Amazonas en Trocadero

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Como todos los viernes, fui a la biblioteca del Instituto Cervantes a una de las reuniones literarias mensuales propiciadas por un académico de la lengua española, dedicadas en cada ocasión a un autor hispanoamericano muerto que hubiese residido en Europa. Frente al enorme fresco mural de una embarcación recién llegada a América que era observada con estupor por los aborígenes, todos hablábamos de literatura, mientras los españoles nos ponían vino a voluntad y pasabocas en abundancia para animar la conversación.

Ese día la reunión terminó temprano y todos se dispersaron antes de tiempo, por lo que al final quedé con un poeta peruano que lleva muchos años en la ciudad pero que pasó su infancia al lado del río Amazonas junto a los aserraderos gerenciados por su padre, un hombre muy elegante, con traje, chaleco, camisas muy albas, mancornas y zapatos brillantes que vestía así incluso bajo la canícula tropical. Era un personaje de los que ya no existen en el mundo, conservado en formol y perviviente como fósil viviente y desaparecido, lleno de ingenio, melancólico y escéptico, según me dijo el amigo, nostálgico de aquel progenitor que lo infectó con la literatura.

Era la primera vez que bajábamos juntos la calle hacia el metro Alma Marceau y cruzábamos algo más que palabras diplomáticas, por lo que decidimos detenernos en un café muy elegante de la esquina y nos sentamos en las butacas altas de la barra a conversar como siempre de literatura, mientras a través de los amplios espejos del lugar veíamos a los otros clientes y la calle cruzada por gente cubierta con paraguas, abrigos, sombreros e impermeables.

En las pantallas de televisión mostraban la destrucción de millones de vacas locas afectadas por una extraña enfermedad y los expertos hablaban de los riesgos cada vez más crecientes del cambio climático y epidemias mortales que recordaban las pestes terribles que devastaron a Europa en otros tiempos y eso sin contar las guerras que a lo largo de la historia afectaron estas tierras del norte donde se supone floreció la civilización.

Sobre todos esos temas hablábamos el poeta peruano y yo tratando de alargar los minutos y de animar una conversación que inicialmente era convencional, tímida, como son las de los amantes de libros que han pasado gran parte de sus vidas en las bibliotecas o en sus cuartos de solitarios leyendo en silencio hasta altas horas de la madrugada.

Pedimos sendas copas de vino Burdeos y empezamos a explorar autores olvidados de nuestro continente como el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que fue best-seller en las primeras décadas del siglo XX y recorrió el mundo escribiendo crónicas exóticas para los periódicos latinoamericanos cuando éstos dedicaban largos espacios a ese género viajero. El peruano era gran conocedor de la obra de ese polígrafo mundano que murió joven, pero dejó una obra vasta de casi 100 volúmenes muy bien escritos que se destacaban del canon de los modernistas por la efectividad de su prosa desprovista de adjetivos y adornos inútiles.

Continuamos abordando la tradición viajera de los hombres de letras del continente, que en su mayoría huían de sus patrias violentas dominadas por dictaduras y se aventuraban al viejo mundo en busca de nuevas experiencias y la posibilidad de editar sus obras en editoriales como Ch. Bouret o Garnier, que garantizaban para ellos una difusión continental y una fama rápida, como le ocurrió al neurasténicoJosé María Vargas Vila, un colombiano que escribía una prosa repetitiva, alambicada, caracterizada por la imprecación y el escándalo para asustar monjitas conventuales y beatos de parroquia.

Con el poeta peruano reconocimos el mal que ese hombre hizo a generaciones de lectores, pues los libros de este misógino se vendían como pan caliente en todos los países latinoamericanos, con sus historias truculentas de curas perversos y mujeres seducidas en los confesionarios. No hay más deliciosa conversación de hombres de letras sudamericanos que pasar revista a los personajes vistosos de nuestra literatura como Amado Nervo, José Santos Chocano, Salvador Díaz Mirón, Julio Herrera y Reissig, Vicente Huidobro, César Vallejo, César Moro, Felisberto Hernández, José María Arguedas o Juan Carlos Onetti, entre otros que nos iluminan las noches de insomnio.

Con varias copas en la cabeza, el discreto poeta y ahora amigo peruano me confesó que el autor que más lo marcó en la adolescencia fue el colombiano José Eustasio Rivera, preferido de su padre, cuya novela La vorágine leyó a los 14 años. Pedimos otra copa de vino para celebrar a ese malogrado autor que murió a los 38 años en Nueva York aquejado por una enfermedad que contrajo en la selva, a donde era enviado por el gobierno para realizar interminables misiones limítrofes entre nuestros países hermanos y a veces enemigos.

Este escritor entrañable sólo dejó una novela extraordinaria que vibra en nuestra memoria y los poemas precisos y bellos de Tierra de promisión, lo que lo convirtió en uno de esos clásicos que en vida sólo dejaron dos libros para comprobar con Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, como ocurrió también en México con el gran Juan Rulfo, autor de sólo dos pequeñas obras magistrales, Pedro Páramo y El llano en llamas.

Estábamos en ésas ya hacia la medianoche y con seis copas encima cuando se desató una inédita tormenta sobre el barrio de Trocadero, como pocas veces había ocurrido en París, hasta el punto que la avenida en declive hacia el Sena se volvió un amplio río tormentoso que arrastró todo a su paso y se volcó sobre las aceras con una fuerza descomunal. Duró tanto el potente aguacero que todos los clientes quedamos atrapados allí hasta las tres de la madrugada, aterrorizados por la fuerza de ese río que parecía el Amazonas en pleno Trocadero y por el incesante sonido de las sirenas de los vehículos de bomberos que se oían a lo lejos.

Desde entonces el poeta peruano y yo recordamos siempre con alegría y estupor esa desquiciante vorágine que nos sorprendió en el elegante café y estamos convencidos que fue un guiño misterioso que nos hizo José Eustasio Rivera desde el más allá para premiarnos por recordarlo con tanto entusiasmo en la barra de un bar, a altas horas de la noche, en una lejana esquina del mundo que por unas horas pareció ser un brazo europeo del Amazonas.

 

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