Desde hace algún tiempo ando en busca de un coche nuevo. La cuestión, en apariencia, pertenece a ese orden menor de las preocupaciones domésticas donde el hombre moderno compara cuotas, autonomías, baúles y consumos con la gravedad de un estratega que dispusiera sus ejércitos sobre el mapa. Después de examinar mis necesidades, los trayectos semanales entre la costa bretona y la ciudad de Rennes, y la posibilidad de recargar el vehículo en mi casa, llegué a una conclusión que hace algunos años me habría sorprendido: un coche eléctrico se adapta bastante bien a mi existencia.
No soy un converso de la religión climática. No pretendo salvar el planeta al comprar un coche ni expiar mediante una batería de litio los pecados de la civilización industrial. Hice cuentas. Consideré las distancias, los gastos, la comodidad y el silencio del motor. A la espera de las próximas generaciones de baterías, capaces de ofrecer autonomías hoy todavía excepcionales, me pareció que la electricidad podía responder mejor que la gasolina a mis necesidades concretas.
El asunto debería haber sido sencillo. Mis ingresos son regulares, mis cuentas están en orden y carezco de deudas. Sin embargo, cuatro concesionarios sucesivos me comunicaron que las entidades financieras con las que trabajan habían rechazado mi solicitud de crédito.
Los vendedores miran los números, revisan los documentos, consultan sus pantallas y terminan haciéndose un nudo en la cabeza. Según las reglas ordinarias, el expediente debería pasar sin tropiezos. No pasa. La respuesta llega desnuda, fría, sin explicación. Un mecanismo invisible ha pronunciado la sentencia, y ya nadie parece capaz de averiguar en nombre de qué ley secreta ha sido dictada.
Sabía desde hacía tiempo que figuraba en Francia como fiché S. Conviene explicar el término a los lectores españoles y americanos. La llamada «ficha S» no es una condena judicial ni prueba la comisión de delito alguno. Es una inscripción administrativa utilizada por los servicios de seguridad franceses para señalar a personas consideradas dignas de vigilancia. Uno puede encontrarse en semejante registro sin haber sido procesado, juzgado ni siquiera interrogado.
Era, por decirlo de algún modo, un honor equívoco que ya conocía. Ahora descubro que a la vigilancia del Estado puede añadirse una forma más discreta de proscripción bancaria. Acaso me hayan clasificado como una PPE, una persona políticamente expuesta, PEP en la terminología internacional, no porque ejerza un ministerio, gobierne una provincia africana o disponga de cuentas en las Islas Caimán, sino porque mis actividades públicas, mis relaciones o mis opiniones bastan para convertirme en cliente incómodo.
No puedo demostrarlo. Ésa es precisamente la perfección del sistema. Los bancos no revelan sus criterios; las compañías de crédito no justifican sus negativas; los empleados desconocen las causas y los algoritmos no contestan cartas. Ya no hace falta un censor de levita sentado detrás de un escritorio, con el lápiz rojo preparado para tachar un nombre. Basta un índice de riesgo, una alerta informática, una base de datos remota y una casilla que se cierra sin ruido.
Existe, pues, un costo oculto de hablar públicamente.
Ese costo no adopta siempre la forma espectacular del proceso, la prohibición, la multa o el allanamiento al amanecer. Se desliza en los actos más vulgares de la existencia: abrir una cuenta, obtener un seguro, alquilar una vivienda, financiar un coche. El ciudadano conserva todos sus derechos sobre el papel mientras descubre, en la práctica, que las puertas se cierran una tras otra. La libertad permanece intacta en la Constitución; la vida cotidiana va estrechándose como un corredor sin ventanas.
La ironía es digna de un cuento filosófico. Quizá un procedimiento informático me impida adquirir un coche eléctrico, es decir, un objeto que condensa algunos de los adelantos técnicos más notables de nuestro tiempo. La misma técnica que promete emanciparme se convierte en instrumento de exclusión. Con una mano abre el porvenir; con la otra construye cárceles sin barrotes.
Fue pensando en esta contradicción cuando leí en Libération una entrevista con Thomas Dekeyser, geógrafo de la Universidad de Southampton y autor de un libro dedicado a la «tecnonegatividad». La palabra es reciente; el temperamento que designa es tan viejo como la primera máquina que quitó trabajo a una mano humana.
Dekeyser no se limita a describir el malestar producido por la inteligencia artificial, los algoritmos y los centros de datos. Aspira a convertir ese malestar en lenguaje político y, después, en repertorio de acción. La tecnonegatividad puede comenzar con una abstinencia individual: no utilizar ChatGPT, abandonar durante unos días el teléfono, prohibir las pantallas a los niños. Continúa con campañas judiciales contra los centros de datos y desemboca, llegado el caso, en el sabotaje de las infraestructuras.
