqué una imagen para esta condición. La del exiliado no me convence: el exiliado ha perdido una patria y mira hacia ella. Quien posee varias geografías interiores puede no haber perdido absolutamente nada.

Prefiero el manglar. Sus árboles están sólidamente arraigados, pero sus raíces tienen maneras poco convencionales: salen del suelo, cruzan el agua, reaparecen lejos del tronco y vuelven a hundirse, formando alrededor del árbol una extensión mucho mayor que la sombra de sus ramas. Algunas memorias funcionan así.

España, sin embargo, no necesita importar raíces para recuperar su puerta de emergencia. La tiene en casa desde hace siglos.

La tuvo Quevedo cuando contempló las grandezas humanas desde su reverso más miserable. La tuvo Valle-Inclán cuando deformó a sus personajes ante los espejos del Callejón del Gato para insinuar que la deformación podía ser más verdadera que el retrato oficial. La tuvieron Gila, Tip y Coll, Mingote y tantos otros. Todos sabían algo que hoy parece más difícil de admitir: para querer a un país no es necesario tomarlo siempre en serio.

Ése es quizá el verdadero desierto del humor español contemporáneo. No faltan cómicos. Falta a veces un terreno común sobre el que puedan encontrarse las risas. Un español de derechas debería poder reírse de la derecha; uno de izquierdas, de la izquierda; y ambos, durante unos minutos, de esa criatura extraordinaria que es el español cuando se enfada, pontifica, gesticula, improvisa una teoría universal y termina convencido de que sólo él ha comprendido el problema.

Tampoco parece que España necesite más humoristas encargados de demostrar a cada bando que sus adversarios son ridículos. Para eso bastan las redes sociales, que desempeñan ese cometido con una constancia admirable y resultados bastante mediocres. Lo que echo de menos, quizá porque conocí otra España y la observé siempre con ojos de extranjero familiar, es aquella antigua capacidad de volver la ironía contra uno mismo sin sentir por ello que se traiciona una causa.

España necesita recuperar algo mucho más antiguo, y probablemente mucho más sano: el placer de reírse otra vez de sí misma.

 

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