Vuelven las hermosas cucarachas a las páginas de EL MANIFIESTO. No lo hacen por su abundancia, estos días de acampada, junto con piojos, garrapatas y demás bichos, en la madrileña Puerta del Sol. Vuelven por otros motivos. Hace unos días les hablábamos de las cucarachas y demás insectos convertidos en harina (y luego en ‘carne’ y otros sucedáneos) por la megaindustria alimentaria que, apoyada por las autoridades globalistas, intenta acabar con la agricultura. Hoy, en cambio, es de otras cucarachas de las que nos habla Sertorio. Aunque no, en el fondo, vienen a ser las mismas. Unas son las que están destinadas a que las comamos, y las otras…, las cucarachas que destinan las primeras a tal función.
Y si no se han aclarado del todo, lean las siguientes líneas. Y diviértanse (o lloren) con ellas.
Si Felpudo VI decide recompensar los buenos servicios del “doctor” Sánchez a la Corona, no habría mejor merced que otorgarle un ducado; en ese caso, el rey de armas deberá diseñar un escudo en el que, sobre un campo de gules, se dispongan cinco cucarachas en sotuer. Es cierto que esta innovación heráldica de introducir a estos bichos en el bestiario de la ciencia del blasón puede resultar chocante, pero no existe mejor emblema y enigma de la persona y la labor de Sánchez que este insecto resiliente, indestructible, del que resulta casi imposible librarse. “Tenax ut blatta”[1] sería una excelente divisa.
La cucaracha se ha puesto de moda, por fin, después de tantos siglos de invisibilización heteropatriarcal y supremacista; sólo el capitán Lebyadkin —en “Demonios”, de Dostoievski—, le había dedicado un emotivo poema a esta silenciosa criatura que infesta nuestras ciudades y que siempre resurge de la clandestinidad después de cada sangrienta persecución. Pero, como cantaba Lebyadkin, “Tarakán ne rópschet!” (¡La cucaracha no lloriquea!). Años más tarde, Kafka, al narrar en su Metamorfosis la transformación de Gregor Samsa en una silenciosa, resignada y humilde corredera, describió la opresión y la falta de empatía en la que se desarrollaba la existencia de este colectivo. Pero la cucaracha del siglo XXI ya no está oprimida y ya no se calla: se ha empoderado y se une a la reivindicación de gente tan vulnerable como ellas. Por ejemplo, han servido de comandos de acción directa en su ataque a la inmobiliaria del caso Mari Carmen, otra resiliente. Y en los asentamientos perrofláuticos de la Puerta del Sol, ese aduar con relentes de grifa que tanto recuerda a las jaimas playeras de Ceuta, también debe de acoger a un buen número de cucarachas con inquietudes sociales. Porque insectos, antifascistas, okupas y perroflautas comparten un mismo fin social: parasitar las viviendas de la clase media y trabajadora, vivir entre ajenas paredes sin soltar más abono que el producto de sus naturales deyecciones.
¿Cómo no se iba a solidarizar el “doctor” Sánchez? Ya lo explicó un gran socialdemócrata: ser socialista es tener mucho propio y repartir lo poco de otros. Aunque los neonazis del Banco de España afirmen con desfachatez machista que nos hace falta crear 755.000 nuevas unidades de vivienda, el futuro duque de Sánchez no va a ser tan fascista como para construir casi un millón de hogares: algo así le pondría a la altura de Franco. Con lo fácil y solidario que es incautar los pìsos de la clase media. En fin, si las cucarachas, desprovistas de sufragio por un sistema discriminatorio, pudieran votar, Sánchez sería presidente vitalicio.
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Que en román paladino significa “Tenaz como una cucaracha” [N. de la Red.]. ↑


