El investigador no propone solamente aminorar la marcha. Habla de tirar del freno de emergencia, hacer descarrilar el tren de la inteligencia artificial y saltar de él antes de la catástrofe.
En ese punto, una crítica razonable de la técnica se transforma en religión del rechazo.
La nueva Iglesia de la abstinencia
Los centros de datos ocupan en el imaginario tecnonegativo el lugar que antaño correspondía a la fábrica, al banco o a la central nuclear. La inteligencia artificial parece inmaterial. Vive, según la amable metáfora comercial, en «la nube». El centro de datos le devuelve un cuerpo: muros ciegos, ventiladores, transformadores, kilómetros de cables y un consumo considerable de electricidad y agua.
No carece de interés recordar la materia escondida detrás de nuestras pantallas. La nube es una figura poética para nombrar servidores, centrales eléctricas, minas, cables submarinos y ejércitos de ingenieros. Cada gesto aparentemente incorpóreo descansa sobre una infraestructura gigantesca.
El razonamiento se corrompe cuando esa revelación se convierte en licencia para destruir. Como los grandes empresarios tecnológicos son inaccesibles, se atacarán sus cables. Como el poder parece abstracto, se golpeará el edificio que lo contiene. El centro de datos se vuelve una catedral de Mammon; el empresario, su sacerdote; el sabotaje, una liturgia purificadora.
La extrema izquierda, que todavía se proclama materialista, está construyendo una religión de la privación. El consumo energético ocupa el lugar del pecado. La sobriedad se convierte en virtud teologal. Viajar, producir, calentar una casa o cambiar de teléfono dejan de ser actos prácticos para convertirse en decisiones sometidas a examen moral.
Los tecnonegativos edifican ahora sus represas contra el curso de la innovación. Rechazan el avión, sueñan con ciudades sin cochees, prolongan la agonía de sus teléfonos y vigilan las pantallas de sus hijos como los antiguos párrocos vigilaban las malas lecturas.
No habría nada reprochable en una disciplina libremente elegida. Una familia puede decidir que no habrá teléfonos móviles durante la cena. Un hombre puede preferir el tren al avión. Una comunidad puede juzgar que determinadas máquinas destruyen la cohesión que desea conservar. La dificultad comienza cuando una ascesis particular pretende convertirse en norma obligatoria para toda la sociedad.
El antiguo socialismo prometía entregar las máquinas a los trabajadores. El nuevo izquierdismo sueña con detenerlas.
Ya no ofrece abundancia, sino racionamiento; no promete liberar al obrero del trabajo penoso, sino otorgarle una dignidad abstracta a condición de que siga realizándolo. Su horizonte consiste en producir menos, desplazarse menos, consumir menos y desear menos. El progreso ha dejado de significar la ampliación de las posibilidades humanas. Ahora consiste en enseñar al hombre a reducir sus aspiraciones.
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Prometeo no era liberal
La crítica de este nuevo ludismo no debe conducirnos al optimismo pueril de los liberales. La técnica no es un simple instrumento neutro cuya bondad dependería únicamente de la mano que lo maneja. No es un cuchillo doméstico que puede cortar pan o herir a un vecino sin cambiar por ello la forma de la sociedad.
Toda gran técnica lleva consigo un orden.
El ferrocarril no se limitó a transportar viajeros con mayor rapidez. Unificó los horarios, modificó las ciudades, alteró los mercados y cambió la percepción de las distancias. El coche no sustituyó sencillamente al caballo. Transformó el paisaje, produjo suburbios, reorganizó el comercio y convirtió la movilidad individual en una necesidad. El teléfono móvil no es apenas un aparato para hablar a distancia: instala en cada hombre una disponibilidad perpetua y somete su atención a una serie interminable de llamados.
El algoritmo bancario que acaso haya rechazado mi crédito tampoco es una versión más rápida del antiguo empleado de ventanilla. Instaura una forma distinta de poder: impersonal, opaca, ubicua y casi imposible de apelar. Nadie parece mandar y, sin embargo, la decisión se cumple.
Heidegger comprendió que «la esencia de la técnica no es en absoluto algo técnico». La técnica moderna constituye una manera de revelar el mundo, de convertirlo en un depósito disponible. El bosque se vuelve reserva de madera; el río, fuente de energía; el trabajador, «recurso humano»; el ciudadano, conjunto de datos y coeficientes de riesgo.
