Seguimos a vueltas con doña Cayetana Álvarez de Toledo. Fernando Paz grabó un video —lo reprodujimos aquí el otro día— en el que desmontaba las falacias (tanto más peligrosas cuanto más sutiles) de tan singular personaje. Ahora es Trystan Mordrel —quien cada vez nos regala artículos con más hermosa garra literaria— quien abunda en consideraciones, tanto personales como políticas , sobre la misma dama.
¿Qué tipo de consideraciones? Sutiles y complejas, desde luego. Pero no les diremos más. Disfruten de ellas.
Fernando Paz tiene razón, y su análisis sobre Cayetana Álvarez de Toledo señala algo que me parece bastante más importante que las vicisitudes del Partido Popular. Para quienes creemos que los pueblos europeos tienen derecho a conservar su identidad, su continuidad histórica y el gobierno de su propio destino, el liberalismo de rostro inteligente, distinguido y seductor constituye probablemente un adversario mucho más temible que la izquierda progresista con sus banderas variopintas, su fealdad deliberada y ese aire de aquelarre municipal que permite reconocerla desde la otra punta de la plaza. Al enemigo que llega tocando el tambor se lo ve venir. Mucho más cuidado merece aquel que se presenta de frac, conoce nuestros autores y nos ofrece una copa antes de explicarnos por qué debemos desaparecer.
Quizás por eso me cuesta particularmente escribir sobre Cayetana. Durante años me fascinó, y sería demasiado cómodo fingir ahora que nunca ocurrió. Empecé a interesarme seriamente por la política española cuando trabajé para una editorial con sede en Barcelona. Desde entonces y hasta la llegada de Pedro Sánchez al poder viví casi cotidianamente entre sus querellas, sus periódicos, sus micrófonos, sus elecciones y sus pequeñas guerras civiles parlamentarias. Conocía entonces aquel mundo mucho mejor que hoy, cuando lo observo ya desde cierta lejanía, como se reconoce desde la costa un navío que alguna vez frecuentamos.
Fue en esos años cuando descubrí a Cayetana Álvarez de Toledo. Había en ella demasiadas cosas capaces de despertar mi curiosidad. Su larga formación argentina, para empezar, ese Buenos Aires que deja en quienes hemos nacido o crecido bajo su cielo una marca que no siempre se ve, aunque casi siempre se oye. En su castellano peninsular sobreviven ciertas inflexiones del Plata que mi oído reconoce al instante. No es solamente un acento; es una música subterránea, una cadencia que aparece y desaparece como esas tonadas que uno escucha al caer la tarde en alguna estancia perdida, cuando el campo se vuelve violeta, un perro ladra detrás de los eucaliptos y el horizonte parece alejarse todavía un poco más.
Confieso, además, que durante mucho tiempo había en esa fascinación una pizca de envidia, y no de la más noble. Mi español hablado se ha ido volviendo, con los años, menos espontáneo, menos suelto; hoy el francés me sale con una naturalidad que ya no tengo en la lengua de mi infancia. Y escucharla a ella, con ese español impecable, esa soltura y ese deje argentino tan elegante, mucho más lindo, qué duda cabe, que el mío, me producía una bronca bastante íntima. Era como ver a alguien conservar intacta una música que uno siente haber perdido, en parte, por el camino. La Argentina tiene esas cosas: uno puede abandonarla, cruzar océanos, hacerse europeo hasta los huesos y, sin embargo, basta una inflexión de voz para que vuelva de golpe el olor de la tierra después de la tormenta. De la envidia, por suerte, me he curado. De la admiración, no.
A ello se añadía una coincidencia que hoy me resulta aún más simpática. Cayetana estudió Historia en Oxford y llegó al doctorado; yo no puedo atribuirme semejantes galones y apenas me considero un aprendiz de historiador, uno de esos aficionados pertinaces que revuelven archivos, con los anteojos en la punta de la nariz, persiguen muertos y pierden tardes enteras por una fecha ilegible. Ella hizo de la Historia una disciplina universitaria; yo la practico como otros antiguos paisanos que se demoraban sobre una huella en el barro seco. Hay que inclinarse, mirar despacio, distinguir una marca casi borrada entre otras cien y adivinar por dónde pasó el animal muchas horas antes. Quizás sea eso la Historia: seguir rastros de muertos por una llanura inmensa, sabiendo que jamás veremos al jinete que los dejó.