Ernst Jünger observó, por su parte, el advenimiento de una movilización total en la que cada fragmento de la vida queda incorporado a un dispositivo. El hombre no utiliza sin más la máquina. Aprende a respirar, hablar y pensar según el ritmo de su organización.
De estas intuiciones, decisivas para la Nueva Derecha francesa, no se desprende la obligación de regresar a la lámpara de aceite. La tradición no consiste en conservar cada forma antigua por el mero hecho de ser antigua. Una tradición viva es una continuidad capaz de atravesar las metamorfosis sin perder su principio.
Guillaume Faye dio a esta síntesis el nombre de «arqueofuturismo». Se trataba de unir las posibilidades más avanzadas de la ciencia con las permanencias más profundas de la civilización europea. No un museo medieval provisto de computadoras, sino una sociedad capaz de conquistar el espacio sin olvidar a sus muertos, desarrollar la genética sin abolir la filiación, dominar la energía sin transformar a sus pueblos en poblaciones intercambiables.
Prometeo expresa la contradicción europea. Es el héroe que roba el fuego para liberar a los hombres de la impotencia. Es también el transgresor castigado por haber violentado el orden de los dioses. En él viven la audacia y la desmesura, el genio y la catástrofe.
España y Argentina conocen esa ambivalencia. España fue capaz de lanzar hombres hacia océanos desconocidos y, al mismo tiempo, de levantar comunidades obstinadamente fieles a sus campanarios. Argentina construyó ferrocarriles, represas, aviones y reactores, mientras una parte de su alma continuaba buscando refugio en la pampa, el caballo y la memoria criolla. Desde los talleres de Córdoba hasta los laboratorios nucleares de Bariloche, mi país produjo durante mucho tiempo una idea de grandeza técnica que no se reducía a la rentabilidad inmediata.
El drama comienza cuando la potencia carece de destino.
Automatizar en vez de importar
Hay una consecuencia política que los nuevos enemigos de la técnica prefieren eludir. La automatización puede convertirse en uno de los principales medios para liberar a Europa de la inmigración masiva.
Desde hace décadas, los gobiernos y las organizaciones empresariales repiten que los países europeos necesitan importar trabajadores para realizar tareas penosas, repetitivas o escasamente calificadas. Hacen falta brazos extranjeros para cosechar frutas, limpiar edificios, recoger basura, preparar comidas, mover mercadería, atender hoteles o cuidar ancianos.
En España, el argumento se escucha en los invernaderos de Almería, las huertas de Murcia, la hostelería de las costas y los establecimientos geriátricos de las grandes ciudades. En Francia se lo utiliza para la agricultura, la construcción, la limpieza y los servicios personales. La conclusión siempre es la misma: sin inmigración, determinados sectores no podrían funcionar.
Esta necesidad no es una ley de la naturaleza. Es el resultado de un modelo económico.
¿Por qué invertir en una máquina si se dispone de una corriente inagotable de mano de obra barata? ¿Por qué mejorar los salarios y las condiciones laborales cuando es posible traer nuevos trabajadores dispuestos a aceptar lo que los habitantes del país rechazan? La inmigración permite mantener actividades de baja productividad y transfiere a la sociedad el costo que la empresa no paga.
El salario puede ser modesto; el costo colectivo no lo es. Vivienda, transporte, escuelas, hospitales, ayudas públicas, integración y conflictos culturales quedan fuera de la contabilidad de quien contrata. Los beneficios se privatizan. Las consecuencias se socializan.
Argentina conoce también ese dilema, aunque lo viva de otro modo. En las cosechas del Alto Valle, en la vendimia cuyana o en ciertas tareas urbanas, la disponibilidad de trabajo barato ha retrasado más de una vez inversiones que habrían elevado la productividad. La abundancia de brazos suele ser enemiga de la máquina. Cuando el trabajo humano cuesta poco, la innovación parece cara.
Los robots agrícolas pueden vigilar cultivos, desmalezar, seleccionar frutos y realizar una parte creciente de la cosecha. Las máquinas pueden clasificar residuos, limpiar pisos, preparar alimentos sencillos y automatizar depósitos. La inteligencia artificial y la robótica permitirán reducir muchas de las tareas que hoy se presentan como argumento inevitable para importar poblaciones enteras.
El cuidado de los ancianos requiere mayor prudencia. Cuidar no consiste solamente en ejecutar una serie de movimientos. Una máquina no reemplaza una conversación, una mirada o el reconocimiento de la angustia. Puede, sin embargo, levantar a un paciente, distribuir medicamentos, vigilar constantes, detectar una caída y realizar trabajos domésticos.
La técnica no debería abolir la humanidad del cuidado. Debería liberar a quienes cuidan de las tareas mecánicas para que puedan dedicar más tiempo a lo verdaderamente humano.
Europa se encuentra ante dos caminos. Puede transformar indefinidamente su población para conservar intacta una economía antigua. También puede transformar su economía para permitir que sus pueblos continúen existiendo.
Es la técnica la que puede salvarla de la inmigración masiva, no la ausencia de técnica.
Aquí aparece la contradicción más profunda de la tecnonegatividad. Sus partidarios dicen combatir al capitalismo mientras protegen el modelo que le garantiza una reserva permanente de trabajadores baratos. Denuncian la máquina y aceptan que millones de seres humanos sean desplazados para cumplir las funciones que la máquina podría asumir. En nombre de la dignidad humana, convierten al hombre en herramienta importable.
Una política europea de la técnica debería automatizar en primer lugar los trabajos más penosos y repetitivos, elevar la productividad, pagar mejor las funciones que sigan requiriendo presencia humana y reducir la dependencia de la inmigración laboral.
La robótica, la inteligencia artificial y la energía abundante no son solamente factores económicos. Pueden convertirse en instrumentos de soberanía demográfica.
Un sueño contra la resignación
No profeso devoción alguna por el coche eléctrico. Lo considero conveniente para mi vida. Mi decisión procede del cálculo, no de la fe. Un agricultor puede arrancar sus viñas para instalar un criadero de aves si juzga que así salvará su propiedad. Un empresario puede automatizar una tarea para evitar la quiebra. Una familia puede prohibir los celulares durante la comida sin necesidad de incendiar el centro de datos más próximo.
Cada técnica debe ser juzgada por lo que destruye, por lo que hace posible y por el tipo humano que favorece.
Un algoritmo puede excluirme de un crédito. Otro puede descubrir una enfermedad que el ojo del médico no había advertido. Una red social puede destruir la atención de un adolescente o permitir que una publicación marginal llegue a lectores dispersos por dos continentes. Una inteligencia artificial puede fabricar una mentira perfecta o explorar en unas horas archivos que exigirían años de trabajo.
La cuestión no consiste en adorar la máquina ni en romperla. Consiste en darle una finalidad.
Por eso Elon Musk, con todas sus extravagancias, sus promesas excesivas y su temperamento de comediante imperial, resulta más atractivo que los predicadores del decrecimiento. Musk ofrece un sueño. Habla de cohetes reutilizables, viajes a Marte, robots y nuevos medios de transporte. Tal vez muchas de sus promesas fracasen. Al menos propone a los jóvenes un horizonte que no se limita a clasificar basura, bajar la calefacción y calcular la huella de carbono de sus abuelos.
Una civilización no vive solamente de cautelas. Vive de una empresa común.
Argentina lo supo cuando quiso fabricar aviones, dominar el átomo y poblar la Patagonia. España lo supo cuando salió de sus puertos sin tener la certeza del regreso. Ambas naciones han conocido después largas estaciones de desaliento, durante las cuales la prudencia administrativa sustituyó a la voluntad de grandeza.
Los pueblos no mueren únicamente por carecer de recursos. Mueren cuando dejan de imaginar una obra digna de sus hijos.
Al regresar al puerto bretón, estacioné mi viejo coche frente al bar de los Brisants. Todo hablaba allí de técnica: los motores de los pesqueros, los radares, las grúas, las balizas, los trajes impermeables y los mapas meteorológicos consultados en el teléfono. Hasta el mar eterno es combatido hoy con instrumentos que los antiguos marineros habrían juzgado milagrosos.
Los medicamentos que tomo contra la hipertensión, los cristales de mis gafas, la computadora en la que escribo y el coche eléctrico que intento comprar pertenecen a una misma aventura.
No deseo regresar a una existencia preindustrial para demostrar la pureza de mi relación con el mundo. Quiero que la técnica proteja nuestras fronteras en vez de vigilar nuestras opiniones; que libere a los hombres de los trabajos serviles en vez de reducirlos a datos; que ayude a cuidar a los ancianos sin abolir la presencia humana; que permita a los pueblos europeos continuar existiendo sin reemplazar de manera incesante a sus poblaciones.
Ningún marinero sensato pretende abolir el viento porque una tormenta puede quebrar su nave. Aprende a leer el cielo, refuerza el casco y elige el rumbo.
La técnica es nuestro viento.
Nos corresponde decidir hacia qué costa habrá de llevarnos.
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