Y, además, qué demonios, Cayetana me parece una mujer muy linda. Negarlo sería añadir hipocresía a la política, que ya tiene bastante. Tiene elegancia, cultura, un rostro extremadamente expresivo y una manera de hablar que durante mucho tiempo me producía el efecto de aquellas luces que, en la pampa nocturna, parecen cercanas y quizás estén a cuatro leguas. Uno cabalga hacia ellas porque prometen un rancho, un fogón y una frazada para pasar la noche, y cuanto más se avanza, más parecen retroceder en la oscuridad. Cuando Cayetana aparecía en televisión, yo me quedaba parado a escucharla con esa atención un tanto ridícula de quien sabe perfectamente que está siendo encantado y, sin embargo, espolea el caballo para acercarse un poco más.
Durante los días más tensos de la crisis separatista catalana, aquella fascinación tuvo, además, razones políticas. En medio de una clase dirigente que daba a veces la impresión de estar hecha de manteca tibia, Cayetana parecía tener vértebras. Algo semejante ocurría con Inés Arrimadas en su gran momento catalán. En un universo de caballeros prudentísimos, especialistas en retirarse medio paso antes de que empezara la batalla, aparecían aquellas dos mujeres hablando con claridad, enfrentándose a públicos hostiles y diciendo cosas que otros preferían murmurar detrás de una puerta. Para alguien que seguía desde fuera el espectáculo español, había allí una suerte de alegría marcial.
Cayetana poseía, además, una virtud rarísima en el Partido Popular: tenía aristas. La derecha española nos ha infligido durante décadas demasiados señores correctamente afeitados, correctamente peinados, correctamente centristas y tan cuidadosamente desprovistos de carácter que uno podría intercambiarles las cabezas sin que el público advirtiese la operación. Aznar, Rajoy, luego tantos epígonos de menor tonelaje: administradores más que hombres políticos, gente para la cual gobernar parecía consistir demasiadas veces en conservar, con algún ahorro presupuestario, las conquistas ideológicas de la izquierda.
Cayetana, en cambio, muerde. Sus intervenciones parlamentarias tienen punta, ritmo y, en ocasiones, esa crueldad limpia de la buena esgrima. No aporrea al adversario: busca la juntura de la armadura. Uno puede disfrutar perfectamente del espectáculo, como se disfruta de un duelo, aunque el espadachín cuya destreza admiramos lleve los colores del otro ejército. Y ahí precisamente empieza el problema, porque el talento, cuando sirve a una idea equivocada, no la vuelve menos peligrosa sino más eficaz.
Fernando Paz acierta al advertir que las formas de Cayetana pueden hacerla parecer lo que no es. Su firmeza frente a Sánchez, su hostilidad al separatismo, su valentía dialéctica y el desprecio visible que siente por ciertas liturgias de la izquierda crean en torno a ella una ilusión de parentesco con la derecha identitaria. Sin embargo, detrás de ese ademán casi aristocrático se esconde una concepción del mundo profundamente liberal, cosmopolita y expresamente antiidentitaria. La divergencia no es secundaria: está en los cimientos.
La izquierda progresista ofrece, en ese sentido, la ventaja de su propia caricatura. Nos anuncia lo que pretende hacer. Habla de deconstrucción, de la sospecha ante la tradición, considera la frontera una injuria y transforma el patrimonio heredado en una deuda judicial contra los antepasados. Ante ciertas manifestaciones de esa izquierda, uno tiene la misma impresión que ante una tribu que se acerca cubierta de pinturas de guerra: podrá vencernos, pero difícilmente conseguirá engañarnos acerca de sus intenciones.
El liberalismo cosmopolita es otra cosa. No viene con el hacha sino con el letrado. Habla de libertad, apertura, movilidad, derechos individuales, mercado y Europa; palabras bastante hermosas, algunas de las cuales también nos pertenecen. No necesita destruir solemnemente las identidades. Le basta con convertirlas en opciones privadas, pequeñas preferencias sentimentales comparables a una afición gastronómica. La nación deja entonces de ser una comunidad de destino para convertirse en una modalidad administrativa. El pueblo se vuelve población. La patria, domicilio fiscal. La frontera, una molestia para la circulación.
Al final del proceso, las iglesias siguen en su sitio, las montañas conservan sus nombres y las banderas continúan ondeando sobre los Nuevos Ministerios. Sólo que ya nadie sabe muy bien qué custodian. Es el paisaje después de una tormenta extraña: los árboles siguen en pie, el molino gira todavía, pero al amanecer la harina ha perdido algo de su antiguo sabor.
De allí la importancia de recordar, como hace Fernando Paz, las responsabilidades del Partido Popular y del propio aznarismo. La derecha liberal española puede revestirse hoy de un discurso de orden y de patriotismo, sobre todo ante los excesos del sanchismo, pero su historia en materia migratoria, su relación con los secesionismos y su participación en la construcción de una Europa cada vez más supranacional no pueden borrarse como si fueran una cifra escrita con tiza. La izquierda y el liberalismo llevan medio siglo insultándose mientras, por caminos diferentes, desgastan las mismas fronteras. Una lo hace invocando la emancipación; el otro, la libertad individual. A veces se diría que son dos cuadrillas que derriban la misma casa desde fachadas opuestas.
Por eso sigo encontrando a Cayetana fascinante. Sigue gustándome escucharla, y no pienso amputarme una parte de la sensibilidad para que mi juicio político resulte más confortable. Tiene más talento que muchos de sus colegas, una inteligencia rápida, la formación histórica que tanto me atrae y esa mezcla de insolencia y señorío que escasea en una época cuya clase política parece seleccionada entre quienes nunca han roto un vaso.
Todo eso la vuelve más peligrosa. El progresista profesional, con su rosario de culpabilidades occidentales, difícilmente seducirá al joven que comienza a preguntarse quién es, de dónde viene y qué mundo desea legar a sus hijos. Cayetana sí puede seducirlo. Puede convencerlo de que defender España frente al separatismo, reivindicar la libertad y negar al mismo tiempo toda pertenencia sustancial forman parte de una misma arquitectura política. Puede hacerle creer que basta conservar el nombre de la casa, aunque se cambien sus habitantes, su memoria, sus costumbres y hasta la lengua que se habla en el comedor.
No basta, porque se puede defender la unidad territorial de España y combatir al mismo tiempo la idea del ‘nosotros’. Se puede querer una España indivisible porque resulta una estructura política eficaz y no porque se la conciba como una continuidad histórica de hombres, muertos, paisajes, lengua y memoria. Se puede conservar cuidadosamente el ánfora y derramar el vino. Se puede alambrar el campo y olvidar después para qué servían los mojones.
Quizás sea eso lo que más me inquieta de Cayetana Álvarez de Toledo. El adversario vulgar nos ahorra el esfuerzo de desconfiar: basta verlo. El adversario inteligente conoce nuestras palabras, sabe qué cosas nos enojan y cuáles nos conmueven, ha leído libros semejantes a los nuestros y sabe tocar, incluso, alguna fibra íntima. Si además es brillante, culta, argentina por formación, historiadora y hermosa, la precaución debe ser doble. En el campo argentino las víboras más peligrosas no siempre son las que hacen más ruido entre los pastos; algunas permanecen quietas bajo el sol hasta que la bota esté demasiado cerca.
Cayetana tiene así algo de aquellas divinidades antiguas cuya belleza, lejos de tranquilizar a los hombres, debiera precisamente alarmarlos. Una diosa de la muerte puede tener los ojos más hermosos del templo. La veo sonreír con ese cielo desmesurado de la pampa detrás, mientras el pasto se inclina bajo un viento que anuncia tormenta. Abre los brazos y uno avanza hacia ella casi confiado, como el viajero que, después de muchas leguas de campo raso, por fin divisa el casco de una estancia. Sólo cuando ya está dentro del abrazo advierte el frío del acero. La diosa sigue sonriendo. Con una mano nos acaricia; con la otra, muy despacio, nos hunde el puñal.




















